Tamara Tenembaum: “La sociedad quiere cada vez menos fricción social”
La escritora y filósofa analizó la crisis de la palabra escrita, el avance de la inteligencia artificial en la educación y el repliegue hacia lo virtual. Además, se refirió al choque entre la política actual y los productores de sentido, y advirtió sobre las secuelas de un mundo que le huye al contacto presencial.
En una entrevista donde cruzaron miradas sobre el valor de las palabras y la construcción de sentido Modo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190) recibió a Tamara Tenembaum: filósofa, escritora, periodista, guionista y docente universitaria de la UBA. La autora de El fin del amor repasó el momento clave que atraviesan la literatura, el teatro y la industria audiovisual, al tiempo que analizó el impacto del uso de pantallas y la inteligencia artificial en el pensamiento crítico de las nuevas generaciones.
A lo largo del intercambio, Tenembaum reflexionó sobre el fenómeno de una sociedad que busca evitar a toda costa la incomodidad cotidiana, reduciendo el contacto presencial en favor del terreno virtual. Con su mirada aguda, argumentó que “la sociedad quiere cada vez menos fricción social”, un paradigma que moldea desde las citas románticas hasta la agresividad de la discusión política contemporánea. Entre el diagnóstico sobre la política cultural actual y la defensa ritual del teatro frente al aislamiento digital, la intelectual repasó las transformaciones de una época donde la inmediatez parece ganarle terreno al tiempo de reflexión.
Tamara Tenembaum es filosofa, escritora, periodista, guionista y docente universitaria, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, se ha consolidado como una de las voces intelectuales y feministas más influyentes de su generación en América Latina. Es autora de obras como El fin del amor (2019), Nadie vive tan cerca de nadie (2020) y Un millón de cuartos propios (2025), ensayo galardonado con el Premio PAI II. Dirige su primera obra musical, titulada Los mal casados, con estreno previsto para el próximo 19 de octubre.
Muchas gracias por estar acá. Reflexionábamos que vos habías estado acá en este edificio cuando habías dado talleres en la Escuela de Periodismo. Y bueno, si bien tenemos una profesión que nos conecta en el uso de las palabras, nosotros tenemos el monopolio del lenguaje verista y ustedes la enorme libertad de no estar constreñidos a él. ¿Cómo ves hoy la lectura y la escritura en todos sus campos, en el verista y en el no verista?
Mirá, es una buena pregunta. Yo creo que hay varias cuestiones. Por un lado, la lectura de libros obviamente está en un momento difícil, pero después la gente está todo el tiempo leyendo en internet, ¿no? Eso es real. Es verdad que también internet es cada vez más visual; entonces, quizás la gente pasa mucho tiempo en internet, pero cada vez pasa menos tiempo leyendo en internet, incluso notas. Digo, la palabra está en un momento difícil, sobre todo la palabra escrita. Yo me doy mucha cuenta de que, bueno, escribo libros, obras de teatro, guiones, lo que sea, y para lo que más te invitan siempre es a dar charlas. La gente quiere escuchar charlas. Hay como una cosa que vos decís: ¿por qué te dan tantas ganas de escucharme charlar si no tengo tantas cosas interesantes para decir? Quiero que me leas. Bueno, no, aparte digo cosas más interesantes si tengo un año para escribir un libro que hablando. Pero bueno, evidentemente hay algo del registro, de lo espontáneo, que es lo que la gente está pidiendo. Entonces creo que lo que está en un momento difícil es lo que toma tiempo, sea para la ficción o para la no ficción, lo que toma tiempo de producirse y lo que toma tiempo de leerse. Eso es lo que está en un momento difícil para mí.
Curioso. Vos sabés que nosotros editamos reportajes largos los domingos y los editamos también en versión audiovisual. En realidad, si uno quiere ahorrar tiempo leyéndolo, lleva menos tiempo que escuchándolo.
Obvio, pero a mí me pasa todo el tiempo. No sé si a vos te pasa que decís: "Bueno, quiero aprender a cambiar esta lamparita" o cualquier cosa que se rompió, querés buscar tutoriales y están todos en video. No tengo tiempo de sentarme a ver un video, quiero que diga paso 1, paso 2, paso 3, es más rápido. Pero evidentemente hay algo de la competencia en la lectoescritura que se está perdiendo. De hecho, están dejando de pasar las películas subtituladas y cada vez hay más funciones dobladas, incluso para adultos, cosa que en Argentina no era común como sí lo era en España. Entonces, evidentemente hay algo de la competencia de leer rápido que no está en su mejor momento. Dicho lo cual, siempre hay sorpresas, siempre hay libros que uno piensa que son demasiado largos para que les vaya bien y les va bien. A mí me sigue sorprendiendo el teatro. A la vez pienso que hay algo mágico del teatro que, bueno, yo que hago teatro y que voy mucho, es quizás el único lugar en el que ya no saco el celular. En el cine también, pero el teatro es el único lugar donde todavía está realmente mal visto sacar el celular.
¿Hay algo de sagrado allí?
Por supuesto. Creo que porque también están los actores adelante, no es como en el cine que el actor no se entera. El actor está ahí, lo distraés con la luz, con el ruido, con todo. De hecho, cuando suena un celular en el cine es una fiaca; cuando suena en el teatro, que está el actor ahí, se desconcentra, pierde la letra, se angustia y es una catástrofe. Y de hecho los actores últimamente contestan. Paran la función y dicen directamente: "Dale, atendé". Que para la persona que está ahí es el peor momento de su vida, pero está bien. No nos podemos comportar como chicos que atienden el teléfono en el teatro. Ni hablar de que casi seguro que no te están llamando de la guardia porque sos un cirujano.
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Ahora, también es cierto que el teatro es de una resistencia maravillosa, ¿no? Porque más allá de la cuestión económica que también le toca pasar, como a todas las actividades, resiste con una fortaleza, como también el libro.
Como el libro, como la radio, esas cosas que hace 100 años están diciendo que van a desaparecer y acá están. Me parece que en ese sentido se van a ir revalorizando cada vez más las cosas. El teatro, por ejemplo, no tiene reemplazo. En tu casa no hay forma. No es como en el cine que podés decir que ves la peli en tu casa, si bien no es lo mismo.
Creo que la hija de Romay, que tenía teatros, hizo una app durante la pandemia, pero no es lo mismo.
La gracia del teatro es que los actores están ahí, es la materialidad de la función, que pasen cosas ahí. Eso me parece muy mágico, pero creo que esos rituales, igual que la música en vivo, van a ser cada vez más importantes en una vida más digital.
Y esto que hablábamos de la pérdida de predominancia de la lectura, viste que en el resultado de las pruebas PISA en todo el mundo ubican el empeoramiento al uso de los celulares, a la falta de concentración, a la desaparición del papel y la aparición de las pantallas. Ya varios países —Japón, los países escandinavos, Francia— están sacando las pantallas de los colegios y volviendo a colocar libros en papel. A vos te convoca también el tema de la educación y la lectura de los chicos. Contanos un poco qué te atraviesa con estos temas.
Igual yo siempre digo lo mismo: a mí me preocupan más los adultos que los chicos. Porque, de hecho, la mayoría de la gente trata de ponerle un límite a las pantallas a sus hijos y no logra ponérselo a sí misma. A veces veo a los hijos de mis amigos que efectivamente no usan pantallas y siento que viven en un mundo maravilloso, leen, charlan, miran películas, y somos nosotros los que estamos mal. Me parece que hay que hacerse un poco más de cargo de eso. Después sí, pienso que, por supuesto, es difícil, sobre todo con los chicos más grandes. Creo que es muy notable eso. A los chicos, hasta la primaria, lo podés sostener; en general el problema ya es la batalla con los adolescentes, como con todo. A medida que la autonomía crece vos no podés tratarlos como a un niño; las prohibiciones en la adolescencia no funcionan del mismo modo que en la infancia. Entonces creo que ahí hay un desafío, es un momento muy formativo. Es como si nosotros no hubiéramos aprendido a resolver ecuaciones sin la calculadora. Sí, la calculadora lo sabe hacer, pero aprendíamos a hacerlo sin la calculadora aunque existía. Bueno, esto es lo mismo. Y creo que en lo que tiene que ver con la educación, la inteligencia artificial es un desafío muy grande porque ha llegado a un nivel en el que puede resolverte casi cualquier consigna, escribirte una monografía. No soy tan exagerada ni apocalíptica como para pensar que todo va a desaparecer, pero que pueda resolver tareas de nivel colegio secundario y universitario, sí. Entonces ahí está el desafío de explicarles a los chicos, así como a nosotros nos explicaban: la calculadora lo sabe hacer, pero vos tenés que aprender a hacerlo igual.
¿Escribís a mano?
La verdad que no, no me gusta. Hace décadas no lo hago, siempre teclado. De hecho, me pasó que yo me recibí hace 10 u 11 años, a los 26. Lo último que tuve que hacer antes de recibirme fueron los niveles de idioma obligatorio en Puan. Iba a rendir francés libre y tuve que escribir a mano un parcial como de 5 páginas. Ya en ese momento, que era el año 2016, me di cuenta de lo que me costó escribir 4 páginas a mano muscularmente, ya no tenía esa destreza. Así que hace 10 años te diría que ya me costaba.
Porque uno de los temas con la inteligencia artificial —y se conecta un tema con el otro— es que para los exámenes universitarios hay muchas universidades en Estados Unidos que van a volver a exigir escritura a mano, porque no va a haber otra alternativa para garantizarse de que el texto es de la persona.
Sí, yo creo que sí, volver a la escritura a mano y a los finales orales, que en Puan nunca se fueron, los finales son orales desde siempre.
Pero en Harvard, por ejemplo, vos hacías tus textos con teclado. Todo eso va a tener que volver.
Para mí la pérdida de eso es que uno ya no puede tomar una monografía o un texto. Eso es complicado porque la destreza de escribir un texto durante una o dos semanas es una destreza distinta de la de responder una pregunta, y es una pena no poder evaluarla. Pero es cierto que uno ya no lo puede evaluar, entonces habrá que hacerlo.
Contame: vos decías que hacés mucho teatro, ¿cómo pasás de un género a otro? ¿Hasta qué punto se puede traducir un libro, una película, una obra de teatro, un guión?
Bueno, estoy trabajando de hecho en todo ese tipo de cosas. Estoy por estrenar una obra, trabajando en varios proyectos de guión y, bueno, libro saqué el año pasado, así que voy a sacar uno, si tengo suerte, en dos años; el año que viene me ocupo de un libro. Creo que depende mucho de la personalidad de uno. A mí me gusta que cada género me da otra modalidad de trabajo. Por ejemplo, escribir un libro es algo muy solitario y, en cambio, una obra de teatro es un trabajo completamente colectivo. Yo soy una dramaturga de escritorio: primero escribo la obra y después la vamos a hacer. No todos los dramaturgos trabajan así, algunos parten de improvisaciones de los actores, sobre todo los que empezaron como actores más que como escritores. Como yo empecé más como escritora, empiezo en el escritorio. Pero después llego a la escena con los actores y van pasando cosas, porque cuando los ves decir las cosas, escuchás y decís: "No, esto no suena, esta escena no funciona", o incluso pasa algo muy específico de decir: "Este actor no se siente cómodo diciendo esta palabra porque es evidentemente una palabra que él nunca usa". Bueno, ¿vos cuál usarías? Hay que usar una que usés vos, porque si no se te escucha como si estuvieras haciendo una cosa rara. No pasa con todos los actores, pero hay algo de la particularidad de los cuerpos que, más que ir en contra, uno tiene que ir a favor. A mí me gusta porque, por ejemplo, ahora estoy con un guión bastante difícil porque tuve que estudiar mucha historia, ya que es una adaptación de una novela que tiene mucha historia. Por otro lado, también estoy con una obra de teatro basada en una obra del Siglo de Oro español. Me encanta de eso que me devuelve un poco a la universidad porque tengo que estudiar un montón. Después por ahí escribo una novela; lo que tengo ganas de escribir cuando vuelvo a escribir un libro es una novela, que no me pide estudiar nada, me pide sentarme a tal vez leer referencias, leer novelas que me gustan, pero no apegarme a un material. A mí me gusta el concepto de apegarse a un material, siempre me gustó estudiar y me gusta volver a estudiar. En relación con las adaptaciones, mi primer guión fue una adaptación de mi libro y a partir de eso este año prácticamente todo lo que estoy haciendo son adaptaciones. Me encanta trabajar en eso. Creo que ahí tengo una ventaja que a veces quienes no venimos del audiovisual no tenemos; en muchas cosas escribiendo guiones jugamos con desventaja porque tenemos que aprender a pensar un guión, pero cuando se trata de adaptar un libro corrés con una pequeña ventaja: yo sé cómo se construye un libro, entonces digo "bueno, vamos a los principios constructivos de esto y reorganicemos la jugada para que funcione en otro formato". A mí eso me encanta. Entiendo que hay gente que es al revés, que necesita estar haciendo una cosa a la vez o que tiene un oficio más específico. Yo siento que mientras se trate de escribir puedo aprender; no siento que sea como aprender otro idioma, siento que es más como aprender otra receta de cocina: si sé hacer esto, puedo hacer esto otro.
No es un tema sobre el que quienes se dedican al lenguaje no verista tengan por qué tener opinión, pero como este es un programa que pone mucho foco en la política, me gustaría una reflexión tuya de cómo ves la situación del arte en este gobierno, de género, la política en su conjunto.
Bueno, hay muchas cosas. Yo creo que, en términos de la política cultural, a mí me sorprendió mucho de este gobierno el encono con los artistas, porque uno podría creer que el gobierno libertario desfinancie sin hacer una batalla cultural con tanto resentimiento, y no fue lo que pasó. El resentimiento fue muy dirigido. Y efectivamente la política de desfinanciación, desde mi humilde punto de vista, tuvo más que ver con el resentimiento que con hacer cerrar las cuentas.
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Era insignificante, obviamente.
Era insignificante. Vos decís: ¿por qué meterse en esta batalla? ¿Por qué dedicarle tanto tiempo mediático a esta batalla contra los artistas? ¿Por qué ese es tu enemigo? Es bastante notable que el enemigo público de pronto sean los artistas...
Podríamos decir todos los productores de sentido.
Totalmente, los periodistas. Como una batalla muy grande contra lo que se considera como la cultura humanística, de alguna manera, como si fuéramos representantes de no sé bien cuál encono contra la cultura de las letras, pero hay un encono, es evidente.
Reflexionando juntos, ¿no es la vieja discusión de los filósofos en su momento con los profetas, la mezcla de la religión como constructora de sentido y la razón como constructora de sentido? Finalmente, Milei, al considerarse un profeta, disputa la construcción de sentido que normalmente hacen otras profesiones.
Está bueno, no se me había ocurrido, puede ser. Lo notable es que también va contra la ciencia.
Sí, que también es otro constructor de sentido.O sea, los profetas, que tienen un saber dogmático, contra todos los otros productores de sentido y de conocimiento.
De alguna manera, la única fe que se puede tener hoy es la fe del liberalismo a ultranza del mercado, de lo que sea. Lo único que existe es eso y toda otra fe, que ni siquiera tiene por qué ser una fe contraria porque uno perfectamente puede imaginar a un libertario al que le gusta mucho ir al cine o al teatro, no pienso que eso sea inimaginable. Pero se metieron en una batalla cultural bastante grande y creo que la desfinanciación no fue un "bueno, ajustemos unas cositas para que cierren las cuentas", fue con mucho encono y eso se nota en todas las disciplinas artísticas, se siente en todos lados. Más que nada en el cine, porque el cine es el arte más caro, es el arte que más depende de la financiación y sobre todo de la financiación estatal. La gente a veces piensa cosas en la Argentina, pero el cine de arte depende del financiamiento estatal en todos lados: en Francia, en Brasil, en Alemania. De hecho, las películas que ves en festivales como San Sebastián o Cannes en general cuentan con financiamiento de cuatro países distintos para seguir haciéndose. Una de las películas que se estrenó ahora en San Sebastián, Glaxo de Benjamín Naishtat, es una película argentina, de un director argentino y actores argentinos, financiada por un montón de países menos por Argentina. Va a ser una película argentina multipremiada sin un peso argentino, es un poco curioso.
¿Qué te pasa cuando ves la cantidad de horas que captura Netflix con las series en lugar del cine? ¿Es un género comparable, similar, o totalmente diferente? ¿Es una película una hora y media o una serie es una escena de capítulos?
Primero, es imposible saber cuántas horas. Yo trabajo con plataformas y no abren ningún dato, no podemos saber el rating de nada. Nosotros solo sabemos de rating lo que las plataformas quieren que sepamos. Incluso lo más visto o lo menos visto son todos datos manejados por ellos, con lo cual si se ve mucho o se ve poco no sabemos nada. Eso es bastante novedoso.
No hay un tercero auditando. Es como el rating que aparece una empresa o un instituto de verificación de circulaciones donde se pone de acuerdo toda la industria. No hay un tercero...
Yo creo que eso es bastante novedoso. Yo soy relativamente joven, pero me acuerdo de cuando uno sabía que Tinelli era lo más visto de la tele o que Son Amores era la telenovela más vista, o cuál película había tenido la mayoría de espectadores. Hay una opacidad en torno a cuánto se ve que es muy nueva. Por supuesto que no vamos a negar que se ve mucho y yo creo que tiene mucho que ver con un cambio de hábitos también: la gente va menos al cine, no porque sea caro, porque las plataformas tampoco son tan baratas. Si vos pagás cuatro o cinco suscripciones de pronto estás pagando 100 dólares por todo lo que pagás y al final no ves nada. Hubiera sido más fácil ir a alquilarlas al Blockbuster que pagar 100 dólares todos los meses por todo este circo. Entonces, evidentemente no es un tema material. Yo creo que hay algo de la herencia de la pandemia, pero la pandemia vino a reforzar tendencias sociales que ya estaban sucediendo, que es lo que muchos autores llaman la falta de fricción. La gente ya no quiere friccionar con el mundo, no quiere nada que sea incómodo, no quiere ni llamar al delivery por teléfono. Lo digo en tercera persona, pero yo soy igual. Me acuerdo de llamar al delivery, si te escuchaba o no, si te entendía, si habrá anotado bien las empanadas, y era una fiaca. Ahora lo hacés sin que nadie se pueda equivocar, queda todo escrito, es bárbaro. Bueno, pero así con todo en la vida.
¿Y esa falta de fricción también lleva a la baja de natalidad, una falta de fricción de los cuerpos?
Sí, más que de los cuerpos en un sentido literal, creo que lleva a una falta de sociabilidad que es evidente en todas las generaciones. Para la juventud es más notable. Noto en mis amigos de más de 40 o 50 años que están separados y el mundo de las citas todavía sigue funcionando como en otra época, porque un tipo de 50 años sabe invitar a una chica a salir. Pero un chico de 30 no sabe hacerlo, de verdad te lo digo. Ayer hablaba con unos amigos que me acuerdo perfectamente del momento en que esto sucedió. Recuerdo tener 22 o 23 años —yo tengo 37—, hace 14 años, en un bar con amigos. Llegó una chica que yo conocía y el chico con el que estaba me dice: "Ah, esa es tu amiga, es hermosa. ¿Cómo se llama? Así la agrego a Facebook". Y yo pensé: "Pero está acá, yo estoy acá y te la puedo presentar, esto se resolvería en medio minuto acá". Pero te da nervios, te da angustia, entonces preferís llevarlo a un terreno donde te va a dar menos nervios. Recuerdo ese día porque me pareció raro, y después esa se volvió la regla: así se volvió el mundo. "Esto me da nervios, me da angustia, si sale mal quedo humillado". En cambio, si no...
Interesante que en esa sociedad que busca cada vez menos fricción elijan en el plano político general líderes de la mayor fricción.
Sí, es verdad, pero fíjate que es una fricción que sucede mayoritariamente online. Cuando esas formas agresivas de la comunicación suceden en persona hay como una disonancia. Creo que es exactamente lo que pasa con Milei: todo el mundo lo puede festejar en internet, pero después en la vida real pasan cosas raras cuando el tipo es agresivo. De hecho pasa en los foros internacionales que se generan situaciones rarísimas, porque es un tipo de agresividad que solo funciona en internet cuando el otro está a mil kilómetros de distancia, no funciona si estamos vos y yo hablando así.
Que está mediada por instrumentos que los deshumanizan, para decirlo de alguna manera. En lo personal sería inaceptable.
Totalmente. Y en lo personal sería inaceptable. La misma gente que es capaz de insultar de una manera en internet no es capaz de insultar así en la cara a la gente, no lo hace en la calle.
Además tendría consecuencias diferentes, ¿no? Que pasaba en otra época que era más fácil por mail que personalmente, y ya pasaba incluso antes de las redes. Tamara, me quedaría conversando horas. Ha sido un placer enorme.
Igualmente, muchas gracias.
Gracias por todo lo que hacés.
Muchas gracias.
LMM