OPINIóN
En primera persona

Mi trabajo tiene menos años que mi sobrino

“Los que vivimos de la tecnología, construimos expertise que caduca, vendemos certezas provisorias”, dice el autor y señala la paradoja de ser especialistas en algo que caduca con asombrosa velocidad.

Tecnología satelital
El papel crucial de los satélites de baja órbita para cerrar la brecha digital en territorios extensos y conectar zonas rurales | Freepik

El 19 de junio cumplí años. En la cena, un amigo de toda la vida me preguntó algo que me dejó masticando el postre en silencio. "¿Vos qué sos exactamente?". Lo dijo con curiosidad genuina, la de alguien que me conoce desde hace 20 años y que cada vez que le explico a qué me dedico le suena a algo distinto.

Le dije que doy charlas sobre inteligencia artificial. Que asesoro empresas en adopción de IA. Que doy clases en un MBA sobre tecnologías emergentes. Que escribo columnas sobre cultura digital. Que publiqué 5 libros. Se quedó mirándome y me dijo: "Nada de eso existía cuando arrancaste".

Tiene razón. ChatGPT salió en noviembre de 2022. Hace tres años y medio. Antes de eso, "consultor de inteligencia artificial" no era un puesto de trabajo. Era una frase que sonaba a ciencia ficción en una reunión de directorio. Hoy es una industria. Y buena parte de lo que hago para ganarme la vida se construyó arriba de una tecnología que tiene menos tiempo que mi sobrino.

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Zygmunt Bauman hablaba de la modernidad líquida. Identidades cambiantes, vínculos frágiles, estructuras que se desarman antes de solidificarse. Lo leí hace años pensando en redes sociales. Hoy lo vivo en carne propia. Mi identidad profesional se reformatea fuertemente cada 6 meses. Lo que enseño en marzo queda viejo en septiembre. El libro que publiqué el año pasado ya tiene capítulos que corregiría. Bauman describía un mundo donde nada dura lo suficiente como para volverse costumbre. Ese mundo es mi oficina.

Zygmunt Bauman hablaba de la modernidad líquida. Identidades cambiantes, vínculos frágiles, estructuras que se desarman antes de solidificarse"

Lo veo en mis alumnos del MBA de la Universidad de San Andrés. Son profesionales de 30 y pico, con carreras armadas, que vienen a clase a entender qué está pasando con la IA. En algún momento del semestre, siempre, alguien levanta la mano y pregunta lo mismo. "¿Qué estudio para que no me reemplace la inteligencia artificial?". Y yo, que se supone que estoy del otro lado del escritorio para dar certezas, les digo la verdad. No sé. Sé lo que está pasando hoy. Sé lo que pasaba ayer. Lo que pasa mañana lo estamos inventando mientras hablamos.

Mi trabajo no existía hace 5 años. Probablemente no exista en esta forma dentro de otros 5"

Hay algo que la industria del conocimiento tecnológico prefiere no decir en voz alta. La velocidad que nos entusiasma es la misma que nos puede dejar obsoletos. Enseñamos cosas que aprendimos hace 6 meses. Las herramientas con las que laburamos pueden desaparecer de un día para el otro. En junio me apagaron el modelo de IA con el que trabajo todos los días porque un gobierno decidió que los extranjeros no podían acceder. Así, con una carta. El piso se movió un segundo y después volvió a su lugar. Pero ya sabés que puede moverse.

Mi viejo tiene 40 años en ventas. Conoce a cada cliente por el nombre. Construyó su expertise persona a persona, viaje a viaje, apretón de manos a apretón de manos. Nadie le va a apagar eso con una carta desde Washington. Lo que él sabe está adentro suyo. Lo que yo sé depende, en parte, de herramientas que le pertenecen a otros.

Richard Sennett escribió en La corrosión del carácter que el capitalismo flexible destruye las virtudes que necesitan tiempo largo. Lealtad, compromiso, profundidad. Todo lo que se construye despacio. Hay algo de eso en lo que nos pasa a los que vivimos de la tecnología. Construimos expertise que caduca. Vendemos certezas provisorias. Nos presentamos como especialistas en algo que cambia más rápido de lo que cualquier especialización puede seguir. Y eso genera una contradicción que prefiero nombrar antes de que alguien me la nombre.

Pero también hay otra cosa. Hay madrugadas leyendo un paper que te abre la cabeza. Hay una clase donde un alumno conecta dos ideas que vos no habías conectado. Hay la sensación de estar parado en el borde de algo que todavía no tiene forma, mirando cómo se arma en tiempo real. Eso tiene un valor que las métricas de productividad no capturan.

Cumplí 36. Mi trabajo no existía hace 5 años. Probablemente no exista en esta forma dentro de otros 5. Y eso, por alguna razón que todavía no termino de entender, me sigue pareciendo una buena razón para seguir haciéndolo.