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Sonido y sentido

Del Sanremo a Buenos Aires: Max Gazzè, el alquimista pop que hace música nueva en cada ciudad

El italiano Max Gazzè combina letras y melodía con la precisión de un científico y la pasión de un artista. Un análisis de su música y entrevista al cantante y compositor.

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Durante casi treinta años, sus canciones hicieron cantar y bailar a los italianos. Detrás de esos ritmos, que saben a verano, besos con sal y aperitivos frente al mar, se esconde, sin embargo, un compositor obsesionado con las palabras, los mitos antiguos y la materia física del sonido. Invitado por el Consulado General de Italia en Buenos Aires, llegó al Teatro Coliseo con Musicae Loci, un proyecto que transforma su música en cada lugar donde se presenta, Max Gazzè.

Hay artistas cuya fama cruza las fronteras antes que ellos. Otros deben llegar en persona para que una ciudad los descubra. Max Gazzè pertenece, al menos en Buenos Aires, a la segunda categoría.

Mientras parte de la prensa porteña se acercaba a la entrevista intentando descifrar por primera vez quién era aquel músico italiano de cabellos largos, bigote impecable y modales de antidivo, para cualquier oído entrenado en las radios y los veranos de Italia su nombre llevaba consigo una banda sonora completa. Vento d’estate, Una musica può fare, Il solito sesso, Sotto casa, La vita com’è, Ti sembra normale: canciones que sonaron en San Remo, en los autos camino al mar, en las fiestas y en los bares, y que terminaron instalándose en la memoria incluso de quienes nunca se detuvieron demasiado a pensar en lo que decían.

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Porque las canciones de Gazzè tienen esa rara doble vida. Por fuera pueden parecer ligeras: melodías inmediatas, bajos que empujan el cuerpo hacia adelante, estribillos que se recuerdan después de una sola escucha. Tienen algo del verano italiano convertido en sonido: ventanas abiertas, aperol en una cubierta y noches que se alargan sin demasiado programa. Por dentro, sin embargo, contienen otra cosa.

Basta escuchar con un poco más de atención para descubrir palabras inusuales, asociaciones oblicuas, preguntas filosóficas y textos que se resisten a entregar un único significado. Detrás de la aparente despreocupación vive un intelectual minucioso, un compositor que estudia la sonoridad de cada palabra y un músico ecléctico capaz de pasar del pop a la música sinfónica, de la electrónica analógica a las tradiciones populares y de una canción de verano a la épica de Gilgamesh sin percibir contradicción alguna.

Gazzè no llegó a la música con la fantasía de ocupar el centro del escenario. Su ambición era mucho más lateral. “Io volevo fare il bassista”, dice. Quería tocar el bajo.

La frase podría ser apenas una anécdota vocacional, pero contiene una definición bastante precisa de su personalidad artística. El bajista es quien sostiene la canción desde un lugar que no siempre reclama la mirada. Ordena el movimiento, crea tensión, une la melodía con el ritmo. Puede modificar todo sin necesidad de colocarse delante.

Gazzè terminó delante casi por accidente. Se convirtió en cantante, autor de grandes éxitos, actor y figura recurrente del Festival de Sanremo, el festival televisivo que cada año transforma durante una semana a la canción italiana en asunto de Estado. Pero algo de aquel deseo original permanece intacto: incluso cuando está en el centro, parece seguir observando la música desde adentro.

De las playas italianas a las tablillas de arcilla. La distancia entre una canción que hace bailar y un poema mesopotámico escrito hace milenios puede parecer enorme. En el universo de Gazzè casi desaparece.

Al hablar de su formación, recuerda la influencia de su padre y su temprana curiosidad por la religión, la teología, los arquetipos y las antiguas narraciones sobre el origen del mundo. En la conversación aparece Gilgamesh, el héroe de una de las obras literarias más antiguas de la humanidad: un rey que descubre, después de enfrentarse a la amistad, la pérdida y la muerte, que ni siquiera el poder puede salvarlo de su condición humana. “Siamo transeunti in questo mondo”, observa Gazzè. Estamos de paso.

La frase ilumina buena parte de su trabajo. Sus canciones hablan de relaciones, deseo, identidad y tiempo, pero suelen hacerlo desde una posición que combina ironía y distancia. Nada parece del todo definitivo: ni el amor, ni el éxito, ni la imagen que una persona construye de sí misma. Hasta una canción, una vez publicada, deja de pertenecer completamente a su autor y empieza a transformarse en la experiencia de quienes la escuchan.

Ese interés por los significados que se desplazan explica también su atención casi obsesiva al sonido de las palabras. En Gazzè, el texto no llega después de la música para explicar algo. Las sílabas tienen peso, duración y temperatura; una palabra puede ser elegida por lo que dice, pero también por la fricción que produce al encontrarse con una nota.

No es casual que, hablando del tango, lo describa como una música “costruita intorno alla parola”: construida alrededor de la palabra. Tal vez allí se encuentre uno de los puentes menos evidentes —y más fértiles— entre su universo y Buenos Aires.

Afinar el mundo de otra manera. Su trabajo más reciente lleva esa curiosidad por la materia del sonido todavía más lejos. “L’ornamento delle cose secondarie”, publicado en mayo de 2026, reúne veinte canciones nacidas en buena medida de fragmentos, ideas y materiales que habían quedado al margen de proyectos anteriores. El título ya contiene una declaración: mirar aquello que normalmente queda fuera de foco y convertir lo secundario en protagonista.

El álbum fue grabado con instrumentos reales, procedimientos analógicos y una afinación de referencia de 432 Hz, en lugar de los 440 Hz utilizados habitualmente. Esto no significa que toda la música “suene” a una única frecuencia, sino que el La, desde el cual se organiza la afinación, fue colocado ligeramente más abajo. El desplazamiento es pequeño, pero revela una manera de pensar: Gazzè está dispuesto a interrogar incluso aquellas convenciones que la mayoría de los músicos acepta sin verlas.

No busca convertir la frecuencia en una doctrina esotérica. Busca otro color, otra resonancia, una textura más cálida y menos sometida a la limpieza uniforme de la producción digital. En un mercado musical que tiende a corregir, comprimir y normalizar cada sonido, su decisión tiene algo de resistencia artesanal. Gazzè no se limita a escribir canciones: investiga las condiciones físicas bajo las cuales una canción empieza a existir.

Una ciudad no es una escenografía. Esa misma actitud está en el origen de Musicae Loci, el proyecto que inició en 2023. Su nombre podría traducirse como “las músicas de los lugares”, pero la idea va mucho más allá de agregar instrumentos regionales a un repertorio pop.

En cada ciudad, Gazzè trabaja con músicos y agrupaciones locales. Sus canciones mantienen una identidad reconocible, pero cambian de cuerpo: aparecen otras combinaciones instrumentales, otros ritmos, otras tradiciones y, sobre todo, otra manera de escucharlas. No se trata de llevar un espectáculo terminado y colocarlo sobre un escenario extranjero. Se trata de permitir que el lugar intervenga.

Buenos Aires se convirtió así en algo más que una escala de una gira. El 5 de junio de 2026, en el marco de las celebraciones por el 80º aniversario de la República Italiana, el Consulado General de Italia en Buenos Aires y el Teatro Coliseo promovieron la presentación de Max Gazzè junto al Ensamble Sin Fin. El concierto fue precedido por una ceremonia institucional en el Consulado y llevó al escenario porteño la lógica central de Musicae Loci: el encuentro entre la canción italiana contemporánea y los lenguajes musicales del territorio.

El Ensamble Sin Fin no funcionó como una banda argentina contratada para acompañar a una estrella llegada de Europa; fue un interlocutor. La música de Gazzè entró en contacto con otra tradición orquestal, con otra sensibilidad rítmica y con una ciudad cuya identidad cultural también nació del viaje, la migración y la mezcla.

Él mismo define Buenos Aires con una comparación inesperada: “un misto tra Napoli e New York”, una mezcla entre Nápoles y Nueva York. La fórmula tiene algo de intuición instantánea, pero resulta difícil mejorarla. Buenos Aires posee la intensidad sentimental y el desorden vital de una ciudad mediterránea, junto con la escala, la verticalidad y la energía nerviosa de una gran metrópolis americana.

Quizás por eso Musicae Loci encuentra aquí un territorio especialmente fértil. Buenos Aires sabe que una cultura no se conserva aislándola, sino dejándola mezclarse. Es una ciudad construida con palabras que viajaron, acentos que se deformaron y músicas que llegaron de un continente para convertirse en otra cosa.

*Docente. Coordinadora académica. Estudios en Italia. consultoraconnectar.com.

Entrevista

—Sus canciones acompañaron a varias generaciones de italianos. Algunas fueron grandes éxitos de verano, pero sus textos tienen referencias y significados mucho más complejos. ¿Le interesa esa posibilidad de ser escuchado en distintos niveles?

—Una canción puede llegar de maneras diferentes. Hay quien la escucha por la melodía, por el ritmo o por un estribillo, y hay quien se detiene en las palabras. Las dos formas son legítimas. Después, cada persona encuentra un significado relacionado con su propia experiencia. Cuando una interpretación nace en quien escucha, pasa a formar parte de la canción, aunque el autor no la hubiera previsto.

—En sus textos hay un trabajo muy preciso con las letras. ¿La palabra aparece primero por su significado o por su sonido?

—Las dos cosas están relacionadas. Una palabra no es solamente lo que significa: también tiene un ritmo, una métrica y una sonoridad. Al encontrarse con la música puede adquirir otro peso. El texto no debería estar simplemente apoyado sobre una composición; tiene que convertirse en parte del sonido.

—Gilgamesh, los mitos de la creación, la teología y los arquetipos. ¿De dónde nace esa curiosidad?

—De una curiosidad que empezó muy temprano. Las antiguas narraciones intentan responder a preguntas que siguen siendo nuestras: de dónde venimos, qué hacemos aquí, qué significa la muerte. Cambian los lenguajes, pero esas preguntas permanecen. “Siamo transeunti in questo mondo”: estamos de paso.

—¿Cómo conviven ese interés filosófico y una música que también puede hacer bailar?

—No hay una separación necesaria. La profundidad no depende de la lentitud ni de la solemnidad. Una canción puede ser rítmica, inmediata y popular y, al mismo tiempo, contener otros niveles. La música permite que el pensamiento entre por lugares a los que una explicación racional quizá no llegaría.

—Su nuevo álbum fue grabado a 432 Hz, ¿qué buscaba al modificar la afinación habitual?

—Otra resonancia y otra forma de escuchar. La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia las relaciones entre los sonidos. El álbum fue pensado también como una recuperación de instrumentos reales, procedimientos analógicos y materiales que habían quedado en segundo plano. El objetivo era conservar las imperfecciones y la presencia física de la música, en lugar de corregirlo todo hasta volverlo uniforme.

—¿Qué significa exactamente “Musicae Loci”?

—La idea es que la música se encuentre con el lugar. En cada ciudad trabajo con formaciones locales y las canciones adquieren una forma diferente. No se trata de usar una tradición como decoración, sino de dialogar con músicos que tienen su propio lenguaje. Por eso ningún concierto puede repetirse exactamente.

—¿Qué encontró específicamente en Buenos Aires?

—Una ciudad que me recuerda, al mismo tiempo, a Nápoles y a Nueva York. También una cultura en la que la palabra ocupa un lugar central dentro de la música. El tango está “costruito intorno alla parola”, construido alrededor de la palabra, y en ese sentido existe una afinidad con su manera de componer.

—Después de tantos discos, conciertos y apariciones en San Remo, ¿sigue considerándose ante todo un bajista?

—“Io volevo fare il bassista”. Quería ser bajista. Todo lo demás llegó después.

La discreta ambición de sostenerlo todo. La respuesta suena divertida, pero no es una pose. También explica por qué Gazzè parece incómodo dentro de categorías demasiado simples. “Cantautor” resulta insuficiente para alguien que piensa primero como músico. “Estrella pop” no describe a un artista que prefiere hablar de afinaciones, fonética y epopeyas antiguas. “Intelectual” podría hacerlo parecer solemne, cuando buena parte de su encanto nace del humor y de la ligereza.

Es, más bien, un ecléctico en el sentido más exigente de la palabra: alguien capaz de hacer convivir formas distintas sin reducirlas a un collage. La música sinfónica y el pop, el bajo eléctrico y las narraciones mesopotámicas, Sanremo y la experimentación analógica, una canción que se baila y una frase que continúa resonando cuando la fiesta terminó.

Esa es quizá la astucia central de su obra: permitir que una canción sea primero placer y después, para quien quiera seguirla, pregunta.

En Buenos Aires, donde su nombre todavía no posee el reconocimiento que tiene en Italia, Max Gazzè se presentó sin el peso de la celebridad. Y lo hizo de la manera más coherente con su historia: no exigiendo que la ciudad aprendiera quién era, sino escuchando qué podía hacer la ciudad con su música.

Tal vez siga siendo, en el fondo, el hombre que solo quería tocar el bajo. Solo que el instrumento que ahora sostiene entre las manos puede ser una banda, una orquesta, una antigua historia escrita sobre arcilla o una ciudad entera.