Ana Arozoumanian sobre la gestión actual: "Un gobierno que no tiene pudor se convierte en pornográfico"
La escritora y ensayista analizó cómo la pérdida de pudor y vergüenza en los líderes contemporáneos refleja cambios profundos en la convivencia. Advirtió además que esta transformación convierte la gestión pública en un espectáculo vacío y cuestiona el rol de la ética y la justicia.
La política contemporánea atraviesa una profunda crisis de pudor y ética, donde el espectáculo, la confrontación y la supervivencia partidaria reemplazan la decencia pública. A partir de su entrevista en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), la crítica literaria Ana Arzoumanian, “un gobierno que no tiene pudor se convierte en pornográfico”, reflejando cómo líderes como Milei transforman la agresión retórica en estrategia.
La escritora, académica y crítica literaria argentina, Ana Arozoumanian, es reconocida por sus ensayos y artículos sobre literatura, política y cultura contemporánea. Se desempeña como docente universitaria y ha publicado obras que combinan análisis literario con reflexión social y política, abordando con frecuencia temas de ética, poder y conducta pública. Además, participa en medios de comunicación y espacios de debate, aportando su perspectiva crítica sobre la actualidad.
En una columna espectacular, El Sabio, te planteabas que el mayor signo de fealdad de la política es la ausencia de la vergüenza y rescatabas el pudor como una forma de límite de la política. Me gustaría que la compartieras.
Hace un tiempo hay una cadena de acontecimientos que está mostrando una forma de hacer política que no es la que estábamos acostumbrados ni la que esperábamos, ni tampoco aquella en la que nos sentíamos cómodos, donde la compasión era parte del juego político. Ahora hay una espectacularidad en distintos personajes que no se limita a Argentina, sino que aparece en diferentes lugares del mundo.
Por ejemplo, ayer escuchaba a Trump decir que iba a bombardear la isla petrolera iraní just for fun, o sea, por diversión únicamente, y eso genera primero una sensación de perplejidad. Esa perplejidad provoca un acortamiento, una incapacidad de reaccionar, una falta de resistencia y, finalmente, exige que se tenga una cierta vergüenza.
Días atrás escuchaba a Ernesto Sábato en una vieja entrevista, y decía que los campesinos o la gente del pueblo tenía una frase, una expresión que usaban, con perdón de la palabra, ¿no? Y parece que ese respeto por lo que se dice, cómo se dice, la palabra que se utiliza, no está apareciendo, porque esa palabra invoca al otro, porque tiene que ver con el otro. Bueno, yo creo que es un signo del tiempo, también de que las palabras, el mundo libresco y el mundo de la voz y la palabra están puestos, eh, en crítica y en abismo, y estamos todos muy alertas: los que escribimos, los que pensamos.
Ana, en un momento decías que un gobierno que no tiene pudor se convierte en pornográfico.
Me resulta interesante ver si el pudor o el concepto de pornográfico va modificándose a lo largo del tiempo y si genera pudor en otras cosas. Por ejemplo, la desnudez no generaba pudor a los primitivos, los homo sapiens, y probablemente hay una pérdida de pudor respecto del cuerpo en los últimos 50 años, pero a lo mejor aparece el pudor de ser analfabeto digital. O sea, el pudor siempre está, pero cambia.
Ahora, puede ser que personajes como Trump o Milei sean resultado de que se ha corrido lo que da vergüenza, el pudor, en el uso de determinadas palabras, y que lo que estemos viendo sea como un corrimiento de la ventana de Overton: aquello que antes era indecible ahora pasa a ser decible.
Usted hablaba de la relación entre pudor, pornografía y cómo las costumbres cambian.
Sí, completamente. Bertolt Brecht decía que las emociones son históricas, no porque solamente tengan que ver con un periodo determinado, sino porque se construyen en una sociedad concreta, en un momento específico, y responden a esa construcción. Entonces, claro, la sociedad tiene mucho que ver con esto: con lo que espera, construye y conforma.
Yo sigo mucho la política de Armenia, por ejemplo, y en países tan lejanos, con otras costumbres y formas de vida, hay modos de hacer política similares, o quizá porque quieren occidentalizarse. Tienen un modo cortado de la misma forma. Esto es relevante, porque Occidente muestra esta forma sin distancia, sin delicadeza. Finalmente, creo que es sin cuidado: es no cuidar al otro, no cuidar al semejante.
Pienso también en Friedrich Schiller cuando habla de la educación estética del hombre; quizá el racionalismo, la ilustración, la modernidad llevada al extremo —esa idea de que con la razón se puede producir todo— deja de lado la imaginación y la moral de la imaginación, y lleva a esta gente a creer que el provecho, lo utilitario y la producción es lo único que cuenta.
Tenemos que las emociones son históricas. Aristóteles no se sentía conmovido por la esclavitud, por ejemplo, y podía hablar de libertad en términos abstractos. Lincoln, lo mismo. Benjamin decía que no se puede mirar la historia con los ojos del presente; lo que sucedió siempre lo vemos desde nuestro tiempo. Por otro lado, cuando vos estás a Shila, él plantea algo universal del ser humano: frente a la compasión y el dolor del otro, no es una emoción histórica, es una emoción universal que atraviesa todas las épocas. O sea, hay emociones universales.
Tendremos que pensar en la persona y en el hombre en su constitución física, emocional y sagrada también, ¿no? La espiritualidad que tiene un sujeto y, entonces, el respeto a esa constitución en esas tres líneas. Ese respeto es, por lo tanto, un respeto universal, de considerar a ese sujeto en sus aspectos, no solo emocionales, sino trascendentes. Por eso es necesario que uno tenga responsabilidad frente al otro, que se responsabilice, no en el sentido jurídico de responsabilidad civil, penal, etcétera, sino en una responsabilidad humana frente a ese sujeto, porque quizá también habría que pensar en la modernidad y en la ilustración llevadas al extremo, y en la exacerbación de lo que se hablaba allí: al individuo como el único sujeto al que se debe recurrir pensando. Y, sin embargo, el individuo no es una ficción, ¿no? Lo individual.
Uno es una negociación con el resto, con una comunidad. De hecho, las personas físicamente no somos uno; tenemos microbios, bacterias, y eso se negocia completamente. Es casi falsa la idea inmunológica de que hay que defenderse contra un intruso. En realidad, en el organismo, biológicamente, hay una negociación para que esa comunidad sobreviva, que es la persona. Esa negociación es la convivencia, es una ecología de la vida, es el vivir entre todos.
Recuerdo un libro que era Elogio de la culpa. Hay algo en aspectos del orden moral y religioso, como la vergüenza, el pudor. En el Talmud se plantea que el dolor es una señal de que te saliste del camino para volver a él. Es decir, hay algo atávico y constitutivo, universal en las religiones respecto de eso: esa humanidad funciona como una especie de freno de reaseguro frente al individuo que termina perdiendo la idea de que es con los otros y no solo.
Sí, yo creo que las religiones lo que tienen es una concepción clara por dónde va la cuestión y consideran la belleza de lo humano e van justamente ahí al hueso. De hecho, cuando acá en el programa a veces se habla de Pasolini y de la libertad, y del hecho de que sin amor no es posible, parece que ese gesto podría ser trillado en el sentido de hablar de lo amoroso.
Y, sin embargo, las grandes religiones toman ese concepto, un concepto fundacional que tiene que ver también con el sacrificio, que no es ese sacrificio que los contemporáneos pueden pensar como “el no placer de uno y el sacrificio hacia el otro”, sino el entender la vida en comunidad. Creo que las religiones entienden esto claramente. Lo que sucede es que cada día nos alejamos más de esas miradas que, más allá de lo religioso estricto, tienen un trasfondo filosófico.
Obviamente, en tu actitud polifacética, además de profesora de filosofía del derecho durante muchos años y también abogada, la justicia cumpliría un papel central frente a la desvergüenza, al despudor. Por ejemplo, se conoció que los datos del teléfono de este señor Nobeli confirmaban que había una negociación por una cantidad de millones de dólares a cambio de la firma de un contrato para ser Libra, a partir de que el presidente la promocionara, o la cantidad de conversaciones minutos antes y minutos después de que se apretó el botón para subir ese tweet. Eran informaciones que la justicia, el fiscal, ya tenía, y recién se levantó el sumario ahora, en marzo. ¿Hay una responsabilidad de la justicia en esta falta de vergüenza por omisión?
La justicia es tercero, es ese foro donde cierta narrativa puede conformar un aspecto ciudadano. A mí me gusta pensar en las furias, esos personajes mitológicos que estaban fuera de la ciudad porque estaban furiosas, buscaban sangre, querían venganza y, sin embargo, el primer foro ateniense, el Ágora, es donde se recogen y se dicen: “Bueno, vengan y hablemos aquí a ver por qué ustedes quieren matar”. Y abriendo el caso, diciendo: “¿Por qué uno y por qué el otro? ¿Qué pasaba con Clitemnestra? ¿Qué pasaba con Orestes?”, en fin, esos personajes, esas furias, dejan de ser furias y pasan a ser benevolentes. Esa condición sangrante y esa búsqueda de venganza de esos personajes, al ser narrados en un foro judicial, al ser transformadas por esa narración, son incorporadas a la ciudad y se convierten en buenas.
La justicia tiene una función clínica. Se habla de la función clínica del derecho, de restaurar, de reponer también las emociones y las emociones colectivas, sociales. Y claro que tiene una responsabilidad: sería el acatarsi, la cura por la palabra, incluirlos y permitir que desahoguen. Allí está la cura. ¿La furia no es de mi ley en este caso, o de Trump en Estados Unidos, sino de la gente que lo votó? ¿Cómo se tramita ese proceso de quitar la furia?
Sí. A mí me resulta alarmante, porque si fuera solo de un sujeto político, entonces estamos pensando y analizando a este personaje. Decimos: bueno, finalmente, con otras elecciones, otra cuestión podría pasar. Pero lo que observo en este paneo y en este abanico de recorrer varias partes del mundo es que esto es una forma de comunicar. Esta forma de comunicar quizá tenga que ver también con la inteligencia artificial, la aparición de los algoritmos, esta revolución cibernética ya anunciada en los años 60 y pico, muy tempranamente. Una revolución que, cuando uno se la imagina, se imagina muertes en la calle, estrépitos. Bueno, no está sucediendo eso del todo, pero sí está sucediendo.
Estamos atravesando una revolución que está cambiando completamente todo: la relación con la palabra, el valor del Parlamento, los lugares donde se habla; todo se basa en la imagen, y esa imagen es una espectacularización no solo de la imagen en sí, sino de la relación que esa imagen tiene en lo social, cómo se sociabiliza y cómo la imagen también es un capital, el capital que se transforma en imagen.
¿Sos optimista o pesimista?
Bueno, digo que quizá las dos cosas, porque por un lado soy pesimista en relación al mundo que teníamos: ese mundo de la palabra, de la democracia, del autor, del libro, de la ley, del derecho. De hecho, el derecho internacional está siendo arrasado estos días y parece que el mundo sigue andando. En eso soy pesimista porque no sé para dónde vamos.
"¿Pero, me van a pagar...?", el notable video-meme de IA sobre Milei y Novelli 'lanzando' $LIBRA
Pero, por otro lado, como son las dos caras de la misma moneda, esta revolución trae avances médicos, científicos, análisis que antes no se podían hacer y ahora sí, curaciones para ciertas enfermedades; por ejemplo, la cuestión genética, el poder tener hijos cuando antes era impensable, es decir, un montón de cosas que sí suceden.
MV / ds
También te puede interesar
-
Acciones argentinas caen, bonos en dólares suben y el riesgo país vuelve a superar los 600 puntos
-
La inflación del 600% en Venezuela desmiente las promesas de recuperación de Trump
-
El Gobierno reestructuró el Ministerio de Economía y volvió a pelearse con el periodismo
-
La UE considera un cambio en misión naval Aspides para proteger el estrecho de Ormuz