En Japón, más de medio millón de personas viven como ermitaños modernos. Se los conoce como “hikikomori”, término acuñado por el psicólogo japonés Tamaki Saito en su libro “Aislamiento social: una interminable adolescencia” (1998) para aquellos jóvenes y adultos solitarios que se retiran de todo contacto social y, a menudo, no abandonan su casa en años.
El fenómeno del aislamiento social extremo originado en Japón, encuentra en la Ciudad de Buenos Aires (con más de un 39% de hogares unipersonales según el último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas) un terreno fértil. En una metrópolis caracterizada por la sobreestimulación visual y auditiva, la vivienda pasa de ser un espacio de descanso a un refugio defensivo frente al entorno urbano hostil o percibido como amenazante.
En mi libro “Vivir solo. Experiencias de residentes de hogares unipersonales de la Ciudad de Buenos Aires” (2023) explico que mayormente varones adultos y adultos mayores sostienen que el vivir solo habilita el deseo de no interactuar activamente con otros, y recrudece, a lo largo del tiempo, las características más “egoístas” o “ermitañas” de su personalidad. Uno de los testimonios “A mí no me gusta estar constantemente con gente, no me gustó nunca, siempre necesité… Tenía 20 años, un día armaba una valija con libros, una malla y una remera y me iba una semana a la playa. Y, además, ¿cómo se llama? No me sale el nombre… ¡Ah! En la Kabbalá mi estructura de personalidad es “El Ermitaño”. Igual, yo lucho bastante contra esto. Me podría quedar en mi casa una semana encerrado y está todo bien”. (Varón, 69 años, C3).
La conectividad continua, la expansión del trabajo freelance y las economías de plataformas con los servicios a domicilio o delivery, permiten a una porción de la población subsistir u ocuparse sin necesidad de atravesar el espacio público ni interactuar cara a cara. En palabras de varones de distintos segmentos etarios:
“He llegado un viernes por la noche a mi casa a mi departamento y he salido recién el lunes, sin bajar a la vereda. Mientras haya comida, televisión y Netflix… Sin hablar por teléfono con nadie, eh. La paso bien” (Varón, 51 años, C2).
“Además, yo también trabajo en mi casa con lo cual me vuelvo osco y anti todo ahí. El tema de vivir solo y laburar en tu casa, te recorta” (Varón, 31 años, C2).
Por otra parte, la infraestructura urbana y la vida en micro departamentos facilitan que el encierro prolongado pase inadvertido para el entorno inmediato, a diferencia de lo que ocurre en comunidades más pequeñas. Esto también fragmenta las instituciones tradicionales de sociabilización y el encuentro físico.
“No voy al gimnasio. No hago teatro. No me gusta el inglés, tampoco hago cursos de computación. En general conozco gente del trabajo, soy poco sociable” (Varón, 35 años, C3).
Desde luego, con el paso del tiempo, el deceso físico de familiares y amigos de antaño, refuerzan esto. Ante la pregunta ¿dónde conocía a la gente con la que se vinculaba?, uno de los encuestados respondió: “Y, eran muchos, gente amiga de años, amigos de la familia, amigos de escuela, del trabajo. Y murieron muchos, o se fueron, o trabajan en otro lado, ¿viste? Y uno se va desvinculando también, esa es otra de las cosas”. (Varón, 67 años, C2).
Como puede finalmente percibirse, vivir solo no siempre implica soledad. La soledad no siempre desemboca en un aislamiento severo, pero nos invita a seguir repensando políticas públicas de atención de la salud y cuidados en contextos de disminución del tamaño promedio de los hogares en las grandes ciudades.
*Licenciada en Sociología; profesora de enseñanza secundaria, normal y especial en Sociología; Doctora en Sociología. Profesora de la carrera de Sociología de la UCES. Autora del libro Vivir solo. Experiencias de residentes de hogares unipersonales de la Ciudad de Buenos Aires, por la Editorial Imaginante.