COLUMNISTAS
Anatomía de un instante

La campaña anti-Argentina

Lo contemporáneo es fugaz y pasional: nos incita y, al mismo tiempo, no nos da tiempo a profundizar. Vivimos tiempos en los que la duración no es lo que era. La sociedad vertical está en crisis y los vínculos y los compromisos mutan, especialmente a la hora de elegir quiénes nos conducen. Así, lo que sucedió en torno a la selección nacional en el Mundial de fútbol permite diferentes niveles de análisis. Explicar por un solo motivo lo que pasó sería cometer errores. Cabe pensar que el equipo de Lionel Messi era de los más poderosos. Que, a veces, sus jugadores reaccionaron incorrectamente. Pero no es todo. La sociedad está viva y, por tanto, ofrece reacciones dispares ante estímulos que están continuamente en movimiento. Y esta es su riqueza y complejidad.

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‘Malditos argentinos’. | Pablo Temes

Apenas terminó el Mundial, se vino una ola gigante de críticas contra la Argentina, la movilización típica de la era del scroll y de las redes sociales. La “mente podrida” que analizamos en nuestro próximo libro ¿Qué diablos nos pasó? no distingue entre usuarios digitales, intelectuales o personas que presumen de ser muy racionales. La característica principal de esta época es que todos tomamos posturas simplemente por lo que vemos en la pantalla, y no por lo que pensamos.

A la selección argentina la acusaron de racista porque no se veía entre sus jugadores afroamericanos. Una crítica que ignora la historia: este país no traficó esclavos ni tuvo colonias en África. Si otros los tienen en sus equipos, es por su pasado colonial. Cuando concedieron la independencia a los países que habían invadido, muchos de sus habitantes optaron por la nacionalidad de la metrópoli.

En Estados Unidos, el Partido Demócrata al que pertenecen varios de los más encarnizados críticos de nuestro racismo, mantuvo una segregación racial feroz en estados como la Alabama de George Wallace. Fue necesaria una intervención armada federal para que dejen de segregar a los negros el 1962. Quienes siempre hemos apoyado la lucha por los derechos civiles y respaldado a organizaciones como Black Lives Matter dentro de los Estados Unidos, no tuvimos que hacerlo en Argentina, porque aquí nunca ocurrió un caso como el de George Floyd.

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Pero nadie ha orquestado una campaña anti-Argentina. Este es un movimiento propio de estos tiempos, un espectáculo que enciende pasiones, y determina nuestra política y nuestra vida cotidiana. La supuesta campaña anti-Argentina sirve para entender mejor las elecciones, golpes de Estado, y todo los que nos rodea en la sociedad digital.

La idea de que la izquierda mundial promueve una campaña en contra de Milei es absurda. Todos tenemos licuada la mente por el scroll y por eso, algunos periodistas respetables creen que existe una izquierda mundial dirigida por Rusia e Irán, dos países de extrema derecha, misóginos, homofóbicos, totalitarios, que rezan a los Romanov y al Mahdi Oculto. Si Trump baila YMCA en uno de ellos, sería detenido por woke.

La sociedad vertical está en crisis, la gente se conecta directamente, produce fenómenos difíciles de entender para quienes vivieron un mundo en el que el PCUS articulaba la subversión. Rusia y China son ahora potencias capitalistas que pelean por mercados, no por difundir el marxismo.

Otros echan la culpa de lo que ocurre al algoritmo o a la inteligencia artificial, que son solo herramientas del cambio que vivimos. No hace falta buscar explicaciones tan exóticas:lo que cambió y explica todo lo que pasa es la transformación de la mente de la gente.

En Líbano y Nepal, por ejemplo, los gobiernos se derrumbaron cuando la mayoría se volcó a las calles participando de rebeliones masivas, que no estaban organizadas por partidos, iglesias, ni un aparato de ningún tipo. Durante meses se amontonaron pequeñas protestas que circularon por las comunidades virtuales, hasta que que se produjo un detonante superficial, el impuesto a las llamadas de WhatsApp que produjo la explosión.

Hoy las personas comparten en vivo sus gustos, disgustos, incoherencias y teorías conspirativas. No existen ideologías sólidas que se puedan discutir; solo quedan adhesiones fugaces que producen adhesiones masivas que se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos. Pasó con Kast en Chile y con Paz en Bolivia: en pocos meses transitaron del entusiasmo al odio, demostrando lo difícil que es sostener la comunicación en estos tiempos.

Hay una tendencia a rechazar a los que ostentan poder, tienen riqueza, o son exitosos. Si la Argentina perdía el campeonato y se coronaba Cabo Verde, se habría provocado un estallido de alegría en las redes y en buena parte del mundo. Tanto más que, desde el principio del campeonato, se difundió el mito de que Argentina era la candidata de los poderosos para coronarse campeona. Milei no es Mandela. Está asociado a dos personajes antipáticos para la mayoría: Trump y Netanyahu. Su imagen no es la de alguien que ha sacado de la pobreza a millones de personas, ni de que se ha preocupado por los discapacitados. No importa si eso es o no real, pero es lo que circula en las redes.

El detalle que detonó la campaña fue el comportamiento de los jugadores argentinos en los últimos minutos. Agredir a los vencedores cuando había terminado el partido y dar la espalda a la ceremonia de entrega del premio fue el detonante de esta campaña, equivalente a los diez centavos de impuesto a Whatsap que arrasó al Líbano.

La sociedad está viva. Existen comunidades virtuales, que se movilizan sin que nadie les organice ni las motive. No existe una causa, ni herramientas mágicas que expliquen las movilizaciones virtuales. Son producidas por gente que se maneja a sí misma, fuera de la lógica ilustrada, con la coherencia propia del scroll de muestro celular y puede producir guerras o elegir presidentes.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.