El desencanto, eso que arde en las calles
En ciudades diversas y distantes, “la ira colectiva se descarga en el espacio público exigiendo respuestas al Estado”, dice el autor. “Se sienten humillados, pero por diferentes motivos” y ese malestar coexistente “da cuenta de un proceso de transformación estructural de la política actual”.
Educación, vivienda, precio de los combustibles, encarecimiento del costo de vida. Estudiantes secundarios, transportistas, ecologistas, inquilinos. Adolescentes, jóvenes, adultos o mayores. De derecha, de izquierda, anarquistas o socialistas.
En Francia, en España, en Italia, en Bélgica, en Albania, en Grecia o Portugal, con diversas demandas, la ira colectiva se descarga en el espacio público exigiendo respuestas al Estado. Son los desencantados del sistema. Se sienten excluidos. Se sienten fracasados. Se sienten humillados. Pero por diferentes motivos.
Todos, circunstancialmente juntos. Cada grupo, y cada individuo, milita su propia injusticia. No hay entre ellos una integración o identidad compartida. Traen demandas concretas, no un programa de gobierno o un proyecto articulador. Lo que se observa es una agregación de sentimientos de incertidumbre, de impotencia y precariedad que responden a distintos motivos.
La disparidad de las demandas y la diversidad de grupos que protestan simultáneamente dan cuenta de un proceso de transformación estructural más complejo de la política actual.
François Dubet ofrece una clave para comprender está dinámica. Para el sociólogo francés estamos frente al “agotamiento del régimen de desigualdad sustentada en las clases sociales”, que da lugar a que cada uno y en forma singular enfrente múltiples desigualdades.
La representación política tradicional se construyó en gran medida sobre la base de la oposición burguesía-proletariado. Estos sujetos sociales, propios del sistema capitalista industrial, ya no articulan como antes las identidades políticas. Hoy, las desigualdades se combinan, se diversifican y se experimentan de manera individual, y no siempre son interpretadas por alguna identidad colectiva.
En su libro La época de las pasiones tristes, Dubet explica que la “gran desigualdad de clases sociales” es desplazada a un segundo plano por un régimen de “múltiples desigualdades”. Estas se vivencian de manera particular y pueden manifestarse en demandas diversas y simultáneas, como de género, de educación, de defensa de los derechos culturales, protección de animales o de cuestiones medioambientales.
La gran desigualdadeconómica, que da cuenta de la concentración de la riqueza, nos escandaliza desde lo moral. Sin embargo, son las múltiples desigualdadeslas que tienen una intensidad política más contundente, porque impactan directamente en el “metro cuadrado” de cada uno de nosotros. Estas múltiples desigualdades se viven en experiencias concretas, como resignar un “gustito” para poder pagar el alquiler, ver que el colega varón tiene un mejor sueldo por igual responsabilidad laboral, o que se destinen fondos públicos para fomentar una industria, sin atender a mi interés particular de proteger el medio ambiente.
Coordinación sin organización. Entonces, ¿qué sucede cuando ese sentir individual no encuentra quién lo reivindique frente al Estado? Sin una instancia de representación válida que atienda nuestras demandas, volcamos nuestra indignación en las redes sociales. Allí, circunstancialmente, nos reconocemos en un sentimiento de injusticia compartido con otros, pero por motivos distintos.
¿Qué sucede cuando ese sentir individual no encuentra quién lo reivindique frente al Estado?"
Las redes sociales facilitan que personas con demandas heterogéneas y diversas-como lo son estudiantes secundarios e inquilinos-, expresen su indignación simultáneamente y puedan coordinar con gran velocidad el cuándo y dónde de una manifestación, sin necesidad de organizarse bajo una identidad homogénea.
De esta manera, reclamos de carácter variado -surgidos de experiencias de injusticia individual- se acoplan de manera inmediata unos con otros por la propia interacción que las redes sociales facilitan, y estallan en las calles de manera conjunta.
Las organizaciones tradicionales (como los sindicatos o los partidos políticos) son sorprendidas y desbordadas por estas movilizaciones.
En este sentido, la dificultad que muestran estas organizaciones en representar y ordenar la heterogeneidad y velocidad con las cuales surgen estas de demandas, vuelve a las protestas sociales recurrentes y, muchas veces, imprevisibles. Esto contribuye a limitar la capacidad de los responsables políticos para anticipar, interpretar y canalizar los problemas sociales. El malestar social adquiere con ello un carácter permanente, que refuerza ciclos de desconfianza que se extiende al conjunto del sistema político.
Eso que arde en las calles es un fenómeno más complejo que la rabia de algunos. En parte, encuentra su explicación en un rasgo estructural de la sociedad contemporánea: múltiples desigualdades que se traducen en demandas heterogéneas y que pueden coordinarse velozmente a través de las redes sociales.
Con ello, la política enfrenta un doble desafío. Por un lado, el de crear nuevas instancias que articulen la representación de estas múltiples desigualdades frente al Estado. Por otro lado, el de implementar mecanismos institucionales efectivos que permitan procesarla heterogeneidad de demandas respetando los marcos democráticos.En definitiva, eso que arde en las calles es la expresión de una transformación profunda en el modo de vivir las desigualdades que la política todavía no logra comprender.
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