¿Qué sucede en el mundo como para que el presidente de una nación –en una escena cuya obscenidad institucional resulta difícil de exagerar– insulte de brutal manera al primer mandatario del país que está visitando? Es en vano circunscribirse a la psiquis del personaje. Antes bien se trata de un contexto definido por una serie de hechos y por un marcado signo de época. Comencemos por los primeros. El país en cuestión -Brasil- es el mismo país donde un gobernador ultraderechista hace unos meses emprendió una razia en un barrio pobre cuyo saldo superó por largo los cien muertos. La excusa: la lucha contra el narcotráfico. La misma por la cual el presidente de la primera potencia del mundo después de bombardear lanchas, asesinar personas y usurpar territorios marinos, terminó invadiendo el país dueño de la reserva más grande de petróleo. Es el mismo presidente que gusta llamarse el “King” y que supo adjudicarse el triunfo de La Libertad Avanza en nuestro país. Sin embargo, lo que está avanzando en este -nuestro país- es cualquier cosa menos la libertad. Habría que preguntarse hasta cuándo nuestro país seguirá siendo Nuestro. En el mentado país vecino voces de la ultraderecha clamaron hace poco por una intervención militar del “King” en la bahía de Guanabara. La misma por donde la Garota de Ipanema paseaba su ondulante caminar. Por ahora no se animan a proponer una presencia armada del “King” en el Río de la Plata, les basta enviar a la titular del FMI a presidir reuniones de ministros. Es decir: los insultos de Javier Milei al presidente brasileño no constituyen un exceso temperamental. Son un síntoma de lo Real que avanza, al punto de que, lejos de pedir disculpas, tras su visita nuestro primer mandatario reiteró sus injurias. Como toda respuesta, Lula retiró su embajador en Argentina.
Milei apoya el genocidio palestino, la ultraderecha brasileña también, todos alineados con el “King” que pretendió el Nobel por su plan de paz entre Palestina e Israel. Mientras tanto Israel continúa con sus bombardeos en la Franja de Gaza. Freud describió la pulsión de muerte que aqueja a los humanos mientras el nazismo crecía e iba cooptando adeptos, en la misma Alemania donde hoy se reprime a quien se manifiesta a favor de Palestina. La referencia obliga al abandono de toda contienda con algún viso de dialéctica binaria para dirigirnos a un orden de muy distinta dimensión, allí donde se agota el pulso del sentido y aflora el espanto de la Cosa. Un horror que traduce un vacío de palabras, un abismo, un agujero tan negro como el silencio del silencio. Lo inenarrable. Una tragedia que, lejos de circunscribirse a un determinado territorio, abarca a la propia condición humana al punto de poner en duda de qué se trata tal distinción. Este horror testimonia la irrupción de lo Real. Allí donde solo somos objetos. Ese no lugar del cual no cesamos de escaparnos para así ignorar que el cuerpo que nos sostiene es también un mero cacho de materia en lenta descomposición. Se trata de cuál es el destino de esta humanidad poshumana que se cierne sobre nuestra Conciencia moral. Aún. Nuestra Vergüenza. Aún. Nuestra Compasión. Aún. Nuestra Culpa. Aún. Esos diques que Freud menciona para poner un límite a la tendencia caótica que habita al ser hablante. Esto es el avance de lo Real. ¿Estamos lejos de Gaza? No lo creo. Como muchísimos otros prefiero denunciarlo. Antes de que sea tarde. Y quizás ya es tarde. Pero como bien dice Lacan: “El deseo, lo que se llama el deseo, basta para hacer que la vida no tenga sentido si produce un cobarde”. En todo caso, elijo esta manera de fracasar. Aún.
* Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.