Por qué escribir si ya nadie lee
Dominados por la inteligencia artificial, las redes sociales y la lectura fugaz, escribir parece un acto cada vez más difícil y solitario. Sin embargo, quizá nunca haya sido tan necesario: escribir para pensar, conocerse, resistir y, sobre todo, vivir.
El proceso de escritura puede ser incómodo, denso, ingrato; y eso en caso de eludirse el síndrome de la página en blanco, que dificulta tan sólo empezar. Luego habrá que asumir una pegajosa telaraña de revisiones, decantaciones y demás procesos, que no garantizarán un manuscrito decente, ni mucho menos, su publicación.
Asimismo, el narrador del siglo veintiuno subirá con lastre esa empinada pendiente, disputando la atención de un lector huidizo, hipnotizado por un maremágnum de redes sociales, plataformas y aplicaciones. Y como en todas partes se honra a un profeta, menos en su tierra y en su propia casa, el escritor emergente deberá —además— luchar con la indiferencia, el descrédito y hasta la burla de los suyos: ¡mirameló al Yaquespiere!
Pero hay más calamidades para el entusiasta de las letras: recientemente ha asomado la cabeza una criatura bicéfala bautizada inteligencia artificial, que no sólo amenaza con raptar lectores y reemplazar escritores, sino que presagia el secuestro masivo de cerebros. La diablilla ha venido a “ayudarnos” sin que nadie se lo pidiera, lo que aconseja como mínimo recelar de sus intenciones, si consideramos el axioma del inefable trovador guatemalteco No es bueno el que te ayuda, sino el que no te molesta.
Artificial
•Adj. Hecho por el hombre.
•No natural, falso, ficticio.
La RAE no miente: son ciertas ambas acepciones, y valen perfectamente para la IA: fue hecha por el hombre, no es natural, puede ser falsa y ficticia. Y yo agregaría: medrosa y sesgada; charlatana, empalagosa y obsecuente; fantasiosa, imprecisa y embustera. Ah, mentirosa, también. Y su fruto “literario” típico tiene —por ahora— aspecto de brief publicitario berreta sabor literatura; una especie de palimpsesto insufriblemente cursi y polite estilo galleta de la fortuna. Habremos de preocuparnos cuando escriba como Stefan Zweig, Irene Némirovsky, Benito Pérez Galdós o Thomas Mann.
Lo que sí es inquietante es que nos está atrofiando la capacidad de elaboración y desarrollo de ideas escritas. Aun de ideas a secas, alertan algunos. La calle está sobrada de vendedores de prompts y carente de lectores y escritores de libros desalineados del discurso hegemónico. Se usa menos inteligencia natural que artificial, y eso que consume menos agua.
En fin, está de moda ensañarse con esta picarona, pero qué remedio... El animalito ya está ahí, agazapado. Según dicen, alimentándose de nosotros, y se hará fortachón más temprano que tarde. Eventualmente, dejará obsoleto a medio mundo, escritores incluidos. Oponerse sería como oponerse a un tsunami, que existe más allá de cualquier voluntad; que a uno le parezca una porquería no cambia nada, igual nos pasará por encima.
O no. Ya veremos.
Pero no hay que engañarse, la gente puede prescindir de escribir y de leer. La humanidad lo hizo desde siempre y llegó hasta aquí sin mayores contratiempos, aunque esta certeza no disipe la angustia de los que encontramos en la escritura y en la lectura el modo de ganarnos la vida, de expresarnos, de realizarnos y de sanar heridas.
Entonces, viviendo ya en Un mundo feliz huxleyano, ¿por qué escribir?
Si he de ser sincero, no lo tengo claro. Creo que escribimos primero que nada para nosotros mismos, en un ejercicio de expresión profunda, de superación personal, de entrega y realización extremas. El acto catártico de escribir es como el de cantar. Pero la catarsis funcionará siempre que uno escriba lo que se le canta, ya que la coacción del Sistema impide la catarsis, y hace de la escritura un acto administrativo y vulgar, como la “música” de esos afinados a máquina que aúllan de perreos y culos.
Escribir es atender la necesidad fisiológica que pide excretar esa sustancia turbia que se acumula entre el corazón y los órganos reproductores; de ser posible, vaciándola sobre el sector neopuritano y cancelatorio de la sociedad, esa claque infantiloide y bobalicona que hoy segregaría a Bukowski tachándolo de machirulo y desmembraría a Nin en un programa de chimentos.
Escribir es más que la expresión del ego con que se nos ridiculiza a los escritores con cierta razón por querer ver nuestro librejo en las mesas de las librerías, para que quien nos ninguneaba trague bilis ante nuestro “éxito”. Escribir es por sobre todas las cosas una manera de conocer la realidad. La de afuera, sí, pero sobre todo la de adentro. Escribir es conocerse. Conocerse es vivir. No existir, vivir. Con toda la miel y la mierda que eso implica.
Por eso, independientemente de que nadie lea lo que se escriba, el que escribe es ya en ese mismo acto una versión más evolucionada que la de su yo ágrafo. ¿Evolucionada en un sentido externo, mensurable? No, en un sentido interno, personal, insondable. Escribir hace bien aunque nadie lea. Aunque claro, queremos que alguien lea, porque el lector cierra el círculo: la expresión del pensamiento en una y otra dirección.
El bosque que tapa el árbol. Mucha gente cree que leer es aburrido, pero quizás ese juicio derive de una mala experiencia a la hora de cazar en el bosque de papel: es sabido que el mundo del libro escora a babor (como casi todo lo relacionado al arte), cualquiera que pasee por Avenida Corrientes puede constatarlo en las góndolas atestadas de socialismo, globalismo, ecologismo, feminismo, veganismo, indigenismo y demás ismos, tanto en forma de panfleto como aplicados a la ficción. Tal vez, si no estuviera todo lleno de fridakahlos, cheguevaras, simonedebeauvoires, pablonerudas y eduardogaleanos, el lector virgen no huiría despavorido al grito interno de ¡qué embole leer!
El problema de una curaduría amañada es que espanta al “tipo común” que quiere “probar” con esto de la lectura, porque abunda una literatura ideológicamente recalcitrante que soslaya cualquier otra cosa en un bosque tan plagado de propaganda y corrección política. Y como ese bosque tapa el árbol, aquel libro silvestre, original, genuino, incorrecto... Habrá que ir a buscarlo a depósito.
¿Y da lo mismo leer y escribir cualquier cosa?
Los libros motivacionales o de autoayuda son apreciables, pero no tanto como una novela íntima, un cuento ácido, un poema asesino, una fábula erótica. La buena ficción estimula el razonamiento, cosa que no ocurre con libros que dan el pez en la boca. El librito comercial productivista puede ayudar a iniciarse en la lectura, y eso es muy positivo, pero a menudo genera una especie de adicción a las calorías vacías: dispara un subidón de dopamina comparable a la ingesta de media docena de churros rellenos; y ese colosal torrente de glucosa en sangre parece a simple vista buen negocio, pero la saciedad dura poco, y más temprano que tarde, el subidón será un bajón, y pronto habrá que ir a la caza de otro gurú, de otro texto chatarra, para huir de la angustia existencial, sin lograrlo. Por supuesto que excluyo de esta simbolización obras didácticas de calidad, como las que enseñan escribir de Stephen King, Ray Bradbury o Marcelo di Marco, por citar sólo algunos autores emblemáticos.
El buen libro de ficción puede no ser tan adictivo en un principio (aunque después resulte imprescindible), porque exige intervención, entrega y razonamiento; pero asegura un ingreso lento de serotonina, es precursor de la realización personal, y ayuda a construir el aparato creativo; aparato oxidado por el almíbar mucilaginoso que el mass media apelmaza con sus glándulas salivales hasta formar el bolo baboso y calentito que regurgita día a día en millones de picos anhelantes.
Y no hace falta una ficción superlativa, bastará que sea honesta: el autor sincero nos saca a pasear en su avioneta descapotable, nos despeina la peluca, nos hace transpirar un rato o fruncir el tercer ojo; y después nos tira por cualquier lado sin aterrizar del todo, así al vuelo nomás, como cuando saltamos de la telesilla. Y cuando uno piensa en regresar al lugar de origen, advierte no estar tan seguro de querer volver allí. Porque ahora uno es otro. Hubo un crecimiento. Uno que nunca dará un libro de autoayuda, un libro motivacional, un libro productivista. Mucho menos lo dará TikTok o un streaming de adolescentes tardíos riéndose de estúpidos chistes internos.
Como sea, volviendo a lo nuestro: fíjese cómo me quejo, y así y todo vengo escribiendo hace varias páginas, y usted viene leyendo. Creo que eso responde a la pregunta del título de la nota. Y aunque es probable que estas disquisiciones caduquen en breve fagocitadas por la supremacía de la IA, mientras tanto, ¿quién nos quita lo bailado? Así que a leer y a escribir, que se acaba el mundo.
*Escritor. https://www.pablolaborde.com/serviciosliterarios
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