La historia de mi vida
Mazel Toc no es solo una obra de teatro. Es la historia de mi vida.
A mis 4 años me diagnosticaron el Síndrome de Tourette. Mis papás notaron que tenía algunos tics nerviosos. Pero no uno o dos como podía tener cualquier chico. Era una catarata. Guiño de ojo, sacudir de cabeza, golpear una rodilla con la otra, tocarme la nariz con el labio superior. Preocupados me llevaron a un neurólogo especialista en este tipo de temas. En los 90, época en la que pasé mi infancia, no se sabía mucho sobre el Tourette, así que los médicos experimentaban con distintos medicamentos y yo me sentía como si fuese una rata de laboratorio.
El Tourette puede incluir diferentes síntomas y a cada quien se le presenta de distintas maneras. En mi caso particular se desenvolvió en forma de tics nerviosos, Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) y Déficit Atencional.
Los tics me agotaban. Mi cuerpo estaba en movimiento todo el día. Es como tener un lavarropas que nunca lo apagás: en algún momento se rompe. Yo no me rompía, pero el cuerpo me dolía un montón. La espalda, el cuello, la cintura, las manos.
A mis compañeros de escuela no les gustaban mis tics. Así que consideraron buena idea burlarme durante toda la primaria. Lo que ahora se llama bullying. Obviamente, cuando me miraba al espejo, no me gustaba lo que veía. Me sentía menos que los demás.
En la secundaria las cosas empezaron a cambiar. Pude hacerme de buenos amigos y, de alguna manera, amigarme un poquito conmigo. Habían pasado más de 10 años y ningún psiquiatra lograba dar con la medicación correcta. En realidad, no existe una medicación que, por solo tomarla, borre el Tourette. Incluso me provocaba efectos secundarios bastante fuertes. Insomnio, alucinaciones, aumento de peso.
A mis 13 años, descubrí lo que no solo se iba a convertir en mi gran pasión, sino que en mi cable a tierra. Un día del año 2000, decidí anotarme en el taller de teatro extracurricular de mi escuela. Ahí empezó a suceder la magia: cuando actuaba, de-saparecían mis tics. Mi profesor, Eduardo Vigovsky, y mis papás, estaban totalmente sorprendidos. Así que en mi adolescencia, llenaba mi semana con distintas clases de teatro, en la escuela “La Odisea” y con Pablo Navarro. Poner mi cuerpo al servicio de la creatividad y de la conexión con los distintos personajes, me ayudó –y me ayuda al día de hoy– a transitar mi síndrome de un modo más llevadero.
Durante mis veintitantos, me formé con profesores como María Onetto, Manuel Callau y Luis Agustoni. En la escuela de este último, conocí a Fernando Ricco, que se convirtió en mi gran amigo y en el director de Mazel Toc.
Cuando pensamos en hacer esta obra, surgió como una manera de reconciliarme con mi propio Tourette. Más bien una forma de sanar a través del arte. Pero otro motor fundamental que me hizo pensar en este proyecto, es el de inspirar a los demás. A las personas que tienen Tourette o a las que tienen otras neurodivergencias, que se pueden sentir identificadas con mi historia, o también a la gente que le gusta ir al teatro para salir modificados. Porque Mazel Toc no habla solo sobre el Síndrome de Tourette. Habla sobre amistad, familia, amor, bullying, inserción laboral y la relación con uno mismo. Mazel Toc es una obra que tiene emoción, pero también mucha comedia. El humor se transformó en mi gran aliado para reírme de las cosas y padecerlas menos.
Sebastián Kirszner, productor del unipersonal, nos dio su espacio, La Pausa Teatral, para que hagamos lo que queramos. Para que nos sintamos libres. Y yo me siento como en mi casa.
De algún modo Mazel Toc, además de ser un unipersonal de teatro, es un encuentro cara a cara entre el espectador y quien escribe, para que, por medio de distintos personajes y mi propia voz, conozca mi historia. Porque Mazel Toc es más que una obra de teatro. Mazel Toc es la historia de mi vida con el Síndrome de Tourette.
*Protagonista y coautor del unipersonal Mazel Toc.
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