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Guerras, cuellos de botella económicos y su impacto en nuestra región

El escenario internacional actual combina conflictos armados con enfrentamientos arancelarios. Entre la interdependencia económica y los desafíos del comercio internacional, el riesgo geopolítico global está en aumento.

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Estrecho de Ormuz. Estuvo bloqueado más de 100 días por la guerra de Irán, dificultando el comercio internacional. | afp

El panorama mundial actual combina conflictos interestatales de gran escala en Medio Oriente y Europa con una serie de escenarios de tensión, especialmente en Asia, y confrontaciones comerciales y arancelarias entre las principales potencias. Como resultado, el riesgo geopolítico global está en aumento. Pero este crecimiento no responde solo a la conflictividad en sí misma, sino a dos factores que la potencian: la profunda interdependencia económica mundial y la cercanía de estos conflictos a los principales choke points o cuellos de botella del comercio internacional.

Vale la pena dimensionar de qué hablamos. En 2025, el comercio representó el 68% del PBI mundial, según cifras del Banco Mundial. Alrededor del 80% del comercio internacional de bienes se realiza por vía marítima, atravesando puntos neurálgicos como los estrechos de Ormuz, Malaca y Taiwán, o los canales de Suez y Panamá. Más aún, diversas estimaciones señalan que entre el 70% y el 80% del comercio internacional está vinculado a cadenas globales de valor: esquemas de integración productiva en los que el suministro de materias primas o componentes, la manufactura, el diseño, el ensamblaje y la logística se reparten entre distintas geografías y empresas. Es que, en las últimas décadas, la lógica que ordenó las decisiones sobre dónde producir, dónde comprar insumos, o dónde instalar polos logísticos fue una sola: la eficiencia económica, medida en costos y en tiempo. Así se consolidó gran parte del abastecimiento global con una dinámica general de stocks o inventarios bajos. En definitiva, el mundo del just in time (justo a tiempo).

En los últimos años, tres shocks sacudieron esa lógica. En 2020, los cierres derivados de la pandemia de COVID-19 provocaron una caída de alrededor del 8% en el comercio internacional de bienes y, más importante aún, instalaron en países, empresas y consumidores una sensación duradera de vulnerabilidad. En 2022, la invasión rusa a Ucrania golpeó no solo el equilibrio de poder europeo, sino dos ámbitos críticos: energía y agroalimentos. La inflación global de ese año promedió 8,7%. Para Europa, el conflicto significó repensar por completo su matriz energética; para los países del Norte de África, grandes compradores de granos ucranianos y rusos, implicó salir a buscar nuevos proveedores con urgencia.

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La situación actual en Medio Oriente constituye un tercer shock cuyos efectos todavía están abiertos: impacta de lleno en el comercio de petróleo y gas y en el precio de esas commodities, pero también en insumos clave como los fertilizantes. La interdependencia global hace que las ondas expansivas lleguen mucho más lejos que el epicentro del conflicto.

¿Qué dinámicas está generando este escenario en el plano económico? Una reconfiguración lenta pero sostenida de las cadenas globales de valor, que se expresa simultáneamente, aunque con dinámicas diferentes, en campos como la logística, la manufactura y el suministro de materias primas. En este sentido, se pueden identificar tres movimientos particulares.

El primero es el desplazamiento hacia países geopolíticamente alineados, el conocido friendshoring: el caso de Apple trasladando parte de su producción de China a India es el ejemplo de manual. Un informe reciente de la consultora McKinsey, centrado en Estados Unidos, China y la Unión Europea, confirma esta tendencia: desde 2018 vienen cayendo los niveles de comercio entre países política y geopolíticamente distantes. Esa dinámica favorece a economías como India o Brasil, y a bloques regionales como la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN).

El segundo movimiento es la relocalización cerca de los grandes centros de consumo: esto involucra la revitalización de la base industrial en Estados Unidos y Alemania así como el nearshoring, que beneficia a países como Vietnam o México. La lógica es acortar las distancias geográficas de las cadenas de valor respecto de los consumidores finales y, con ello, reducir el riesgo de disrupción.

El tercero es una mayor diversificación, especialmente visible en las cadenas de suministro. Aquí lo relevante no es solo multiplicar proveedores, sino que estén ubicados en zonas menos expuestas al riesgo geopolítico. El creciente interés de inversores y empresas internacionales en el desarrollo de la Cuenca de Vaca Muerta y del sector minero de nuestro país da cuenta de esto: de los 42 proyectos ingresados al RIGI desde octubre de 2024, 35 responden a propuestas vinculadas con petróleo, gas y minería, principalmente litio y cobre.

En conjunto, estas tres dinámicas no apuntan a bajar costos, sino a gestionar riesgos y reducir la incertidumbre. La lógica del just in time (justo a tiempo) está dando paso, con distinta intensidad según el sector, a una estrategia de just in case (solo por si acaso).

¿Qué implica todo esto para nuestra región? En el mediano plazo, una mayor relevancia en el mapa inversor a nivel mundial, en particular con respecto aquellas cadenas de valor donde Sudamérica cuenta con ventajas comparativas claras y donde la urgencia de reconfiguración es mayor: energía, minerales críticos, tecnología y servicios, y alimentos y bioeconomía. En esta línea, dan cuenta del renovado interés internacional los distintos acuerdos firmados o en negociación en los últimos tiempos por parte del Mercosur y de Argentina, entre ellos con la Unión Europea, EFTA (Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza), Japón, Estados Unidos o Canadá, por mencionar sólo algunos. La pregunta ya no es si la reconfiguración del comercio internacional va a tener impactos, sino si la región y nuestro país van a estar preparados en infraestructura y conectividad, en reglas de juego y en su matriz productiva para capitalizar estas dinámicas de manera sostenida e integral.

*Profesora y directora de la Maestría en Relaciones Internacionales de la Universidad Austral.