La justicia frente al horror

Núremberg: El juicio final, la película que se adentra en la mente del nazismo

Con estreno previsto para el 26 de febrero en la Argentina, Núremberg: El juicio final, reconstruye los días posteriores a la derrota nazi y el proceso judicial que sentó en el banquillo a los principales responsables del régimen.

Nuremberg Foto: Prensa

A más de ocho décadas del final de la Segunda Guerra Mundial, "Núremberg: El juicio final" se prepara para llegar a los cines argentinos el 26 de febrero de 2026, tras su paso por salas de Estados Unidos y Europa a fines de 2025 .El film se centra en los días posteriores a la derrota nazi, cuando los Aliados debieron crear, casi desde cero, un tribunal internacional capaz de juzgar crímenes inéditos por su escala y brutalidad.

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En ese contexto emerge la figura del psiquiatra Douglas Kelley, interpretado por Rami Malek, encargado de evaluar la salud mental de los principales líderes nazis detenidos. Entre ellos, el más carismático y peligroso: Hermann Göring, encarnado por Russell Crowe.

El desafío jurídico de juzgar lo impensable

La película reconstruye el enorme esfuerzo político y legal que implicó la creación del Tribunal Militar Internacional. Bajo el liderazgo del juez de la Corte Suprema estadounidense Robert H. Jackson —interpretado por Michael Shannon—, los Aliados debieron consensuar reglas, figuras legales y procedimientos para juzgar crímenes que no tenían antecedentes en el derecho internacional.

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Lejos de ser un detalle de contexto, ese proceso ocupa un lugar central en el relato: Vanderbilt muestra que la construcción del tribunal fue tan decisiva como los testimonios que se escucharon en la sala. El film pone en primer plano una idea clave: la justicia no fue automática, sino el resultado de una compleja negociación entre potencias con intereses y miradas distintas.

Un duelo psicológico en el centro del relato

El eje narrativo de "Núremberg: El juicio final" es la relación entre Kelley y Göring. A través de extensas entrevistas en prisión, la película explora cómo el psiquiatra intenta comprender la mente de un hombre responsable de crímenes masivos, mientras el propio Göring despliega su carisma, su inteligencia y su capacidad de manipulación.

Göring aparece como un personaje magnético, capaz de racionalizar el horror y presentarlo como una consecuencia “necesaria” de la supervivencia del Estado alemán. Esa construcción resulta inquietante: el film evita convertirlo en una caricatura y, precisamente por eso, obliga al espectador a enfrentarse con una verdad incómoda sobre la naturaleza del mal.

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Kelley, por su parte, es retratado como un científico brillante pero ambicioso, fascinado por su objeto de estudio. Su curiosidad profesional lo lleva a caminar una línea peligrosa entre la observación clínica y la empatía personal, una tensión que atraviesa toda la película.

La psicología del mal como pregunta abierta

Basada en testimonios reales y en el libro 22 Cells at Nuremberg, escrito por el propio Kelley, la película propone una reflexión profunda: el mal no siempre se manifiesta como locura o monstruosidad, sino que puede presentarse con lógica, encanto y normalidad.

El film sugiere que muchos de los jerarcas nazis no actuaron desde el fanatismo irracional, sino desde la ambición, el oportunismo y la adaptación a un sistema que premiaba la crueldad. Esa lectura compleja evita explicaciones simplistas y coloca la responsabilidad individual en el centro del debate.

Un relato histórico con resonancia actual

Vanderbilt construye un drama sobrio, tenso y accesible, que no sacrifica rigor histórico ni profundidad psicológica. Núremberg: El juicio final no busca dictar sentencias morales al espectador, sino invitarlo a reflexionar sobre los mecanismos que permiten que el horror se vuelva posible.

En un contexto global donde los discursos de odio, la negación histórica y el autoritarismo vuelven a ganar espacio, la película funciona como un recordatorio potente: comprender el pasado no es un ejercicio académico, sino una necesidad urgente. El cine, cuando se anima a mirar de frente esas zonas oscuras, puede convertirse en una herramienta clave para sostener la memoria colectiva.

LV