El dilema de las redes sociales

La dictadura del disparate y el negocio de la paranoia

De las teorías conspirativas sobre la Selección, a las reuniones internacionales para combatir fantasmas: cómo los algoritmos y la política convirtieron el engaño en un activo electoral rentabilísimo.

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Las teorías conspirativas son un tema. Y son un tema cada vez más vigente como consecuencia de la velocidad devastadora con la que viajan. Preparé algunas notas sobre qué es exactamente una teoría conspirativa, cuáles han sido las más disparatadas de la historia y cuáles se están utilizando hoy para intentar explicar el resultado del partido de Argentina contra España.

Nadie serio ha repetido estas barbaridades, pero muchos periodistas las han difundido. Ayer observaba en la televisión argentina a una cantidad llamativa de gente subiéndose a estos delirios en los chats —muchas veces insólitos— de los programas que se transmiten por YouTube. Se decía cualquier cosa.

Pero vayamos al punto: ¿qué es una teoría conspirativa? No es una explicación lógica de un hecho político, histórico, científico o deportivo. Es una narrativa que atribuye lo ocurrido a la acción secreta, coordinada y deliberada de un grupo poderoso de gente. Su rasgo distintivo no es necesariamente su falsedad, sino la estructura de su razonamiento: una supuesta intencionalidad oculta que todo lo explica y que resulta impermeable a cualquier evidencia en contrario.

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Esto pasa todo el tiempo en la política. Un ejemplo elocuente es el de Cristina Kirchner: muchísima gente le atribuye a una conspiración el hecho de que esté condenada. Uno le muestra las pruebas, le enseña la evidencia... y la evidencia no solo no alcanza, sino que pasa a ser parte de la propia refutación. Te dicen: "¿Ves? Ahí está el fallo, lo que escribió el fiscal fulano; es a propósito". No hay refutación posible para el que la cree o la divulga.

Por lo general, surgen ante hechos de alto impacto —un magnicidio, una derrota deportiva inesperada— combinando información incompleta. Tienen algún elemento verdadero que vuelve "sostenible" el resto del delirio. Y hoy, las redes sociales cambiaron radicalmente las reglas del juego. Los algoritmos las premian.

Pensemos en Piers Morgan: un tipo que dice barbaridades, estupideces y falsedades amarillistas tiene una repercusión que no alcanza jamás un profesional serio. ¿A cuánta gente más le llega lo que dice Morgan en comparación con las sensateces de Thomas Friedman? Morgan le gana a Friedman por robo. Así funciona el mundo actual: los algoritmos recomiendan lo verosímil por sobre lo verdadero porque es más entretenido y porque le ofrece a la gente una explicación consoladora que le atenúa el malestar, por ejemplo, el que genera perder un partido de fútbol.

A lo largo de la historia existieron conspiraciones muy influyentes: el asesinato de Kennedy, la llegada del hombre a la Luna (que todavía hay gente que sostiene que no ocurrió), los falsos Protocolos de los Sabios de Sion, el terraplanismo... Bueno, en el Congreso argentino actual tenemos una diputada del oficialismo muy importante que es terraplanista. También el origen del SIDA como arma biológica, el 11 de septiembre, las vacunas y el autismo... De hecho, el hoy secretario de Salud de los Estados Unidos, Robert Kennedy Jr., sostiene formalmente que las vacunas causan autismo.

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Llegamos al punto donde la cosa pasa de insólita a peligrosa. Hace unos días, el gobierno norteamericano convocó a una reunión de 66 países para luchar contra una teoría conspirativa quijotesca: Antifa. Le atribuyen la capacidad de volar el mundo en pedazos a un grupo de comunistas radicalizados que pretendían no sé qué estupidez. Eso no existe. Pero hay gobiernos que no solo lo creen o dicen creerlo, sino que actúan en consecuencia, provocando una pérdida enorme de tiempo y recursos. Y allá fue nuestro canciller Quirno, a esa reunión internacional para combatir fantasmas.

En cuanto a la Copa del Mundo, las hipótesis para justificar la derrota argentina rozan el absurdo: que la bandera de Malvinas molestó a no sé quién, la presión de la UEFA sobre Gianni Infantino, que el FBI estuvo en el vestuario... Todo esto desmentido por Scaloni y por el propio padre de Alexis Mac Allister, un tipo serio que habló con su hijo y confirmó que no pasó nada. También se habló de amenazas a las familias, apuestas y hasta derivaciones disparatadas de la arenga de Messi cuando dijo "olvidémonos de todo".

Lo verdaderamente preocupante es la combinación de dos factores: por un lado, dirigentes con tendencias a creer cualquier disparate integrando gobiernos en Argentina, Estados Unidos y Europa; por el otro, la rentabilidad electoral de estas ideas. Hoy es políticamente rentable infundir el temor de que hay una conspiración para sustituir a la población europea por población musulmana. El Durán Barba de turno va y le dice a Nigel Farage, a la señora Le Pen o a los de Alternativa para Alemania: "Usted tiene que decir que los inmigrantes son el enemigo y que hay que echarlos porque eso le da votos". Y el político va y lo dice, creyéndolo o no.

Cerramos este capítulo con una mezcla de nostalgia por el final del mundial y cierta perplejidad ante estas reacciones del Gobierno, involucrándose en discusiones disparatadas provocadas por 15 o 20 personajes con repercusión mundial —como Piers Morgan, Pérez-Reverte o Rosalía— para responder con amenazas de deportación. Ojalá acabe pronto esta historia. Y ojalá, por lo menos, nos ganemos la votación al mejor gol del mundial.

 

 

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