10 de agosto de 1792 fue el verdadero comienzo de la Revolución Francesa
No fue en 1789 el fin de la monarquía, sino tres años más tarde, cuando una multitud atacó las Tullerías, llegó hasta el dormitorio del rey Luis XVI y lo obligó a ponerse el gorro frigio y “brindar por la Francia revolucionaria”. “Él y su familia quedaron cautivos en la prisión del Temple”, dice el autor. Asesinatos, ejecuciones y guillotina.
Solemos repetir que el 14 de julio de 1789 comenzó la Revolución Francesa y, con ella, la Edad Moderna.
En realidad, fue el primer paso de una serie de complejas situaciones políticas que empiezan con la caída de la Bastilla, un movimiento popular que pretendía tomar una prisión donde se había castigado a opositores del régimen, aunque en ese momento solo tenía cuatro reclusos y ninguno de ellos estaba acusado de atentar contra la autoridad del rey.
Sin embargo, hasta el 10 de agosto de 1792, Luis XVI se había mantenido en el trono, aunque con un poder limitado. Ese 10 de agosto marcó el punto de inflexión del levantamiento popular porque ese día las turbas atacaron el Palacio de las Tullerías y el rey y su familia quedaron cautivos en la prisión del Temple.
El 10 de agosto terminaba la monarquía y, días más tarde, nacía la Primera República Francesa.
Desde 1789 hasta 1792, Francia se había batido contra las naciones europeas que, influenciadas por los nobles emigrados, intentaban combatir a los revolucionarios, los sans-culottes, esos “perjuros ingratos, salidos del infierno”.
Casi todos los franceses coincidían en que la guerra era el único camino posible, aunque los miembros de las diferentes corrientes políticas lo hacían por distintas razones.
El general Lafayette creía que el conflicto bélico reforzaba la posición del ejército.
El ala más radical de los revolucionarios, los girondinos, pensaba que esta guerra les permitiría alcanzar la “libertad universal”. Hasta Luis XVI creía que este conflicto armado sería beneficioso para Francia porque la guerra contra Bohemia y Hungría —cuyo monarca era sobrino de María Antonieta— podría devolverle al rey su poder absoluto, hasta entonces compartido con una Asamblea Legislativa.
Las derrotas iniciales de las fuerzas francesas hicieron pensar a Luis que podía estar en lo cierto. De hecho, sintiéndose fortalecido, vetó dos decretos propuestos por los ministros girondinos, decretos que limitaban más aún su poder.
Estos ministros, indignados con la actitud del rey, le escribieron una carta en tono amenazador donde le advertían que “el pueblo afligido podría empezar a tener a su rey por amigo y cómplice de los conspiradores”.
La respuesta de Luis XVI no se hizo esperar y despidió a todos los ministros revolucionarios.
La reacción de estos fue inmediata y todos los comités revolucionarios pidieron la derogación de la capacidad de veto del rey y la institución del sufragio universal.
Los ánimos se caldearon y una multitud se congregó ante las Tullerías, franqueó la vigilancia de la Guardia Nacional y llegó hasta los aposentos del monarca, donde lo obligaron a usar el gorro frigio y a beber en honor de la Francia revolucionaria. Solo podemos imaginar el miedo del rey al enfrentar esta turba enardecida...
Sin embargo, Luis no levantó el veto y mantuvo su decisión de tener a los ministros rebeldes fuera del gabinete. La decisión del rey fue valiente, pero provocativa. Ahora era una pulseada por quién tenía el poder: o el rey o la Asamblea.
Una vez más irrumpió en escena el general Lafayette con una propuesta conciliadora: Francia debía evolucionar hacia una monarquía constitucional. Sin embargo, no encontró apoyo ni en los miembros de la Asamblea ni en los aliados del rey.
Mientras tanto, el panorama externo se deterioraba, las derrotas del ejército se sucedían y la Asamblea declaró que “cuando la patria se encuentra en peligro, todo pertenece a la patria”. Eso significaba que un gobierno, en circunstancias apremiantes, puede derogar los derechos de sus habitantes. ¿Aun los del monarca?
Con esta declaración se comienza a gestar la verdadera revolución.
Los austríacos que avanzaban por la frontera norte advirtieron que, en caso de agresión a la familia real, sus ejércitos destruirían París hasta sus cimientos. Esta advertencia, en vez de calmar los ánimos, los encendió.
Las tropas del ejército popular entraron a París cantando La canción de guerra del Ejército del Rhin, más conocida como La Marsellesa, una pieza exaltada que instaba a “combatir la tiranía… a degollar a vuestros hijos y esposas… para regar con su sucia sangre los surcos de nuestra tierra”. Marcharon con una bandera roja al frente del ejército.
En París se rumoreaba que el rey estaba a punto de dar un golpe de Estado… Los revolucionarios se agitan y quieren tomar la delantera; saben que Luis no puede ser indulgente.
El 10 de agosto, una multitud amenazante se acerca al Palacio Real desde Saint-Germain, cruzando el Sena. El rey apresta a la Guardia Suiza para defenderse, pero, a último momento, decide huir, dejando a las tropas sin mando. Todo es confusión...
La Guardia Suiza se defendió valientemente, pero sus soldados fueron superados en número y asesinados, al igual que algunos miembros del servicio de palacio, cuyas cabezas fueron cercenadas y exhibidas como trofeo.
La familia real fue capturada y enviada a la prisión del Temple.
La Comuna Insurgente toma las riendas del poder mientras Danton organiza un tribunal extraordinario para “juzgar los crímenes de la corte”. Pocas horas más tarde, miles de monárquicos son apresados o asesinados. El general Lafayette se ve obligado a pedir asilo entre las tropas austríacas, no sin antes intentar rescatar a la familia real.
La Convención Nacional consagra la Primera República, el hito más importante del proceso revolucionario iniciado cuatro años antes. Los acontecimientos se precipitan, se ha perdido la legitimidad. El rey es juzgado y decapitado el 21 de enero de 1793. El Terror se adueña de Francia. Miles de nobles y monárquicos son ejecutados. El 16 de octubre, María Antonieta es guillotinada...
Sin embargo, “al igual que Saturno, las revoluciones suelen devorar a sus hijos”. Así lo escribió años más tarde Jacques Mallet du Pan, un realista antirrevolucionario que huyó de París el mismo 10 de agosto de 1792.
Marat es asesinado, Danton es ejecutado por orden de Robespierre y éste, guillotinado igual que miles de enemigos del régimen que él mismo había condenado.
Las luces y las sombras de esta revolución serán el espejo de los procesos revolucionarios que en todo el mundo buscaron la libertad, la igualdad y otros fines loables que no siempre se lograron y hasta llegaron a procesos diametralmente opuestos a las consignas que habían enarbolado.
En las historias de todas las revoluciones se repiten los mismos perfiles psicológicos de los actores del 10 de agosto de 1792, con sus conductas obstinadas o lúcidas, generosas o mezquinas, desinteresadas o perversas, propias no solo de estos revolucionarios que se aventuraron contra las autoridades constituidas, sino también de aquellos que defendieron sus prerrogativas aun a expensas de sus vidas.
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