Los salvadores, de Julio César a Hitler y después
A partir del libro “Los irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?”, de Johan Chapoutot, el autor explica porqué, a diferencia del mesianismo que creyó asumir Hitler en 1933, “el nuevo demonio no se está forjando en las cloacas de nuestra civilización, sino en una combinación insensible e impiadosa de un algoritmo vanidoso e indescifrable”.
1932. La crisis económica, social, moral y anímica en la que se encuentra Alemania después de la derrota en la Primera Guerra Mundial parece no tener fin. El colapso financiero de Wall Street en 1929 empeora la situación. Alemania naufraga, abandonada y castigada por el obsceno Tratado de Versalles.
La desocupación, el hambre y la corrupción transforman lo que hasta no hace mucho había sido orgullo, tenacidad, patriotismo y sofisticación intelectual en odio, resentimiento, violencia y venganza. Desde el barro una figura va tomando forma: Adolf Hitler.
El Canciller conservador Franz von Papen y su entorno político, intelectual, financiero y empresarial conocen tanto el diagnóstico como la solución. La democracia había fallado. Había que recuperar la monarquía o intentar con un sistema autoritario-conservador.
El país estaba siendo destruido por el “bolcheviquismo cultural” que se había apoderado de la Alemania de la post guerra, convirtiéndola en una república débil y afeminada, privada de la fuerza viril por los incesantes mimos de un estado materno que en lugar de educar para la lucha de la supervivencia, se dedica a medicar, curar y mimar a una población acostumbrada a no combatir, viciada a fuerza de becas y subsidios.
Había que terminar con este Estado asistencial. Una economía abierta volcada al libre comercio internacional, a la iniciativa privada, y a la protección sacra de la propiedad privada, es la cura para un desarrollo económico sano.
Cada uno es responsable de sí mismo, inclusive en lo referido a la desocupación, cuya culpa no recae en el sistema económico sino en el individuo. La mezquindad de este argumento, brutal porque inconsistente, culmina con un elogio sorprendente del trabajo en negro. La desocupación no es una fatalidad, no es un destino! La amplia oferta de trabajo en negro es el ejemplo. El desocupado sabe perfectamente cómo arreglárselas solo.
Hablar de seguridad social significa obligar al Estado a asumir el riesgo implícito en cada vida, que como sabemos no es más que lucha, competición y consagración de las prestaciones individuales. Por eso es necesario asegurar a los protagonistas de la economía, las finanzas y las corporaciones, previsibilidad y tranquilidad pública, bajo la tutela de un Estado fuerte, viril, autoritario y por supuesto, no parlamentario.
Este es básicamente el eje en torno al cual giraba la idea de nación feliz que manejaban Von Pappen y Walter Schotte, el periodista e intelectual que escribió lo que sería el manifiesto propangadista del Canciller y sus amigos del círculo del poder y los privilegios, tan egoístas como ingenuos, tan insensibles como amateurs, en un mundo que se asomaba al Holocausto. Los privilegios no se negocian, se heredan, y las manos no se manchan, para eso está el hombre que se forjó en las cloacas de la civilización, el grotesco y manipulable Hitler. Grave e irreparable error de cálculos de la cómoda y obsoleta aristocracia alemana.
Pero es en las cuestiones geopolíticas donde la inspiración religiosa se vuelve presente. Nada de excepcional para estos publicistas políticos que viven en un espacio interior orientado hacia la verticalidad de la trascendencia.
Su universo mental no es unidimensional, limitado a los imperativos de las ganancias, que por supuesto también aprecian; lo de ellos es teológico, el Katéchon, concepto bíblico que se refiere al que resiste e impide la llegada del Maligno y del Apocalipsis.
Son los predestinados a preservar y defender la cultura y los valores de Occidente acechados por la codicia y la inmoralidad de ordas salvajes que vienen a destruir “nuestro estilo de vida”.
En el año 1933 la presidenta del Parlamento alemán, la diputada comunista Clara Zetkin, anuncia que el señor diputado Hemann Goering ha sido elegido nuevo presidente del Reichstag. Una comunista revolucionaria cede la presidencia a un nazi. Los extremos, que se unen en la común hostilidad hacia la democracia. Hitler llegó al poder y quienes lo permitieron gozan de la eternidad del oprobio.
La suerte estaba echada, como en la guerra civil romana donde no hubo ganadores. Sus codiciosos líderes, Julio César y Pompeyo, fueron prolijamente asesinados. La gloriosa República Romana dejó de existir, y comenzó esa larga agonía que se denominó Imperio.
Miles Davis decía que el silencio solo deber ser interrumpido si vale la pena. Mucho extraje para interrumpirlo del libro Los irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?, de Johan Chapoutot, porque considero que es una buena interrupción, en tiempos donde el Maligno pareciera haber tomado el lugar del Katéchon en el manejo de la agenda internacional, encarnado en líderes con delirios mesiánicos ungidos por dioses transitorios de una ficción financiera y tecnológica, que regocijados de sí mismos no comprenden que el nuevo demonio no se está forjando en las cloacas de nuestra civilización, sino en una combinación insensible e impiadosa de un algoritmo vanidoso e indescifrable.
*escritor, autor de “Atractores extraños”, columnista en Radio del Sol (Uruguay) y en Radio Splendid de Argentina
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