JUAN MORGENFELD

“Las películas hay que hacerlas, siempre”

El director habla del estreno de Sí, cambio, una comedia policial hecha a pulmón que desafía las reglas del género y la actualidad argentina.

Paso. Morgenfeld debuta en el largometraje con Sí, cambio. Foto: GZA. PRENSA SI CAMBIO

Las historias policiales suelen avanzar a partir de certezas: un crimen, un detective, una investigación que busca ordenar el caos. En Sí, cambio, en cambio, el punto de partida es una detective que pasa horas dentro de un auto esperando a un sospechoso que casi nunca aparece, mientras su propia vida comienza a desarmarse. Con ese juego de invertir las reglas del género, Juan Morgenfeld construyó su primer largometraje, una comedia atravesada por los tiempos muertos, el absurdo cotidiano y un modo de producción completamente independiente. La película, protagonizada por Tamara Leschner y María Villar, obtuvo dos menciones en el último BAFICI y llegará a los cines el 23 de julio. “Fue más un impulso por hacer mi primera película que otra cosa”, resume el director.

—La película nació a partir de una imagen muy concreta: una detective esperando dentro de un auto. ¿Cómo fue el camino desde esa primera intuición hasta la película final?

—El camino en este caso fue bastante intuitivo. Desde que empecé a trabajar en el guion hasta que se filmó pasaron apenas unos pocos meses, por lo que no hubo mucho tiempo para pensar el material. Fue más un impulso por hacer mi primera película que otra cosa.

—En tus palabras hablás de una “antipelícula de detectives”. ¿Qué elementos del género te interesaba conservar y cuáles sentías la necesidad de desarmar o poner en crisis?

—Me interesaba conservar la tensión propia del género: que haya una investigación en curso hasta el final de la película. Luego, como la película es en gran parte comedia, la ruptura con el policial ya estaba dada desde un comienzo, sobre todo con una protagonista que es todo lo opuesto a los detectives tradicionales y que atraviesa una crisis emocional que no le permite realizar su trabajo.

—Gran parte de los diálogos fueron improvisados durante los ensayos y el rodaje. ¿Cómo fue el trabajo con Tamara Leschner, María Villar y el resto del elenco para encontrar el tono tan particular de la película?

—Confiaba mucho en el talento de todo el elenco, por lo que fue bastante sencillo encontrar el tono. En los ensayos apareció algo del universo de Rejtman, y las chicas lo captaron rápidamente. Hay algo en esa forma de hablar seca y parca que está bueno que aparezca en medio de una película aparentemente detectivesca. Luego, cada actor tuvo lugar para poner su impronta en la película, y eso creo que ayudó a la particularidad del tono que comentás.

—Mencionás como influencias tanto el cine de Matías Szulanski como “El custodio”, de Rodrigo Moreno. ¿Qué aprendiste de esas formas de hacer cine?

—De Matías Szulanski aprendí mucho, porque tuve el privilegio de compartir varios rodajes con él, y allí me enseñó lo más importante: que las películas hay que hacerlas. Trabajamos con muy poco presupuesto, por lo que el aprendizaje fundamental fue en cuanto a las formas. Con respecto a El custodio, la influencia es más bien narrativa: me parece admirable cómo Moreno se permite filmar tiempos muertos que en la mayoría de las películas suelen omitirse por el bien de la trama. Por eso traté de retomar ese concepto en la película, buscando que los tiempos muertos terminen siendo el cuerpo de la narración.

—La película fue filmada en apenas seis jornadas y con un esquema de producción muy reducido. 

—Totalmente. Cuando escribo, lo hago también pensando como productor y sabiendo con qué medios voy a contar. La película tiene muy pocos planos y contados movimientos de cámara. Esa propuesta surge de la urgencia: no podíamos permitirnos más de cuatro o cinco tomas por plano, ya que el plan de rodaje era muy ajustado de tiempos para llegar a filmar todo y el tiempo disponible en las locaciones era reducido.

 

Filmar con lo indispensable

J.M.D.

“Cuando escribo, lo hago también pensando como productor”, explica Juan Morgenfeld. Esa definición resume una forma de hacer cine cada vez más frecuente en el ámbito independiente argentino: los recursos disponibles dejan de ser un obstáculo para convertirse en el punto de partida de la escritura. Antes de imaginar escenas imposibles de realizar, el guion nace sabiendo cuáles serán las locaciones, el tiempo de rodaje y las posibilidades reales de producción.

—Después del recorrido por el BAFICI, donde la película recibió dos menciones especiales, ¿qué esperás que encuentre el público cuando Sí, cambio llegue a las salas comerciales?

—Fue muy satisfactorio el paso por el BAFICI, desde la selección hasta las menciones. Ojalá ese recorrido le ayude a la película a conectar con la mayor cantidad de público posible. Deseo que los espectadores puedan valorar que la película toma riesgos, que fue hecha a pulmón y que dialoga sobre temas urgentes de nuestro presente.

Esa búsqueda también dialoga con una generación de realizadores que convirtió las restricciones presupuestarias en una forma de producción antes que en una limitación. Más que aspirar a reproducir los modelos industriales, muchas de estas películas encuentran su identidad en la economía de recursos, la flexibilidad del rodaje y la posibilidad de asumir riesgos narrativos que difícilmente tendrían lugar en estructuras más tradicionales. En ese contexto, Sí, cambio se inscribe en una corriente del cine argentino reciente que hace de la libertad creativa una de sus principales herramientas.