“La memoria es transmisión, no solo recuerdo vivo”
Hay relatos que se sostienen en los hechos y otros que se construyen en lo que esos hechos dejan. Malvinas, legado de sangre, el documental de Daniel Ponce que se publica el 2 de mayo, se ubica en ese segundo territorio: no vuelve sobre la guerra como episodio cerrado sino como experiencia que sigue operando en el presente. El film acompaña el regreso de excombatientes a las islas junto a sus hijos y nietos, y en ese gesto encuentra su eje. Más que reconstruir, propone escuchar. Más que explicar, abrir. Sostiene Ponce: “El documental nace justamente de ese cruce generacional. A mí no me interesaba volver a contar la guerra desde el hecho histórico solamente, sino desde lo que dejó en las personas. Y ahí aparece algo muy potente: estos hombres que fueron a la guerra siendo prácticamente chicos, hoy vuelven con sus hijos y con sus nietos. Eso genera un diálogo muy profundo. Porque no es solo memoria, es transmisión. Es ver cómo algo que estuvo silenciado o guardado durante décadas empieza a tomar forma en palabras, en gestos, en miradas. Narrativamente trabajé eso como un puente. No es solo el pasado que vuelve, es el pasado que encuentra a alguien que lo recibe”.
—Hay una tensión constante entre memoria íntima y memoria colectiva. ¿Cómo encontraste ese equilibrio?
—Ese fue uno de los mayores desafíos. Porque Malvinas tiene un peso histórico enorme, pero si te quedás solo en eso, te alejás emocionalmente. Yo decidí entrar por lo íntimo. Por el temblor en la voz, por los silencios, por lo que no se dice. Y desde ahí construir. La historia colectiva está presente, pero no como discurso, sino como consecuencia de lo que les pasó a ellos. Es como si la historia grande respirara a través de historias pequeñas.
—La película incluye animación y material inédito. ¿Qué te permitió ese cruce de recursos?
—Había cosas que no podían ser contadas solo con archivo o con entrevistas. Había sensaciones, recuerdos muy internos que necesitaban otra forma. La animación aparece ahí como una forma de entrar en la memoria. Porque la memoria no es lineal, es fragmentada, es emocional. Y después está el material inédito, como lo del Cementerio de Darwin, que era fundamental. Poder filmar ahí, de noche, con ese nivel de intimidad, te conecta con algo muy profundo.
—A más de cuarenta años de la guerra, ¿qué cambió en la forma de contar Malvinas?
—Durante muchos años se contó desde un lugar más épico o político. Hoy hay una necesidad de mirar más hacia adentro. De entender qué pasó con las personas después de la guerra. Mi documental se mete ahí. En las consecuencias, en las cicatrices, en lo que sigue vivo. No busca dar respuestas, sino abrir preguntas.
—El film parece moverse entre el horror y una búsqueda de reparación. ¿Qué lugar ocupa la idea de paz?
—La paz no aparece como algo abstracto. Es una necesidad muy concreta. En muchos hay una búsqueda de cerrar algo, de reconciliarse con lo vivido. No de olvidar, sino de poder mirarlo de otra manera. El viaje a las islas tiene mucho de eso. Para mí, la película no habla solo de guerra. Habla de lo que viene después.
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