Borges y la política argentina

Eduardo Álvarez Tuñón: “Borges no aguantaría las gurangadas de Milei como tampoco las aguantaba del peronismo”

El escritor y académico Eduardo Álvarez Tuñón analizó cómo habría interpretado Borges al gobierno de Javier Milei, cuestionó la guarangada en el debate público y reflexionó sobre la decadencia cultural argentina y el rol de la educación pública.

Eduardo Álvarez Tuñon Foto: Facebook Eduardo Álvarez Tuñon

La relación entre la política, la cultura y la decadencia argentina atraviesa el análisis de Eduardo Álvarez Tuñón, escritor, poeta, ensayista y abogado, quien reflexionó sobre la realidad nacional a partir de la mirada de Jorge Luis Borges. En una entrevista en Modo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), el académico de la Academia Argentina de Letras examinó las semejanzas y diferencias entre el gobierno de Javier Milei y el peronismo, con especial atención a la intolerancia, el autoritarismo y la pérdida de la cortesía en el debate público.

Para Álvarez Tuñón, Borges habría observado con perplejidad la política argentina actual y habría cuestionado tanto las expresiones del Presidente como el desprecio hacia quienes piensan diferente. Desde esa perspectiva, el escritor también abordó el deterioro de la educación pública, el papel de las universidades en la movilidad social y la transformación cultural del país. Además, repasó la trayectoria de Borges, su relación con la política y su propia obra literaria, reunida en un volumen de cuentos completos.

Eduardo Álvarez Tuñón es escritor, poeta, ensayista y abogado. Desarrolló una extensa trayectoria en el Poder Judicial de la Nación, alcanzando las jerarquías de juez nacional y fiscal general. Fue elegido como académico de número de la Academia Argentina de Letras para ocupar el prestigioso sillón número 17, Francisco Javier Muñiz, al asumir formalmente en agosto de 2022. Se convirtió también en miembro correspondiente de la Real Academia Española. En marzo de este año, la Fundación Argentina para la Poesía le otorgó el Gran Premio de Honor, en reconocimiento a su destacada trayectoria en la lírica. 

Acá tenemos el placer de tenerlo, Eduardo. Vamos a mostrar el libro para que después nos lo coloquen en pantalla, directamente en el wall de producción. Usted es un profundo conocedor y lector de la obra de Borges, que siempre miró la política con una mezcla de distanciamiento irónico, escepticismo, anarquismo y celo por las libertades individuales. Esa frase de que los argentinos somos hiperbólicos parece encontrar en un personaje como Milei su paroxismo. ¿Cómo se imagina que miraría hoy Borges la realidad política argentina?

Y Borges la miraría con perplejidad y con un poco de desprecio. Borges tenía mucho desprecio hacia la guarangada. La expresión "guarango" era muy común en su lenguaje cotidiano; descalificar la guarangada era algo muy típico de Borges. Así la miraría. Estaría sorprendido, como estamos sorprendidos todos.

¿Y encontraría en esa definición de que el argentino tiene una tendencia a la hipérbole que Milei es un buen representante de esa característica argentina?

Es un representante agravado de esa característica, y quizás peor. Porque una cosa es ser hiperbólico en algunas facetas y otra cosa es ser hiperbólico en lo que Milei es.

Hay una hipérbole positiva y una negativa, podríamos decir. La Argentina, a lo mejor, tiene algunas hipérboles meritorias.

Cierto egocentrismo, cierta tendencia a creerse profeta: eso está un poco en la realidad argentina. Pero acá hay mucha guarangada, como la que repudiaba Borges, y mucho desprecio hacia el que piensa diferente. Pensemos que Borges consideraba la filosofía un lugar para no coincidir. Lo que le gustaba de la filosofía, precisamente, era la discrepancia, la dialéctica, no tanto la conclusión. No tanto el concepto de verdad. Borges no creía en la verdad absoluta. Incluso hay una frase de Ramón del Valle-Inclán, un escritor que Borges no veneraba demasiado, pero cuya frase repetía: "La verdad está sobreestimada". Lo más importante es el camino hacia esa verdad, que puede serlo o no. Esa desconfianza hacia la verdad absoluta, puesta como dogmatismo, era algo fundamental.

La verdad absoluta, el dogmatismo, era lo que también lo alejaba del peronismo, en el que veía el mismo germen. ¿Podríamos decirlo así?

Sí, sí. La guarangada y el autoritarismo son dos cosas que Borges rechazaba.

Y el dogmatismo, la idea de que hay una verdad, como la verdad del pueblo, por ejemplo.

Claro, el dogmatismo imperativo, presentado como una verdad absoluta. Eso venía del padre. El padre de Borges era un librepensador, de formación filosófica, ligado al individualismo anarquista inglés. Cuestionaba mucho esas imposiciones de contenido y privilegiaba la discusión, el diálogo.

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Fíjese qué paradójico: Milei se plantea como el antagonista del peronismo. Ahora, interpretando a Borges con toda la libertad que nos da, y también con los defectos que nos da el paso del tiempo, que ya no esté, imaginemos que se opondría con tanta fortaleza a Milei como se opuso al peronismo.

Claro, sí, sí. Estaría muy impactado por la guarangada, de eso no tengo ninguna duda.

¿Qué representa la guarangada, a su juicio? ¿Qué hay detrás de la guarangada?

La imposibilidad de pensar, el querer agredir al otro, descalificarlo, burlarse.

Es decir, una forma de violencia.

Es una forma de violencia que busca anular el diálogo. Si usted empieza con un insulto, ¿cómo sigue el diálogo? Yo creo que es precisamente lo contrario al diálogo socrático.

Claro, lo que usted decía: que en la discusión está la clave y no en llegar a una verdad absoluta.

Claro, no en una verdad absoluta que se le quiera imponer al otro, descalificándolo cuando no existe una adhesión.

Es lo que plantea Karl Popper con la refutabilidad: la clave del pensamiento científico y racional es que pueda ser refutado.

La teoría de Karl Popper, la refutación, aquello que puede ser refutado.

Ahora, esa vulgaridad no es solo patrimonio de Milei; también es patrimonio de Trump. Entrevistaba el otro día a una especialista de izquierda en ciencias sociales, probablemente una de las más agudas en su análisis de lo que sucede en Estados Unidos, y ella planteaba que, casualmente, los votantes que antes eran obreros y votaban a los demócratas ahora votan a Trump porque, aunque es una persona muy rica, paradójicamente, resulta vulgar. Se sienten identificados con su vulgaridad, lo ven cercano. Yo le decía que en la Argentina sucede algo parecido con votantes del peronismo que votan a Milei porque lo ven plebeyo. Puede llevar adelante la misma economía de Macri, pero el votante de Milei no es necesariamente un votante de Milei por su programa económico: el solo hecho de ser grosero, plebeyo, lo acerca. ¿Usted encuentra una identificación entre la guarangada natural, que podría tener a lo mejor sectores con una formación cultural menos desarrollada, y otra que es deliberada, como una manera de conectarse con esa gente? ¿La primera sería perdonable y la segunda no?

La primera puede deberse a una injusta falta de educación y la segunda, a una estrategia. Sí, puede haber una estrategia. Se ha impuesto un criterio según el cual la guarangada o el insulto aparecen como una forma de sinceridad, como diciendo: "Dice lo que piensa". Y eso también es un error, porque termina legitimando esa estrategia. Pero creo que la guarangada de Milei ha roto todos los límites. Eso es lo que me parece. Los ha roto en todos los ámbitos: en un colegio, en un reportaje, en su manera de expresarse y en el Congreso, donde antes, sobre todo durante la inauguración de sesiones, había algo que aparecía como sagrado.

Mire, acá me aporta la producción una frase de Borges: "La cortesía es una de las formas de la dignidad". De la cual, entonces, carece nuestra sociedad actual. Porque no es simplemente una cuestión individual. Milei no sale de un repollo: es resultado de algo.

Es un producto social.

Ahora, ¿cómo llegamos a esto? Usted, que mezcla géneros distintos y tiene formación tanto en lo público como en lo literario, ¿cómo llegamos hasta acá? 

Esta historia de la decadencia argentina ¿Cómo se llegó a eso? Uno escucha, por ejemplo, un reportaje que escuché hace poco a Augusto Roa Bastos, en los años 1974 o 1975, en el que contaba que, para él, como paraguayo, ser exiliado en Buenos Aires era como ser exiliado en París. Hablaba de lo que significaba publicar en la Argentina para un escritor. Lo cuenta también Mario Vargas Llosa: esperábamos los libros y las publicaciones que venían de la Argentina. Lo que significaron las editoriales argentinas en el mundo y, sobre todo, en la España de la censura, en la España del franquismo. Los poetas que se publicaban en la Argentina: Miguel Hernández, Federico García Lorca. La primera edición de las obras completas de García Lorca, la que se hizo en la Argentina después de su fusilamiento. Entonces, lo que era la Argentina, ¿qué nos pasó?

En ese caso, Borges también es un producto de aquella Argentina, de la misma manera que Milei es un producto de esta.

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Claro, absolutamente. Es un producto de esa Argentina, que, por otra parte, supo manejar muy bien la inmigración, la escuela pública y la integración. La integración que hizo posible la escuela pública, que fue clave. Recuerdo una frase de Tulio Halperin Donghi, que en un momento hablaba de los distintos desarrollos culturales en Latinoamérica y decía: "La diferencia es Sarmiento", en referencia a la campaña de educación pública, de alfabetización, a lo que significaba la educación pública.

Fíjese qué paradoja: obviamente, uno podría encontrar que también a Sarmiento le molestaba cierto primitivismo. No sé si la guarangada, pero sí. Ahora, el presidente se asume como sarmientino porque dice que es insultador como Sarmiento.

Bueno, no, pero la diferencia es abismal. El proyecto de Sarmiento era un proyecto distinto, era un proyecto de excelencia. Están las anécdotas que se cuentan de Sarmiento en su militancia por la educación pública. Ahora estamos viendo lo que sucede con los presupuestos universitarios, los presupuestos para educación, para ciencia y para el CONICET. Sarmiento creía en otro concepto. No es comparable.

Ahí va mi siguiente pregunta, que usted me deja al pie. Hoy tenemos la marcha por la educación pública, la quinta marcha. Son las marchas más multitudinarias que hay. Consultaba recién al decano de Ciencias Exactas si no terminaba siendo negativo para Milei, políticamente, enfrentarse de manera tan sostenida con la educación pública, que era un valor tan perenne en la sociedad argentina. ¿No terminaba siendo políticamente contraproducente para él? ¿Y si no había otros motivos transpolíticos, transideológicos, que pudieran explicarlo mejor? Por ejemplo, cierta envidia académica, que siempre se arroga y que los verdaderos académicos dicen que carece. Le planteaba si no había un conflicto epistémico. ¿Le llama la atención que el presidente se la tome justamente con todos los productores de sentido, con los científicos, los académicos, las universidades y la prensa?

Sí. Aparte, la educación pública en la Argentina tuvo una importancia política enorme, porque fue la que generó la movilización social, el ascenso social, lo que hizo de la Argentina otro lugar. La educación pública y la universidad pública. Esto causa una gran perplejidad y una sorpresa. Debería producir un estrépito social este maltrato presupuestario de la educación pública. Incluso los países que él dice admirar tienen presupuestos enormes en ciencia, técnica y educación. Por ejemplo, Israel, que es un país con muchísima inversión en ciencia y técnica.

Fueron la educación, los estudiantes y las universidades los que generalmente produjeron primero las revoluciones sociales de movilidad social ascendente.

Podríamos hablar de la discusión en Córdoba, de la famosa Reforma Universitaria de 1918. Entre paréntesis, esto es interesantísimo.

O sea el radicalismo, uno podría decir, en gran medida también es parte de eso. ​Y el peronismo luego como saga, con la universidad gratuita, sin ningún costo.

Sí, eso sí fue un avance muy interesante. Ahora, usted dice la Reforma Universitaria. La Reforma Universitaria fue importantísima y fue copiada en el mundo. Algunos eslóganes de la Reforma Universitaria se vieron reflejados en el Mayo francés de 1968, cincuenta años después. Por ejemplo, "Prohibido prohibir". Ese es el título del libro fundamental de Deodoro Roca, el hombre de la Reforma Universitaria de Córdoba.

Y cuando usted ve, Eduardo, que en Francia lo que comenzó como una revuelta de estudiantes de colegios secundarios porque los profesores faltaban y no había suficientes docentes fue creciendo hasta el punto de que algunos lo comparan con una especie de nuevo Mayo francés, ¿qué reflexión le genera respecto de la capacidad de subvertir el orden, el statu quo, que finalmente surge siempre de los estudiantes?

De los estudiantes, sí. Es singular, sobre todo en el 68. Y ahora está ocurriendo lo mismo. Lo sé por experiencia propia, porque tengo una hija que es docente en París, precisamente de Ciencias Exactas, y está muy sorprendida porque los propios estudiantes están quemando los tachos de basura, aquí, en la plaza de la Bastilla o en la plaza de la République, donde se hacen las grandes manifestaciones.

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Sí, los estudiantes siempre como motor y después arrastran. Usted debe recordar que, cuando entraron en la cátedra de un profesor durante el Mayo del 68, él dijo aquella frase: "¿Quieren un amo? Lo tendrán2, parafraseando la idea del amo y el esclavo de Hegel. ¿Qué imagina que diría Borges de ese ánimo de los estudiantes?

No, Borges tenía cierto rechazo a todo lo colectivo, es decir, a las manifestaciones colectivas. Un poco como la frase de Scarpia en Tosca: Borges decía "el omnipotente ama al solista". Borges privilegiaba lo individual por sobre lo colectivo y tenía, como su padre, cierto desprecio visceral hacia la política. Veía en la política una rama de la administración. Incluso, cuando escribe su libro sobre Leopoldo Lugones, un ensayo sobre Lugones, utiliza una frase muy particular: dice que Lugones siempre fue juzgado por lo menos importante de un hombre, sus variantes opiniones políticas. Sigue condenado por sus variantes opiniones políticas. Y cuando hace el prólogo a Los demonios, de Dostoievski, Borges dice: "¿Cómo un hombre tan profundo pudo obsesionarse tanto por la política, que es una rama de la administración?".

Entonces, ¿eso a Borges lo habría llevado a tener cierto...? Siguiendo con ese planteo, ¿no sería responsabilidad de los políticos, que finalmente son una mera rama de la administración, la decadencia argentina? ¿Cómo podría imaginar Borges esta decadencia, a qué la atribuiría? Muchos la atribuyen a una clase política inferior a las capacidades necesarias. Si no fueran los políticos, entonces, ¿serían los medios de comunicación, los empresarios o los poderes fácticos?

A los políticos, esencialmente. Borges se decepcionó mucho porque apoyó muy enfáticamente al radicalismo y al irigoyenismo. Fue un radical irigoyenista muy enfático. Incluso escribió distintas cartas a sus amigos de la generación del 22, de la revista Martín Fierro, para que apoyaran al irigoyenismo. Después se decepcionó mucho.

Un pecado de juventud, diría yo.

Claro, un pecado de juventud.

Le digo que esa frase de "el omnipotente ama al solista2 es muy interesante porque, llevada al extremo, este parecería ser el problema de nuestro presidente Milei.

El omnipotente ama al solista. Lo dice Scarpia cuando están hablando de los coros: basta con que cante alguien, el omnipotente ama al solista.

Ahora, cuéntenos, estamos llegando al final del reportaje, sobre sus propios cuentos.

Mis propios cuentos. Bueno, este es un libro que reúne mis cuentos completos: mis tres libros de cuentos y un libro inédito. Yo quizás vengo de la poesía, pero entre la poesía y la novela está el cuento. El cuento como género breve, el cuento que tiene...

¿Se refiere a la extensión?

Sí, a la extensión y a la redondez de la poesía, a la fuerza de la poesía. Mis cuentos son cuentos tradicionales, que no tratan de incomodar al lector, con principio, medio y final. Es decir, no son cuentos posmodernos. A mí siempre me gustó contar historias. Empecé a contar historias un poco para no estar tan solo cuando era niño. Era hijo de mi madre viuda; mi padre murió muy joven. Empecé a contar historias un poco, como dice García Márquez, para que me quisieran. Mis historias, en general, son historias reales. A mí me gusta eso que llamo el realismo inverosímil: una historia real en la que uno se pregunta "¿Esto realmente ocurrió?". Y realmente ocurrió. Son todas historias reales y, en algunas, como ya pasó el tiempo de pedir autorización, pongo incluso los nombres verdaderos de las personas que participaron.

¿Y la Argentina y América Latina son prolíficas en esa capacidad de crear historias increíbles que, sin embargo, son verdaderas?

Sí. En Latinoamérica se ha inclinado más hacia lo que sería el realismo mágico. En cambio lo mio, parece un realismo inverosímil: un realismo en el que la historia es verdadera, pero uno se pregunta si ocurrió realmente.

Parece mágico.  Eduardo, lo felicito. Es un gusto tenerlo acá.

No, un gusto.

Un placer disfrutar su sintaxis y su lenguaje, que no son habituales en televisión. Un gusto, realmente.

No, un gusto y muchas gracias por haberme convocado.

Faltaba más. Un gran, gran gusto.

LMM