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Medio Oriente

Irán: Trump tiró, pero le salió por la culata

Presentada como la solución milagrosa a la política interior de Trump, la guerra en Oriente Medio podría volverse en su contra a ocho meses de las elecciones de mitad de término.

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El margen de maniobra del líder de una democracia depende de su índice de aprobación entre la población civil. El de Donald Trump está en caída libre. Según un estudio realizado por The Economist, a principio de marzo el 58% de los estadounidenses desaprueba las acciones del presidente. Las razones son: 1. Su guerra arancelaria arbitraria, que repercute en el poder adquisitivo. 2. El caso Epstein, polémico tanto por el fondo (un presidente sospechado de participar en una red de pedocriminalidad organizada) como por la forma (la mayoría de los documentos no se han publicado o han sido parcialmente censurados por el Ministerio de Justicia). Y la última razón: 3. Su política migratoria alienante y mortífera, que siembra en las ciudades demócratas la inseguridad y el terror que pretende combatir.

Las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos se celebrarán a principio de noviembre. Todos los escaños de la Casa de Representantes y un tercio de los escaños del Senado se renovarán. Si Trump no cambia radicalmente la tendencia, sufrirá una debacle que, además de impedir aprobaciones de leyes por la fuerza, podría llevar a su propia destitución a través del impeachment: un mecanismo de juicio político que puede destituir a un representante, incluso al presidente mismo, si (1) la Casa de Representantes vota a mayoría simple la resolución de hacer un juicio, y (2) el Senado que atiende el juicio vota a mayoría de los dos tercios condenarlo.

Trump es el único presidente estadounidense que enfrentó dos impeachments, ambos durante su primer mandato: primero por “abuso de poder” y “obstrucción del Congreso” en el Trump-Ucrania escándalo, y segundo por “incitación a la insurrección”, tras el asalto al Capitolio por parte de sus partidarios.

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Fue absuelto por el Senado en ambos juicios. Por lo tanto, sabe que hoy corre de nuevo este riesgo y así lo avisó a los republicanos en enero de 2026: “Si perdemos las elecciones de mitad de mandato (los demócratas), encontrarán alguna razón para destituirme”.

En efecto, los motivos de destitución no faltan. Desde el principio de su segundo mandato, ya se introdujeron cuatro resoluciones de impeachment en su contra a la Casa de Representantes. Los motivos son los siguientes: usurpación del poder del Congreso para declarar guerra, intimidación a jueces federales, obstrucción a la Justicia, soborno, corrupción y conversión de la democracia estadounidense en un régimen autoritario.

Como los republicanos tienen la mayoría en la Casa de Representantes, las resoluciones quedaron en papel mojado hasta ahora. Pero ¿qué ocurriría si los demócratas tuvieran la mayoría?

Ante este peligro, Trump primero sugirió, a través de diferentes alusiones, una posible suspensión de las elecciones de mitad de mandato. Ese atentado democrático demostró otra vez que Trump se burla de la Constitución de su país y que la democracia estadounidense está en peligro frente a su deriva autoritaria. Pero las reacciones de la población civil, de las instituciones y de los republicanos mismos revelaron que la democracia estadounidense aún resiste frente a ese tipo de deriva autoritaria y que Trump debe encontrar otra solución.

El regalo ofrecido a Estados Unidos. Dentro de ese callejón sin salida, pronto aparece su aliado incondicional, Benjamin Netanyahu, con una propuesta tentadora: bombardear juntos Irán. Y el presidente de Estados Unidos aceptó. Pero ¿qué tiene que ver esto con la política interior de Estados Unidos?

Unos afirman que una intervención permitiría al presidente declarar un estado de emergencia nacional y posponer las elecciones de mitad de mandato. No hay nada menos seguro. Desde 1789, las elecciones federales americanas (presidenciales, legislativas y de mitad de mandato) nunca fueron pospuestas, incluso en tiempos de guerra (Guerra de Secesión, Primera y Segunda Guerra Mundial, Guerra de Vietnam), y en caso de crisis mayor (Gran Depresión, atentados del 11 de septiembre de 2001, pandemia de covid-19). La razón es sencilla: Estados Unidos no cuenta con ninguna disposición constitucional o legal que permita posponer unas elecciones federales dado que sacraliza la continuidad de las instituciones para evitar cualquier usurpación del poder. Entonces, la pregunta se mantiene: ¿por qué aceptó Trump invadir Irán?

A nivel geopolítico, aparece claro. 1. Presionar a un mayor proveedor de petróleo barato para China. 2. Presionar a un aliado estratégico y proveedor militar de Rusia. 3. Introducir un régimen proamericano en uno de los países productores de petróleo más grandes del mundo y extender el petrodólar. 4. Demostrar la fuerza de su ejército en un contexto mundial de retorno a la concepción de Clausewitz de guerra como extensión de la política. 5. Ayudar a Israel en su guerra existencial.

¿Pero a nivel nacional? La respuesta se puede encontrar en una novela de amor de un escritor suizo. De hecho, las ideologías nacionalistas de extrema derecha están basadas sobre un príncipe antropológico que el escritor Albert Cohen resume en una frase de su novela Bella del Señor. La frase dice “nos amamos por odiar juntos” y supone que el amor y la unidad de una pareja, o de una comunidad, se puede construir gracias al odio que comparten sobre otra comunidad. La intensidad del amor que se profesan unos a otros suele ser proporcional al odio que comparten hacia ese tercio. El 28 de febrero, Trump lanzó la operación Furia Épica al lado de Israel, desencadenando una guerra regional en Oriente Medio. Entre tantas razones, quiso reunir al pueblo estadounidense detrás de la bandera y del ejército, unirlo frente a un enemigo común. ¿Pero funcionará?

Una caja de Pandora, más que una solución inesperada. En las primeras horas de la operación, el ayatolá Ali Jamenei, líder supremo del régimen teocrático iraní, fue asesinado. Nos hizo creer que se trataba de una réplica de la operación Resolución Absoluta de enero de 2026 en Venezuela. Esa operación que secuestró al líder del régimen autoritario, Nicolás Maduro, e instauró al número dos del régimen, con la condición de que se volviera proestadounidense.

Pero Irán no es Venezuela, y eso por cuatro razones. 1. El alcance regional e incluso internacional del conflicto no podrá ser resuelto en un simple trato bilateral. 2. Irán cuenta con la solidez de un régimen protegido por más de cien mil Guardias de la Revolución. 3. Su potencia balística que demostró durante las dos primeras semanas de guerra. Y 4. Su ideología teocrática radical que da poco espacio a una posible negociación.

Entonces, es probable que la guerra no encuentre una solución rápida como en Venezuela. De ahí que, apuesto, la población estadounidense irá polarizándose y la desaprobación irá subiendo. De hecho, una encuesta de YouGov, realizada durante los primeros días de guerra, lo demuestra: solo un 37% de los estadounidenses aprueba la intervención. Y en una polarización creciente, mientras cada día hay más demócratas que condenan la intervención, también hay más republicanos que la aprueban.

Ante todo, la desaprobación se enraiza en una triple oposición. Primero, uno se opone a la usurpación del poder del Congreso que usó Trump para declarar la guerra. Segundo, denuncia la violación del artículo 2.4. de la Carta de las Naciones Unidas, que impide a un país el uso de la fuerza en sus relaciones internacionales sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Tercero, denuncia el bombardeo de una escuela de niñas en Minab que causó entre 150 y 200 civiles muertos, lo que resulta ser una violación de los Convenios de Ginebra, que mencionan el principio de distinción entre civiles y combatientes.

Pero la desaprobación también surge de un recordatorio de la historia. La retórica de la administración Trump, que evoca amenazas existenciales o la necesidad de “cambios de régimen” basados en información falsa o exagerada, resuena como un déjà vu de los argumentos usados para invadir Irak en 2003. Recordamos que Trump fue electo por una ideología aislacionista que condenó las intervenciones en Irak y Afganistán justo porque eran gastos considerables para guerras inútiles. El 28 de febrero, y las dos semanas que siguieron, dio la vuelta a sus electores interviniendo en un país del Oriente Medio. Faltan aún los boots on the ground (soldados en el terreno) para que se convierta en un nuevo Irak. Esta posición aislacionista es característica de la posición de los republicanos que se oponen a la guerra, aunque demócratas también comparten este punto de vista.

En fin, también existe un triple diagnóstico pragmático que los estadounidenses, más temprano que tarde, harán: 1. El costo humano: Trump ya recibió los cuerpos de los seis primeros soldados estadounidenses muertos en combate y reconoció que habrá más muertos. Marcados por el trauma de los muertos en Vietnam, Irak y Afganistán, y también por el trauma de los veteranos con tasas récord de suicidios y de trastorno de estrés postraumático, ¿los estadounidenses estarían de acuerdo con otro ciclo de violencia teniendo en cuenta las consecuencias traumáticas que ya conocen?

2. El costo económico directo: el Pentágono aun no publicó su análisis de gastos, pero varios estudios los estiman en más de 1.000 millones de dólares por día. ¿El estadounidense común –el que votó a Trump esperando que el dinero público se inviertiera en infraestructura, salud o empleo– aceptará que sus impuestos se esfumen en misiles y drones?

3. El costo económico indirecto: Irán bloqueó el estrecho de Ormuz, por donde pasa entre un 20% y un 25% del petróleo mundial. En consecuencia, los precios en las estaciones de servicio en Estados Unidos subieron y el barril superó la barrera simbólica de US$ 100.

Entre oposición de principios, trauma histórico y diagnóstico pragmático, los estadounidenses están midiendo poco a poco las repercusiones negativas de la guerra en Oriente Medio. Trump se enfrenta ahora a un dilema peligroso: ¿retirarse fingiendo una victoria, pero sin haber obtenido nada más que desventajas y asegurarse un desastre durante las elecciones de mitad de mandato, o arriesgarlo todo e invertir soldados sobre el terreno para una victoria incierta?