La tecnificación del abandono

Los delitos contra la integridad de las infancias

Los dispositivos digitales modificaron la niñez. El niño ya no depende exclusivamente de los adultos para acceder al conocimiento, pero queda expuesto a nuevos riesgos.

Femicidio de Agostina. Desapareció el 23 de mayo en Córdoba con 14 años. Foto: cedoc

El “caso Agostina” no constituye un crimen aislado. Los delitos contra la infancia no pueden ser comprendidos únicamente como transgresiones individuales. Deben ser leídos también como síntomas de fallas en los dispositivos de cuidado. Estas fallas pueden ser familiares, institucionales, o incluso discursivas. Se expresan cuando el niño deja de ser pensado como sujeto y comienza a ser percibido como disponible, reemplazable o silenciable.

La pregunta acerca de qué es un niño o una niña parece, a primera vista, una cuestión simple. Durante siglos, las sociedades occidentales respondieron apelando a la biología, la dependencia familiar o la inmadurez. Sin embargo, en la actualidad, la noción de infancia se ha convertido en uno de los conceptos más complejos del pensamiento jurídico y filosófico. Ya no designa únicamente una etapa cronológica de la vida, sino una condición política y simbólica.

Desde el punto de vista jurídico contemporáneo, el niño o la niña es, ante todo, un sujeto de derechos. Esta transformación constituye uno de los cambios más significativos de la modernidad tardía. Durante mucho tiempo, los menores fueron considerados objetos de protección o tutela. La autoridad paterna, el Estado o las instituciones religiosas actuaban en su nombre. Desde Aristóteles hasta gran parte de la filosofía moderna, el niño aparecía como un ser orientado hacia un fin: convertirse en mayor. A partir del siglo XX, esta concepción comenzó a ser cuestionada.

El paradigma actual, consolidado especialmente a partir de la Convención sobre los Derechos del Niño, modificó radicalmente esta perspectiva. La infancia empezó a entenderse como una forma específica de existencia y no simplemente como una preparación para la vida adulta.

Desde una mirada antropológica, la vulnerabilidad infantil no es un accidente ni una deficiencia. Es uno de los rasgos fundamentales de la especie humana. A diferencia de muchos animales, el ser humano nace radicalmente incompleto. No dispone de autonomía biológica suficiente para sobrevivir por sí mismo. Su nacimiento no representa una culminación sino un comienzo precario. La vida humana aparece así ligada desde el origen a la dependencia de otros.

Durante las últimas décadas, el acceso masivo a internet, la inteligencia artificial, las redes sociales y los dispositivos digitales ha modificado profundamente la relación entre infancia y dependencia. Muchos conocimientos que antes circulaban exclusivamente a través de los adultos ahora pueden ser obtenidos directamente por los niños. Las tecnologías parecen disminuir ciertas formas tradicionales de mediación familiar. Un niño puede aprender idiomas sin maestros, resolver problemas sin consultar a sus padres, establecer vínculos sociales sin abandonar su privacidad y acceder a cantidades prácticamente infinitas de información. Desde esta perspectiva, podría parecer que las tecnologías han emancipado a la infancia de la tutela familiar.

El niño ya no depende exclusivamente de los adultos para acceder al conocimiento, pero queda expuesto a nuevos riesgos: la vigilancia digital, la captura de la atención, la manipulación algorítmica, la hiperestimulación emocional y la exposición prematura a experiencias para las cuales aún no dispone de recursos simbólicos suficientes.

Entre los relatos breves que atraviesan el acervo occidental, pocos poseen la fuerza filosófica del mito de Cura. Conservada por el escritor latino Higino y retomada siglos después por Martin Heidegger en Ser y tiempo, esta pequeña narración parece ofrecer una respuesta a una de las preguntas más antiguas de la humanidad: ¿qué es el hombre? O más bien: ¿qué es un niño?

La historia comienza junto a un río. La diosa Cura (Sorge, en Heidegger, traducida como Cura o Cuidado) atraviesa la corriente y observa un trozo de arcilla. Lo toma entre sus manos y comienza a modelarlo. Mientras contempla su obra, aparece Júpiter. Cura le pide que insufle espíritu a la figura de barro, y Júpiter accede. Cuando llega el momento de darle un nombre a la criatura, surge una disputa. Júpiter reclama el derecho a nombrarla porque le ha dado el espíritu. Entonces interviene la Tierra, que exige también su parte, pues el cuerpo ha sido hecho de su propia materia.

La controversia es sometida al juicio de Saturno. Su sentencia es singular. Después de la muerte, el espíritu volverá a Júpiter y el cuerpo regresará a la Tierra. Pero mientras el hombre viva, pertenecerá a Cura.

La fuerza de esta parábola reside precisamente en esa decisión. Lo crucial no es que el hombre posea espíritu ni que posea cuerpo. Lo determinante es que durante toda su existencia permanece bajo el dominio del cuidado.

La tradición filosófica occidental ha definido al ser humano de múltiples maneras. Ha dicho que es racional, político, lingüístico o simbólico. La fábula propone una interpretación diferente. El hombre sería, ante todo, el ser que pertenece al cuidado. Esta imagen subvierte gran parte de la metafísica occidental. La tradición ha tendido a privilegiar la razón, el alma o la conciencia como fundamentos de la humanidad. El relato introduce una idea distinta: antes de pensar, antes de hablar, antes de gobernar o crear, el ser humano es un ser expuesto a la necesidad de cuidar y ser cuidado.

Pero el mito permite también una lectura política. Si el hombre pertenece al cuidado, entonces ninguna sociedad puede fundarse exclusivamente sobre la soberanía, la producción o la fuerza. La dependencia no es una excepción de la vida humana; es su condición originaria. En la fábula transmitida por Higino y retomada por Heidegger, la disputa entre los dioses surge en el momento mismo de encontrar un nombre. La cuestión no es secundaria. En las prácticas religiosas, jurídicas y antropológicas, nombrar significa introducir una existencia en un orden simbólico.

En aquella alegoría el hombre se llamará “homo” porque proviene del “humus”, de la tierra. El nombre remite a su origen material. Sin embargo, ni el espíritu ni la materia obtienen la posesión definitiva de la criatura. Mientras viva, pertenecerá a Cura. Aquí aparece una intuición extraordinaria. El nombre puede provenir de la tierra, pero la existencia pertenece al cuidado.

La leyenda establece así una diferencia fundamental entre ser nombrado y existir. En este sentido, la fábula parece sugerir que el cuidado precede a la identidad. Tal vez el desafío contemporáneo consista precisamente en evitar que la expansión de la técnica produzca un eclipse de la palabra del corazón, esa parresía foucaultiana.

En este sentido, la cuestión no es si los padres han perdido completamente la capacidad de nombrar. Más bien habría que decir que su palabra ya no posee el dominio que tuvo en otras épocas. Ha sido desplazada, relativizada y sometida.

Será oportuno distinguir entre los conceptos jurídicos de culpa y responsabilidad. Frente a un delito el criminal se hallará culpable, pero la responsabilidad ante el no cuidado de un menor es de una familia, un Estado, una sociedad desanclada de su dimensión ritual, narrativa y deseante.