Tecnología en (y con más) democracia
La gobernanza algorítmica es una de las nuevas claves de la sociedad moderna.
“Hoy, las DAO (Organizaciones Autónomas Descentralizadas) que operan sobre blockchain son plutocracias”. No fue la única frase fuerte que me dejó la jurista Primavera de Filippi en esta entrevista, pero es un buen punto de partida.
De Filippi, abogada y académica, es una de las más reconocidas investigadoras de la relación entre derecho y tecnología, además trabaja en Harvard.
Nos encontramos por noviembre de 2025, en ocasión del lanzamiento de la blockchain oficial de Indonesia y, apartándose del optimismo que reinaba en Bali, señaló que la tecnología sin regulación es inútil y peligrosa.
Algo parecido supimos tempranamente, con los primeros destellos de la IA, cuando el caso State versus Loomis (fallo histórico en EE.UU. sobre el uso de algoritmos de inteligencia artificial) cobró relevancia, en 2016: si el funcionamiento de un software creado por una empresa no puede ser explicado completamente por sus programadores –lo que supone que entonces no hay humano que sea responsable– entonces no es posible que sus expresiones tengan valor de verdad para la sociedad. En otras palabras, sin responsabilidad no hay libertad. De allí que comenzáramos a señalar la gobernanza algorítmica como una de las claves actuales de la democracia.
De hecho, en esta parte del mundo, la forma en que se gestiona la libertad resulta de un complejo engranaje que balancea el peso del capitalismo y la democracia. Hasta no hace mucho, en las Facultades de Derecho se enseñaba el caso United States versus AT&T (demanda antimonopolio) como gran expresión de lo anterior. Porque, casualmente, en el país en el que se prioriza el crecimiento económico y la creación de capital por encima de casi todo, la Justicia decidió, en 1982, que una empresa de telecomunicaciones debía partirse en siete pedazos dado que estaba incurriendo en abuso de posición dominante. Se había convertido en un monopolio.
A pesar de ello, con las big tech ya asentadas como grandes dominadoras de la comunicación actual –entiendo aquí por “comunicación” toda clase de intercambio simbólico– el abuso de posición dominante, entre otros perjuicios, queda bastante claro. Véanse los siguientes ejemplos:
Google/Alphabet. En Estados Unidos, la Justicia concluyó en 2024 que mantuvo ilegalmente un monopolio en búsquedas y publicidad asociada mediante acuerdos de distribución y pagos para ser el buscador predeterminado. En 2025, otro tribunal determinó que monopolizó mercados de tecnología publicitaria para la web abierta.
Google/Alphabet en Europa. La Comisión Europea lo sancionó en 2017 por favorecer Google Shopping frente a competidores, por las condiciones impuestas a fabricantes que utilizaban Android y por restricciones vinculadas con AdSense.
Meta/Facebook. En 2021, la Comisión Federal de Comercio (FTC) de Estados Unidos sostuvo que mantuvo ilegalmente su monopolio en redes sociales personales mediante una estrategia de “comprar o enterrar” competidores, especialmente con las adquisiciones de Instagram y WhatsApp.
Microsoft. Desde 1998 hasta 2013, tanto en Europa como Estados Unidos, la Justicia encontró culpable a la empresa por la forma en que impuso productos a posteriori de la instalación de Windows.
En el campo de la GenAI (Inteligencia Artificial Generativa) el negocio también está en pocas manos. Su matriz productiva, comercial y financiera involucra a las big tech como inversoras, clientes y proveedoras.
Tomando el ejemplo Anthropic, los acuerdos circulares de compra de cómputo se realizan de la siguiente manera: Amazon y Alphabet no sólo invierten miles de millones en el laboratorio, sino que luego Anthropic compromete sumas todavía mayores en comprarles cómputo. Amazon elevó su inversión total y acordó aportar hasta 25.000 millones de dólares, mientras Anthropic se comprometió a gastar más de 100.000 millones de dólares en Amazon Web Services durante diez años; en paralelo, Alphabet acordó invertir hasta $40.000 millones de dólares y Anthropic habría asumido compromisos por 200.000 millones de dólares con Google Cloud y sus chips.
Anthropic y OpenAI (ChatGPT) planean salir a bolsa en el último trimestre de este año, y se espera que sus valuaciones se tripliquen; actualmente el valor de Anthropic se calcula en 965 mil millones de dólares.
Ambas empresas, como Gemini (Google) y las demás, aplican la misma estrategia de adopción: disrupción tecnológica extraordinaria sostenida por inversión de capital privado que soporta pérdidas estratosféricas hasta que se quedan con el mercado. El modelo se conoce como “winner takes all”. Luego, cuando su estatura es tan grande que no hay legislación que los frene ni multa que les duela, comienzan a recuperar el dinero invertido. Ajustan precios por suscripción, capturan datos, se asocian con gobiernos. Así lo hicieron las Big Tech.
Entidades no humanas reconocidas jurídicamente en Estados Unidos.
Antes de continuar, es necesario aclarar que las DAO (Organizaciones Autónomas Descentralizadas) son entidades no humanas en tanto sus contratos se ejecutan en forma automática, sin intervención humana, sobre Blockchain. Y, por su parte, la IA se entiende como cualquier sistema informático capaz de aprender y ejecutar decisiones sin intervención humana, no necesariamente sobre Blockchain.
En el contexto descrito más arriba, ¿favorecería a la democracia que un Estado conceda personería jurídica a entidades no humanas?
Volvamos a la noción de responsabilidad.En su artículo del Financial Times, Milei advierte que toma como parámetro para su propuesta la creación de las Limited Liability Company, LLC, que en Argentina conocemos como Sociedad de Responsabilidad Limitada, SRL, o Anónima, SA. Sin dudas la creación de una entidad jurídica como sujeto económico permite que la respuesta ante la Justicia sea patrimonial, con activos de esa entidad. Pero cuando el patrimonio de la empresa no alcanza para resarcir el daño, entonces, normalmente, el Derecho prevé que se pueda identificar quién es el humano responsable de las decisiones, para exigir que responda con sus bienes.
En el caso de las DAO, la complejidad sobre quién toma decisiones y cómo lo hace es enorme, partiendo de la base de que lo más valioso que ofrece blockchain a quienes transaccionan allí es el anonimato. Sin embargo, De Filippi es coautora de un modelo de regulación que fue adoptado en 2024 por el Estado de Utah y luego por Wyoming y Tennessee en Estados Unidos. Resumiendo, allí las DAO tienen personería jurídica y operan de la siguiente manera:
Se las considera entidades demandables.
Se les exige patrimonio identificable.
Es requisito tener al menos un representante legal humano.
Existen excepciones a la responsabilidad limitada por acto propio, mala fe o desobediencia judicial.
Pero, además, dado que lo que ocurre en blockchain puede ser auditado porque el código es siempre expuesto, de esa forma entienden compensado el riesgo de que si la DAO se descapitaliza y ningún miembro cometió personalmente un ilícito ni votó incumplir una sentencia judicial que obliga a resarcir, el damnificado puede quedar sin cobrar.
Evidentemente, ese riesgo es el mismo que el que se corre frente a las sociedades humanas actuales, pero se agrava porque en las DAO no hay directorio alguno y ser beneficiario o poseedor de tokens no equivale a ser responsable.
Por su parte, estos días el gobierno estadounidense instó a Anthropic a eliminar del alcance de los extranjeros sus dos nuevos modelos de IA, Mythos y Fable, por considerarlos una amenaza para la seguridad nacional. Entre la administración Trump y dicha empresa hay una disputa en sede judicial planteada a inicios de este año, cuando los creadores de Claude se negaron a brindar su IA para fines bélicos específicos y de ciber vigilancia interior.
Sin embargo, los mejores analistas sostienen que el riesgo de perder el control de la IA es real, y de hecho Anthropic ha reclamado públicamente en varias ocasiones la necesidad de crear alguna clase de mecanismo de contralor o supervisión conjunta entre Estado y privados. En uno de sus últimos artículos, publicado en su blog, la empresa señala que “si la IA libera acaso un porcentaje de su potencial, veremos una abundancia sin precedentes. (…) El desafío de la economía no será cómo impulsar el crecimiento, sino de qué forma asegurar su distribución”. Y para aportar a la solución, anuncian inversión en investigación aplicada a mantener el empleo, y propuestas de marcos regulatorios tanto para la IA en general y las políticas económicas que se apliquen en el escenario descrito “porque la IA está avanzando exponencialmente, pero los procesos burocráticos han sido pensados para un mundo menos veloz”. De hecho, subrayan que los gobiernos deben tener la capacidad de reclamar transparencia a los desarrolladores, así como de impedir que se ofrezcan al mercado productos sin el debido control previo.
De todo lo anterior deviene que desregular los avances tecnológicos no parece favorecer a la sociedad en su conjunto. Incluso el presidente de los Estados Unidos, que sostuvo inicialmente la idea de que el gobierno no debe intervenir en la innovación tecnológica, ahora ejerce el poder que le confiere el cargo para frenar un avance que cree peligroso para el país que gobierna.
A su vez, el ejemplo de propuesta de cogobierno de la IA de Anthropic no es el único, y deja claro que si lo que se busca es que la tecnología favorezca a la sociedad, las instituciones democráticas y el Derecho deben ser protagonistas.
En el artículo del Financial Times Milei sostiene que no hay que regular la IA, y luego anticipa que enviará al Congreso la propuesta de marco legal que incorpora entidades gestionadas por robots o IA como reforma de la ley de sociedades; a ello se suma un “entorno fiscal competitivo”. El objetivo es, claramente, atraer inversión extranjera. Frente a ello, dos cosas emergen de este análisis: por un lado, el caso Utah, como el de Wyoming y Tennessee (además de los fallidos ejemplos de Estonia y otros en Europa), permiten entender que no existe fundamento para creer que si en Argentina se ofrece el escenario descrito por Milei eso favorecerá al país. Es demasiado riesgo y hace prácticamente imposible identificar responsables. Además, el circuito del dinero cripto es poco transparente y la economía del conocimiento no empuja lo suficiente la generación de empleo; hoy Argentina es caro comparado con India, Pakistán o Filipinas, por ejemplo, donde más trabajadores en software se contrata. De hecho, tal como señalan los cerebros de Anthropic, el desafío actual es distribuir la riqueza creada sin humanos, que, como quedó expuesto, por ahora fluye hacia pocas empresas inmensamente poderosas.
Por otro lado, la democracia, entendida como un sistema de organización política y social tendiente a corregir los desbalances del capitalismo, necesita siempre de reglas e instituciones sólidas.
La Justicia opera como el fiel de una balanza, pero sin responsables humanos –los beneficiarios últimos de las corporaciones artificiales no necesariamente lo son– no tiene a quién ir a buscar. De Filippi sostiene “el Derecho es el articulador de la democracia y, cuando hablamos de nuevas tecnologías, necesita puntos de presión claros para poder garantizar gobernanza”.
La entidad de habla hispana más sólida y prestigiosa en materia de regulación de la IA es el Laboratorio de Innovación e Inteligencia Artificial de la UBA (UBA IALAB) que hace un año publicó Agentes de Inteligencia Artificial y Workflows agénticos, obra en la que ya preveían el nivel de automatización que hoy conocemos, y señalaban que, según el riesgo e impacto en la sociedad, las entidades artificiales debían implementar el modelo “Human in the Loop”, o sea, que los humanos interviniéramos participando activamente en procesos de toma de decisión de entidades artificiales.
El mismo concepto esgrimen en Organizaciones Centauro, publicado en septiembre de 2025. Si bien la nueva era de las organizaciones que procesan información necesita muchos menos empleados, señalan que los seres humanos debemos ser curadores, diseñadores, directores y auditores estratégicos de los sistemas autónomos.
Plutocracia –la palabra que usó De Filippi, citada al inicio de este artículo– es el gobierno de los ricos.
Blockchain intentó renovar la internet, devolverla a un ámbito de libertad absoluta, sin gobierno, y resultó que las DAO hoy día son dirigidas por quienes más tokens (dinero cripto) poseen.
En países asimétricos, como Argentina, la democracia es el último refugio de los que menos tienen, frente al poder económico. Sin reglas ni responsables humanos a los que hacer pagar, se encienden luces rojas por todos lados.
No es sensato que entidades no humanas ganen autonomía sin control; menos lo es, que el dinero tenga asiento legal sin verdaderos responsables.
La democracia se debilita cuando hay libertad sin responsabilidad.
*Periodista especializado en innovación tecnológica.
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