El ‘Momento Sumo’

La Argentina en la Tercera Guerra Mundial

“Vamos a ganar”. El Gobierno no lee las posibles consecuencias de una escalada bélica. Foto: xinhua

Estamos entrando en una Tercera Guerra Mundial? Es difícil de saber. Sin embargo, es claro que estamos ante un desafío histórico a la dirección misma de la sociedad capitalista mundial. El capitalismo vive en una guerra perpetua, que tiene la apariencia de “paz” cuando la estructura política del mercado mundial está firmemente contenida desde su cúpula. Los conflictos no desaparecen, pero guardan límites impuestos en ese mismo orden. Se llama “hegemonía”. Cuando es disputada, el conjunto jerárquico estructurado en torno a la potencia principal empieza a crujir y se arma un escenario bélico que puede, o no, llegar hasta el final. No ha habido muchas hegemonías en la historia del capital. Sí muchos desafíos. Solo en una ocasión uno tuvo éxito, y de “carambola”: el pasaje de la antorcha del Reino Unido a los EE.UU. Frente a la hegemonía inglesa, la presión alemana llevó a una crisis general que culminó con la eliminación de ambos del centro de la escena, desplazados por un candidato previsible, EE.UU., pero también por una sorpresa inesperada: la URSS.

El nuevo escenario, la Guerra Fría, estructuró una alianza en torno al “campeón” capitalista contra la amenaza “comunista”. Esta vez no se trataba de un desafío interior, sino exterior: un sistema contra otro. Ello le dio a EE.UU. una carta ideológica más que fructífera: el combate por la “libertad” contra el “totalitarismo”. Tan fructífera que le cuesta reemplazarla desde que la caída del Muro de Berlín la declaró caduca. Ya sea proclamándose adalid contra el narco o última ratio frente a maléficos “ejes del mal”, EE.UU. no ha conseguido nada tan potente como aquello. Sin embargo, no es por eso, por su notoria debilidad ideológica, que los EE.UU. ven diluirse su capacidad hegemónica. Es, como diría Clinton, la economía: frente a la potencia de China, no hay discurso que valga. Por la burguesía norteamericana apela a aquello en que aún guarda una ventaja indudable: sus fuerzas armadas y su mercado interno. Se trata de forzar a su enemigo a retirarse, por la fuerza, de espacios de acumulación perdidos, y de reconquistar para su propio capital su propio poder de compra. La competencia económica es ya una forma de guerra, que transcurre “pacíficamente” en el interior de una hegemonía mundial. Pero cuando alguno de los contendientes no acepta el resultado que marca la góndola y no puede revertirlo por medios puramente mercantiles, la guerra escala a otro nivel y la geopolítica pasa a dominar a la economía. A partir de allí, todo es posible.

El mundo nos ofrece hoy una plétora de conflictos aparentemente desconectados, pero entendibles como expresión de eventos “geológicos” subterráneos: las “placas” económicas china y norteamericana están chocando y los puntos de fricción (Venezuela, Ucrania, Taiwán, Irán, etc.) muestran que estamos todavía en el “momento sumo”: los protagonistas se empujan con el objetivo de sacar a su contrincante del dohyo económico mundial. No vemos (y tal vez no veamos) una confrontación militar abierta. Entre 1930 y 1939, Inglaterra y Alemania vivieron su “momento sumo”; le siguieron los cañones. Pero la Guerra Fría nunca superó esta etapa. Cómo se desarrollarán los acontecimientos ahora no podemos saberlo. Sí que la Argentina no va a resultar inmune, menos ahora que Milei se ha declarado “el más sionista de todos los presidentes”, que Irán “es nuestro enemigo” y que estamos en guerra. “Vamos a ganar”, aclaró, probablemente sin entender cabalmente frente a qué abismo ha colocado a nuestro país, sin haber consultado a nadie y sin que haya habido reacción alguna a expresiones tan demenciales. De nada servirá llorar, entonces, si Buenos Aires vuelve a transformarse, como en los 90, en un punto de fricción de la geopolítica mundial. El tsunami del mundo no dejará de tocar nuestras playas.

*Doctor en Historia. Director del Ceics.