“Si me dieran a elegir, / yo elegiría esta salud de saber / que estamos muy enfermos.
Si me dieran a elegir, / yo elegiría este amor con que odio” ( Juan Gelman)
I. Luego de una nota que escribí para este mismo medio, imaginé que tal vez llegó la hora de los físicos, que ellos asuman la tarea de entender y explicarnos cómo vivir cuando del tiempo solo se espera su velocidad creciente. Quizá sean los físicos, entonces, quienes nosenseñen a desarticular el aceleracionismo, es decir, la ominosa combinación entre tecnología, velocidad y capitalismo.
En efecto, si el tiempo se traduce únicamente como aspiración a una aceleración cada vez mayor, deviene inevitablemente en urgencia mortífera, una velocidad capaz de quebrar hasta la misma ley de gravedad.
En términos freudianos se dirá que Eros, pulsión de vida, es un ritmo que combina la constancia, el deseo y la ternura, y solo así es posible amortiguar la silenciosa y demoledora pulsión de muerte, de la cual la creciente aceleración es su expresión indubitable.
Demos un primer ejemplo, sencillo pero ilustrativo. En las redes sociales, cuando subimos una imagen lo llamamos "historia", y su rasgo fundamental es que apenas dura 24 horas. A eso, hoy, lo llamamos historia.
II. El aceleracionismo busca el extremo, y ese es su modo de suprimir, que no de resolver, las contradicciones vitales. Por esa vía, entonces, no hay espacio para la convivencia y solo resta, como máxima esperanza, una supervivencia en el borde de lo inerte.
Aunque suene paradójico, la primera condición para resolver las contradicciones es que no se resuelvan, pues el requisito inquebrantable es que sus extremos se sostengan en tensión. A esto Sigmund Freud lo denominó conservación de la vida.
Desde luego, las soluciones posibles son siempre frágiles y transitorias y, sobre todo, resultan de un esfuerzo laborioso y duradero. Dicho de otro modo, conservar la vida, singular y colectiva, exige un largo rodeo que se oponga, precisamente, al goce en la aceleración.
III. El sentido de un pacto (democrático, social, político) está en las antípodas de lo que Javier Milei llama “acuerdo entre privados”. Estos últimos, de hecho, son el disfraz negacionista de las desigualdades y, por lo tanto, jamás pueden acotar el retorno de la ley del más fuerte, que es la única legislación que aprueban los aceleracionistas para quienes, a su vez, el tiempo es (siempre y sólo) dinero.
En estos términos, mientras el ahorro es expresión de la duración y el trabajo, la pura velocidad es el criterio de la financiarización.
Un pacto, pues, exige, en primer lugar, el registro y reconocimiento de las diferencias y, simultáneamente, la construcción de lo común, de las afinidades. Hay allí, en consecuencia, una primera tensión insoslayable entre afinidad y diferencia, que el aceleracionismo desestima.
Así, procura anular la afinidad con el otro, el rival, cuyo destino es la exclusión y el exterminio, y suprime toda diferencia al interior del propio grupo, de lo cual decanta una homogeneidad tan mortífera como la que surge por la abolición de las afinidades.
En suma, afinidad y diferencia configuran criterios de enlace al interior del propio grupo y, también, con el exogrupo. Como veremos luego, lo afín y lo diferente también coexisten dentro del propio sujeto singular.
IV. Ello nos conduce a un concepto central en la política, el antagonismo, entendido como la lógica que distingue un nosotros de un ellos. Sostener dicho antagonismo, también irreductible, es la condición para la denegación de la violencia o, a la inversa, la violencia se desarrolla cuando un sector pretende eliminar uno de los extremos de aquel antagonismo.
Si bien en su figuración social el antagonismo se expresa como oposición entre nosotros y ellos, no es sino el derivado del antagonismo que Freud describió entre los deseos del sujeto (exigencias pulsionales) y las restricciones culturales. De allí se sigue, entonces, que el propósito fascista de reducir a cero al otro contiene en su seno, a su vez, el germen de la autodestrucción.
A riesgo de ser redundantes, si el antagonismo intersubjetivo es expresión del antagonismo intrasubjetivo, el afán irrefrenable de eliminación culmina en la aniquilación de eso otro que cada quien contiene dentro de sí.
V. Por este camino llegamos a otro concepto de Freud, la ambivalencia. Si alguien pretende desconocer la ambivalencia que todos portamos, el antagonismo se degrada hacia una diferencia absoluta. Ambivalencia, entonces, es el significante que describe la coexistencia, al interior de cada sujeto, de la vida y la muerte, del amor y del odio, de la búsqueda del placer y del displacer.
No debemos confundir ambivalencia con ambigüedad: mientras en la primera cada quien (singular y colectivamente) identifica sus contradicciones y su propia insuficiencia, en la ambigüedad prevalecen el caos y la indiferenciación.
El respeto y reconocimiento de la ambivalencia, entonces, es la única operación posible si deseamos estar advertidos de los contenidos que tendemos a expulsar y de la tendencia misma a las conductas expulsivas y supresoras del otro.
VI. Retomemos un punto anterior. Sostener el antagonismo es la condición necesaria para la denegación de la violencia y esta última, en consecuencia, no encuentra un freno si se abole uno de los términos antagónicos. Si ocurre esto último, tal como procura la derecha fascista, en lugar de la denegación de la violencia, la negatividad implosiona como violencia y caos.
Dicho de otro modo, los polos del antagonismo no solo expresan empujes diversos (deseos y cultura, sujeto y colectivo, etc.), sino que, sobre todo, se acotan recíprocamente, y es el trabajo sobre aquella tensión el que da lugar a diversas transacciones fecundas.
Los términos del antagonismo suelen ser diversos y condensan un conjunto de deseos e ideales. Un ejemplo puede describir mejor lo que planteamos. Supongamos un valor como el orden, y su contrapuesto, el desorden. A priori, adjudicamos un signo positivo al primero y uno negativo al segundo.
Sin embargo, debemos considerar una perspectiva más compleja: en primer lugar, el desorden no siempre es un menoscabo, tal como sucede en los procesos creativos. Por otro lado, el orden absoluto (o la solución final del desorden) no es una meta posible. Por último, si el orden se constituye como única meta, excluyente de otros ideales y proyectos, conduce, de mínima, a un empobrecimiento de la realidad y de las acciones.
Proponemos este ejemplo, el orden, pues suele ser una de las metas explícitas que, al menos en apariencia, guía al fascismo. De hecho, podemos preguntarnos sobre su discurso: a) ¿qué es lo que desea ordenar?; b) ¿qué es lo que queda incluido bajo el término desorden?; c) ¿de qué modo se propone arribar al orden?; d) ¿con qué grado de rigidez o flexibilidad piensa que se puede consumar el ideal de orden?
En efecto, no es lo mismo ordenar una protesta social que el tránsito; no es lo mismo percibir desorden en una manifestación popular que en el descalabro financiero; no es lo mismo el orden que se procura bajo políticas sociales que lograr el orden a través de la represión; y no es lo mismo comprender que toda sociedad es una reunión de orden y desorden, nunca reductibles del todo uno al otro, que pretender un orden perfecto y un silencio sepulcral.
VII.Antes aludimos a lo irrefrenable porque es otro modo de describir las características y desenlaces del aceleracionismo, el cual, vale insistir, abomina de toda tensión vital, de los nexos entre lo afín y lo diferente, de la ambivalencia, de la convivencia de los adversarios, del tiempo, el trabajo y de cada restricción a su ilusión de omnipotencia. Por ello, los aceleracionistas aspiran a una solución final, a la eliminación del otro, yrechazan toda regulación que acotesu desenfreno.
Curiosamente, en cualquier sistema (orgánico, emocional, físico, etc.) el significante desregulación designa una escena crítica, no obstante el actual gobierno se enorgullece de tener un ministerio homónimo. Basta ir unos pocos años atrás, a la pandemia del COVID, y recordaremos cuánto se incitó a que en lugar de cuidarnos de aquello que tanto miedo producía, los sujetos se enojaran y transgredieran las restricciones preventivas.
Si en el ejemplo del ideal del orden, colocamos el ideal de la ganancia, se comprende mejor lo que planteamos. Bajo esa meta, la de la búsqueda de una ganancia económica cada vez mayor y más rápida en manos de muy pocos, se condena a la exclusión a un número creciente de sujetos, a los que también se los intrusa con su velocidad destructiva.
Por eso, Sigmund Freud sostuvo que “no se piensa de buena gana en molinos de tan lenta molienda que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina”.
Finalmente, si consideramos cómo se expresa la pulsión de muerte en la reunión de la tecnología, la finaciarización y la aceleración, comprendemos porqué los sofisticados GPS nos conducen a una desorientación creciente, porqué los celulares nos dejan más incomunicados, porqué las redes sociales son correlativas de la destrucción de los vínculos, y porqué el mayor almacenamiento del hardware va de la mano de una memoria desvanecida.
Del mismo modo, la relevancia de los datos se corresponde con una menor capacidad de aprendizaje y una infinita circulación de información solo concluyó en la inexistencia de la verdad.