Día 869: De Sabag Montiel a Tomas Allen, megalomanía y deterioro democrático
La violencia política vuelve a irrumpir en escena con ataques contra líderes y un clima cada vez más cargado de hostilidad. El fenómeno expone una mezcla inquietante de polarización extrema y búsqueda desesperada de trascendencia individual.
El taxista Travis Bickle decide atentar contra el senador Charles Palantine impulsado por una alienación profunda que transforma su desprecio por la decadencia urbana —prostitución, delincuencia y drogas— en una fijación política violenta. Después de conocer fugazmente al candidato en su taxi, Travis comienza a percibirlo como la encarnación de un sistema hipócrita que promete redención mientras ignora la miseria de las calles. El rechazo posterior de Betsy, voluntaria de la campaña, intensifica esa percepción y convierte al político en el depositario de su frustración íntima.
Antes que un acto ideológico coherente, el magnicidio aparece como el intento desesperado de un hombre invisible por convertir su propia insignificancia en un hecho histórico. Si bien este es el argumento de la genial película Taxi Driver, de Martin Scorsese, estrenada en 1976, ofrece las principales claves a partir de las cuales se puede analizar el atentado de Cole Tomas Allen contra Donald Trump y los últimos atentados contra líderes globales.
En los últimos ocho años, hubo en promedio un intento de magnicidio por año. La cronología de estos ocho atentados contra figuras políticas de alto nivel en la última década comienza con la puñalada que recibió el entonces candidato Jair Bolsonaro en Brasil en septiembre de 2018; seguida por el asesinato del ex primer ministro Shinzo Abe en Japón en julio de 2022, el intento de magnicidio contra la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner en Argentina en septiembre de 2022, y el ataque con arma de fuego contra el ex primer ministro pakistaní Imran Khan en noviembre de 2022. La serie continúa en 2023 con el ataque con explosivos que sufrió el primer ministro japonés Fumio Kishida en abril y el asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio en Ecuador en agosto, para finalmente cerrar con los atentados perpetrados en 2024 contra el primer ministro eslovaco Robert Fico en mayo y el expresidente Donald Trump en Estados Unidos en julio. A estos, hay que sumarle el reciente ataque contra Trump.
¿Qué hay detrás de estos ataques? ¿Cuál es el efecto de que haya cada vez más gente que cree que la democracia no funciona? En principio, esto implica que habrá personas que sostengan que “deben hacer algo al respecto”, para que se enderece el curso de la historia. Eso es lo que puede leerse en el manifiesto de Cole Tomas Allen, el profesor que intentó asesinar a Trump en la cena de corresponsales de Washington. En el documento que envió a sus familiares antes de intentar asesinar al presidente de los Estados Unidos (quien ya sufrió otro atentado), se puede leer como Tomas Allen plantea que no estaba dispuesto a permitir que “un pedófilo, violador y traidor, manche sus manos con sus crímenes”.
Vamos a leer este manifiesto:
“¡Hola a todos! Puede que hoy haya sorprendido a mucha gente. Permítanme empezar disculpándome con todos aquellos cuya confianza traicioné.
Les pido disculpas a mis padres por decir que tenía una entrevista sin especificar que era para “Los más buscados”. Les pido disculpas a mis colegas y estudiantes por decir que tenía una emergencia personal (para cuando alguien lea esto, probablemente sí NECESITE ir a urgencias, pero difícilmente se puede decir que no sea una situación autoinfligida).
Les pido disculpas a todas las personas junto a las que viajé, a todos los trabajadores que manipularon mi equipaje y a todas las demás personas no objetivo en el hotel a las que puse en peligro simplemente por estar cerca. Les pido disculpas a todos los que fueron abusados y/o asesinados antes de esto, a todos los que sufrieron antes de que yo pudiera intentar esto, y a todos los que puedan seguir sufriendo después, independientemente de mi éxito o fracaso.
No espero perdón, pero si hubiera visto alguna otra forma de llegar tan cerca, la habría tomado. Nuevamente, mis más sinceras disculpas.
Ahora, sobre por qué hice todo esto: Soy ciudadano de los Estados Unidos de América. Lo que hacen mis representantes me representa. Y ya no estoy dispuesto a permitir que un pedófilo, violador y traidor manche mis manos con sus crímenes. (Bueno, para ser completamente honesto, dejé de estar dispuesto hace mucho tiempo, pero esta es la primera oportunidad real que he tenido para hacer algo al respecto).
Mientras hablo de esto, también repasaré mis reglas de enfrentamiento previstas (probablemente en un formato terrible, pero no soy militar, así que qué más da).
Servicio Secreto: son objetivos solo si es necesario, y deben ser incapacitados de forma no letal si es posible (es decir, espero que lleven chalecos antibalas, porque un disparo al centro de masa con escopetas destroza a quienes no los tienen). Seguridad del hotel: no son objetivos en la medida de lo posible (es decir, a menos que me disparen). Policía del Capitolio: igual que la seguridad del hotel. Guardia Nacional: igual que la seguridad del hotel. Empleados del hotel: no son objetivos en absoluto. Invitados: no son objetivos en absoluto.
Para minimizar las víctimas también usaré munición de perdigones en lugar de balas sólidas (menor penetración a través de paredes).
Aun así, atravesaría a la mayoría de las personas aquí para llegar a los objetivos si fuera absolutamente necesario (bajo la premisa de que la mayoría de la gente “eligió” asistir a un discurso de un pedófilo, violador y traidor, y por lo tanto es cómplice), pero realmente espero que no llegue a eso".
Objeción 1: Como cristiano, deberías poner la otra mejilla.
Réplica: Dar la otra mejilla es para cuando tú mismo estás oprimido. No soy la persona violada en un campo de detención. No soy el pescador ejecutado sin juicio. No soy un escolar volado por los aires, ni un niño hambriento, ni una adolescente maltratada por los muchos criminales de esta administración. Dar la otra mejilla cuando “otra persona” está oprimida no es un comportamiento cristiano; es complicidad en los crímenes del opresor.
Objeción 2: Este no es un momento conveniente para que lo hagas.
Réplica: Necesito que quien piense así se tome un par de minutos y se dé cuenta de que el mundo no gira en torno a ellos. ¿Crees que cuando veo a alguien violado, asesinado o maltratado, debería pasar de largo porque sería "incómodo" para quienes no son la víctima? Este fue el mejor momento y la mejor oportunidad de éxito que se me ocurrió.
Objeción 3: No los conseguiste todos (los objetivos).
Réplica: Hay que empezar por algún sitio.
Objeción 4: Como persona mitad negra, mitad blanca, no deberías ser tú quien haga esto.
Réplica: No veo a nadie más cubriendo el vacío.
Objeción 5: Dad a César lo que es de César.
Réplica: Los Estados Unidos de América se rigen por la ley, no por una sola persona o varias personas. En la medida en que los representantes y jueces no siguen la ley, nadie está obligado a cederles nada tan ilegalmente ordenado.
En este texto, están todos los elementos que queremos analizar.
En primer lugar, la noción de ruptura con el orden democrático. "Leviatán", obra de Thomas Hobbes de 1651, es un pilar de la filosofía política. Hobbes plantea que el estado de naturaleza humano es una "guerra de todos contra todos", donde la vida es solitaria, pobre, brutal y breve debido al egoísmo y miedo. Para evitar este caos, las personas celebran un pacto social, cediendo sus derechos a un soberano absoluto: el Leviatán. El fin último de este poder centralizado es garantizar la paz, la seguridad y el orden. Si los gobernantes saltan sobre las leyes, si se considera que hay impunidad o si se toman decisiones que pasan por encima de las instituciones competentes, se resquebraja la confianza en el sistema democrático y vuelve la guerra de todos contra todos.
Obviamente, ante este escenario de deterioro democrático, no todas las personas actúan de la misma manera. En este tipo de criminales, al igual que los school shooters que disparan en los colegios o incluso, el personaje de Taxi Driver, hay un profundo sentimiento de frustración y una desesperada búsqueda de reconocimiento. En el manifiesto hay huellas de la megalomanía de Tomas Allen. Él pide disculpas a todas las personas agredidas por Trump, desde sus víctimas de abuso sexual a los niños iraníes que mueren en los bombardeos, porque él no actuó antes. Tomas Allen sufre al sentirse un individuo insignificante, sin poder, frente a una de las personas más poderosas de la Tierra.
En el manifiesto también queda clara la búsqueda de fama y la preocupación por su imagen. De hecho, gran parte del documento consiste en pedir disculpas y tiene una importante carga argumentativa. También queda claro que es una persona con formación académica.
En el caso de la denominada banda de Los Copitos, hay chats filtrados de Brenda Uliarte, la pareja de Sabag Montiel, en el que señala que siente que la convoca el espíritu de San Martín y los próceres para cometer el asesinato de Cristina Kirchner. Jonathan Morel, líder de Revolución Federal, que finalmente no tuvo ninguna participación en el ataque, sí dijo en un chat de Space en X que “había que cantar dos o tres días la marcha peronista y luego cuando se la tiene cerca, pasar a la historia”. Pasar a la historia: ahí aparece la clave de estos perpetradores, de pasar penurias, impotencia o rabia a pasar a la historia. Ya sea porque el sistema democrático no me garantiza ser representado o que la oposición que sí me represente, (Tomas Allen había donado dinero a la campaña de Kamala Harris) no puede hacer nada.
La polarización política contemporánea ha dejado de ser una simple divergencia de opiniones sobre la gestión pública para transformarse en una fractura identitaria profunda, donde la existencia del otro es percibida como una amenaza existencial. Esta mutación de la competencia democrática hacia la enemistad absoluta encuentra su raíz teórica más inquietante en la distinción entre amigo y enemigo formulada por Carl Schmitt, quien argumentaba que la política encuentra su esencia precisamente en la capacidad de identificar y neutralizar al adversario. Cuando el debate democrático se reduce a esta lógica schmittiana, el compromiso, la negociación y el pluralismo son vistos como debilidades o traiciones, dejando el conflicto irreconciliable como la única vía de resolución.
Esta dinámica se ve potenciada por lo que Liliana Mason denomina polarización afectiva, un fenómeno donde el desprecio hacia el grupo opuesto pesa mucho más que el apego a las propias propuestas ideológicas. En este escenario, la deshumanización del rival se convierte en una herramienta necesaria para consolidar la cohesión del propio grupo. Al privar al opositor de su legitimidad moral, se sientan las bases psicológicas para la violencia política, ya que cualquier método empleado contra un enemigo considerado ilegítimo se justifica como una medida defensiva o una necesidad histórica. La identidad partidaria se vuelve tan estrecha que el opositor no es solo alguien que piensa distinto, sino alguien que debe ser silenciado o removido para preservar el orden social.
Giovanni Sartori, en su análisis sobre el pluralismo polarizado, advertía que cuando los partidos en los extremos del espectro ideológico adquieren demasiada relevancia, el sistema pierde su capacidad de moderación. La política se desplaza hacia un juego de suma cero donde el triunfo de uno implica necesariamente la aniquilación simbólica, y eventualmente física, del otro. Hannah Arendt, por su parte, nos recuerda en sus estudios sobre el poder que la violencia aparece precisamente cuando se agota la capacidad de ejercer autoridad mediante el diálogo y la persuasión. La polarización extrema erosiona las instituciones que facilitan ese intercambio, creando un vacío donde la única forma de imponer la propia visión es a través de la fuerza.
La transición hacia la violencia política no ocurre de forma repentina, sino que es el resultado de un proceso donde la retórica se vuelve cada vez más incendiaria, deslegitimando las instituciones y a quienes las integran. Cuando los actores políticos utilizan un lenguaje que equipara al adversario con un enemigo absoluto, la distancia entre la palabra y el acto se acorta peligrosamente. En este contexto, la violencia deja de ser una patología externa al sistema para convertirse en una consecuencia lógica de una estructura política que ha renunciado a reconocer la legitimidad del contrario. La democracia, como sistema de convivencia, sucumbe cuando la polarización transforma a los ciudadanos en combatientes de una guerra perpetua por la supervivencia de su propia visión del mundo.
Es impactante cómo la actual polarización política parece retroceder el tiempo y volver a poner en agenda al terrorismo individual llevado adelante por los anarquistas individualistas y los narodniks rusos en el siglo XIX y principios del siglo XX, cuando los sistemas democráticos en el mundo eran muchos menos y más débiles. Estas expresiones luego fueron reemplazadas por el comunismo y el anarcosindicalismo, dos ideologías que proponen el avance político y la concreción de los objetivos por medio de la persuasión política y no el terrorismo individual.
De todos modos, hay algo que se repite. Este tipo de intentos de magnicidio cometidos por civiles no tienen solo una causa política. Hay un componente profundamente existencial. La búsqueda de trascendencia, reconocimiento e incluso una identidad.
Prueba de esto es que, incluso tras grandes tragedias mediáticas o atentados de alto impacto, como ocurrió con el 11-S, las autoridades suelen verse desbordadas por una cantidad significativa de personas que se presentan espontáneamente para incriminarse, muchas veces con detalles que parecen convincentes pero que son totalmente fabricados.
Este comportamiento no responde a una lógica de culpa tradicional, sino a una necesidad patológica o existencial de relevancia. En una sociedad donde el individuo a menudo se siente invisible, alienado o desdibujado por la velocidad de los acontecimientos, estar en el centro de un evento histórico, aunque sea como villano, otorga una identidad inmediata y un sentido de trascendencia que su vida cotidiana les niega. La persona que confiesa falsamente busca, inconscientemente, dejar de ser un espectador de la historia para convertirse en un protagonista, llenando su vacío interior con la magnitud del suceso.
Ahí aparece un punto clave: cómo esto se conecta con lo que mencionamos sobre la polarización política. Al igual que el fanatismo extremo ofrece una pertenencia grupal que anula la soledad del individuo, la autoincriminación en una tragedia busca capturar, aunque sea mediante el estigma, un lugar en el mundo.
Muchas veces los artistas logran captar el clima de época sin juzgarlo ni transmitir qué es lo correcto o lo incorrecto moralmente. Simplemente, funcionan como transmisores de un momento histórico.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
MV/fl
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