OPINIóN
Desencuentros

Descenso de natalidad: la utopía de encontrarse

“Muchas mujeres entre 18 y 24 años no piensen en formar una familia cuando ven a sus propias madres abrumadas por múltiples roles”. Sin embargo, los roles se invirtieron y los varones “expresan el deseo de ser padres”, dice el autor.

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Los hombres y las mujeres tienen formas distintas de habitar el mundo, de sentirlo, de imaginarlo y de proyectarse en él. Se buscan, se miden, se atraen, se gozan, se prometen, se cuidan, se inspiran, se pelean, se juzgan, se extrañan, se traicionan, se necesitan y se aman, pero en la actualidad, es muy probable que nunca lleguen a reproducirse.

Para que un hombre y una mujer decidan concebir un hijo deben cumplirse muchas condiciones. Cómo mínimo, deben encontrarse físicamente, comunicarse y despertar deseo en el otro. Eso sólo, hoy, constituye casi un logro. Pero además tienen que sostener un vínculo, posponer placeres y objetivos, suspender la racionalidad, superar dudas, miedos, prejuicios; despejar fantasmas pasados e imaginarfuturos posibles; disponer de una vivienda y de una fuente de ingresos razonablemente estable...entre otras cosas.

Comprometerse con un proyecto tan largo, demandante y costoso como formar una familia es hoy una utopía para la mayoría de jóvenes que tiene cada vez más obstáculos y menos motivación para encontrarse. El deseo de unión vibra en ellos, pero choca contra la realidad material de un sistema económico que no puede garantizarles nada y un mundo virtual, el de las redes sociales, que lejos de conectarlos, los distrae y los aleja.

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El contrato que se rompió

El modelo de familia nuclear formado por una madre, un padre e hijos, que hegemonizó las relaciones entre hombres y mujeres durante la segunda mitad del siglo XX,se fue alejando del horizonte de aspiración de muchos jóvenes.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el Estado moderno promovió un tipo de familia que garantizaba estabilidad a través de un “salario familiar” y un sistema de hipotecas subsidiadas para la compra de viviendas. Alcanzaba con que el hombre trabajara mientras la mujer custodiaba, cuidaba y educaba a los hijos, para que crecieran sanos y productivos. Pero ese sistema, tan funcional a los objetivos económicos del modelo fordista, colapsó a finales del siglo pasado.

Lo que vino después impactó de manera distinta en hombres y en mujeres. El proceso de desindustrialización, y la transición hacia una economía de servicios, promovió la inclusión de las mujeres en el mercado laboral,pero impactó negativamente en los hombres.

Mientras las mujeres fueron expandiendo sus derechos (reproductivos, económicos, políticos y sociales), su autonomía y sus narrativas de superación personal, los hombres fueron perdiendo centralidad. Obligados a aceptar trabajos más precarios por el cierre de fábricas y sucesivas crisis económicas, muchos sintieron fuertemente golpeada su auto estima, construida en torno al trabajo físico y al rol de proveedores exclusivos del hogar.

Los hombres están desorientados, confundidos, porque no entienden qué esperan las mujeres de ellos"

El feminismo empoderó a las mujeres ofreciéndoles nuevas formas de concebirse a si mismas (libres, profesionales, independientes), expandiendo sus horizontes con posibilidades de desarrollo antes vedadas. Muchos hombres, en cambio, quedaron en una suerte de “limbo”, desorientados frente al cambio, sin un modelo alternativo de “éxito” que no estuviera ligado al dinero o al poder.

Aunque la mayoría de los hombres jóvenes reconoce los cambios culturales de las últimas décadas como “avances”, no todos cuentan con las herramientas para afrontarlos y una porción significativa de ellos se aferra a los mandatos masculinos tradicionales o se repliega ante la presión de tener que adaptarse.

Los hombres están desorientados, confundidos, porque no entienden qué esperan las mujeres de ellos. Muchostodavía creen que la sociedad espera que repriman sus emociones, que sean fuertes, que tengan solvencia económica y sean resolutivos. El desfasaje entre lo que ellos creen que las mujeres esperan y lo que las mujeres efectivamente piensan es motivo de desencuentros permanentes.

El costo invisible

Las mujeres ganaron autonomía e independencia económica, pero a un costo muy alto para su salud física y mental ya que las tareas de cuidado y gestión del hogar siguen pesando especialmente sobre ellas. A nivel normativo, institucional y cultural, se “finge demencia”, como si aún siguiera vigente el modelo familiar donde las tareas de cuidado eran “gratis”.

Las mujeres no rechazan la maternidad, rechazan el contrato social vigente que les demanda el doble de esfuerzo económico, físico y mental"

Por eso, no sorprende que muchas mujeres jóvenes entre 18 y 24 años no piensen en formar una familia cuando ven a sus propias madres abrumadas y al borde de un ataque de nervios. Sin embargo, como si se hubieran invertido los roles, se escucha hoy a muchos varones expresando el deseo de ser padres.

El cambio de modelo económico impactó de manera distinta en ellos porque han tenido experiencias distintas.

El impulso biológico, la pulsión de vida, el deseo de tener hijos sigue intacto, tanto en los hombres como en las mujeres jóvenes, pero choca contra las exigencias de un nuevo modelo económico querequiere sujetos más flexibles y disponibles.

Las mujeres no rechazan la maternidad, rechazan el contrato social vigente que les demanda el doble de esfuerzo económico, físico y mental. El sistema las confronta con el dilema de tener que elegir entre el desarrollo profesional o la maternidad para sobrevivir.

Los hombres enfrentan otro dilema. La precarización laboral, el aumento del costo de vida, la dificultad de acceder a créditos hipotecarios y la inclusión de la mujer en el mercado laboral derrumbaron uno de los pilares más importantes alrededor del cual construyeron su identidad. Al perder su rol histórico como proveedores exclusivos del hogar se encontraron con un vacío existencial que ahora enfrentan en soledad.

Probablemente, para muchos hombres jóvenes, la familia sea sinónimo de refugio emocional, un territorio seguro donde reconstruir su identidad.

Para un varón de 22 años desear un hijo representa una oportunidad de conexión y trascendencia, pero para una mujer implica un costo mucho más grande. Es ella quien pone el cuerpo y probablemente deba asumir en soledad la mayoría de las tareas de cuidado y educación cuando la pareja se disuelva. Y en una época de relaciones efímeras y descartables, todos sabemos,la probabilidad de disolución es muy alta.

La sociedad, como organismo vivo, tiene mecanismos sofisticados de regulación. La dificultad que muchos jóvenes encuentran hoy en día para relacionarse, formar pareja y reproducirse no es casual. Hay factores biológicos, culturales y económicos que inciden directamente en las posibilidades reproductivas.

La caída de los índices de natalidad puede leerse como una respuesta evolutiva frente a un sistema que necesita cada vez menos trabajadores para producir “riqueza”, pero más especializados. Criar un hijo y dotarlo de las capacidades que el mundo de hoy demanda requiere una inversión más grande de tiempo, dinero y esfuerzo emocional. Es lógico que losjóvenes hoy piensen dos veces antes de tener un hijo.

*Analista de opinión pública y director de Reyes-Filadoro