El riesgo de alimentarse siguiendo consejos en redes sociales
“Abundan las dietas detox, la demonización de grupos de alimentos como el gluten, la carne, la leche o el huevo y la promoción de polvos que supuestamente queman grasa. Pero “suelen carecer de sustento profesional y generan falsas expectativas, incluso cuando son promovidos por profesionales que sugieren conductas inadecuadas”, afirma el autor.
En Argentina tenemos una gimnasia envidiable para el debate. Solemos ser millones de directores técnicos, economistas expertos o eminencias médicas con absoluta naturalidad. Esa tendencia a tomar un guardapolvo prestado, con la misma soltura que los botines de un deportista o el traje de un ministro, se instaló peligrosamente en el campo de la salud.
Hoy parece que cualquier persona con un teléfono y muchos seguidores tiene la posibilidad de decirnos qué comer o qué suplemento comprar. El problema es que, en ese desfile de opiniones constantes, lo que termina faltando es la certeza técnica que solo un profesional actualizado puede garantizar.
Esta infodemia representa una sobrecarga informativa tan grande que impide distinguir lo cierto de lo falso y genera un ruido que marea incluso a los más precavidos. En las redes sociales abundan las dietas detox, la demonización de grupos de alimentos como el gluten, la carne, la leche o el huevo y la promoción de polvos que supuestamente queman grasa.
También circulan métodos de evaluación que aseguran descubrir carencias nutricionales mediante técnicas rápidas sin contar con el rigor científico que respalde sus resultados.
Estos mensajes suelen carecer de sustento profesional y generan falsas expectativas, incluso cuando son promovidos por profesionales que sugieren conductas que no son adecuadas. La difusión de estos contenidos puede derivar en la postergación de tratamientos médicos reales por confiar en soluciones mágicas que se presentan en envases coloridos.
Al impacto que generan los influencers se le añade el peso del tradicional consejo de la tía o la abuela que muchas familias defienden a pesar de la falta de evidencia. Es frecuente escuchar que, si algo se hizo durante décadas, entonces es válido. Sin embargo, lo que hace cuarenta años era moneda corriente, hoy sabemos que puede ser un riesgo sanitario. Por ejemplo, ciertas prácticas de crianza y de manipulación de alimentos, como la administración de miel en lactantes o la falta de refrigeración adecuada, hoy son desaconsejadas porque la evidencia moderna permite identificar peligros que antes pasaban desapercibidos.
El hecho de que anteriormente las cosas hayan salido bien no significa que la práctica fuera segura. La ciencia avanzó y nuestras costumbres deben actualizarse para proteger a los más vulnerables.
Lo que hace cuarenta años era moneda corriente, hoy sabemos que puede ser un riesgo sanitario"
Otro desafío es la velocidad a la que se mueve el conocimiento actual. Hoy el riesgo se potencia con el uso de la inteligencia artificial sin validación profesional, ya que muchas personas llegan al consultorio con un presunto diagnóstico realizado por un chat o deciden no asistir por confiar ciegamente en el tratamiento sugerido por la máquina. El volumen de datos que se procesa es tan grande que, lo que ayer era una verdad absoluta, mañana puede ser cuestionado por nueva evidencia. Esta rapidez obliga a los profesionales a una actualización permanente y a una curaduría de contenidos que requiere un compromiso constante.
Si el conocimiento se desactualiza casi en tiempo real, apoyarse en saberes estáticos o en libros antiguos es una receta para el error tanto para los profesionales como para personas que replican información que ya perdió vigencia.
Para quienes buscan información confiable, es clave aprender a diferenciar entre un comunicador con formación y un intruso profesional. Es fundamental fijarse si quien habla tiene un título de grado habilitante y si sus recomendaciones están libres de conflictos de interés con marcas específicas.
Apoyarse en saberes estáticos o en libros antiguos es una receta para el error"
Por su parte, los profesionales de la salud tenemos la obligación de elevar la vara y recurrir siempre a fuentes validadas como revisiones sistemáticas o metaanálisis que representen el mayor grado de evidencia científica disponible. No podemos comunicar basándonos en experiencias personales o anécdotas aisladas porque nuestra responsabilidad es con la salud pública y no con las tendencias de las redes sociales.
Como padres y madres, navegar este mar de voces donde todos parecen tener la razón genera una ansiedad lógica. Solo queremos lo mejor para nuestros hijos, pero el foco no debe estar en consumir más información, sino en aprender a elegir la que tiene rigor y respaldo real.
En un país donde nos gusta opinar de todo, es necesario recordar que para las decisiones de salud no sirven los pálpitos de tribuna ni las modas de internet. Recuperar el valor de la consulta con el profesional matriculado es la única forma de encontrar un poco de calma y seguridad frente a la sobrecarga informativa actual.
*Licenciado en Nutrición y Seguridad Alimentaria e investigador y director del Departamento de Salud de UADE
También te puede interesar
-
Peronismo rama austríaca
-
El desafío Milei y la prudencia judía
-
“Ucrania es la línea de frente que protege a Europa”
-
La ORT que conocí y la visita de Javier Milei
-
Los 5 factores que conectan las crisis y amenazan a Occidente
-
Cuando la economía abandona la razón y abraza la fe
-
La “doctora” en IA: los laureles que supimos conseguir
-
Descenso de natalidad: la utopía de encontrarse
-
La interna de Olivos, la brecha Milei-Caputo y el delirio del ecosistema mediático