Juan Esteban Cuacci: “Tocar es dejar que Buenos Aires aparezca solo”
Tras su gira por España, el músico vuelve al país con Pablo Agri y Belén Mackinlay. Tres conciertos y un presente creativo en expansión y plenitud.
Después de una gira por España que funcionó como confirmación y desvío al mismo tiempo, Juan Esteban Cuacci vuelve a Buenos Aires con una certeza difícil de explicar pero fácil de escuchar: el dúo con Pablo Agri no es una fórmula sino un organismo en movimiento. Entre el Salón Dorado del Colón, Almirante Brown y el Torquato Tasso, el pianista despliega un presente múltiple: el diálogo intenso del tango contemporáneo y, en paralelo, la expansión hacia la canción junto a Belén Mackinlay. Lo que aparece es menos una síntesis que una forma de estar en la música: escuchar, arriesgar, dejar que algo ocurra. Del 15 al 23 de abril, Juan Esteban Cuacci se presenta en Buenos Aires: el 15 en el Salón Dorado del Teatro Colón junto a Pablo Agri, el 18 en la Casa de la Cultura de Almirante Brown y el 23 en Torquato Tasso con Belén Mackinlay.
—Venís de una gira por España y ahora regresás a Buenos Aires con presentaciones en el Colón y en Almirante Brown: ¿qué cambió en el diálogo musical con Pablo Agri después de ese recorrido y en qué sentís que hoy está el dúo?
—Nada cambió, pero todo evolucionó. Fue una sorpresa grande, no volver a tocar juntos, pero sí el hecho de encontrarnos tan afilados musicalmente uno con el otro. Durante los conciertos que dimos en España encontramos un sonido y una forma, que si bien los dos conocíamos, florecieron nuevas formas y nuevos sonidos que nos hacen pensar que este duo no solo tiene historia, sino que también tiene presente y más futuro aún.
—El proyecto Cuacci–Agri trabaja sobre la tradición del tango pero también la expande hacia el jazz, la música de cámara y la improvisación: ¿cómo encontrás el equilibrio entre respeto por ese legado y la necesidad de llevarlo a un territorio propio?
—No siento que “tengamos” que respetar nada de manera consciente. Nos sale naturalmente ser tangueros, pensar y sonar desde esa estética. Sigo creyendo que el tango es la música de Buenos Aires, y cuando toco, eso aparece inevitablemente.
El territorio propio también es inevitable, y lo celebro. Pero no es solo mío: es un territorio compartido por muchos contemporáneos que, como yo, estamos empujando los límites del tango.
—En paralelo, presentás Otro tiempo junto a Belén Mackinlay, donde asumís un rol integral como director musical, arreglador e intérprete: ¿qué te permite ese formato que no aparece en el trabajo en dúo?
—El trabajo con Belén es completamente distinto al del dúo. Por un lado, es en gran parte música folklórica argentina, o directamente canción, bastante lejos del tango como género.
Por otro, yo trabajo para Belén. Y eso me encanta. Ella tiene una visión muy clara, elige el repertorio, y mi rol es construir un “traje” musical que le funcione, que la represente y que pueda habitar con libertad. En este disco, además, toqué muchos instrumentos, y fue un proceso muy creativo y muy lúdico. Es el tercer disco que hacemos juntos, y ojalá vengan muchos más.
—Están por grabar un tercer disco: ¿qué tipo de búsqueda los atraviesa en este momento y cómo imaginás que ese nuevo material va a dialogar con Tango Vivo y Sin Red?
—Vamos a grabar material nuevo: músicas de Pablo, músicas mías, y también algunos clásicos —tango, Astor Piazzolla, algo de folklore e incluso algo de rock nacional.
En cuanto al diálogo con los discos anteriores, me lo imagino como cuando uno se encuentra con una foto vieja propia: hay ternura por lo que uno fue, pero también entusiasmo por lo que está viniendo. Y eso es lo que más nos interesa ahora.
Tres noches, tres formas de escuchar el presente
J.M.D.
Con fechas en el Teatro Colón, la Casa de la Cultura de Almirante Brown y el Torquato Tasso, el regreso de Juan Esteban Cuacci a Buenos Aires funciona como un mapa de su presente artístico. El dúo con Pablo Agri, consolidado tras la gira por España, propone una escucha en tensión entre precisión y riesgo, donde el repertorio –propio y clásico– se transforma en tiempo real, como si cada pieza fuera una materia viva que se redefine en el instante. No hay versiones cerradas sino procesos abiertos, decisiones que se toman en escena y que convierten a cada concierto en una experiencia irrepetible.
En paralelo, el proyecto Otro tiempo junto a Belén Mackinlay desplaza el eje hacia la canción y el folklore, con Cuacci en un rol integral que combina dirección musical, arreglos e interpretación de múltiples instrumentos.
Allí, el gesto cambia: si en el dúo el diálogo es frontal y vertiginoso, en este formato aparece una construcción más textural, donde la voz organiza el espacio y la música se vuelve un traje hecho a medida, pensado para ser habitado con naturalidad y libertad.
Lejos de una lógica de repertorio fijo, cada presentación aparece como una instancia singular: no hay repetición sino variación, no hay homenaje estático sino relectura. Incluso dentro de un mismo programa, las obras pueden mutar en duración, intensidad o forma, como si el material estuviera siempre en estado de ensayo. En ese cruce entre tradición y presente, el músico parece insistir en una idea simple y profunda: no se trata de modernizar el tango desde afuera, sino de tocarlo hasta que vuelva a ser inevitable.
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