Día 767: Love-bombing de Machado hacia un Trump indiferente
El almuerzo privado entre los líderes duró más de una hora, tras el cual ella lo calificó de "excelente" y confió en su apoyo a la libertad de Venezuela. Afirmó el republicano que fue un "gran honor" en Truth Social y la elogió como una "mujer maravillosa", pese a sus dudas previas sobre su respaldo interno.
María Corina Machado no gobierna Venezuela. Donald Trump, en cambio, administra una de las palancas decisivas del poder global. Cuando Maduro fue capturado, declaró que la dirigente “no tiene el apoyo” para liderar Venezuela. Esa diferencia no es un detalle: es el punto de partida de toda esta historia. Mientras una dirigente opositora apuesta su capital político, simbólico y emocional en busca de respaldo externo, el estadounidense recibe gestos, elogios y obsequios desde una posición de control absoluto. Uno espera; el otro decide si responder. Uno necesita; el otro puede retirarse sin costo. Ella llega con una causa, una épica y una urgencia histórica; él con una lógica transaccional, desapegada y utilitaria. En ese cruce, la política adopta la forma de una relación afectiva: intensa de un lado, distante del otro.
Diversos psicólogos, sociólogos y analistas han estudiado el desapego que vive nuestra sociedad contemporánea. La cultura actual, fuertemente atravesada por las redes sociales, internet, y una percepción del tiempo cada vez más acelerada, hace que predominen cada vez más la autonomía individual por sobre los compromisos amorosos. Esto es así especialmente en Estados Unidos, cuya cultura eligió sistemáticamente la libertad individual entendida como independencia, autodefinición y ausencia de ataduras, lo que erosionó los lazos estables de pareja. Probablemente en Venezuela y Latinoamérica esas tendencias no se hayan desarrollado, y sigamos siendo, por decirlo así, más románticos.
El vínculo entre María Corina Machado y Donald Trump puede leerse desde esa clave. Mientras Corina Machado busca el afecto y apoyo de Trump, el presidente norteamericano se limita a recibir los elogios, pero no se compromete a nada.
¿Reflejará la actitud hacia el amor de estos líderes su actitud en su relación política?
La dirigente estuvo casada con Ricardo Sosa Branger, un empresario venezolano con raíces familiares vinculadas a la industria local, con quien contrajo matrimonio en 1990 y del que se divorció en 2001, después de más de una década juntos. Tuvieron tres hijos: Ana Corina, Ricardo y Henrique. La familia se dispersó fuera de Venezuela por razones de seguridad debido a su activismo político, y su exesposo vive en el extranjero por esos mismos motivos de protección.
Gerardo Fernández Villegas es el actual esposo de María Corina Machado: un abogado constitucionalista venezolano de 65 años, académico y profesor universitario. Se conocieron hace más de una década cuando Machado buscaba asesoría legal para su movimiento y mantienen una relación de perfil bajo, basada en una afinidad política e intelectual centrada en la defensa de la democracia y la institucionalidad. En su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, leído por su hija Ana Corina, agradeció explícitamente a su esposo, a su familia y a los venezolanos que acompañaron su lucha.
Esa dimensión familiar contrasta con la vida sentimental de Donald Trump, otro protagonista de este relato afectivo-político. Trump se ha casado en tres ocasiones: primero con Ivana Trump (1977–1990), con quien tuvo tres hijos; luego con Marla Maples (1993–1999), con quien tuvo una hija; y finalmente con Melania Trump (desde 2005), con quien tiene un hijo. Su historial marital, cuantitativo y altamente mediático, no refleja una búsqueda de compromiso, sino más bien una narrativa personal marcada por reposicionamientos y rupturas que han sido parte de su marca de celebridad y poder.
Trump la recibe a Corina en la Casa Blanca, se deja fotografiar, acepta regalos. Pero Trump siempre acepta regalos: halagos, medallas, lealtades ajenas. Forma parte de su economía emocional. Recordemos cuando dijo que amaba a Milei porque él “amaba a todos los que lo aman”. Machado, en cambio, llega con algo más que un gesto protocolar: llega con una causa, con la expectativa de que ese encuentro sea leído como una consagración histórica, la unión de dos potencias.
Una especie de “love bombing” en el terreno de la política, un término empleado para describir una forma de manipulación emocional que consiste en inundar a una persona con muestras excesivas de afecto, atención, halagos y promesas en una etapa temprana de una relación. Es decir, cuando todavía la relación no está madura para eso.
Quien lo ejerce suele mostrarse intensamente disponible, idealiza al otro, acelera los tiempos del vínculo y crea una sensación de conexión extraordinaria y única, generando dependencia emocional y desdibujando los límites personales.
Trump había revelado su descontento con no haber recibido el Premio Nobel de la Paz. El 7 de enero publicó en su red social Truth Social: “TERMINÉ 8 GUERRAS sin ayuda de nadie y Noruega, miembro de la OTAN, decidió tontamente no concederme el Premio Noble de la Paz”. Además de escribir mal el nombre del premio, también atribuyó la decisión a toda Noruega, en lugar de al comité de cinco miembros que elige independientemente del gobierno de Oslo.
Trump lo llamó un "gran honor" en Truth Social, elogiando a Machado como una "mujer maravillosa"
Lo llamativo es que Marco Rubio, quien hoy es el representante de Trump para administrar Venezuela, en 2024 cuando era senador por Florida, fue firmante de una carta junto a otros parlamentarios estadounidenses al Comité Nobel en 2024 en la que abogaban por que concedieran el premio a Machado.
La escena de este jueves es reveladora. Machado le obsequió a Trump en el Salón Oval la medalla de su Premio Nobel de la Paz, enmarcada y acompañada por una dedicatoria en la que expresó la “gratitud del pueblo venezolano” por lo que consideró acciones del mandatario en favor de la libertad y la prosperidad de Venezuela.
“Presentada como símbolo personal de gratitud en nombre del pueblo venezolano, en reconocimiento a la acción firme y de principios del presidente Trump para asegurar una Venezuela libre. El coraje de Estados Unidos y de su presidente, Donald J. Trump, nunca será olvidado por el pueblo venezolano”, decía el comunicado.
Sin embargo, desde el Comité Noruego del Nobel recordaron que el título del premio es intransferible, aunque la medalla física puede cambiar de manos, como ha ocurrido en otros casos históricos.
Por ejemplo, el periodista ruso Dmitry Muratov subastó su medalla del Nobel de la Paz de 2021 por más de 100 millones de dólares, destinando lo recaudado a causas benéficas relacionadas con niños afectados por la guerra en Ucrania, y la medalla pasó a manos de un comprador anónimo. Asimismo, la medalla de Norman Angell (Premio Nobel de la Paz 1933) fue vendida en subasta y hoy forma parte de una colección en el Imperial War Museum de Londres, y otras medallas como las de Francis Crick (Medicina 1962) o Aage Bohr (Física 1975) también se han vendido en casas de subastas. En algunos casos, como James Watson, la medalla fue comprada por un coleccionista y luego devuelta.
Pero esto no quiere decir que esta entrega esté exenta de cuestionamientos. En Noruega, el episodio provocó malestar en el Comité Nobel, considerado una pieza central del poder blando del país.
Ante la polémica, el Instituto Nobel recordó públicamente que el premio no puede compartirse, revocarse ni transferirse, y que la decisión es definitiva. Sin embargo, estas aclaraciones no lograron calmar a sectores de la opinión pública ni a analistas que consideran que el galardón está siendo utilizado como herramienta política y bélica.
Varios comentaristas noruegos sostienen que, aunque el comité no puede controlar las acciones posteriores de los premiados, en este caso subestimó el uso político que Machado y Trump podrían hacer del premio. La controversia se ve amplificada por la percepción ampliamente negativa que existe en Noruega sobre Trump, a quien muchos consideran una amenaza para la democracia liberal, y por encuestas que muestran un rechazo mayoritario a que reciba el Nobel.
El caso se suma a una lista de decisiones polémicas del Comité Nobel, como los premios a Barack Obama, Abiy Ahmed o Henry Kissinger, otorgados antes o durante conflictos violentos. Para críticos noruegos, la situación es especialmente dañina porque el premio habría sido instrumentalizado para legitimar una posible intervención militar en Venezuela, dejando a Noruega políticamente expuesta y poniendo en cuestión la gestión de su capital simbólico internacional.
La visita se da en medio de la transición post-Maduro en Venezuela
Nettavisen, un diario noruego, realizó una encuesta antes del anuncio del premio que reveló que tres cuartas partes estaban en contra de que se concediera, incluso si fuera decisivo para orquestar un acuerdo de paz en Ucrania o Gaza.
La tensión entre Trump y Europa aporta otra capa a este episodio. No es un dato lateral que, en paralelo a la controversia del Nobel, el presidente estadounidense haya vuelto a reavivar su viejo anhelo de controlar Groenlandia, un territorio autónomo bajo soberanía danesa. Hay que Noruega formó parte de Dinamarca hace siglos y la une una hermandad histórica. Trump lo planteó, otra vez, en términos descarnadamente utilitarios: seguridad nacional, control del Ártico, proyección militar frente a Rusia y China. Para Europa, en cambio, el planteo reabrió una herida nunca cerrada: la sensación de que concibe a los aliados no como socios soberanos, sino como piezas negociables de un tablero global.
Pero Trump no valora el obsequio como un sacrificio de Corina Machado, ya que considera que el premio le corresponde por derecho propio. En todo caso, es para él la reparación de una injusticia.
La historia política ofrece múltiples ejemplos de vínculos entre líderes de distinto sexo donde el afecto, el interés y el poder se entrelazaron de manera ambigua. El caso paradigmático es el de Cleopatra y Julio César. Ella no solo buscaba un aliado romántico, sino un garante externo de su legitimidad como reina de Egipto en medio de una guerra dinástica. César veía en Cleopatra una pieza estratégica del ajedrez romano, Egipto era clave para el suministro de grano y un valioso imperio a considerar. La relación estuvo cargada de símbolos y gestos públicos: Cleopatra apostaba su reino; César aprovechaba el vínculo para la expansión de su poder personal.
Tras la muerte de César, Cleopatra repitió el esquema con Marco Antonio, con resultados aún más trágicos. Cuando el equilibrio de poder se rompió, Roma no dudó: la relación fue presentada como una amenaza moral y política. Antonio fue presentado como un romano corrompido por una reina extranjera, y Cleopatra como una amenaza moral y política para Roma. Cleopatra terminó pagando con su vida una historia donde el amor fue leído como debilidad estratégica. El mensaje histórico es brutal: en la política de grandes potencias, el afecto raramente protege al más débil.
Un caso histórico muy ilustrativo es el de Madame de Pompadour y Luis XV de Francia, en la Francia del siglo XVIII. Jeanne-Antoinette Poisson no pertenecía a la nobleza tradicional, pero logró ingresar al corazón —y al centro del poder— del rey a fuerza de inteligencia, sensibilidad política y una dedicación casi total al vínculo. Pompadour entendió antes que nadie que el afecto del monarca debía sostenerse con símbolos, gestos, lealtad y utilidad política: fue consejera, mediadora diplomática, protectora de artistas y figura clave del equilibrio cortesano. Sin embargo, Luis XV nunca convirtió ese lazo en un compromiso equivalente. Cuando la pasión se enfrió, el rey mantuvo a Pompadour cerca solo mientras siguió siendo funcional. El vínculo, sostenido con intensidad estratégica por ella, fue administrado con distancia por él. El amor, en este caso, no fue una promesa: fue una concesión revocable.
Algo similar ocurre, desde la literatura, en Ana Karenina, la novela de León Tolstói. Ana abandona su matrimonio y su lugar en la alta sociedad rusa para vivir su relación con el conde Alexéi Vronski, convencida de que el amor justifica el sacrificio total. Para ella, el vínculo es absoluto: renuncia a su hijo, a su reputación y a su futuro social. Vronski, en cambio, aunque apasionado, nunca rompe del todo con el mundo que lo protege: conserva su carrera militar, sus círculos sociales y, sobre todo, la posibilidad de seguir adelante. La relación es intensa, pero no simétrica. Cuando el amor deja de ser luminoso y empieza a exigir renuncias reales, la diferencia se vuelve trágica. Ana cae; Vronski continúa.
Hay, además, un detalle estético que no es menor. Machado vestida íntegramente de negro junto al Papa León XIV; Machado vestida de blanco frente a Trump. El contraste no es casual. El negro remite al recogimiento, a la gravedad moral, a la liturgia del sufrimiento. El blanco, en cambio, a la exposición, a la pureza ofrecida, a la escena pública.
El papa, quien previamente llamó a respetar la voluntad popular y buscar soluciones pacíficas en Venezuela
Con el Papa, Machado se presenta como hija doliente de una nación crucificada. Con Trump, como figura luminosa que busca protección. Dos registros distintos para dos interlocutores distintos.
Nada de esto invalida su peso real en la política venezolana. Las encuestas la mostraron durante años como la dirigente opositora con mayor respaldo popular. Cuando finalmente se le permitió competir en la interna, arrasó: más del 92% de los votos frente al resto de los opositores. Un difícil de relativizar.
Ella emergió como figura pública a principios de los años 2000 a través de su trabajo en Súmate, una organización de la sociedad civil que promovía el monitoreo electoral y la participación ciudadana frente a un Estado cada vez más concentrado en el chavismo. Su papel en la organización del referéndum revocatorio de 2004 contra Hugo Chávez la colocó en el centro del debate político nacional y la convirtió en objetivo de ataques del régimen, consolidando su reputación como defensora de la transparencia y los derechos civiles.
En 2010 dio un salto al ser elegida diputada a la Asamblea Nacional con uno de los totales de votos más altos del país, desde donde se destacó por confrontar abiertamente tanto a Chávez como, tras su muerte en 2013, a Nicolás Maduro, denunciando expropiaciones, corrupción y la erosión de las instituciones democráticas. Su estilo combativo y su firme retórica contra la hegemonía la convirtieron rápidamente en una de las voces más visibles de la oposición venezolana.
La represión del régimen no hizo sino elevar su perfil nacional: en 2014 fue expulsada de la Asamblea Nacional tras dirigirse ante la Organización de Estados Americanos denunciando la crisis institucional en Venezuela, y luego fue vetada de ejercer cargos públicos, obligándola a construir liderazgo desde fuera de los canales oficiales del poder. Esta ostracización institucional la transformó en símbolo de resistencia para muchos venezolanos cansados del autoritarismo.
Su rol como líder de la oposición se consolidó definitivamente en el ciclo electoral de 2023-2024, cuando ganó con más del 90% la primaria opositora para competir por la presidencia y aun siendo luego inhabilitada por el régimen, organizó y lideró la movilización de fuerzas democráticas y el apoyo a un candidato sustituto, mostrando capacidad de unificar sectores fragmentados de la oposición y de articular una narrativa de cambio que la proyectó como la figura política opositora más prominente del país. Lo paradójico es que, sin el trabajo encabezado por Machado, Trump difícilmente hubiera tenido un marco contextual que le posibilitara intervenir en Venezuela como lo hizo.
Pero Donald Trump aplica en política exterior un pragmatismo radical, que se expresa actualmente en su relación con Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela y ex vicepresidenta de Maduro. A pesar de su retórica pública incendiaria contra el régimen, el trumpismo habilitó contactos discretos orientados a garantizar estabilidad en el país y avanzar en su control sobre el petróleo venezolano. El eje real de interés fue siempre el petróleo venezolano, incluso pensado en clave local: un medio para bajar el precio de los combustibles y congraciar a su electorado.
La Casa Blanca celebra la baja del combustible
En un contexto de volatilidad energética global, Trump entendía a Venezuela no como una tragedia humanitaria sino como una reserva estratégica desaprovechada. Las conversaciones sobre licencias, alivios parciales de sanciones y posibles reaperturas del flujo petrolero estuvieron presentes incluso en los momentos de mayor tensión política. Para Trump, un barril de crudo tiene más peso que una proclama democrática.
Antes de llegar a la política, Trump construyó su identidad pública como desarrollador inmobiliario en Nueva York, heredero y ampliador del negocio familiar fundado por su padre, Fred Trump, especializado en bienes raíces y vivienda.
Su trayectoria estuvo marcada por negociaciones agresivas, quiebras estratégicas, uso intensivo de la marca personal y una concepción transaccional de las relaciones, que él mismo teorizó en The Art of the Deal (1987), su autobiografía, donde sostiene que el éxito depende de maximizar ventajas, presionar y retirarse si el trato deja de ser rentable.
Esa biografía ayuda a leer su política exterior: Trump no actúa movido por afinidades morales ni compromisos duraderos, sino por la lógica del negocio. Venezuela no es una causa a redimir sino un activo a administrar; y el afecto político, como el amor en su versión más cruda, es una moneda de cambio que solo vale mientras genere beneficio.
La escena final que deja este episodio no es la de una alianza consolidada, sino la de una expectativa desbalanceada. En política internacional, como en las relaciones personales, no alcanza con la intensidad del gesto si del otro lado no hay voluntad de asumir costos. Trump acepta símbolos, pero evita compromisos; acumula afecto ajeno sin transformarlo en obligación propia. Esa distancia no es un error ni una improvisación: es un método. Y quienes interpretan cada gesto como una promesa corren el riesgo de confundir visibilidad con respaldo real.
Para María Corina Machado, el desafío es más complejo que el de la foto o el reconocimiento externo. Su liderazgo se construyó en condiciones adversas, con legitimidad social y coraje personal, y eso sigue siendo su principal capital. Pero la historia muestra que ninguna causa nacional se resuelve por delegación emocional en una potencia extranjera, menos aún cuando esa potencia se mueve por cálculos volátiles y prioridades cambiantes. Machado está hoy fuera del poder y de su país, y la transición que puede darle el mando escapa a su control.
Tal vez la lección de esta historia sea que el desapego emocional contemporáneo no es solo un rasgo cultural, sino una forma de poder. Quien puede retirarse sin costo siempre negocia desde una posición superior. Como en las historias de amor no correspondido, el desenlace no depende de cuánto se entrega, sino de quién puede darse el lujo de no hacerlo.
MV
LT
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