Entre dos siglos

Ricardo Forster: “Milei es un espejo horrible en el que una parte de la Argentina ve su verdadero rostro”

El filósofo y ensayista reflexionó sobre la ruptura entre generaciones, el impacto de la inteligencia artificial y las transformaciones políticas de la Argentina. Advirtió sobre el deterioro de la conversación pública y llamó a recuperar la cultura, la memoria y los espacios de encuentro.

"Entre dos siglos" Ricardo Forster Foto: Imagen Web

Ricardo Forster, filósofo, ensayista y docente, reflexionó sobre las transformaciones culturales y políticas que atraviesan a la sociedad contemporánea y trazó un puente entre las generaciones que vivieron el siglo XX y el presente. En diálogo con Jorge Fontevecchia enModo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), analizó la pérdida de certezas sobre el futuro, la ruptura entre generaciones y el impacto de las nuevas tecnologías sobre la cultura y la vida cotidiana.

En ese marco, Forster se refirió también al fenómeno político de Javier Milei y sostuvo que su llegada al poder debe ser entendida como un síntoma de transformaciones más profundas de la sociedad argentina. “Milei es un espejo horrible donde una parte de la Argentina ve su verdadero rostro”, afirmó, al tiempo que cuestionó el deterioro de la conversación pública, el desfinanciamiento de las universidades y el impacto de la inteligencia artificial sobre la autonomía y la memoria.

Ricardo Forster es un reconocido filósofo, ensayista y docente, es doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba y licenciado por la Universidad del Salvador. Se desempeña como profesor titular e investigador en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. También ha sido profesor invitado en universidades de Estados Unidos, España, México, Israel, Alemania y diversos países de Latinoamérica. Fue uno de los fundadores del espacio de intelectuales Carta Abierta entre 2014 y 2015. Ocupó el cargo de secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional dentro del Ministerio de Cultura. 

Ricardo acaba de publicar un libro, Entre dos siglos, que a todos los de la generación de los baby boomers nos tiene que resonar. Tiene una imagen, obviamente, de un puente o dos puentes allí interrumpidos, con una rotura, y él define a la generación que le corresponde al mismo como anfibia. Me gustaría que compartieras con nuestra audiencia en qué consiste esa categoría de ser anfibio.

A ver, cuando imaginé el libro, sabía que iba a ser un libro retrospectivo, un viaje en el tiempo, y que me iba a encontrar con una o dos generaciones, quizás un poco más. La que comienza en los años 40, la que nace en los años 40, y la que nace a lo largo de los años 50, y que llega al estallido, a la explosión de los años 60, de los años 70, y que atraviesa distintos mundos. Viene del mundo analógico y pasa al mundo digital de una manera velozísima. Viene de la idea de que era posible transformar el mundo, incluso la contracultura, la revolución, el Che Guevara, Vietnam, los 60 como tiempo de renovación radical, y después el giro de principios de los 80, hacia lo que iba a ser el mundo unipolar, el derrumbe de la Unión Soviética, el final de la experiencia socialista en gran parte de Occidente, la entrada al mundo acelerado de las nuevas tecnologías digitales y otra percepción del tiempo. Para nosotros, lo que estaba en el pasado era esencial para nuestra formación. Veíamos el presente y el futuro a partir de los libros leídos, escritos en el pasado, del cine, que también mucho venía del pasado. El arte era un viaje retrospectivo. Entraba en tiempos de transformación, la percepción del tiempo ha cambiado. Hoy vivimos en un presente continuo, el futuro se convirtió en una distopía. Para nosotros, el futuro era la tierra de promisión, la tierra utópica por excelencia. Esas generaciones creyeron que podían tocar el cielo con las manos y que podían inventar otra humanidad. Algunos eligieron el camino a Katmandú, el hippiesmo, las comunidades, el Bolsón en la Argentina, la revolución del rock, los Beatles, los Rolling Stones. Otros eligieron el camino de la revolución, de la guerrilla, la experiencia cubana, el FLN argelino, la figura de Sartre como el último gran intelectual del siglo XX. Yo soy del siglo XX, me siento del siglo XX, los libros que amé, mis grandes amigos, mis hijos nacieron en el siglo XX, pero siento que somos una generación anfibia, y que en ese sentido es una generación interesante, intensa, compleja, que tiene que adaptarse a los nuevos desafíos, pero que hace de la nostalgia algo potente, no algo museístico, depresivo, melancólico, sino un modo de confrontar críticamente el presente. El libro busca eso, busca comparar. Le dedico un capítulo que a mí me gusta mucho, largo, a comparar la década del 30, la República de Weimar, los ascensos de los totalitarismos con lo que está sucediendo hoy. Me gusta ir por el lado también: hay un capítulo dedicado a la biblioteca, qué le pasó a mi biblioteca a lo largo de casi 40 años, qué libros dejaron de ser centrales y fueron a parar al último de los estantes, o qué libros se mantuvieron. Bueno, es un viaje, es un libro que es un viaje.

También planteás la comparación, no simplemente con lo que significaban los años 30, concretamente el ascenso de la extrema derecha en Europa, sino también con la sensación de ajenidad que sentían aquellos intelectuales que, en la segunda y tercera década del nuevo siglo, del siglo XX, debían reflexionar parecido a la del siglo XIX, una sensación de extrañeza.

Totalmente. A mí siempre me interesó muchísimo ese tiempo entre guerras, el final del siglo XIX y el principio del siglo XX, cuando uno analiza las transformaciones que se operaron en todos los ámbitos de la vida. Es muy semejante. Hay una diferencia que yo remarco en el libro: la aceleración de principios del siglo XX, el automóvil, la radiofonía, el cine, las vanguardias estéticas, las nuevas armas que convirtieron la Primera Guerra Mundial en la primera guerra de la movilización total y de la guerra de materiales. Sin embargo, todavía tenían en el sujeto humano a aquel que creía que era portador de una capacidad de acción concreta y de transformación de la realidad. Fue el tiempo también de la Revolución de Octubre en Rusia, el tiempo de las respuestas por parte de las extremas derechas que inventaron el fascismo en Italia, el nazismo en Alemania, después el franquismo en España. Pero todavía estaba la idea de que un sujeto con un cuerpo de ideas, con una capacidad de intervención en la realidad, podía transformar la realidad; que la realidad podía ser maleable para la acción del hombre; que el hombre no era simplemente un artilugio de la creación que era llevado por huracanes hacia lugares imposibles, sino que el hombre era el dramaturgo de su propia historia, era el escritor de su propia historia. Yo creo que eso ha cambiado. La aceleración contemporánea es enorme, con características propias, pero no necesariamente tan diferentes como esa aceleración del principio del siglo XX. Pero con algo que sí se ha modificado de cuajo, que es la autoconciencia del sujeto, del hombre, como actor de su propia historia. Se nos ha extraviado el futuro, se ha perdido, se ha convertido en una distopía, en una serie de plataforma, en algo imposible, en una catástrofe ambiental, vaya a saber en qué, pero ya no está esa certeza de que el futuro iba a ser nuestro. Y creo que tanto la generación del 40 como la generación del 50, la que entra en los años 60 y 70, en sus adolescencias, juventudes y demás, tenía plena certeza, para decirlo de algún modo, de que el futuro se abría como espacio de posibilidades.

Ricardo, ¿sos pesimista u optimista al respecto?

Buena pregunta, depende del día. A ver, amo la vida, como primero tendría que decir eso. A mí los viajes hacia atrás, hacia el pasado, retrospectivos, me fascinan, me fascinan. Puedo leer varias veces un libro que me tocó. Ahí le dedico un capítulo, por ejemplo, a un autor alemán que se llama Michael Ende, que es un autor exquisito que escribió libros supuestamente para niños, La historia sin fin y Momo. Hablo de ellos dos y los vuelvo a leer y los vuelvo a disfrutar, por más que los leí de grande, porque mis hijos sí los leyeron de chicos, yo los leí de grande. Lo mismo me pasa con La montaña mágica de Thomas Mann. Para mí, volver a Thomas Mann es como volver a la patria, en un punto. Entonces tengo una mirada hacia el pasado. Me siento incómodo, tengo que decirlo así, con el presente. Me siento incómodo con las tecnologías del presente, me siento incómodo con lo que está generando la digitalización generalizada de la vida, lo que está generando el algoritmo, ni hablar ahora de la IA, que está enfrentándonos a algo que no sabemos del todo hacia dónde va a terminar llevándonos. Entonces me siento incómodo, me siento más cómodo leyendo esa travesía que imaginando el futuro. Es muy difícil imaginar el futuro. 40 años atrás, 50 años atrás, 100 años atrás, se podía imaginar perfectamente el futuro, aunque después evidentemente nos equivocamos todos. Pero era imaginable el futuro. Hoy, la verdad, que no lo sabemos. Vemos a los CEOs de las principales corporaciones digitales diciendo: párennos. Eso es inédito, nunca sucedió. Y vemos, de repente, que Estados Unidos está gobernado por Donald Trump, que es una distopía en sí misma; que Argentina está gobernada por Milei, que es una distopía en sí misma; que América del Sur pasó de repente a estar gobernada por personajes que representan no una tradición democrática liberal, sino una tradición de extrema derecha; que los neonazis logran ganar un estado en Alemania, pero al mismo tiempo la izquierda se recupera en Berlín. China, que en el libro no le dedico nada en particular, pero que me interesa mucho cada vez más, está haciendo cosas que no imaginábamos, que está impactando sobre la vida global. Bueno, se nos escapa el futuro en un punto. Entonces creo que hay que darle forma a lo que yo llamaría una respuesta creativa en el presente. No solamente una resistencia, sino una capacidad de mi generación, y la generación un poco más grande y más chica, creo que hoy puede decirle muchas cosas al presente. Y sí me preocupa un punto que lo toco en el libro, que es la ruptura entre generaciones. Nunca viví una experiencia de tanta distancia y tanto desencuentro como la que estoy viviendo ahora entre generaciones. Yo decidí hace no mucho tiempo, después de 40 años de enseñanza universitaria, me jubilé de la universidad, sigo siendo profesor consultor, sigo teniendo vínculos, pero lo hice. No podía haberme quedado unos años más incluso, pero lo hice porque sentía que había una extrañeza. Lo que yo tenía para decirles, por más que quien pasó tantos años en una universidad y la hizo más o menos bien sabe cuándo hay feeling, vínculo, y podía haber vínculo, y los estudiantes podían estar interesados, pero había una distancia más profunda. O sea, hablábamos en el mismo idioma, pero no nos entendíamos. Entonces creo que ahí hay un enorme, enorme desafío. Cómo volver. Ese libro de la tapa es un puente roto, en realidad, ¿no? Cómo volver a construir esos puentes. Yo creo que hay posibilidades. Me encuentro con generaciones más jóvenes con las cuales es exquisito dialogar. Sé que son minoría, quizás vivimos en un tiempo de minorías. Creo que hay una ignorancia crece. En algún momento yo hablé del goce de la ignorancia, ¿no? Cuando me despedí de la universidad y ahí la universidad me dio la oportunidad de dar una clase de despedida, hablé de una preocupación, que era el goce de la ignorancia. Aquellos que gozan afirmando su ignorancia y creyendo que hoy las redes permiten que alguien que le dedicó cinco minutos a un tema tenga el mismo nivel de opinión que alguien que le dedicó toda su vida. Entonces me parece que hoy tenemos un gran, enorme desafío: salvar a la cultura.

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¿Cuándo comenzaste a percibir eso de que hablaban el mismo idioma pero no se entendían con tus alumnos?

Yo te diría que incluso los años 90, que para mí fueron años muy intensos intelectualmente, en términos también de la experiencia universitaria, ahí había un ida y vuelta. La salida de la dictadura, la entrada en la democracia fueron extraordinarias. Esos primeros, yo diría, dos, tres años del gobierno de Alfonsín, la Argentina fue una fiesta de encuentro, de sensación de vitalidad. Bueno, vos lo viviste también. Abrirnos hacia la universidad. Mi primera experiencia universitaria como docente fue en el año 1984, con un maestro que había sido maestro mío en México, Oscar Terán, un intelectual de altísimo nivel. Encontrarnos con una generación de jóvenes que eran de casi la misma edad y que descubríamos de nuevo la universidad, las calles. Después la década del 80 fue una década de mucha discusión, de mucha revisión. El libro da cuenta de eso también, la revisión de las grandes narrativas de la modernidad. Llegaron esos pensadores que venían a sacudirnos fuertemente, atravesamos una crítica de nuestras propias perspectivas, pero fueron años de creación, de amistad, de intensidad. Los 90 fueron difíciles porque fue un giro global.

Pero ahí, sí no te entiendo mal, decías que aún en los 90, y me parece que no es casual que hayas puesto los 90 porque encontrás algunas reminiscencias en cuanto a políticas económicas parecidas en los gobiernos actuales. Pero, aun así, habiendo una ideología que podía tener emparentamiento, la situación era distinta.

Sentíamos que, por ejemplo, sacábamos una revista con queridos amigos, Nicolás Casullo, por ejemplo, sacábamos una revista que la sacamos durante muchos años, y sentíamos que esa revista tenía lectores. Sentíamos que si discutíamos la Europa de entreguerras, había una relación con lo que estábamos debatiendo en el presente. Sabíamos que lo que enseñábamos encontraba estudiantes que eran receptivos a lo que estábamos enseñando. Que todavía podíamos pensar el mundo con la sensación de que había algo que nos estaba movilizando. Creo que hoy el esfuerzo es mayúsculo porque esa base de sustentación se fue como desmoronando, se fue cayendo.

¿Lo notaste antes de la llegada de Milei?

Sí. No es solo la llegada de Milei. Milei, en todo caso, es un síntoma. Milei es un espejo horrible donde una parte de la Argentina ve su verdadero rostro. Esto hay que decirlo. Milei no es algo extraño, extravagante. Tiene que ver con algo que le fue pasando a esta sociedad. No solo a esta sociedad, porque si recorremos Occidente, en Oriente están pasando otras cosas, pero si recorremos Occidente, hay algo que está sucediendo en términos de las opciones que toma una mayoría de la sociedad, que corta transversalmente, porque vemos que el real voto en Milei viene de clases medias altas, pero también de sectores populares. Eso significa que algo está pasando que no es novedoso. Que la llegada de Milei nos pudo haber tomado por sorpresa, es probable, pero que al mismo tiempo viene a ser, en términos lacanianos, diría, lo real de la sociedad argentina. Lo oculto, lo que estaba por debajo, esas conversaciones que se tienen en esos cenáculos que son privados y se puede decir de todo sin vergüenza, pero que todavía en lo público hay una lengua que está avergonzada de decirlo. Milei liberó la lengua de la vergüenza, la lengua cloacal, destruyó la lengua pública y va a ser muy difícil reconstruirla. La conversación, la conversación entre personas que no piensan de la misma manera. Nosotros venimos dialogando ya hace un montón de años y, sin embargo, no necesariamente pensamos la Argentina del mismo modo. Pero hay un respeto, hay un intercambio, te tomás la molestia de leer lo que escribo. A mí me interesa, y te lo dije varias veces, esas entrevistas que hacés. Creo que ahí hay un material extraordinario para pensar este tiempo estamos viviendo. Bueno, eso, el mileísmo y una parte de la sociedad argentina lo viene destrozando todos los días. Destroza la cultura, destroza el INCAA, desfinancia las universidades, arruina algo fundamental de la vida argentina, porque yo lo experimenté enseñando en el extranjero. La formación de los cuadros intelectuales de todas las áreas en la Argentina, desde exactas, ingenierías, humanidades, lo que quieras, van al exterior, a las universidades de Europa, de Estados Unidos, de China, donde sea, y son reconocidos por su calidad intelectual. Y eso, el mileísmo lo degrada, lo pone en cuestión, le quita los recursos. Y a eso agregarle la maldad, la crueldad, la crueldad con los discapacitados, con los jubilados. O sea, esto ya no es ni siquiera una distopía, es un presente oscuro. Yo espero, espero la verdad, que el año que viene cambien las cosas, que se haga democráticamente. Y este libro es también, y otro que estoy trabajando ahora, que será para el año que viene, son libros que intentan justamente recuperar algo que yo siempre he valorado de la Argentina. Yo viví en el extranjero. Justo venía conversando con el señor que me trajo, quien vivió en el extranjero y decidió volver a la Argentina, sabe lo que la Argentina significa para cada uno de nosotros. Este es un país extraordinario y tremendo. Yo digo, a estas generaciones no se les ahorró nada, no se nos ahorró nada. Atravesamos todo: experiencias locas, sueños utópicos, dictadura, exilios, muertes, emoción democrática, crisis de la democracia, hiperinflación, hasta una pandemia, y hasta un Milei, digamos, y todo lo que eso implicó. Y, sin embargo, seguimos, seguimos tratando de... Yo creo en la cultura del libro, creo que seguir discutiendo. Un amigo decía, una cosa es conversar y otra cosa es discutir. Cuando uno conversa está mucho más a la escucha de lo que el otro dice; cuando uno discute está tratando de defender exclusivamente su posición, ¿no? Este es un libro, es un poco largo, lo habrás leído en partes, pero es un libro que intenta dialogar con el lector, que el lector lea...

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Lo comenzás diciendo que la meta está en el origen, entonces te vuelvo a la pregunta del optimismo. ¿Creés que esto va a pasar?

A ver, hace poco tuve la felicidad de tener mi primer nieto. Sueño con que mi nieto tenga una vida feliz, que el mundo sea más amable, que seamos capaces de defender algo que yo amo profundamente, que es la naturaleza. Sospecho que hay fuerzas muy, muy, muy duras que van en contra de esa dinámica, que hay una forma muy potenciada de la autodestrucción en la cultura contemporánea, que el capitalismo en su forma actual está ciego completamente, que es necesario construir una sociedad más participativa, con controles más saludables, con una autoconciencia de lo que tenemos que defender en términos de espacio público, el espacio privado. La gran tradición liberal siempre creyó que el lugar sagrado del individuo era su intimidad, esa zona de lo privado intocable desde la política, desde el Estado, desde afuera. Sin embargo, libremente y gozosamente le hemos entregado a un capitalismo digital nuestra intimidad, nuestra privacidad, que se ha monetizado de una forma gigantesca para beneficio de unos pocos. Entonces yo me pregunto: ¿y dónde estaba ese hogar que era el lugar de la protección, esa intimidad que me permitía el refugio en el que estaba en el lugar más puro de mi individualidad, cuando en un clic, mirando el celular, entrego absolutamente todo eso? Entonces creo que es una época donde digo, en la meta está el origen. Es una manera de caminar hacia adelante recuperando esos núcleos muy valiosos del pasado, los recuerdos. Fijate, cada vez que nos olvidamos algo, más allá de la edad, y hacemos un clic para preguntar a la IA, a la que sea, una de nuestras neuronas de la memoria se va a desnutrir. Porque la memoria es un músculo extraordinario de lo humano que tiene como característica que hay que entrenarlo, que hay que cuidarlo, que hay que alimentarlo. Cada vez que resolvemos, que lo resuelva por nosotros la IA o cualquier instrumento digital, estamos perdiendo algo de nuestra propia autonomía. De la misma manera que si un chico se educa exclusivamente con la IA, su capacidad creativa va a quedar atrofiada. Por eso hoy hay reacciones en distintas partes del mundo diciendo: paremos, revisemos qué educación estamos construyendo, cuidado con que nuestros hijos se eduquen exclusivamente a través de pantallas y que respondan a la vida a través de la IA. Bueno, todo eso también está un poco metido en el libro, en lo que me inquieta. Me inquieta encontrar esas preguntas críticas tanto en el pasado como en el presente.

Sonrío porque obviamente sos optimista, ¿no? Haber escrito un libro de este tamaño, estar preparando otro.

Ese es más autobiográfico, te va a gustar ese porque ahí me meto más en el anecdotario de los años 60, 70, 80. Bueno, este es más ensayístico, el otro será un poco más literario, digamos.

Pero en cualquiera de los casos es que la vida tiene sentido, en cualquiera de los casos es que todavía se puede. Y seguí haciéndolo. Felicitaciones. Nos disfrutamos mucho este libro y esta conversación como tantas otras. Muchas, muchas gracias por estar aquí.

Gracias por la invitación.


LMM