Reforma electoral

El extitular de la Dirección Nacional Electoral analizó los pro y contra de la reforma de las PASO

Alejandro Tullio evaluó cambios en boleta única, financiamiento y primarias, y advirtió sobre impactos en la competencia electoral.

Alejandro Tullio Foto: CeDoc

En Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), el extitular nacional electoral Alejandro Tullio analizó la reforma del sistema electoral, con foco en la boleta única, el financiamiento de campañas y el futuro de las PASO.

Alejandro Tullio es abogado especializado en derecho electoral. Fue director nacional electoral de Argentina entre 2001 y 2016. Es profesor en la Universidad de Buenos Aires y dirige el Instituto de Ciencias Jurídicas de la Universidad Nacional de San Martín.

Alejandro, usted puede sernos una guía para tratar de comprender las modificaciones, positivas o negativas, y las discusiones alrededor de cómo mejorar nuestro sistema electoral. Usted acaba de publicar un artículo sobre la boleta única de papel como nuevo instrumento de votación en Argentina, basado en la experiencia de Chubut en 2025. Me gustaría que comparase esa experiencia con lo que propone el gobierno nacional.

En primer lugar decir que esta reforma tiene muchas aristas, son siete grandes temas. La boleta es una de ellas, pero todas las modificaciones en materia electoral tienen impactos unas sobre otras.

Ninguna es neutra. Todas interactúan, porque el sistema electoral es un sistema donde unos factores alteran a los demás.

Comenzando por la boleta, la modificación propone asimilar el modelo de Chubut, Córdoba y Mendoza, agregando un casillero que permita votar lista completa, lo que en otros países se llama voto por bandera.

Es una modificación importante, pero razonable. Quienes apoyan a un presidente suelen apoyar también a sus legisladores.

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¿Qué diferencia hay con la crítica a las listas sábana de que no se sabía si la persona estaba a quiénes estaba votando porque elegía solamente al presidente?

Las listas sábana tenían dos denominaciones históricamente. Por un lado, efectivamente, esa sábana de papel que comenzaba con el presidente y terminaba con los concejales en algunos casos, y donde votar era votar —si no se cortaba la boleta— todas las opciones. En eso sería similar.

Pero en realidad, originalmente, antes de hablar de la mecánica del voto, se hablaba y se habla de listas sábana a esas listas donde, por su número —y esto no es igual en todas las provincias—, provincia de Buenos Aires que elige 35 diputados, ciudad de Buenos Aires que elige 12 o 13, depende del año, en la misma medida Santa Fe o Córdoba, que eligen tantos diputados que no se sabe quiénes van.

Pero no por el modelo ni el formato de votación, sino por quienes integran la lista más allá de que estén.

Por la cantidad, usted que al haber 30 es difícil conocer. Entran del primero al 15 y probablemente después del número cinco no sean conocidos. En algunos casos no son conocidos ni los primeros, pero bueno, se refería más al volumen del distrito electoral que a la modalidad de votación.

¿Entiende que pedirle que conozca los 15 potenciales candidatos a diputados a un bonaerense es un exceso cognitivo?

Yo creo que en realidad esto es una cuestión de campaña. En alguna época —yo sé, mi primer trabajo público fue el 10 de diciembre de 1983, así que soy grande-, fui fiscal radical en la primera elección del gobierno de Raúl Alfonsín.

En esa época yo no sabía quién era el diputado número tres, pero sí sabía quién era el 19 porque era de Adrogué. Yo soy de Adrogué. Entonces había una territorialización mayor que eso se ha ido perdiendo después de los años 90.

Pero en realidad eso es lo que pasaba. No había que saber todo, había que saber cuáles eran los diputados de mi región.

¿Usted está de acuerdo con esta primera modificación que incorpora el casillero para votar lista completa, en relación con lo que se viene proponiendo a nivel nacional?

Yo estoy de acuerdo. De todas maneras, yo prefiero siempre describir las cosas más que decir si estoy de acuerdo o no. La opinión, lo importante es la descripción.

Concretamente eso implicaría que no se pudieran desdoblar las elecciones. Me parece que el tema no tiene que ver necesariamente con la boleta.

No, no. El que la desdobla, desdobla, porque siempre esa decisión es del gobernador. Pero el que no la desdobla tendría que ir en la misma boleta que el presidente y cambia las condiciones de la competencia. Ese es el primer cambio grande.

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Y al cambiar esas condiciones de la competencia, me gustaría que de manera más didáctica le explicara a la audiencia en qué circunstancias aumenta o reduce los incentivos para desdoblar.

Si un candidato a presidente es muy importante respecto del gobernador —de quien tiene la decisión—.con el presidente.

Si el presidente es muy popular y el gobernador es opositor…

Es un problema, es un estímulo para desdoblar.

Exactamente.

Es así. Esto es lo que también ocurría antes con la misma boleta. Estamos reproduciendo entonces las condiciones de la boleta grande, esa que queríamos evitar.

Alejandro, lo que vemos es que no hay ningún sistema perfecto.

No, por supuesto. Eso seguro. Y además son siempre perfectibles.

Hay que buscar en otros lados las virtudes.

Exactamente. Nosotros en Argentina imprimíamos miles de millones de boletas para usar 27 millones. Eso es un dispendio.

Independientemente del daño ecológico, la tinta, el papel, el costo, la disposición final.

La boleta única imprime 50 millones. Si se usan 27, el ratio es mejor. Es más caro individualmente, pero no sistémicamente.

¿Sistémicamente no termina siendo igual?

Con el tiempo. Hasta ahora es igual. Con el tiempo se va a racionalizar.

La reforma avanza también en otros temas. Si me permite, más allá de la boleta única, me gustaría que se detenga en otro punto que involucra a los medios de comunicación y en el que usted tuvo un rol central, que es el sistema de campañas gratuitas en radio y televisión. El gobierno propone suprimirlo. ¿Cuál es su evaluación sobre ese cambio?

Sí, por ejemplo las campañas en medios. Yo fui responsable de implementarlas en su momento y también de dialogar mucho con los propietarios de medios para buscar métodos menos gravosos.

El gobierno propone suprimirlas. Yo creo que hay que modificarlas, que hay que reducirlas, pero que no hay que suprimirlas, porque es el único elemento que permite al ciudadano conocer la oferta completa de los partidos políticos, independientemente de la capacidad de juntar dinero para comprar aire que puedan tener.

Muchos partidos tuvieron visibilidad por primera vez a través de este método. Y si bien era un poco, por ejemplo,

El crecimiento de la izquierda es resultado de eso.

La visibilidad sistémica en el proceso electoral tiene que ver con eso.

Me parece que hay que mantenerlo, achicarlo, se pueden dar ventajas fiscales, como parcialmente se dan, para que no sea tan gravoso para los medios de comunicación.

Porque esto está visto como si fuera un privilegio de los partidos, y en realidad es un derecho de los ciudadanos, porque si se asocia la capacidad de comunicar el mensaje político a la capacidad de juntar dinero para pagar esa comunicación, hay ciudadanos que no van a tener el mismo acceso parejo en todo el país.

Y el sistema político, el sistema jurídico, debe garantizar un libre debate. El libre debate, por lo menos, tiene unos mínimos. Todos los países, salvo Venezuela y Nicaragua, tienen algún sistema que garantiza espacios públicos —franjas electorales— y algún financiamiento público para darle a los ciudadanos la chance de elegir en una oferta plural y no condicionada por el mercado.

Por ejemplo, cuando usted menciona la importancia de las campañas en medios, ¿podría decirse que el crecimiento de la izquierda en los últimos años tiene relación con ese sistema de publicidad electoral gratuita?

Nunca es monocausal, pero contribuye. La visibilidad de la izquierda es resultado de eso, la visibilidad no episódica, sino sistémica en el proceso electoral, tiene que ver con eso. Y probablemente también de alguna derecha que, si no hubiera tenido la posibilidad de exhibirse, no hubieran sabido que estaban, y están en la sociedad evidentemente están.

En ese mismo sentido, ¿qué opinión tiene sobre el financiamiento de las campañas electorales? ¿Debe modificarse?

Bueno, puede ser que haya que tocarlo, que haya que reducirlo, que haya que racionalizarlo, pero me parece que yo pondría el foco en eso: hay que hablar de las cosas con las que estoy de acuerdo.

Por ejemplo, en cuanto a la regulación de los partidos políticos, ¿está de acuerdo con elevar los requisitos para su constitución?

Es una muy buena medida la de poner candados o vallas más altas a superar para poder constituir partidos. Un mínimo mayor. Para mí hasta se queda corto.

Me parece que el derecho que la Constitución otorga a los partidos políticos de postular candidaturas y de tener beneficios fiscales requiere un esfuerzo mayor, una representatividad mayor de inicio.

Si eso se controla mejor y la oferta deja de ser de 45 partidos nacionales a 19, como sería con estos porcentajes que se están proponiendo, me parece que tenemos una oferta electoral más razonable.

Y en relación con las PASO, que forman parte central de este debate, ¿cuál es su posición?

Yo sigo creyendo en la necesidad de homologar y asegurar que la competencia interna de los partidos o de las alianzas tenga una supervisión estatal.

La Constitución exige democracia interna. Entonces, la selección previa también tiene que estar garantizada.

Había internas en los partidos, sí, pero también muchos que resolvían las candidaturas sin competencia real. Hay que igualar esa cancha.

Se puede discutir que sean optativas o más eficientes, pero el mecanismo es necesario para garantizar la competencia interna.

En cuanto al debate presidencial, que también está en discusión, ¿qué valoración hace de esa herramienta?

Me encanta el debate. Me parece imprescindible. Es una ocasión para que los ciudadanos vean comparativamente, respecto de los mismos temas, como ninguna otra cosa.

En la campaña uno elige de qué habla. En el debate hay un profesional que hace preguntas en igualdad de condiciones.

No es garantía de buen gobierno, pero sí de disciplina, de respeto y de capacidad de respuesta.

No estoy tan seguro de que tenga que ser impuesto por ley. Puede ser voluntario, como en Estados Unidos, pero socialmente obligatorio.

Y llevándolo a una mirada más estructural, ¿por qué en Estados Unidos se sostiene el bipartidismo?

El origen del bipartidismo en Estados Unidos está en el sistema electoral uninominal.

En cada distrito se elige una sola persona. Eso genera poca expectativa para terceros partidos y favorece la concentración.

¿Y a su juicio eso es bueno o malo para la democracia?

Es bueno que haya partidos. Los partidos generan institucionalidad.

No hay sistema perfecto, pero los partidos fuertes generan filtros, aprendizaje y profesionalización de la política.

Y me queda una más. La tecnología ha generado una serie de nuevas discusiones respecto de lo que es fraude. Ya no es robar una boleta, como en otras épocas, sino la manera de influir para que el votante vote de determinada manera a través de herramientas tecnológicas, como ocurrió con casos como Cambridge Analytica. ¿A usted, con toda su experiencia en derecho electoral, le preocupa cómo puede afectar el uso de datos y tecnología al sistema electoral? ¿Estamos frente a un nuevo tipo de amenaza?

Mucho. Tanto que le puse nombre: fraude del consentimiento.

El consentimiento es fundamental. Ser consciente de lo que uno vota, del resultado y de la razón por la que uno vota es fundamental para la legitimidad y para las expectativas que uno tiene en el que vota.

Si uno vota por los motivos equivocados —porque fue movilizado, porque lo informaron de manera falsa o porque hubo manipulación tecnológica—, existe un error de consentimiento.

Y ese es el verdadero fraude. Un fraude que no se comete materialmente, sino, como dice Sun Tzu, en la mente del otro. Eso me preocupa mucho. No es un fraude material, es un fraude que ocurre en la mente del votante.

Y en ese mismo sentido, dado que usted planteaba el riesgo del “fraude del consentimiento” asociado al uso de nuevas tecnologías, ¿la tecnología también puede ser una herramienta positiva para mejorar la transparencia y el control de los procesos electorales?

Sí. Bien utilizada, permite detectar otros tipos de fraude.

Hay una serie de reglas que tienen muchos años, que permiten hacer regresiones sobre los resultados electorales y saber si hubo desvíos o no en los resultados en alguna región o en toda la elección, si hubo o no fraude, qué porcentaje, no comparando con nada, sino respecto de la propia elección. Son seis pruebas que se hacen.

Tardaba mucho tiempo porque la capacidad de procesamiento que teníamos hace diez años, cuando yo lo utilicé por primera vez, exigía mucha gente durante mucho tiempo y era testimonial, ya había terminado el escrutinio definitivo. Ahora se puede hacer casi en tiempo real.

Yo estoy en este momento trabajando en un panel en Colombia, viendo las elecciones que van a tener lugar en marzo, proponiendo medidas de auditoría sobre todo el proceso electoral y vamos a trabajar en ese tipo de medidas.

Entonces, la tecnología es un riesgo y también es una gran herramienta. Depende de cómo se gobierne, depende de cómo se regule.

Hay muchas escuelas en Europa que asocian el riesgo a medidas de salvaguarda: a mayor riesgo, mayores medidas de protección para regular la aplicación de tecnología. Me parece razonable.

Tenemos que ver, como todo —como las armas o cualquier herramienta—, cómo se puede usar para el bien o para el mal. Se puede usar para el bien o para el mal y hay que tener alguien que mire.