La visita de Javier Milei a Chile fue breve, pero dejó bastante más que una fotografía con José Antonio Kast en La Moneda. El presidente argentino estuvo poco más de media hora con su par chileno y luego participó en el Foro Madrid, donde volvió a desplegar buena parte de las ideas que han convertido su figura en uno de los principales referentes de la nueva derecha internacional. En términos protocolares fue una visita exprés. En términos políticos, bastante más extensa.
La primera esquirla quedó en el Estrecho de Magallanes. Las declaraciones del jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea argentina, cuestionando la soberanía chilena sobre el estrecho, obligaron al gobierno del país vecino a reaccionar con rapidez. Desde Punta Arenas Kast fue categórico al señalar que el Estrecho de Magallanes es chileno. Era una respuesta inevitable frente a una declaración que tocaba directamente uno de los asuntos más sensibles de la relación bilateral.
Días después vino la reunión con Milei y el comunicado conjunto que buscó cerrar el episodio. Argentina reconoció expresamente la soberanía chilena sobre la totalidad del Estrecho de Magallanes y ambos gobiernos reafirmaron la vigencia de los tratados que sustentan esa posición. En lo formal, el impasse quedó resuelto. Sin embargo, quedó pendiente la revisión del decreto argentino de 2021 que calificó el estrecho como un “espacio compartido”.
El gobierno chileno había planteado antes de la visita que ese decreto debía ser corregido. Después de reunirse con Milei, Kast señaló que no le exigiría su derogación. La decisión puede entenderse desde la necesidad de evitar una escalada con Argentina y preservar una relación que el Gobierno considera estratégica, aunque refleja una incomodidad bilateral que se hace evidente. Si ambos países acaban de reafirmar que el Estrecho de Magallanes pertenece íntegramente a Chile y que esa soberanía está respaldada por los tratados vigentes, resulta difícil explicar la conveniencia de mantener una disposición argentina que utiliza una fórmula distinta.
La diplomacia tiene espacio para administrar esas diferencias. La política interna suele tener bastante menos paciencia con ellas. Y este episodio deja planteado un desafío que probablemente acompañará a Kast durante su relación con Milei. La afinidad política entre ambos Presidentes es evidente. Comparten una mirada similar sobre la economía, la seguridad, la izquierda y la llamada batalla cultural, además de una evidente cercanía personal. Esa coincidencia puede ayudar a construir una agenda bilateral más ambiciosa, especialmente en materias como energía, minería, infraestructura y seguridad.
Sin embargo, una relación cercana entre dos gobiernos no puede descansar exclusivamente en las afinidades personales o ideológicas. El episodio del estrecho recuerda que existen intereses nacionales que tienen una lógica propia y que sobreviven a los gobiernos de turno. Chile puede tener un Presidente cercano a Milei, compartir buena parte de su visión política y buscar una relación mucho más estrecha con Argentina, pero eso no modifica las posiciones permanentes del Estado chileno respecto de su soberanía.
La segunda esquirla, probablemente más política, fueron los dichos de Milei sobre Salvador Allende. En el Foro Madrid, el Presidente argentino reivindicó la etapa posterior al derrocamiento de Allende y presentó el período de la dictadura como una etapa asociada a estabilidad y crecimiento. También criticó al exmandatario y cuestionó el estallido social chileno, instalando nuevamente su lectura sobre la historia política reciente de Chile.
Milei probablemente sabía que sus palabras generarían polémica. Es parte de su forma de hacer política y de una estrategia que le ha permitido consolidar un liderazgo que excede las fronteras argentinas. El problema es que esta vez estaba hablando en Chile, sobre uno de los períodos más sensibles de nuestra historia reciente y pocos días antes de un nuevo aniversario del golpe de Estado.
Al revisar la conversación en redes sociales después de sus declaraciones, el rechazo aparece prácticamente transversal. Hay críticas desde la izquierda y desde el centro, y también desde sectores de derecha que consideran que Milei se excedió al referirse de esa manera a Salvador Allende y al período posterior al golpe. Incluso Guillermo Ramírez, presidente de la UDI, cuestionó públicamente sus dichos y sostuvo que no eran adecuados para referirse a un mandatario.
Ese dato es políticamente relevante porque muestra que el episodio consiguió sacar la discusión del eje habitual de izquierda y derecha. En Chile existe una discusión legítima y todavía muy intensa sobre el gobierno de Allende, sus políticas económicas, su relación con la oposición y las circunstancias que llevaron al quiebre institucional de 1973. Esa discusión puede ser dura y probablemente continuará durante muchos años. Una cosa distinta es que un Presidente extranjero llegue al país y formule una interpretación de ese período que, además de ser políticamente provocadora, entra directamente en una discusión histórica que sigue siendo especialmente sensible para los chilenos.
Milei consiguió instalar su discurso, pero también consiguió algo que probablemente no estaba dentro de sus objetivos. Generó una reacción bastante más transversal de la que habitualmente provoca cuando confronta con la izquierda. En redes sociales, el rechazo a sus dichos sobre Allende fue particularmente amplio y alcanzó incluso a personas que comparten muchas de sus posiciones políticas. Para un Presidente que llegó a Chile buscando reforzar su vínculo con la derecha local, es una señal que conviene mirar con atención.
La tercera esquirla está dentro del propio Gobierno chileno. La controversia del Estrecho de Magallanes dejó expuestas diferencias entre las posiciones que habían planteado algunos ministros y la decisión final de Kast de no convertir la derogación del decreto argentino en una condición para cerrar el episodio. No es una crisis política ni mucho menos una amenaza para el Gobierno, pero sí muestra que la relación con Milei obligará a La Moneda a administrar permanentemente la tensión entre afinidad política e interés nacional.
Kast necesita una buena relación con Argentina. La frontera, la energía, la minería, la infraestructura, los corredores bioceánicos y la seguridad hacen que una cooperación más estrecha sea conveniente para ambos países. Hay oportunidades concretas que pueden tener un impacto mucho mayor que cualquier fotografía presidencial o que las coincidencias discursivas en un foro internacional. El desafío para Kast será conseguir que esa relación avance sin que Chile aparezca subordinado a la agenda política de Milei.
Esa autonomía será especialmente importante porque Milei tiene una enorme capacidad para transformar cualquier escenario en una plataforma para su propia agenda. Lo hizo en Santiago. Su intervención en el Foro Madrid estuvo dirigida principalmente a una audiencia que comparte su diagnóstico sobre la izquierda y su defensa de la llamada batalla cultural. Chile apareció como ejemplo de lo que, a su juicio, ocurre cuando esas ideas avanzan y también como una referencia para quienes buscan disputar políticamente ese terreno.
Kast tiene una relación distinta con ese discurso porque ahora está sentado en La Moneda. Milei construyó buena parte de su liderazgo desde la ruptura con el sistema político argentino. Kast tiene que gobernar desde las instituciones, administrar el Estado, negociar con el Congreso y responder por resultados concretos en seguridad, crecimiento, inversión y empleo. Esa diferencia puede parecer menor cuando ambos aparecen juntos en una fotografía, pero será cada vez más importante a medida que avance el Gobierno chileno.
La cuarta esquirla fueron las Malvinas. El comunicado conjunto incluyó el respaldo chileno a los legítimos derechos de soberanía de Argentina sobre las islas y llamó a reanudar las negociaciones con el Reino Unido. Para Milei es una señal importante, aunque para Chile representa un cambio en su posición histórica. El contexto, sin embargo, le da una relevancia política particular porque la declaración aparece inmediatamente después de una controversia en torno al territorio chileno.
El equilibrio terminó siendo bastante claro. Argentina reafirmó la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes y Chile volvió a respaldar la posición argentina respecto de las Malvinas. Ambos gobiernos pudieron presentar el resultado como una muestra de que la relación bilateral salió fortalecida de la visita. Para Kast, además, permitió cerrar rápidamente un episodio que podía haberse convertido en un problema mayor.
La pregunta ahora es cuánto durará ese equilibrio y qué ocurrirá cuando aparezca el próximo desacuerdo. Porque la verdadera prueba de la relación Kast-Milei no estará en las fotografías ni en los discursos del Foro Madrid. Estará en los proyectos mineros, en la energía, en la infraestructura, en la frontera y en la coordinación frente al crimen organizado. También estará en la capacidad de ambos gobiernos para resolver sus diferencias sin convertir cada problema en una disputa pública.
Milei tiene interés en proyectar su experiencia política más allá de Argentina y Kast tiene interés en mostrar que existe una nueva derecha con capacidad de gobernar y entregar resultados. Esa coincidencia explica buena parte de la cercanía entre ambos, pero también contiene una diferencia fundamental. Milei todavía puede hacer de la confrontación una herramienta central de su liderazgo. Kast tendrá que convivir con las consecuencias concretas de sus decisiones desde el poder.
Por eso la relación con Milei puede ser una oportunidad para Chile, aunque también una prueba para Kast. Una relación estrecha con Argentina puede generar beneficios concretos y abrir espacios que durante años estuvieron desaprovechados. La condición será mantener una política exterior que responda a los intereses chilenos y que pueda convivir con las coincidencias ideológicas sin quedar atrapada en ellas.
La visita de Milei dejó entonces varias esquirlas. El Estrecho de Magallanes mostró que la cercanía presidencial tiene límites cuando aparecen cuestiones de soberanía. Los dichos sobre Allende mostraron que la batalla cultural que Milei lleva por América Latina no necesariamente encuentra en Chile el mismo terreno que en Argentina. Y la discusión sobre las Malvinas recordó que las relaciones internacionales son estratégicas y pueden ayudar a conseguir equilibrios, reciprocidades y reafirmar posiciones históricas.
Milei llegó a Chile a hablarle principalmente a su propia audiencia y consiguió hacerlo con éxito. También dejó instalada una discusión que probablemente seguirá durante los próximos días. Para Kast, el desafío es bastante más complejo. Tendrá que mantener una relación cercana con uno de sus principales aliados políticos en la región, aprovechar las oportunidades que ofrece Argentina y, al mismo tiempo, dejar claro que la cercanía entre ambos Presidentes no significa que Chile renuncie a su propia agenda.
La visita terminó rápido. Sus efectos políticos, probablemente, durarán bastante más. Y las esquirlas más importantes todavía están por verse. .
*Analista político. Director Comsulting.