Día 1048: Morir con las botas puestas
Entre el coraje y la obstinación. El peligro de gobernar desde la intransigencia absoluta cuando el malestar económico acecha y la victoria política se confunde con una batalla imaginaria.
La frase de Javier Milei, “voy a morir con las botas puestas”, repetida recientemente en una entrevista en El Observador, condensa una de las claves de su construcción política: convertir la intransigencia en una demostración de fortaleza. Durante mucho tiempo, su negativa a retroceder le permitió diferenciarse de una dirigencia política desacreditada y conectar con votantes cansados de las concesiones y los cálculos políticos. Pero esa misma obstinación puede convertirse en una debilidad cuando impide reconocer los errores, escuchar el malestar social o revisar una estrategia que no produce los resultados esperados.
Milei sufre el impacto negativo de su obstinación. Diversas consultoras señalaron el fuerte rechazo que generaron sus burlas sobre quienes dicen que “la gente no llega a fin de mes”. Además de la lluvia de críticas por los insultos y ataques a periodistas en España y su frío recibimiento por sus aliados internacionales.
A pesar del fracaso y de las críticas que cosechó en España, Milei redobló la apuesta y dijo que volverá a visitar el país en diez días.
Quien retrató con más ironía la tozudez de Milei fue el expresidente español Felipe González. Dijo textualmente durante un acto en Málaga: “Milei es un maleducado que insulta a todo el mundo. ¿Cómo se puede ir a un país solo a insultar?”.
Además, ironizó con que si el mandatario argentino visita España 15 veces más generaría que Sánchez gane las elecciones. Y también recordó que Argentina está en recesión pese a que su presidente es economista.
La visita de Milei agitó la campaña española y expuso las diferencias entre sus aliados de derecha
En ese contexto, el cumpleaños de Javier Milei en la Casa Rosada, a la vuelta de su viaje, tuvo algo de celebración actuada, de escena organizada por un equipo que busca levantarle el ánimo a alguien que lo necesita. Más que la espontaneidad de un festejo, transmitía la imagen de un grupo dispuesto a sostener al jefe, a rodearlo para que no flaquee.
Hay algo sugestivo en esa postal: mientras crecen las señales de malestar económico y las críticas a su comportamiento, el Presidente parece necesitar que su entorno le confirme que sigue teniendo motivos para celebrar. Pero surge la pregunta de si ese respaldo expresa una fortaleza política real o empieza a cumplir otra función: darle ánimo a quien se niega a reconocer que las cosas no marchan como esperaba.
Veamos un pequeño fragmento de cómo le cantaban el feliz cumpleaños.
La frase que Javier Milei pronunció en su entrevista con El Observador resulta reveladora: “Voy a morir con las botas puestas”. La dijo después de una nueva controversia en España, donde volvió a descalificar a una periodista y ratificó que su deber consiste en defender sus ideas en cualquier lugar y circunstancia. Pero lo más significativo no es la frase en sí, sino lo que hizo después: ante las críticas por el viaje, dejó abierta la posibilidad de regresar a Madrid para participar de la Cumbre Iberoamericana del 4 y 5 de noviembre. Es decir, en lugar de tomar distancia de una experiencia que había generado cuestionamientos, el Presidente anunció su disposición a volver. Redoblar la apuesta.
Hay una lógica que recorre toda su trayectoria. Milei convirtió la intransigencia en una marca personal: no retroceder, no pedir disculpas, no concederle al adversario ni siquiera el reconocimiento de que puede tener razón en algo. Durante mucho tiempo, esa conducta le permitió presentarse como alguien diferente de una dirigencia acostumbrada a negociar sus convicciones y a acomodarse a las circunstancias. Esa autenticidad fue celebrada por sus votantes.
Ayer en este mismo programa, Raúl Timerman sintetizó una frase que resumía la motivación en la intención de voto a Milei que lo llevó a la presidencia. Vamos a escuchar un pequeño fragmento.
En política, la disposición a asumir costos puede ser una virtud, y la determinación suele imponerse frente a quienes vacilan. Pero existe una diferencia entre sostener una convicción a pesar de las dificultades y perseverar en una conducta cuando sus consecuencias empiezan a contradecir los objetivos que se perseguían. La primera puede ser coraje; la segunda, terquedad.
La figura de Javier Milei tiene algo de quijotesco. Como el personaje de Cervantes, el Presidente parece dispuesto a seguir adelante contra viento y marea, incluso cuando la realidad contradice sus convicciones o cuando quienes lo rodean le advierten que el camino elegido puede conducirlo al desastre. Don Quijote transforma sus derrotas en pruebas de que su misión sigue siendo necesaria: si fracasa, no es porque esté equivocado, sino porque el mundo todavía no está a la altura de sus ideales (Don Quijote era un personaje noble, no es el caso de MIlei). En esa lógica, retroceder no es corregir el rumbo, sino traicionarse a sí mismo. La obstinación se convierte así en una forma de identidad, y la derrota pierde su capacidad de funcionar como advertencia.
Milei en España: mucho ruido, pocos aliados y un fracaso difícil de disimular
Pero hay una diferencia decisiva entre el caballero de la triste figura y el Presidente argentino: mientras Don Quijote libra sus batallas contra molinos de viento que confunde con gigantes, Milei ejerce el poder desde la Casa Rosada y sus decisiones tienen consecuencias concretas sobre millones de personas.
La terquedad puede ser una virtud cuando permite sostener convicciones frente a las presiones; también puede volverse una amenaza cuando impide reconocer los límites de la propia voluntad. El problema no es solamente confundir la realidad con una batalla imaginaria, sino arrastrar a otros a pagar el precio de esa confusión. Porque, en política, morir con las botas puestas puede sonar heroico, pero gobernar también exige saber cuándo dejar de embestir contra los molinos.
Ayer en este mismo programa, el ensayista Alejandro Kaufman señaló que parte de su fortaleza reside en la disposición de Milei a morir. Vamos a ver el fragmento de la entrevista.
La idea merece detenerse en ella. Las personas suelen medir las consecuencias de sus actos, evaluar los riesgos y preservar algún margen para retroceder. Quien está dispuesto a llegar hasta el final, en cambio, altera esa relación: los demás empiezan a correrse porque no saben hasta dónde puede avanzar. El adversario puede imponerse no porque tenga mejores argumentos, sino porque transmite que no reconoce límites.
Esa lógica explica una parte del poder político de Milei. Sin embargo, también encierra su peligro: la incapacidad de corregir un rumbo que se dirige a toda velocidad hacia el abismo.
Tal vez haya una razón por la que esa actitud encuentra cierta identificación entre sectores que atraviesan situaciones desesperantes. Cuando una persona siente que ya no tiene nada que perder, cambia su relación con el riesgo. Puede caminar por el medio de la calle, en contramano, obligando a los automóviles a desviarse; puede desafiar una autoridad, exponerse a una consecuencia o actuar como si el desenlace ya no dependiera de ella.
No es necesariamente una demostración de fortaleza: puede ser también la expresión de una desesperación en la que se ha perdido la expectativa de que exista una salida.
Hay algo de esa entrega al destino en el “que sea lo que Dios quiera”, en la disposición a avanzar hacia la tormenta sin preguntarse cómo salir de ella. La identificación entre el Presidente y esos sectores no estaría en las causas de su conducta, que son distintas, sino en una misma sensación de que retroceder ya no es una opción.
En un diálogo titulado “Laques”, Platón pone a Sócrates a discutir sobre la valentía con dos generales atenienses, Laques y Nicias. Laques, que tiene experiencia directa en la guerra, propone inicialmente que ser valiente consiste en “mantenerse firme en el combate y no huir frente al enemigo”.
Sócrates lo lleva a revisar esa definición: un soldado que sabe cuándo avanzar y cuándo retirarse puede demostrar más coraje que quien permanece inmóvil por pura obstinación. No alcanza, entonces, con no retroceder; de lo contrario, la temeridad y la valentía serían indistinguibles, y un loco sería lo mismo que un valiente.
Nicias, por su parte, ensaya otra definición: la valentía sería una forma de conocimiento, la capacidad de reconocer qué es verdaderamente temible y qué no lo es.
Aunque Sócrates también encuentra dificultades en esta respuesta, la discusión permite distinguir dos cuestiones fundamentales: una cosa es estar dispuesto a enfrentar el peligro y otra, muy distinta, comprenderlo. La valentía no consiste en avanzar siempre, sino en saber por qué se avanza, qué está en juego y cuándo persistir deja de ser una virtud para convertirse en una imprudencia.
La pregunta que queda planteada para Milei es, precisamente, si su negativa a retroceder expresa el coraje de quien comprende los riesgos o la obstinación de quien convirtió cualquier rectificación en una derrota.
En esa frontera aparece una figura más inquietante: la del suicida pasivo, como metáfora política de quien desafía la contingencia y parece aceptar de antemano cualquier desenlace. “Los odio, entonces me mato con ustedes” sería la versión extrema de esa lógica: si no puedo imponer mi voluntad, estoy dispuesto a que todos paguemos el precio.
No hace falta atribuirle esa intención al Presidente para advertir el riesgo de una política que convierte cada diferencia en una batalla existencial. Cuando todo se presenta como una lucha entre la libertad y la tiranía, entre los argentinos de bien y los enemigos de la Argentina, cualquier retroceso puede parecer una traición y cualquier negociación, una derrota moral. El problema es que gobernar no consiste en demostrar hasta dónde se está dispuesto a llegar, sino en conseguir que una sociedad llegue a algún lugar.
La semana española ofreció un ejemplo concreto de esa contradicción. Milei fue a defender sus ideas, pero su visita quedó atravesada por las descalificaciones, las tensiones políticas y los interrogantes sobre la utilidad de su intervención en una campaña que no es la argentina. Frente a las críticas, respondió que no actúa por cálculo político y que su deber moral es combatir lo que considera una amenaza para la libertad. Esa respuesta puede ser coherente con su identidad ideológica, pero deja sin resolver una pregunta elemental: ¿qué resultado produce esa estrategia? Si el viaje debía ampliar su influencia internacional, ¿la amplió o la perdió? Si debía fortalecer a sus aliados, ¿los fortaleció o los debilitó? Si debía contribuir a instalar las ideas que defiende, ¿lo consiguió o terminó convirtiéndose en una controversia sobre su comportamiento? Y volver a España el 5 de noviembre, después de semejante experiencia, puede parecer menos una demostración de autoridad que la incapacidad de aceptar que una estrategia necesita revisión.
El contexto internacional vuelve todavía más significativa esa obstinación. En los próximos días se conocerán definiciones electorales y políticas relevantes en Estados Unidos, Brasil e Israel, países que ocupan lugares centrales en el esquema de alianzas que Milei eligió para la Argentina.
El 3 de noviembre, las elecciones estadounidenses ofrecerán una señal sobre el rumbo de la principal potencia occidental; Brasil atraviesa su propia disputa política, e Israel continúa siendo un actor decisivo en un escenario mundial convulsionado.
La ventaja de quien está dispuesto a morir con las botas puestas encuentra su límite cuando el público empieza a temer más las consecuencias del enfrentamiento que al adversario. Entonces, el mismo comportamiento que antes transmitía coraje puede empezar a transmitir peligro.
Esa frontera podría ser especialmente importante para Milei en un momento en que una parte de sus votantes comienza a distanciarse, no necesariamente porque haya abandonado sus ideas, sino porque la espera económica se vuelve demasiado larga. Cuando el Presidente califica como “una pelotudez del tamaño de una casa” la afirmación de que la gente no llega a fin de mes, no discute solamente una encuesta: confronta con una experiencia cotidiana que atraviesa a personas que lo votaron.
El problema no es que defienda los indicadores macroeconómicos, sino que parezca incapaz de admitir que la estabilidad de algunas variables puede coexistir con hogares endeudados, ingresos insuficientes y un consumo que no se recupera. La terquedad deja de ser una virtud cuando impide escuchar aquello que podría evitar una derrota.
A la vuelta de España, Milei volvió a reiterar su crítica a la frase de que “la gente no llega a fin de mes”.
Milei puede tener razón al sostener que un cambio económico profundo exige tiempo, que no todas las dificultades se resuelven de inmediato y que abandonar la disciplina fiscal puede frustrar los resultados buscados. Nada de eso lo obliga a negar el sufrimiento de quienes todavía no encuentran una mejora en sus vidas.
Tampoco necesita renunciar a sus convicciones para revisar una estrategia, reconocer un error o aceptar que una confrontación no produjo el efecto esperado. La verdadera fortaleza de un presidente no consiste en demostrar que es capaz de morir con las botas puestas, sino en distinguir cuándo debe mantenerse firme y cuándo tiene la responsabilidad de cambiar de rumbo.
Porque un dirigente puede convertir su propia resistencia en una virtud para sí mismo, pero gobierna para una sociedad que no tiene por qué acompañarlo hasta el precipicio. Y cuando la política se transforma en una prueba de quién está dispuesto a soportar más daño, el panorama comienza a tornarse oscuro.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MEG