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Paradoja histórica

La otra guerra: la raíz del conflicto afgano-pakistaní

Mientras los bombardeos en Oriente Medio dominan los titulares, la guerra abierta entre Islamabad y Kabul amenaza con desestabilizar Asia meridional.

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Fin de la amistad. “Nuestra paciencia ha llegado al límite”, sentenció el ministro de la Defensa pakistaní. | cedoc

Si no fuera por Pakistán, su aliado y proveedor histórico, el régimen talibán en Afganistán no existiría. De hecho, el movimiento de los talibanes afganos que ejerce el poder desde 2021 fue: 1) creado en Pakistán en respuesta a la ocupación soviética en Afganistán, 2) respaldado con plata y plomo por los servicios secretos pakistaníes, 3) reconocido solo por tres países en el mundo, entre ellos Pakistán, cuando ejerció el poder en los años 90, 4) protegido por Islamabad, donde se refugiaron los talibanes afganos durante la invasión y la ocupación de Estados Unidos y de la OTAN (2001-2021) y 5) respaldados por Pakistán para que volviera al poder en 2021.

Sin embargo, el 26 de febrero, la Fuerza Aérea de Pakistán bombardeó la capital afgana. El día siguiente, el ministro de la Defensa pakistaní, Khawaja Asif, declaró a los talibanes afganos: “Nuestra paciencia ha llegado al límite. A partir de ahora, es una guerra abierta entre nosotros y ustedes”. Enfrentamientos en la frontera y bombardeos en sitios estratégicos siguieron. Según la ONU, 56 afganos murieron en la primera semana de guerra; entre ellos, 24 niños. El 16 de marzo, Afganistán anunció que 400 civiles fueron asesinados en el bombardeo pakistaní de un hospital en Kabul.

¿Cómo se puede explicar un giro tan radical?

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La respuesta cabe en tres letras: el TTP (Tehrik-el-Taliban Pakistan). Ese grupo paramilitar islamista fue creado en 2007 por la fusión de varias facciones islamistas militantes activas en las zonas tribales del noroeste de Pakistán. El TTP quiere derrocar al régimen pakistaní y volver a un islam rigorista que aplique la sharia (la ley islámica) a la letra.

Justamente, vimos en 2021 las consecuencias terribles que tiene esa vuelta rigorista cuando sube al poder. De hecho, en Afganistán, los talibanes prohibieron a las niñas estudiar, a las mujeres salir a la calle sin la presencia del marido o de un pariente, a todos escuchar música o practicar arte. También impusieron a las mujeres llevar el burka (el velo integral) y otorgaron a los hombres el derecho de castigar y dañar físicamente a sus mujeres. Las ejecuciones públicas, la represión de la sociedad civil y el uso de la tortura son moneda corriente. El TTP desea reproducir este modelo en Pakistán.

Para lograrlo, el TTP orquesta actos terroristas en Pakistán. Según el PIPS (Instituto Pakistaní para el Estudio de Paz), más de 18 mil atentados fueron catalogados en el país desde 2006 –ocasionando más de 26 mil muertos–. La mayoría de los ataques fue organizada por el TTP, según afirman analistas de la región. La democracia de fachada de Pakistán, caracterizada por un ejército omnipresente, élites políticas corruptas y una crisis estructural, lleva años reprimiendo al TTP, que se refugió en Afganistán. De ahí que Islamabad acusa a los talibanes afganos de dar cobijo a los soldados del TTP. Por eso, el 26 de febrero empezó la guerra abierta que escaló en bombardeos, que no solo alcanzaron campamentos del TTP sino también a infraestructuras civiles afganas.

Desde entonces, analistas intentan entender qué motivos tendría Afganistán en albergar al TTP. En efecto, convierte a su aliado histórico, una potencia nuclear y uno de los ejércitos más potentes de la región, en un enemigo jurado. Además, ocurre en un momento en que Afganistán enfrenta una profunda crisis económica, pero intenta sin éxito salir del caos que dejó la retirada precipitada de Estados Unidos.

Entonces, ¿por qué los talibanes afganos arriesgarían su relación con Pakistán para entrar en una guerra que no pueden permitirse?

A esa pregunta, el régimen afgano es categórico y responde que no colabora con el TTP, que el TTP es un problema interno de Pakistán y que no permite que grupos armados operen desde su territorio. Por lo tanto, la ONU y la ONG Acled confirman que la mayoría de los ataques se planifican desde Afganistán, especialmente en las provincias de Khost, Nangarhar y Kunar, donde el TTP cuenta con bases. Aparece claro que esta negación afgana es una estrategia política que le permitió durante años albergarlos sin sufrir las consecuencias (congelación de activos, bombardeos directos).

Entonces, la realidad es otra: ciertas regiones afganas sirven de centro logístico y de base de campamento para el TTP. Hay tres motivos explican que el apoyo tácito: 1. Comparten ideología, sangre e historia. De hecho, ambos quieren que la sharia organice la sociedad, ambos grupos son pastunes (una etnia que se extiende entre Afganistán y Pakistán), vivieron y combatieron juntos durante veinte años en la resistencia a la ocupación estadounidense. 2. La presión interna: Afganistán no es una; varias divisiones internas existen y provincias fronterizas protegen al TTP por lealtades tribales. 3. Desestabilizar para negociar: los talibanes afganos quieren vender su tolerancia hacia el TTP por beneficios económicos (reapertura de fronteras, ayuda humanitaria) y políticos (reconocimiento, levantamiento de sanciones) cuando vuelvan a la mesa de negociaciones.

Pero esta estrategia es frágil, ya que Kabul no tiene control total sobre el TTP e Islamabad se niega a ceder en puntos claves (como el reconocimiento de los talibanes).

Mientras China intenta mediar para proteger sus inversiones, India observa desde las sombras, invirtiendo indirectamente en el caos. Y Asia meridional arde en silencio, mientras el mundo mira hacia otro lado.