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Una sociedad más violenta

Hechos. Hay un agravamiento de las violencias por motivos de género. Foto: shutterstock

Alcanzar un nivel de conciencia y reflexión con nosotros mismos y con los demás parece imposible en estos días. En ese contexto, se consolida una sociedad más racista y agresiva, violenta con los otros, donde la intolerancia y la estigmatización aparecen cada vez más rápido, y donde los niños y jóvenes aprenden y reproducen esos comportamientos.

En los últimos meses, distintos informes advierten un aumento preocupante de la discriminación en la Argentina, especialmente en ámbitos educativos, laborales y de género. El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer señaló en febrero de 2026 la persistencia y agravamiento de las violencias por motivos de género. A esto se suman otros datos alarmantes: el país figura entre los de mayor incidencia de bullying y ciberbullying, con motivos que van desde el aspecto físico y el origen hasta la orientación sexual; y, según el INADI, una amplia mayoría de jóvenes reportó haber sufrido situaciones discriminatorias. Episodios recientes (como amenazas de tiroteos en escuelas vinculadas a discursos de odio en redes) exponen hasta qué punto estas prácticas escalan y se vuelven más visibles.

Sin embargo, rara vez dimensionamos la envergadura de estas cifras hasta que los hechos toman estado público. Casos recientes, desde situaciones de injuria racial en el exterior hasta expresiones discriminatorias en programas de entretenimiento, muestran cómo estos discursos no solo persisten, sino que se amplifican, reforzando prejuicios que llevan siglos desarmar.

Frente a esto, es necesario preguntarnos cómo miramos a los demás y qué nivel de conciencia tenemos cuando estigmatizamos o discriminamos al otro por ser diferente. Vivimos en sociedades cada vez más individualistas, desconfiadas y distantes, muchas veces atravesadas por inseguridades, creencias heredadas o aprendizajes que no revisamos (o no queremos revisar) porque implicaría cuestionar lo que damos por cierto.

Pero vale preguntarse si esos encorsetamientos no nos llevan, en definitiva, a aislarnos, juzgar, etiquetar y moralizar a los otros, en un intento de colocarnos por encima. Eso también implica no aceptar nuestras propias limitaciones y vulnerabilidades, ni revisar nuestra historia personal, familiar y social.

Solo cuando podemos reconocernos y aceptarnos -sin victimización ni superioridad- estamos en condiciones de hacerlo con los demás. Ese ejercicio empieza en lo cercano: el entorno, los vínculos cotidianos, y luego se extiende hacia quienes no conocemos y forman parte de diferentes grupos sociales.

Expresiones como “parece un mono”, “es villero”, “es de tal religión”, “es de tal partido”, “es de tal etnia” o “tiene tales rasgos” revelan una contradicción: vivimos en tiempos que se declaran inclusivos, pero en la práctica reproducimos etiquetas que nos alejan de la comprensión y de la dignidad del otro.

Tender un puente con los demás implica, tal vez, desaprender ciertos parámetros, cuestionar prejuicios y abrirnos a conocer las historias y las raíces de quienes son distintos. Existen valores universales -respeto, justicia, libertad, solidaridad, responsabilidad- que orientan la convivencia. Sin embargo, parecen erosionarse en un contexto social cada vez más fragmentado.

Así, vamos perdiendo la brújula tanto en lo personal como en lo colectivo, en sociedades más complejas y atravesadas por tensiones, intereses y conflictos que profundizan la anomia.

Quizás sea momento de volver a una idea simple, pero profunda, y enseñarla a niños y jóvenes: nadie nace odiando a otra persona por su color de piel, su origen o su religión. El odio se aprende, pero también puede enseñarse el camino contrario. También se les puede enseñar a amar.

*Doctora en Sociología, politóloga, profesora de Sociología en la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.