Día 820: Messi, Trump y el fanatismo K-libertario
La disputa del kirchnerismo contra Messi y su contrapunto con Maradona es la contracara de la disputa de Milei contra el feminismo. De surgir un nuevo líder, tendrá que desfanatizar, descancelar y unir.
Miguel Ángel Pichetto es un entrevistado frecuente de este programa y podríamos decir, un amigo de la casa. Sin embargo, creemos que se equivoca al querer incluir al kirchnerismo en un frente anti Javier Milei. Se podría creer que el kirchnerismo está generando cambios positivos, que ahora Cristina Kirchner defiende el equilibrio fiscal y que son necesarios para ganar, pero un hecho que podría pensarse como insignificante, algo hasta anecdótico, demuestra que el kirchnerismo sigue igual que siempre y hasta aún más sectario e inconveniente electoralmente para vencer a Milei. Se trata de una de las personas más populares del mundo: Lionel Messi.
Messi, luego de que su equipo, el Inter Miami, haya ganado el torneo de fútbol de la liga norteamericana MLS Cup 2025, fue invitado a un acto en la Casa Blanca y se sacó una foto con el presidente de ese país, Donald Trump. Este encuentro se dio luego de que el presidente de Estados Unidos haya iniciado una guerra con Irán y mandara a bombardear Teherán, matando a miles de personas.
Desde las redes sociales se vertieron todo tipo de acusaciones contra el ídolo futbolístico, y figuras de renombre ligadas al espacio del kirchnerismo acusaron a Messi de ser de ultraderecha. Inclusive hay posteos que indican que Messi “no es nuestro”. No sabemos exactamente qué piensa Messi. Él pudo haber ido porque se lo pidió su club; puede, además, pensar como Trump, algo que es común a millones de personas en todo el mundo, entre ellos artistas, intelectuales e ídolos de todas las disciplinas.
En política no tiene mucho sentido enojarse con la realidad. La extrema derecha existe porque hay millones de personas que piensan en parte como esos líderes. Y si hay millones de personas que piensan algo, debe haber razones. No necesariamente son razones correctas, pero para transformar la realidad desde la política primero hay que entenderla. Si simplemente se acusa moralmente a quienes no piensan como uno, difícilmente se los pueda convencer. Por otro lado, se comparó a Messi con Diego Maradona, que sí tenía posiciones cercanas al peronismo y se reunió con líderes como Fidel Castro y Hugo Chávez en actos políticos.
Salvando las enormes distancias del impacto en cantidad de vidas que una guerra genera, Castro y Chávez también hicieron cosas moralmente espeluznantes. Castro mandó a campos de trabajos forzados a homosexuales por considerarlos “desviados” de la revolución y encarceló a miles de opositores a su régimen, muchos de ellos de izquierda, que mostraron alguna diferencia con el curso que tomaba la revolución.
Chávez también envió a la cárcel a personas que solo cometieron el delito de pensar distinto a él y hacer política opositora. Además, están las críticas mismas a Maradona como persona. Si una de las críticas a Messi, además de juntarse con Trump en el contexto de la guerra, es hacerlo luego de que se conozcan las denuncias de abuso sexual y la investigación ligada al caso Epstein, de Maradona mismo se conoce la acusación de Mavys Álvarez, una joven cubana que asegura que Maradona tuvo relaciones sexuales cuando ella era menor de edad.
Con todo esto, ¿qué queremos decir? Esencialmente dos cosas. Que la visión política que divide al mundo entre buenos y malos de manera moral es errónea e inclusive, en momentos en los que los llamados “malos” son mayoría, además es, como se dice en la jerga militante, piantavotos. Porque se acusa a la mayoría de la gente de manera moral en vez de intentar convencerla. Y lo segundo que queremos decir es que inclusive la afirmación concreta de que Messi hizo algo incorrecto y Maradona algo correcto también es cuestionable.
Lo que es una simple discusión de redes sociales se transformó en un debate público visto por millones de personas y probablemente en un hecho que siga exhibiendo parte del error del progresismo-kirchnerista, que continúa escenificando una de las razones de la fortaleza de la extrema derecha. Para el kirchnerismo hay una verdad que es simple y obvia: ellos son los buenos y la derecha es la mala. Esto que parece una idea infantil y obviamente insuficiente para poder explicar la complejidad de la política mundial, y aún menos resolver los problemas del país, parte de una estrategia política.
Ya hablamos muchas veces de la forma de construir poder en el populismo descrita por Ernesto Laclau: atribuir todos los problemas del país a un enemigo construido discursivamente y atribuir todas las soluciones a un “nosotros”, también construido de conceptos y narrativas. Entonces hay un pueblo con su líder, Cristina, y está la derecha con sus medios hegemónicos y todo el imperialismo, que se unen contra el pueblo.
Para Laclau, la clave es enlazar todas las demandas de la sociedad y convertirlas en consignas de lucha política contra este enemigo construido. Entonces, los derechos de los trabajadores, de las mujeres, de la comunidad LGBTQ y de todos los colectivos oprimidos son bloqueados por la derecha, simplemente porque quieren un país para pocos o porque defienden intereses egoístas. Como decía Oscar Wilde, la verdad nunca es simple y rara vez es pura: ni todo el pueblo tiene las mismas demandas, ni Cristina o los dirigentes kirchneristas siempre las representan, ni toda la derecha siempre está en contra de los avances sociales.
Sin embargo, para el progresismo en el mundo en general y el kirchnerismo en particular, quien no entienda la realidad como ellos está equivocado o es parte de “los malos”. El progresismo habla desde un lugar de superioridad moral. La realidad es que el mundo dejó de pensar como ellos: hoy la mayoría de la sociedad no está necesariamente cerca de sus posiciones. Pero se siguen comportando de la misma manera. Por eso ahora se acusa a Messi de las peores barbaridades y se lo compara con Maradona, quien sí tenía una posición cercana al peronismo.
Pero como dijimos en otra de estas columnas, en esta guerra no hay “bando de los buenos”. Si Trump es indefendible, el régimen de Irán, que asesinó y encarceló a miles de personas por protestar contra un régimen atrasado y opresor de los derechos de las mujeres y la diversidad sexual, también lo es. Es un conflicto complejo, en el que es difícil tomar posición, porque el fortalecimiento de cualquiera de los dos polos sería contrario a los valores democráticos que, al menos desde este programa, resaltamos como deseables.
Por un lado, Trump encarna una erosión de la democracia norteamericana y apoya a regímenes totalitarios como el de Arabia Saudita y otros. Además, un fortalecimiento de una potencia que decide sobre el curso de gobiernos de otros países sería una fuerte pérdida de soberanía para países como el nuestro, sin capacidad de defensa militar.
Por otro lado, un fortalecimiento de Irán lógicamente encarna el fortalecimiento de regímenes totalitarios en los que la población vive asfixiada por leyes religiosas escritas hace miles de años e interpretadas por unos pocos líderes. Además, el gobierno de Irán financia grupos terroristas y hay suficientes indicios para pensar que está detrás del atentado a la AMIA.
Por otro lado, casi en espejo al debate sobre Messi, ayer fue 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y el gobierno de Milei emitió un video que es una clase de populismo explícito, que describe a las políticas de género y diversidad impulsadas desde el Estado como un "negocio" que benefició únicamente a un pequeño grupo militante. La causa del feminismo tiene muchos sectores; la enorme mayoría de las activistas no cobra absolutamente nada de ningún gobierno, y el accionar del Ministerio de la Mujer puede gustarle más o menos a cualquiera, pero no resultó un robo ni un desfalco en el presupuesto. No tenía gran presupuesto y, de los 19 ministerios existentes en la gestión anterior, esta cartera ocupaba el puesto 17 en cuanto a recursos asignados.
Por otro lado, la violencia de género se lleva la vida de más de una mujer por día en nuestro país. Las redes de trata desaparecen miles de chicas y el aborto clandestino, algo felizmente del pasado, era causante de la muerte de cientos de mujeres. Es decir, la problemática de género existe y está bien abordarla. Acusar a toda activista feminista de querer hacer negocio con el Estado es una burda simplificación.
Como ven, kirchneristas y libertarios tienen una forma idéntica de construcción política. El kirchnerismo está demasiado ocupado en enojarse con la realidad; no está dispuesto a intentar convencer a la sociedad para cambiarla. Creció durante los primeros veinte años del siglo XXI, en los que fluía con el espíritu de época. La época cambió. Ahora no es obvio ser progresista; empezó a ser obvio ser de derecha, y acusar moralmente al resto lo único que hace es aislarlos en espacios cada vez más pequeños.
El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, dijo que en el kirchnerismo impera la lógica de obediencia o traición. Probablemente eso sea el mismo fenómeno que se expresó en esta discusión de redes. Si se divide al mundo entre buenos y malos, cualquier disidencia es un paso hacia el otro bando, hacia el bando de los malos.
A toda esta explicación hay que agregarle, además, otro fenómeno. De alguna manera, la idea de todos los sectores que critican a Messi es "cancelarlo". Esto es interesante. La cultura de la cancelación se ha consolidado en la última década como uno de los fenómenos sociopolíticos más divisivos de la era digital, transformando las dinámicas de justicia social en un mecanismo de vigilancia colectiva que opera fuera de los márgenes institucionales.
En su núcleo, la cancelación consiste en el retiro masivo de apoyo, ya sea financiero, social o reputacional, a figuras públicas o individuos anónimos tras la expresión de opiniones o la realización de actos considerados ofensivos, discriminatorios o inaceptables según los estándares éticos de un sector de la sociedad.
Este proceso, que encuentra en las redes sociales su catalizador principal, permite que una denuncia se viralice en cuestión de segundos, generando una presión asfixiante sobre empresas, instituciones académicas y organismos culturales para que corten vínculos con el acusado, a menudo antes de que exista una investigación formal o un espacio para el descargo.
Si bien sus defensores la presentan como una herramienta de democratización que otorga voz a grupos históricamente silenciados para exigir rendición de cuentas a los poderosos, sus críticos advierten que ha derivado en una forma de puritanismo secular y en un obstáculo severo para la libertad de expresión. La dinámica de la cancelación no solo busca señalar un error, sino despojar al individuo de su plataforma y de su capacidad de participar en la vida pública, estableciendo un precedente donde la redención parece imposible y el castigo es perpetuo.
Uno de los problemas fundamentales que señalan los especialistas es la desproporcionalidad entre la falta y la sanción, sumado a la ausencia de un debido proceso, lo que asemeja estas prácticas a los linchamientos públicos de épocas premodernas, ahora potenciados por algoritmos que incentivan la indignación moral como moneda de cambio para el compromiso de los usuarios.
En este contexto, la esfera pública se fragmenta en cámaras de eco donde el disenso se castiga con el ostracismo, fomentando una autocensura preventiva que empobrece el debate intelectual. Autores como Mark Fisher, en su célebre ensayo "Salir del Castillo de los Vampiros", ya advertían sobre cómo ciertos sectores de la izquierda habían adoptado una configuración basada en la culpa y el resentimiento, donde la solidaridad de clase era reemplazada por una vigilancia moralista que buscaba excomulgar a cualquiera que no se ajustara a una ortodoxia lingüística o ideológica rígida.
Fisher argumentaba que este ambiente no construye poder político, sino que lo fragmenta, creando un sistema de castas morales donde la pureza es el único objetivo. Por otro lado, la filósofa Judith Butler, aunque suele ser asociada con teorías que fundamentan el activismo identitario, ha manifestado su preocupación por cómo la cultura de la cancelación puede derivar en formas de punitivismo que ignoran la complejidad humana y la posibilidad de transformación.
Butler sostiene que el deseo de destruir al otro bajo la bandera de la justicia a menudo esconde una pulsión destructiva que no resuelve las estructuras de desigualdad subyacentes. Asimismo, el lingüista Noam Chomsky fue uno de los firmantes de la famosa "Carta sobre la Justicia y el Debate Abierto" publicada en Harper’s Magazine en 2020, donde junto a otros intelectuales denunció el debilitamiento de las normas de debate abierto y la tolerancia a las diferencias en favor de un conformismo ideológico.
En dicha misiva, se alertaba que la tendencia a imponer represalias rápidas y severas ante lo que se percibe como transgresiones del discurso está restringiendo los límites de lo que se puede decir sin temor a perder el sustento o la posición social. Para Chomsky, el libre intercambio de ideas es el único mecanismo capaz de confrontar los malos argumentos, y la censura, incluso cuando proviene de sectores progresistas, termina fortaleciendo a los movimientos reaccionarios al validar sus quejas sobre el autoritarismo de la corrección política.
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En una línea similar, el psicólogo social Jonathan Haidt ha analizado el fenómeno desde la fragilidad cognitiva de las nuevas generaciones, argumentando en sus obras que la cultura de la cancelación crea entornos de seguridad emocional que impiden el desarrollo del pensamiento crítico y la resiliencia, transformando los campus universitarios en lugares donde las ideas desafiantes son percibidas como agresiones físicas.
Esta equiparación entre palabras y violencia es, para Haidt, una distorsión que justifica la supresión de la libertad de cátedra y el debate plural. El riesgo final que plantea la cultura de la cancelación es la instauración de una hegemonía del pensamiento único donde la duda y la matización desaparecen frente a la urgencia de la condena. Al eliminar el espacio para el error y el aprendizaje, se clausura la posibilidad de un progreso social genuino, el cual requiere necesariamente de la fricción entre visiones opuestas.
La rapidez de la justicia digital no permite el análisis de la intención ni del contexto, elementos que autores como Yascha Mounk consideran esenciales para distinguir entre un error de comunicación y una postura de odio sistémico. Sin estas distinciones, la conversación pública se convierte en un campo minado donde el miedo a la represalia social prevalece sobre la búsqueda de la verdad, y donde la identidad del emisor se vuelve más relevante que la validez del argumento.
La cancelación, por tanto, se presenta como una paradoja: nace del deseo de justicia, pero puede terminar socavando los cimientos de la convivencia democrática al sustituir el diálogo por el silencio impuesto y la razón por la furia de la multitud digital.
Tanto en su forma populista de construir poder, como en la consiguiente cultura de la cancelación, el kirchnerismo y los libertarios son primos hermanos. Es decir, construyen políticamente de manera idéntica, pero con contenido opuesto. Ambos dividen al mundo entre buenos y malos, ambos entienden cualquier crítica como una traición y ambos tienen la práctica de escrachar en internet a personas para destruir su reputación.
Y esto nos lleva a un punto de enorme implicancia política de cara a las elecciones del 2027. Si Raúl Alfonsín ganó las elecciones uniendo a todos sus adversarios bajo el concepto del “pacto sindical-militar”, mediante el cual se acusaba a parte del sindicalismo peronista de haber tenido acuerdos con la dictadura, algo que fue parcialmente cierto, pero no cabe duda la pertenencia al peronismo y/o afinidad con el de las guerrillas de los 70, uniendo al terrorismo de Estado con el terrorismo civil en la tesis de los dos demonios.
Y Milei, salvando las distancias, hizo lo mismo al juntar las dos polarizaciones de 2023, el kirchnerismo y Cambiemos, como parte del mismo problema, la detención en el pasado, quedando él solo como representante del futuro. Quien le gane a Milei en 2027 tendría que lograr que el kirchnerismo fuera separado y que la nueva coalición instale la idea de que los nuevos dos demonios son el fanatismo que representan tanto Milei como el kirchnerismo, y quede ese candidato posicionado como quien representa la racionalidad.
A su manera, la disputa del kirchnerismo contra Messi y su contrapunto con Maradona es la contracara de la disputa de Milei contra el feminismo, con el video que ayer, el Día de la Mujer, difundió criticándolo y asociándolo a la inflación kirchnerista. Ambos catectizan todo desde la perspectiva fanática y todo es catalogado como bueno o malo; ambos hacen de la moral, su moral, una forma de cancelación del otro. El líder sincretista que surja tendrá que desfanatizar, descancelar y unir.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
TV/ff
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