Desde que la Selección argentina levantó la Copa del Mundo en Qatar, en diciembre de 2022 hasta ahora comenzó a consolidarse alrededor del equipo una narrativa internacional que mezcla acusaciones de racismo, supuestos privilegios arbitrales, presuntos beneficios de la FIFA y hasta teorías sobre favores recibidos por el país anfitrión.
Por el lado del argumento racial, la composición de la Selección argentina fue utilizada por algunos comentaristas e influencers extranjeros como supuesto indicio de una sociedad racista. El razonamiento es tan simplista como peligroso: si un equipo nacional tiene menos jugadores negros que otros seleccionados, entonces el país sería necesariamente racista.
La historia argentina es mucho más compleja. La esclavitud existió en el territorio y Buenos Aires fue un importante punto de ingreso de africanos esclavizados. La población afrodescendiente tuvo una presencia significativa durante el período colonial y los primeros años de la Argentina independiente. Su posterior reducción relativa respondió a un conjunto de procesos históricos, demográficos, sociales y económicos, y no puede explicarse mediante una consigna de redes sociales.
También es cierto que algunos cantos de cancha y expresiones populares pueden ser ofensivos. El episodio ocurrido durante los festejos de 2022, con cánticos dirigidos contra jugadores franceses y, particularmente, contra Kylian Mbappé, fue criticable y no debería ser relativizado. Más tarde, en 2024, otro video difundido durante los festejos por la Copa América volvió a generar una fuerte polémica por expresiones consideradas racistas y discriminatorias. Pero reconocer esos hechos no significa aceptar que puedan utilizarse para construir una acusación general contra un país entero. Ni un canto de cancha representa a toda la sociedad argentina ni la conducta de un jugador o de un grupo de hinchas permite describir a millones de personas.
El problema se agravó en los últimos meses con la circulación de contenidos en redes sociales que presentan como hechos comprobados afirmaciones que no lo son. Influencers españoles y de otros países retomaron la idea de que Argentina habría recibido beneficios sistemáticos de la FIFA, que los árbitros habrían favorecido deliberadamente a la Selección o que existió una conspiración para llevar al equipo de Lionel Messi al título mundial.
Una discusión deportiva puede ser legítima. Se pueden analizar penales, decisiones arbitrales, errores del VAR o actuaciones de los árbitros. Lo que resulta preocupante es convertir opiniones en pruebas y repetir acusaciones hasta que parezcan verdades. El funcionamiento de las redes sociales favorece justamente esa dinámica: una afirmación contundente, aunque no esté respaldada por evidencia, puede alcanzar a millones de personas mucho más rápido que cualquier investigación seria.
El fenómeno también se alimenta de frases atribuidas a medios argentinos que nunca fueron publicadas, declaraciones que nadie pronunció o supuestas celebraciones de una victoria que, en realidad, no existieron. La falsedad deja de ser un accidente y pasa a convertirse en parte de una narrativa.
La Selección argentina tampoco está por encima de las críticas. El fútbol argentino tiene problemas, comportamientos cuestionables y episodios que deben ser revisados. Pero una cosa es criticar hechos concretos y otra es construir, sobre la base de generalizaciones, una imagen internacional de la Argentina sostenida por afirmaciones falsas o simplificaciones históricas.
La preocupación no debería limitarse al fútbol. La reputación de un país también se construye —o se destruye— en las redes sociales. Una campaña de desinformación sostenida puede terminar afectando la percepción sobre una sociedad, sus instituciones, sus deportistas y sus ciudadanos.
La bandera con "Las Malvinas son argentinas" también juega un rol importante en este escenario.

El episodio demuestra que la relación entre la Selección argentina y algunos sectores de la opinión pública internacional está cargada de una historia que excede el fútbol. A la rivalidad con Inglaterra se sumaron luego las controversias de Qatar, las acusaciones de supuestos favores arbitrales, las polémicas por los cantos de cancha y las acusaciones de racismo.
La pregunta es si todos esos episodios son analizados con la misma vara. Porque una cosa es criticar una provocación, un canto ofensivo o una conducta concreta. Otra muy distinta es utilizar esos hechos para construir una imagen general de la Argentina como un país racista, tramposo o favorecido por conspiraciones que nunca fueron demostradas.
Por eso la respuesta no debería ser negar los errores propios ni caer en un nacionalismo automático. La respuesta debe ser más exigente: separar los hechos de las opiniones, las pruebas de los rumores y las críticas legítimas de las campañas de desprestigio.
La Selección argentina ganó el Mundial de Qatar en la cancha. Se puede discutir si gustó su estilo, si tuvo suerte en determinados partidos o si algunas decisiones arbitrales fueron acertadas o equivocadas. Lo que no debería aceptarse es que, años después, una combinación de prejuicios, generalizaciones y falsedades termine reemplazando a los hechos.
Porque cuando una mentira se repite millones de veces deja de ser solamente una discusión de fútbol. Puede transformarse en la imagen que el mundo construye de un país.