Espejito, espejito: ¿quién es la más hermosa?
A pesar de que hemos logrado avances, algunos supuestos siguen firmes como columnas indestructibles. Belleza, validación, competencia y feminismo.
Los estándares de belleza siempre estuvieron presentes. Dicen que Cleopatra se bañaba en leche para mantenerse bella, o que las mujeres se maquillaban desde la Antigua Grecia.
Antes estaban las revistas, las publicidades en la televisión, o las recomendaciones en los blogs. Hoy, están en las redes sociales. Omniscientes, en todo tiempo y en todo lugar. La televisión se puede apagar; la revista, que salía semanal o mensualmente, cerrar. Sin embargo, el celular se lleva hasta a la cama, se mira antes de ir a dormir y al despertar.
Bombardeados con imágenes de mujeres con filtros, maquillaje, provocativas; los estándares de belleza están más fuertes que nunca. En la era en la que todo se publicita, las mujeres se publicitan a sí mismas. ¿Para qué? ¿Con qué objetivo? ¿En qué momento dejamos de compartir nuestra vida para empezar a vender una imagen ideal?
Décadas atrás, uno se comparaba con una modelo internacional, una actriz de Hollywood, hoy, la comparación está con nuestros pares, que se suben sus fotos a sus historias, aumentando la competencia y la falta de comunidad entre nosotras.
Cada mujer debería preguntarse si acaso sube la foto por el propio gusto, o porque, sin darse cuenta, está compitiendo por la atención masculina. Eso sería muy poco feminista de parte de una feminista.
El feminismo luchó durante años para que las mujeres pudieran decidir sobre su cuerpo. Sin embargo, esa libertad hoy incluye la posibilidad de participar de dinámicas que vuelven a poner el cuerpo femenino en el centro de la validación masculina. A los hombres, las mismas mujeres, le dan el poder de evaluarlas.
¿Cuál es la línea que divide «la libertad de hacer lo que una quiere (en este caso, subir una foto)» y subir la foto para ser la más llamativa de todas? ¿Cuánto hacemos por nosotras mismas y cuánto por los demás?
Además, si los hombres —aunque no sean los únicos— son quienes más consumen y premian cierto tipo de contenido provocativo, terminan influyendo en qué imágenes reciben mayor visibilidad; haciendo que la dinámica crezca. Más fotos, más likes.
Los estándares de belleza y la comparación pueden bajar el autoestima, y para levantarla, una nueva foto se publica; a ver si esta vez tiene más ‘me gusta’. Un comportamiento adictivo, como las redes sociales mismas.
La exposición constante hace que no tengamos un momento de descanso. Vivos, streaming, historias a toda hora, fotos etiquetadas, estados. No hay descanso para sacarse la máscara.
Es más, quitarse la máscara es también un contenido en sí mismo. ¿Será por eso que son tan populares las fotos tomadas por paparazzi ocultos atrás de una columna a una famosa “a cara lavada”? ¿Será por eso que los videos de «get ready with me (preparate conmigo)» son tan famosos? Estos son algunos de los pocos contenidos en los que se ve la máscara caer como parte del espectáculo.
No es necesario tener una máscara para empezar. No hay por qué intentar ganar una competencia de belleza autoimpuesta.
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