Día 878: “Corrupto o estúpido”
La permanencia de Manuel Adorni en el centro del poder expone tensiones que ya trascienden lo comunicacional dentro del gobierno de Javier Milei. A medida que se acumulan denuncias y versiones, el costo político crece sin una respuesta clara.
La pregunta de por qué Milei sigue sosteniendo a Adorni aún no ha encontrado una respuesta. Sostener al jefe de Gabinete mientras se complica su causa por enriquecimiento ilícito está generando algo que ningún otro hecho había generado: una ruptura del núcleo duro de Milei. En la calle la gente critica a Adorni y crece la indignación con las imágenes de sus refacciones de lujo y los cambios en su imagen, tanto en él como en su pareja, a partir de su ascenso.
Los ministros le imploran al Presidente que le “suelte la mano” al jefe de Gabinete. Lo mismo hacen prácticamente todos los medios de comunicación que venían defendiendo la gestión de La Libertad Avanza (LLA). Y todos los sondeos de opinión coinciden en una caída acelerada de la imagen del Presidente. Esto nos recuerda a aquella ocasión en la que Diana Mondino, consultada por la criptoestafa Libra, dijo que Milei era “estúpido o estafador”
El divertido intercambio ocurrió en una entrevista con Al Jazeera al referirse al caso $LIBRA, afirmando que el Presidente “o no es muy inteligente o es una especie de corrupto”. Aunque luego relativizó la frase entre risas, sostuvo que Milei no debería haber publicado el tuit que impulsó la criptomoneda.
La dicotomía es ilustrativa porque plantea un dilema clásico: error o dolo. Es una estrategia de defensa clásica en la justicia penal “hacer pasar por loco” a un criminal con el objetivo de que sea declarado inimputable.
Con Milei, quizás estemos viviendo el traslado de esta estrategia al plano político. Desde un comienzo se nos presentó al Presidente como un hombre “especial”. Sin ambición económica, “loco” por sus ideas, como alguien con una misión sagrada de transformación de la Argentina, que ama a su hermana y que tiene devoción por sus perros.
Todos los rasgos excéntricos de la personalidad de Milei que conocemos son ciertos. Pero esta mirada “romántica” de Milei como un ser cuyos intereses están más allá de las ambiciones terrenales empieza a parecer una mirada ingenua frente al desarrollo efectivo de su gestión al frente del Ejecutivo.
Sin embargo, la excentricidad de Milei sigue presente en las hipótesis que se barajan de por qué no le suelta la mano a su jefe de Gabinete, está el resumen de las hipótesis que hizo recientemente Andrés Malamud.
Hipótesis 1: Adorni es un “pararrayos”: una figura que concentra la atención pública y desvía el foco de problemas económicos, u otros escándalos de corrupción como el de Libra.
Hipótesis 2: Es un “fusible”, es decir, alguien que podría ser desplazado cuando acumule demasiado costo político, funcionando mientras tanto como pieza útil para el Presidente.
La tercera hipótesis, que Malamud considera especialmente relevante, apunta a la dinámica interna del poder: Adorni no sería desplazado por su vínculo con Karina Milei. Según el analista, el Presidente no rompe con figuras cercanas a su hermana, aunque sí con sus propias amistades, lo que revela una dependencia política difícil de medir.
Además, dejó entrever —sin desarrollarla— una cuarta posibilidad más compleja, vinculada a la figura de un eventual testaferro. Los hechos que alimentan esta tensión no son menores. Las últimas novedades de la causa son que un contratista, Matías Tabar, declaró ante el fiscal federal Gerardo Pollicita que recibió US$245.000 en efectivo por remodelar la casa del funcionario en el country Indio Cuá, en Exaltación de la Cruz. Según fuentes judiciales citadas, el pago se habría realizado sin facturación formal y directamente en mano.
En la historia argentina, los grandes casos de corrupción rara vez se explican por un hecho aislado. Suelen responder a entramados más amplios, donde los episodios visibles son apenas la punta del iceberg.
El precedente más cercano es el caso Vialidad. Allí, la Justicia construyó la figura de un “delito precedente” para entender el flujo de fondos. No se trataba solo de contratos, sino de un sistema que permitía la corrupción.
En derecho penal, el delito precedente (también llamado “delito fuente” o “delito base”) es aquel ilícito que genera bienes, dinero o beneficios que luego serán objeto de otro delito posterior. No requiere condena firme del autor del primer delito, solo probar su existencia genérica. Es decir, se trata de la infracción original que produce un provecho económico ilegal. Este concepto es central en figuras como el lavado de activos, donde no se persigue sólo la maniobra de ocultamiento, sino también el origen ilícito de los fondos.
Por ejemplo, si una persona obtiene dinero mediante narcotráfico, corrupción o fraude, esos delitos funcionan como el delito precedente. El lavado de dinero consiste justamente en intentar dar apariencia legal a esos fondos, ocultando su origen. Sin delito precedente no hay lavado: el sistema penal requiere demostrar que los bienes provienen de una actividad ilícita previa, aunque en algunos ordenamientos no sea necesario una condena firme por ese delito base.
La importancia jurídica del delito precedente radica en que permite reconstruir la cadena delictiva y entender el circuito completo del crimen económico. Además, delimita el alcance de la responsabilidad penal, ya que vincula a los autores del delito inicial con quienes participan en etapas posteriores, como el encubrimiento o la legitimación de activos. Por eso, su prueba suele ser uno de los puntos más complejos en investigaciones de criminalidad organizada o corrupción.
La idea de responsabilidad “por acción u omisión” tiene una raíz filosófica clásica que puede rastrearse en Tomás de Aquino, quien sostenía que no solo se es moralmente responsable por lo que se hace, sino también por lo que se deja de hacer cuando existía el deber de actuar. En su pensamiento, la omisión culpable ocurre cuando alguien, teniendo la capacidad y la obligación de impedir un mal, decide no intervenir, volviéndose partícipe indirecto del daño. Esta noción influyó profundamente en el derecho moderno, donde la responsabilidad por omisión exige la existencia de una “posición de garante”: es decir, un deber jurídico específico de evitar un resultado. Así, no impedir un delito o un perjuicio, cuando se tenía la obligación y posibilidad de hacerlo, puede ser jurídicamente equivalente a haberlo causado activamente.
Milei viaja a Estados Unidos sin Karina: ¿se quedó por Adorni?
La pregunta, entonces, se impone: si los presuntos pagos en negro y gastos de lujo de Adorni son el punto de partida, ¿cuál sería el sistema que los explica? ¿Existe un esquema mayor del que estos hechos son apenas una manifestación?
Manuel Adorni y su esposa habrían acumulado en los últimos dos años gastos y compromisos por al menos 840 mil dólares, una cifra difícil de compatibilizar con su nivel de ingresos declarado.
Durante el fin de semana, reapareció en la agenda política un término clásico del menemismo: los “sobresueldos” pagados a funcionarios mediante fondos reservados de inteligencia. La cuestión llegó a la conferencia de prensa de Manuel Adorni, quien evitó profundizar y respondió que no analiza notas periodísticas.
En ese marco, el diputado Esteban Paulón planteó dos hipótesis: una vinculada a una presunta trama de corrupción con sobreprecios que luego se redistribuirían dentro del Gabinete, y otra asociada al uso de sobresueldos como herramienta para sostener la estructura política, una práctica con antecedentes en los años 90. A esto se suma el caso de la Fundación Faro, creada en 2024 y ligada al espacio libertario, que habría gastado más de $1.079 millones en publicidad digital entre 2025 y 2026 sin presentar balances ante la Inspección General de Justicia.
Pero además de un esquema de recaudación paralela, Adorni ya estuvo en la mira por manejar grandes presupuestos incluso antes de ser jefe de Gabinete.
La Secretaría de Comunicación y Medios, dependiente del vocero oficial, ya había quedado bajo la lupa al revelarse que pasó de unos 100 empleados a mediados de 2024 a 248 personas en 2025, más que duplicó su tamaño. En términos presupuestarios, el área bajo control de Adorni manejó cifras significativas: para 2025 tuvo asignados más de $25.400 millones (18 millones de dólares), a los que se suman $4.400 millones (en dólares: 3 millones) de la Secretaría de Prensa, totalizando cerca de $30.000 millones de presupuesto directo (20 millones de dólares).
A esto se agrega un fondo de $54.467 millones (35 millones de dólares) destinado a la asistencia financiera de empresas públicas y entes bajo su órbita —como Radio y Televisión Argentina, Télam o Contenidos Públicos—, lo que eleva el volumen total de recursos administrados a casi $85.000 millones (55 millones de dólares aproximadamente). Una “caja” considerable para la estrategia comunicacional del Gobierno.
Estos recursos configuran un esquema de poder con alto grado de discrecionalidad. La pauta, la producción de contenidos, la asistencia a medios públicos y la administración de estructuras comunicacionales no solo implican gasto, sino capacidad de ordenar el relato oficial y modular la visibilidad de temas, actores y conflictos.
Cuando una “caja” de esta magnitud se combina con denuncias de enriquecimiento, opacidad en los circuitos de financiamiento y crecimiento acelerado de la estructura, el problema ya no es solo presupuestario, sino institucional.
En el fondo, hay una ficción que ya casi nadie sostiene: que un ministro puede vivir —y mucho menos acumular patrimonio— con un salario de alrededor de tres millones de pesos mensuales. Esa cifra, frente a los niveles de gasto que exhiben algunos funcionarios, resulta directamente inverosímil. Si fuera cierto, la política quedaría restringida a dos perfiles: millonarios que no dependen del sueldo público o casos como el de Adorni, cuya evolución patrimonial despierta preguntas que exceden cualquier explicación formal. En ese cruce entre ingresos declarados y estilos de vida es donde aparece la verdadera grieta: no la ideológica, sino la de credibilidad.
Pero hay otra hipótesis aún más inquietante y directa. Es la que sostiene la diputada Marcela Pagano.
En esta hipótesis, Adorni no sería un corrupto dentro de un esquema mayor del que el Presidente no puede no estar enterado, lo que sería equiparable a las acusaciones contra Cristina Fernández de Kirchner por Vialidad. Sino directamente sería “el cajero” de Karina, y estaría implicado en la cripto estafa $LIBRA.
Ayer, en Duro de Domar, fue más lejos, sugiriendo que hay información de una billetera virtual vinculada a Adorni que habría cobrado una transferencia millonaria.
A partir del peritaje del celular del empresario cripto Mauricio Novelli, quien funcionaba como nexo entre el entorno de Milei y actores internacionales, surgen datos que involucran al jefe de Gabinete. Adorni aparece como figura prevista para el Tech Forum 2025, evento señalado por denuncias de cobros a empresarios para acceder al entonces candidato.
Según la querella, ese entramado habría sido clave incluso para el desarrollo posterior de la polémica criptoestafa. Pagano reforzó esta versión asegurando que varios empresarios le confirmaron pedidos de dinero para reunirse con Milei, y que Adorni habría tenido un rol activo en la recolección de esos pagos. Por eso lo cataloga como el “cajero” de Karina Milei. La paradoja es evidente. Mientras se predica la motosierra, el área encargada de comunicar ese ajuste se expande como pocas dentro del Estado, y el vocero se enriquece en tiempo récord.
Tenembaum fue sugerente al plantear que podríamos estar ante un momento “foto de Olivos”, en referencia a lo que ocurrió con la imagen de Alberto Fernández en medio de la pandemia.
Siempre hay íconos, no necesariamente la producción de ese ícono coincide temporalmente con el proceso de implosión de un Gobierno. El ejemplo más recordado, relacionado con la corrupción, fue el famoso tapado de María Julia Alsogaray en los 90. Hasta que eso terminó afectando electoralmente a Carlos Menem pasó mucho tiempo. Es decir, lo del tapado fue en 1991 y el proceso de deterioro de Menem comenzó en 1997 y 1998.
Obviamente, la economía en aquellos años funcionaba. Hoy, probablemente, lo que esté pasando con Manuel Adorni, como tantas veces dijimos, no es simplemente Adorni, no es simplemente la corrupción, sino que es la corrupción más la economía. ¿Es desorden, improvisación, falta de control? ¿O es, por el contrario, una lógica deliberada donde la opacidad forma parte del diseño? El estúpido o corrupto de la ex canciller del propio Milei.
La reacción oficial hasta ahora parece inclinarse por la negación total. Evitar respuestas, judicializar a los periodistas y ganar tiempo. Pero el tiempo no siempre juega a favor. Cuando las preguntas se acumulan y las respuestas no llegan, el costo político crece. Y con él, la sospecha de que los hechos de corrupción por los que se acusa a Adorni pueden ser sólo la punta del iceberg. O más bien la primera gota de una cascada de denuncias que pronto llegarán y representarán graves problemas para Javier y Karina Milei.
“Corrupto o estúpido” no es solo una provocación retórica. Es una disyuntiva política de fondo que implica cómo se lee al actual gobierno. La conclusión empieza a volverse incómoda para el propio oficialismo: sostener a Adorni ya no parece una decisión táctica sino un costo estructural. Cada día que pasa sin una definición refuerza la idea de que el problema no es un funcionario aislado, sino un problema estructural.
Si Milei no actúa, no solo queda atrapado en el dilema, sino que empieza a inclinar la balanza hacia la peor de las interpretaciones posibles: que la conclusión sea que son corruptos “y” estúpidos.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MV/ff