Día 859: Milei es brainrot (“cerebro podrido”)
La adopción de estéticas como el brainrot y la hiperactividad en X marcan un cambio peligroso hacia una política de estímulos básicos y polarización extrema. Al habitar permanentemente la red, el mandatario corre el riesgo de sustituir la deliberación democrática por una lógica de entretenimiento viral y superficial.
Nicholas Carr fue editor ejecutivo de Harvard Business Review (HBR) y colaborador de la Enciclopedia Británica, y conmovió a la industria tecnológica cuando hace más de una década sostuvo que los medios digitales nos estaban volviendo, literalmente, “más estúpidos”. No se refería al uso normal y útil de las herramientas, sino al patológico. Como cualquier medicina en exceso, se convierte en un veneno. Milei sería un ejemplo de lo que Nicholas Carr describe, es un usuario intensivo de las redes sociales, en particular de X (ex Twitter), donde pasa, en promedio, tres horas diarias.
Esa hiperactividad digital lo mantiene en un flujo permanente de estímulos, respuestas y validaciones inmediatas, sin pausas claras entre la reflexión y la reacción, lo que genera que muchas veces encontremos exabruptos o incluso insultos del presidente en X. Cabe preguntarse si ese uso tan intensivo y continuo no termina, con el tiempo, deteriorando su capacidad de concentración, análisis y, en última instancia, su propia cognición. Algo que muchos estudiosos del tema comienzan a advertir que puede ocurrir si se abusa de las nuevas tecnologías.
Milei no solo usa las redes sociales; las habita, las respira, las reproduce. Y esto implica un cambio profundo en nuestra cultura política: la forma en que el poder se comunica. Milei se sube a cada una de las tendencias efímeras de las redes y las utiliza para sus campañas. Por ejemplo, a los videos de inteligencia artificial denominados “brainrot”, que ha utilizado en múltiples ocasiones.
El brainrot —literalmente, “cerebro podrido”— es un término nacido en la cultura digital para describir un tipo de contenido absurdo y sobreestimulante, producido de manera rápida y en serie, diseñado para captar atención inmediata sin necesidad de sentido o coherencia. Son videos cortos hechos con inteligencia artificial que funcionan como estímulos puros, casi como ruido visual y sonoro optimizado para volverse viral. El nombre “brainrot” hace referencia al deterioro cognitivo asociado al consumo constante de este contenido basura, ultrarrápido, fragmentado y repetitivo.
Pero además, este contenido, por lo sumamente estimulante que es, se vuelve adictivo. Y una vez que vemos un video y más de este tipo, el algoritmo nos lo vuelve a mostrar una y otra vez, ya que las redes sociales están diseñadas para captar nuestra atención y retenernos lo más posible en ellas, sin tener en cuenta la calidad del contenido.
Autores como Nicholas Carr, a quien tuve la posibilidad de entrevistar recientemente, han advertido que la plasticidad del cerebro hace que este tipo de consumo no sea inocuo: aquello a lo que prestamos atención termina moldeando nuestra forma de pensar. En ese sentido, el brainrot no es solo un fenómeno cultural, sino también cognitivo. A medida que se impone esta lógica, el pensamiento tiende a volverse más superficial, más reactivo y menos reflexivo. Lo que está en juego no es únicamente cómo consumimos contenido, sino cómo procesamos la realidad misma.
Cabe preguntarse si el uso intensivo de redes sociales no estará deteriorando la capacidad cognitiva de nuestro presidente. Ayer, publicó en Instagram un video realizado con inteligencia artificial que recorre su camino a la Casa Rosada mediante una animación estilo “brainrot” en la que él aparece como un león y otros dirigentes son caricaturizados como animales. En la pieza, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner es representada como un mono y Horacio Rodríguez Larreta como un reptil.
La pieza reduce un proceso político complejo a una narrativa infantil, casi de fábula, donde hay animales buenos y malos, héroes y villanos sin matices. La simplificación elimina el conflicto real, borra las contradicciones y reemplaza el análisis por una lógica emocional. Es política convertida en estímulo básico, pensada más para provocar una reacción inmediata que para invitar a la comprensión.
Al mismo tiempo, este recurso implica una subestimación de la audiencia. Supone que el ciudadano promedio solo puede ser interpelado a través de estímulos primarios, como si la complejidad fuera un obstáculo y no una necesidad. Y esto ocurre, paradójicamente, en un contexto en el que el propio Milei atraviesa uno de los peores momentos de su imagen pública, con niveles de desaprobación que en algunos sondeos superan el 60%. En lugar de elevar el nivel del debate para recomponer credibilidad, opta por profundizar la lógica del entretenimiento vacío, como si gobernar y hacer memes fueran parte del mismo registro.
Muchos analistas ya se han dedicado a desmentir la narrativa económica del Gobierno. Lo interesante para nosotros, en esta columna, es la comunicación. Se supone que un presidente debería representar el país que gobierna como parte de un mismo equipo. Hay una web que sigue la actividad de Milei en X, contando la cantidad de retuits y el tiempo online de su cuenta en la plataforma. Como vemos, el día de ayer, 16 de abril, estuvo 3 horas y 15 minutos. Con mucha actividad aproximadamente al horario del almuerzo, a las 14 h. Hizo más de 200 retuits durante todo el día.
En lo que va del día, siendo las diez de la mañana, ya usó casi una hora la red social X, con mucha actividad a las 4 de la mañana. Y luego de sólo dos horas, retomó las redes sociales a las 7 am y luego, más intensamente, a las 8 de la mañana. ¿Habrá dormido el presidente anoche? ¿Estará hoy lo suficientemente descansado como para pensar con claridad y ejercer sus tareas con responsabilidad? En promedio, el presidente pasa tuiteando o retuiteando 2 horas y 49 minutos por día en X. ¿No debería dedicar menos tiempo en las redes sociales?
Y no es sólo eso. A las casi tres horas diarias de uso de X hay que agregarle el uso de Instagram.
Milei dijo en más de una ocasión que es él mismo quien administra sus cuentas, y defendió su uso intensivo, afirmando que le permiten informarse de manera directa y “estar rápido de reflejos” para detectar problemas sin intermediarios, cuestionando el rol de los periodistas y los métodos tradicionales como los focus groups.
Su visión de las redes es demasiado benevolente: solo ve los aspectos positivos de ellas.
Si bien es cierto que las redes sociales permiten una comunicación más directa y, en algunos casos, más plural, también es innegable que ese mismo entorno favorece la proliferación de fake news y dificulta distinguir entre información verificada y contenido manipulado. En un ecosistema donde la velocidad importa más que la precisión, los mensajes que más circulan suelen ser los más emocionales o extremos, no necesariamente los más verdaderos. Así, la supuesta “horizontalidad” puede terminar diluyendo la verdad en un flujo constante de versiones, rumores y operaciones.
El formato breve y dinámico de las redes facilita el acceso a la información, pero también contribuye a degradar la calidad del debate público. La lógica del contenido rápido privilegia consignas, impactos inmediatos y reacciones viscerales por sobre los argumentos complejos y la reflexión sostenida. En ese marco, la política tiende a adaptarse a esa dinámica: menos profundidad, más viralidad. Cuando eso sucede, no solo se empobrece la comunicación, sino también la manera en que una sociedad piensa, discute y toma decisiones colectivas.
En su ensayo “Infocracia”, Byung-Chul Han retoma a Jürgen Habermas para reconstruir una genealogía de la democracia ligada al desarrollo tecnológico de los medios de comunicación. Siguiendo la idea de la “esfera pública”, sostiene que la irrupción de la imprenta en la modernidad permitió la formación de una ciudadanía ilustrada capaz de debatir racionalmente asuntos de interés público. Los periódicos, los panfletos y los libros no solo difundían información, sino que estructuraban un espacio de discusión donde los argumentos podían circular, confrontarse y madurar. Los grandes debates de ideas entre candidatos de la época, por ejemplo, como los de Abraham Lincoln en Estados Unidos, fueron posibles porque había un auditorio capaz de seguirlos e interpretarlos.
En ese ecosistema, la política se apoyaba en la deliberación: el poder se legitimaba a partir de la fuerza de las razones, y no solo por la imposición o la emoción. Fue la base comunicacional que estructuró la democracia republicana.
Ese modelo comenzó a cambiar con la llegada de los medios masivos del siglo XX. El medio televisivo implicó otro tipo de comunicación. La posibilidad de “ver” al candidato también incorporó el aspecto emocional, porque lo audiovisual permite empatizar de una manera que la gráfica no alcanza.
La televisión y la radio ampliaron la audiencia, pero también implicó una transformación en la democracia, con la “espectacularización” de la política. Aun así, todos los ciudadanos veían los mismos programas, eran parte del mismo debate público, a diferencia de lo que ocurre hoy con los algoritmos y las “cámaras de eco” digitales.
En la etapa actual, dominada por las redes digitales, se fragmenta la esfera pública común, porque cada ciudadano habita sus propias burbujas fragmentadas, gobernada por algoritmos que muestran contenidos afines a sus intereses. Para Han, esto implica el pasaje de una democracia deliberativa a una “infocracia”, donde la sobreabundancia de información, la emocionalidad y la velocidad sustituyen al intercambio racional que imaginaba Habermas, debilitando así las condiciones mismas de la vida democrática. Pero además, con el paso de los años y las evidencias de diversos estudios científicos, la sociedad es cada vez más consciente del cambio cognitivo que implicó la incorporación de los teléfonos inteligentes y las redes sociales a nuestra vida cotidiana.
Hace poco, entrevisté en Periodismo Puro al ensayista Nicholas Carr, quien plantea una tesis central incómoda: la tecnología digital no necesariamente mejora nuestras capacidades, sino que muchas veces las erosiona. En su libro The Shallows advertía que internet nos entrena para pensar de forma dispersa, obligándonos a procesar grandes volúmenes de información rápidamente. Con la expansión de los smartphones y las redes sociales, esta tendencia no hizo más que profundizarse, creando un entorno que favorece la distracción constante y dificulta el pensamiento profundo.
Carr explica este fenómeno a partir de la neuroplasticidad: el cerebro se adapta al entorno en el que opera.
El contraste cultural es clave: durante siglos, la página impresa funcionó como una tecnología de concentración, mientras que la pantalla es, en sus palabras, “una máquina de distracción”. Este cambio no solo modifica cómo leemos, sino cómo pensamos colectivamente. Carr sostiene que el abuso intensivo del entorno digital genera un pensamiento más instintivo y menos racional, aumentando los sesgos y la polarización. La economía de la atención, dominada por plataformas, intensifica este proceso al capturar y dirigir continuamente nuestro foco.
Si el propio entorno digital moldea la forma en que pensamos, como advierte Nicholas Carr, entonces no es descabellado preguntarse si alguien que pasa varias horas al día inmerso en ese flujo constante de estímulos, como Javier Milei, no termina adoptando esa misma lógica en su manera de razonar.
Si esto fuera así, el riesgo no es individual, sino institucional. Un presidente que traslada esos criterios al proceso de toma de decisiones transforma la política. Deja de pensar la política en términos estratégicos o de largo plazo y comienza a adaptarse a la lógica del trending topic, donde lo importante es impactar hoy, aunque eso implique simplificar o distorsionar la realidad.
¿Podemos hacer algo al respecto? Las sociedades aprenden, muchas veces, mediante un proceso de prueba y error, un proceso de prueba y error que suele estar garantizado por la alternancia democrática. Pero lo que está en juego hoy es cómo la propia estructura comunicacional modifica el tablero. Si aceptamos que la política se rija por la lógica de la viralidad, la simplificación y el impacto inmediato, terminamos redefiniendo las reglas del juego democrático en función de algoritmos diseñados para captar atención, no para fomentar deliberación.
Pero también existe la posibilidad de una toma gradual de conciencia colectiva. Así como otras tecnologías en la historia fueron reguladas, discutidas y culturalmente procesadas, las sociedades pueden empezar a exigir otra relación con el ecosistema digital: más responsabilidad en el uso del poder comunicacional, más valor a los contenidos profundos y menos tolerancia a la manipulación emocional.
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Podemos también exigirle a nuestro presidente que pase un poco menos de tiempo en X y más tiempo tratando de solucionar los problemas de los argentinos. No sólo por el bien de todos nosotros, sino también para salvaguardar su capacidad cognitiva.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MV/ff
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