Coexistir en el vagón

Rehenes del ruido

El usuario de transporte público –a menudo cansado del trajín diario– ha pagado un boleto para viajar en paz a su destino, no una entrada a un recital de rap. En el subte y en el tren la gente vende mal y viaja peor.

El martirio no se limita al transporte. Perros ladrando, basura por fuera de los contenedores, excremento en veredas y más. Foto: cedoc

La sociedad porteña ha mostrado históricamente tolerancia –y hasta permisividad– hacia actividades que no son propias del transporte público o que, en principio, resultan ajenas a su naturaleza o no forman parte de su función primordial. A cambio de tal excepción tácita, vendedores y artistas han sabido corresponder con actitud cordial y trato respetuoso.

Pero en los últimos años se ha desdibujado la frontera virtual que resguardaba la intimidad del pasajero, y ponía un límite a la faena artística y mercantil en espacios de dominio público. Hoy, en subtes y trenes, un desfile incesante de juglares, vendedores y mendicantes convierte el viaje en una emboscada sensorial: el usuario de transporte deviene público cautivo de un show que no eligió, oyente forzado de una diatriba que no desea escuchar, receptor de un ruido que desborda su umbral de tolerancia. No todos los que trabajan son iguales, queda gente muy respetuosa y educada, pero cada vez hay más que pasan la línea.

Hubo tiempos en que era posible coexistir en un vagón sin invadirse, a veces incluso beneficiándose mutuamente, la oferta de unos satisfaciendo la demanda de otros. Pero solía manejarse un volumen razonable, no se declamaban consignas políticas ni diatribas provocadoras, no se invadía el espacio personal, no se obligaba a la interacción con incómodos saludos forzosos, y a nadie se le ocurría dirigirse al pasaje con chanzas, alusiones vergonzantes o preguntas embarazosas. Y el pasajero, por su parte, tampoco convertía el vagón en un salón privado donde acicalarse, cortarse o pintarse las uñas, almorzar o apurar alguna necesidad fisiológica.

Pero las cosas han cambiado: hoy un pasajero promedio de subte o tren debe “aceptar” un artículo por estación haciendo equilibrio sobre su rodilla, aguantar gritos e insultos de diversas “performances artísticas”, soportar canciones desafinadas aturdiendo desde parlantes de baja calidad y alta potencia, o ser compelido emocionalmente a entregar una limosna; todo entre vapores de chipá, empanadas de choclo, pan relleno y orines.

Sin embargo, el usuario de transporte público –a menudo cansado del trajín diario– ha pagado un boleto para viajar en paz a su destino, no una entrada a un recital de rap, a una obra teatral, a un acto partidario; tampoco una visita a un orfanato o a una feria itinerante de pregoneros.

Alguien podría desestimar esta apelación por clasista o burguesa, alegando que existen prioridades más urgentes. Pero una cosa no invalida la otra. No se trata de cercenar fuentes de trabajo –aunque sean informales– ni de cuestionar el qué o el quién, sino el cómo: la actividad artística, comercial o de caridad en un espacio de acceso y dominio público debería observar reglas mínimas de convivencia.

La corrección política ha colonizado el sentido común y ha llevado a naturalizar lo inaceptable. Porque el martirio no se limita al transporte: escapes libres, perros ladrando durante horas, basura por fuera de los contenedores, alarmas que nadie controla, excremento en veredas, ruidosas murgas ensayando eternamente o megáfonos estrepitosos que despedazan la siesta a la caza de calefones y colchones usados convierten la ciudad en un averno. Y todo esto habla de un modelo cultural.

¿Tiene la gente derecho a ejercer su arte y ganarse la vida? Absolutamente. ¿Tiene derecho a hacerlo alterando la paz del prójimo? Absolutamente no. No estaría de más una campaña de concientización sobre higiene auditiva y modos urbanos, porque quien aprende a registrar al otro no solo mejora la calidad de la vida ajena, también mejora la propia.

La misma actividad ambulante podría ejercerse con mayor asertividad, menor volumen y modos más considerados. Todos ganaríamos. Porque quien convive a diario con semejante polución sensorial ve resentida su calidad de vida, y me refiero al receptor de esa contaminación, pero también al emisor, que por contagio social, adecuación al medio y adoctrinamiento mediático no advierte el perjuicio ajeno porque tampoco puede reconocer el propio. Y la alienación alcanza a todos por igual.

Y cito el adoctrinamiento mediático porque existe una idiosincrasia alentada por cierto sector del “arte” y de la política –y reforzada por los medios– que viene promoviendo la sordidez como usina de identidad, naturalizando el mal modo y romantizando lo vulgar y lo decadente, bajo el rótulo complaciente de lo “popular”, en un elogio de la degradación social. A través de series, películas y actos partidarios se ha instalado –casi como una pieza de marketing– la idea de un supuesto gen argento grosero y mísero del que habría que enorgullecerse. Pero mientras muchos de esos “creativos” capitalizan el relato desde barrios cerrados y autos de alta gama; en el subte y en el tren, en cambio, la gente vende mal y viaja peor.