Energías

Personas que alivian, personas que agotan

Gracias a sistemas de resonancia emocional, “registramos expresiones faciales, tonos de voz, gestos y estados emocionales”, por eso nuestro cuerpo también percibe las emociones que percibe el otro, explica la autora. Como la fábula de la serpiente y la luciérnaga…

Fábula de la serpiente y la luciérnaga Foto: Cedoc

Hay días en los que terminamos agotados sin haber corrido una maratón, sin haber trabajado más horas de lo habitual y sin siquiera haber enfrentado ninguna crisis extraordinaria. Sin embargo, llegamos a casa agotados. Como si nuestra batería emocional estuviera en cero.

La explicación, muchas veces, no está en lo que hicimos. Está en con quién estuvimos.

Todos conocemos personas que tienen algún tipo de impacto sobre nosotros. Algunas nos dejan más livianos: después de hablar con ellas sentimos alivio, claridad, calma. Otras, en cambio, nos dejan tensos, irritables o agotados, aunque la conversación haya durado apenas unos minutos. Seguro pasó, y no es casualidad. 

Vivimos conectados a través del sistema límbico, que regula las emociones, y de ciertas neuronas -llamadas “espejo”- que se activan tanto al hacer una acción como al observar que otro la hace. A través de sistemas de resonancia emocional, registramos constantemente expresiones faciales, tonos de voz, gestos y estados emocionales. Lo que vive el otro no nos resulta indiferente: nuestro cuerpo también lo percibe.

Las criaturas luminosas saben escuchar

Por eso una sonrisa puede ser contagiosa. Por eso bostezamos cuando alguien bosteza. Y por eso también podemos sentirnos incómodos, tensos o agotados después de compartir tiempo con alguien que vive permanentemente acelerado, enojado o desbordado. En términos simples: las emociones se contagian. Por eso hay personas que nos levantan, aunque no digan nada. Porque su energía regula la nuestra. Y otras que nos agotan, aunque estén calladas. Porque su tensión se contagia.

Algunas personas funcionan como vitaminas emocionales. No porque resuelvan nuestros problemas ni porque tengan siempre la palabra justa, pero son ese tipo de personas que calman, contienen y abrazan sin palabras. 

Puede ser una amiga, un colega, un hermano, una pareja, o incluso esa señora que ves solo en el ascensor… pero que con una sonrisa te reacomoda el alma. 

Vivimos conectados a través del sistema límbico, que regula las emociones, y de ciertas neuronas -llamadas “espejo”- que se activan tanto al hacer una acción como al observar que otro la hace"

Acompañan sin invadir, escuchan sin juzgar, y están sin necesidad de grandes gestos. No agreden: alivian, transmiten paz. No exigen: sostienen con su sola presencia. Tener una persona así cerca es como tener un cargador portátil emocional.

Esto también tiene una explicación biológica. Cuando nos sentimos escuchados, valorados o acompañados, el organismo libera oxitocina, una sustancia vinculada a la confianza y al vínculo. Al mismo tiempo disminuyen los niveles de cortisol, una de las principales hormonas del estrés.

Por eso algunos vínculos no solo nos hacen sentir mejor. También nos hacen bien.

A veces las críticas, los ataques o los intentos de desvalorización tienen más que ver con las heridas del otro que con nuestros defectos"

Claro que existe el otro extremo. Hay personas que llegan a un lugar y elevan instantáneamente la tensión. No necesariamente son malas personas. Muchas veces están lidiando con sus propias batallas emocionales. Pero interrumpen, monopolizan conversaciones, viven en estado de queja permanente o convierten cualquier intercambio en una fuente de conflicto.

Sin darse cuenta, desregulan el ambiente.

La clave no está en etiquetar a los demás. Todos, en distintos momentos de la vida, podemos convertirnos en una de esas personas. La pregunta, entonces, es otra: ¿qué efecto tiene nuestra presencia en quienes nos rodean?

¿Somos alivio o presión? ¿Dejamos a las personas un poco mejor de como las encontramos o un poco más agotadas?
También conviene recordar algo que solemos olvidar: no toda hostilidad habla de nosotros.

Existe una vieja fábula sobre una serpiente que perseguía a una luciérnaga. Después de escapar durante horas, la luciérnaga se detuvo y le preguntó:
—¿Por qué me perseguís? Ni siquiera soy parte de tu alimentación.
La serpiente respondió:

—Porque no soporto tu luz.

La historia encierra una verdad incómoda. A veces las críticas, los ataques o los intentos de desvalorización tienen más que ver con las heridas del otro que con nuestros defectos.

Comprender esto no justifica las agresiones. Pero evita que entreguemos nuestra autoestima a opiniones que no nos pertenecen.

Tal vez por eso una de las habilidades más importantes para el bienestar emocional sea aprender a elegir dónde ponemos nuestra energía.

No siempre podemos elegir con quién trabajar, convivir o cruzarnos. Pero sí podemos elegir cuánto espacio interno les damos, porque la energía emocional también es un recurso limitado. Y quizás la pregunta más importante no sea cuánta energía tenés hoy.

Quizás la pregunta sea: ¿quiénes la están recargando... y quiénes la están consumiendo?

*Traductorado Público en Universidad Argentina de la Empresa, Magíster en Cs. de la Educación y Doctoranda en Educational Leadership (Sabal University, USA), 
autora de “Botiquín de Emociones”