OPINIóN
GEOPOLÍTICA DE LA PROVOCACIÓN

La diplomacia del exabrupto de Donald Trump sobre Canadá y el mito de la Sharia

La provocación vuelve a tensar la agenda internacional. El choque de Donald Trump con Ottawa, las falsas narrativas sobre la ley islámica en las capitales europeas y la trampa del populismo de provocación diaria.

Donald Trump
Donald Trump, presidente de EE UU | AFP

El tipo no puede parar. Esto es peor que lo de Milei. Se debe levantar a la mañana con una lista en la mano pensando: "Hoy vamos a armar todos estos quilombos y vamos a crispar al mundo. Vamos a poner a la gente a histeriquear al planeta".

Ayer, en primer lugar, se le lanzó a Canadá. Bajo el insólito argumento de que en Canadá hay un conflicto —básicamente porque se le paró de manos el primer ministro canadiense, Mark Carney, y le replicó los tratados y aranceles—, el magnate explotó. Carney no se doblegó ante el disparate de insinuar que Canadá tendría que volverse un estado de Estados Unidos, ni cedió al sometimiento cultural de tener que pedirle permiso a la Casa Blanca sobre qué idioma hablar o cómo manejar su propia economía.

A renglón seguido, vino el ninguneo habitual: "A nosotros Canadá no nos sirve para nada. No tiene nada que necesitemos, podemos arreglárnoslas solos". Pero uno se pregunta: si de verdad no sirve para nada, ¿para qué les metió semejante batería de aranceles? La lógica brilla por su ausencia.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

El mito urbano de la Sharia en Londres y París

Después de atropellar al vecino del norte, arremetió contra Europa recurriendo a un mito del folclore extremista: dijo que vas a Londres o a París y la sharia es prácticamente el segundo estilo de vida, por lo que habría que prohibir totalmente la ley islámica. Algo que, según su narrativa, también estaría pasando en Estados Unidos.

A ver: acá vamos a desmontar una creencia que está muy extendida y peligrosamente usada en la política. Londres y París son ciudades estructuralmente multiculturales. Como Nueva York, Los Ángeles, Miami o, en parte, la propia Buenos Aires. Pero en las capitales europeas esto es radicalmente acentuado, especialmente en Londres, donde uno ve gente de todo el planeta a cada segundo. Eso no es una decadencia: es parte de la potencia histórica de esas metrópolis. No es un fenómeno de ayer por la mañana, siempre fue así.

Canadá prevé que guerra comercial con EE.UU. se extienda más allá de elecciones

Londres guarda la herencia de un imperio que dominó medio planeta. Alcaldes y exprimeros ministros como Rishi Sunak tienen orígenes diversos e integración total en las instituciones. París exhibe la huella de la colonización en África, con comunidades históricamente arraigadas en el entramado francés de toda la vida.

Naturalmente, hoy pueden existir procesos migratorios más marcados o corrientes ilegales por encima del promedio que tensionen el debate político en Europa. Pero, independientemente de su magnitud real, la ultraderecha y el populismo global han politizado el asunto hasta la caricatura.

El otro día me encontré a una señora argentina en Londres y me dice:

—¿Viste lo que pasa acá? Rige la Sharia.

—¿Cómo que rige la Sharia? ¿Vos estás segura de lo que estás diciendo? —le pregunté—. ¿Vos suponés que si alguien comete un delito en Londres no va a ser inmediatamente capturado por Scotland Yard o la Policía Metropolitana, que tienen cámaras hasta en los tachos de basura? ¿O que en París no te agarra la policía francesa, que está desplegada por todos lados como si la ciudad estuviera en estado de guerra?

Qué complicado resulta desmontar creencias cuando la gente prefiere el mito. Una cosa es que exista un exceso migratorio y otra muy distinta es decir que dejó de regir la ley de la nación. Eso, sencillamente, no existe. Pero como provocador nato, Trump tira la bomba como si en Nueva York, Los Ángeles o Miami no pasara lo mismo. De hecho, cuando yo vivía en Miami, alguien me dijo una vez con mucha ironía: "¿Sabés cuál es la gran ventaja de vivir en Miami? Que estás bien cerca de Estados Unidos".

Guerra sin ganadores y delirio arancelario: del estancamiento en Irán a la ruptura histórica con Canadá

La pérdida de respeto y el contrapeso europeo

Un muy buen trabajo periodístico firmado por Peter Baker en The New York Times —que reprodujo el diario La Nación— plantea que, tanto en EE. UU. como en el extranjero, el respeto hacia la figura presidencial se ha transformado en un desafío diario. Se está perdiendo el respeto institucional por las barbaridades que se dicen, las escenas inverosímiles que se producen y los disparates que se plantean. Ocurre exactamente la misma dinámica que vemos con la política local si se insiste por ese camino.

Lo interesante es el efecto rebote. Mark Carney se ha vuelto una figura tan relevante en el tablero internacional por su contraposición con Washington, que acaba de ser invitado por la Unión Europea para dar el discurso de honor en su encuentro anual. Mientras Ursula von der Leyen presenta las prioridades del bloque, que el invitado estrella sea el primer ministro canadiense es todo un mensaje geopolítico para la Casa Blanca.

El mundo empieza a trazar un límite: entre la política de la provocación constante y la conducción seria de los Estados hay una brecha que no se puede disimular con tuits ni con discursos de barricada.

MEG