Olimpíadas y pandemias

Técnica, inteligencia y aprendizaje

Orgullo. El deportista tiene la presión de representar un país. (cedoc)

El alma se eleva y se lleva en su vuelo a todos aquellos que con respeto, admiración y reconocimiento sentimos que el deportista tiene un valor supremo, el semejante al que habría sentido Filípides cuando, después de correr los 40 kilómetros que separan Maratón de Atenas, anuncia a los ansiosos griegos que habían ganado la batalla contra los persas.

Es un hecho que el deporte no es una guerra, sino un lugar en el que uno compite libremente consigo y con otro contrincante. En ambos coexiste el anhelo de construir un modelo en el que se muestren la técnica, la inteligencia y el aprendizaje especifico para aquello que forma parte de su estilo de vida.

El deporte con sus rituales –fiesta, himnos, bandas, desfiles, colores, pantallas, al estilo de una ceremonia sagrada– muestra la dignidad y la belleza que cada uno de ellos lleva en su interior.

Todos nos damos cuenta de que, cualquiera sea el deporte, hay en cada uno de ellos una muestra inmensa de creatividad. Quizás sea esta la razón por la cual el deportista conlleva un elemento esencial del que es por momentos doloroso desprenderse, ya que conforma un átomo imprescindible para las construcciones sociales en las que la paz (a la que los deportes contribuyen) es una estructura indispensable para el logro del equilibrio y la armonía entre los diferentes pueblos.

Pero con la actualidad en la que el mundo entero tiembla por una pandemia que ninguno de nosotros había sufrido antes, las personas que somos vivimos instantes de zozobra, incertidumbre y angustias de todo tipo frente a las cuales, como un caballo de Troya, con todos los recursos que poseemos enfrentaremos ya que la vida siempre triunfa. De ahí que las guerras siempre fracasen.

Pero es claro también que, en el ámbito del deporte, la pandemia impuso un sinfín de imposibilidades que afectaron en forma directa todas las actividades concretas.

Sin embargo el deportista, en función de su estructura tanto física como intelectual, emocional y motivacional, pudo per se y con las ayudas institucionales (las que en muchos casos en nuestro país no resultaron demasiado propicias) sobreponerse sacando lo mejor de sí mismo y logrando victorias que a todos los que amamos el deporte nos llenaron de felicidad.

He aquí el campo de las alegrías y las frustraciones, es decir el campo del éxito y el de la depresión frente al fracaso. He aquí la búsqueda de un resultado final exitoso en pandemia y luego de un año de ser pospuestas las Olimpíadas.

Algunas depresiones se manifiestan en forma global, otras en forma parcial y o temporal, pero la pasión innata del deportista, independientemente de su edad, sexo, condición social, religión, es decir, su cultura, hace que pueda emerger su condición de tal.

Preguntémonos ahora, ¿qué sucede cuando el logro anhelado no es conseguido?

Aquí el llamado “cuerpo del deportista” siente en forma directa el impacto de varios sentimientos simultáneos, entre ellos y en forma inmediata la frustración, la que conlleva a una reacción autoagresiva inmediata con manifestaciones somáticas de diferentes características.

Aquí y dentro de la inmediatez del “fracaso” caen temporalmente las jerarquías que según Abraham Maslow (necesidades fisiológicas, de seguridad, de pertenencia, de estima y de autorrealización) parecen desaparecer. Es solo un instante breve, pero al mismo tiempo tan profundo que el sentimiento de depresión muestra sus credenciales.

Cada una de estas formas del sentir depresivo estará en relación directa con la estructura básica de personalidad del deportista.

A esto pueden añadirse las diferentes presiones que se ejercen sobre el deportista. La presión del deporte en sí, la de su coach, la de sus propias exigencias, las del grupo, las de la sociedad y, en el caso de las Olimpiadas, las del país al que representa, y a esto se suma la presión dentro de la pandemia.

El peso de una depresión puede llegar a ser tan fuerte que someta al cuerpo a un compromiso físico de naturaleza dolorosa.

La Olimpíada es un lugar que, de acuerdo al tiempo, es considerado metafóricamente “sagrado”, por lo que el esfuerzo vital es netamente superior a cualquier otra instancia deportiva.

*Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Facultad de Psicología y Psicopedagogía USAL.

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