Hay momentos en los que los datos dejan de ser una colección de estadísticas y empiezan a contar una historia. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con la economía argentina. Cuando la actividad cae, la industria retrocede, el consumo se desploma y la confianza de la gente se deteriora al mismo tiempo, ya no se trata de fenómenos aislados. Se trata de una tendencia.
En las últimas horas se conocieron una serie de indicadores que, observados en conjunto, dibujan un escenario bastante más complejo del que el Gobierno intenta transmitir. El consumo masivo cayó 2,9% en junio y, si se confirma la proyección para julio, acumulará siete meses consecutivos de retroceso. No estamos hablando de un comportamiento puntual ni de una oscilación estadística. Son siete meses seguidos en los que los argentinos compran menos.
La caída atraviesa supermercados y autoservicios por igual. No hay demasiado misterio para explicar el fenómeno. La inflación, aunque descendió respecto de los picos del año pasado, sigue siendo elevada. Y los salarios, en términos generales, todavía no lograron recomponer el poder adquisitivo perdido. La consecuencia es inevitable: las familias ajustan el gasto, postergan consumos y priorizan lo indispensable.
Este dato, por sí solo, ya sería motivo de preocupación. Pero aparece acompañado por otros indicadores que van en la misma dirección. El Estimador Mensual de Actividad Económica mostró una contracción del 0,5% en mayo. La industria cerró el primer semestre con una caída del 0,7%. Es decir, producción, actividad y consumo comienzan a alinearse en un mismo sentido.
Como si eso fuera poco, apareció otro dato que merece una atención especial porque habla de algo más difícil de recuperar que el consumo: la confianza.
El Índice de Confianza del Consumidor que elaboran la Universidad Torcuato Di Tella y la consultora Poliarquía registró una caída interanual del 4,78%, la más pronunciada desde julio de 2020. No se trata de un informe cualquiera. Detrás de ese indicador hay dos instituciones con una trayectoria reconocida y una metodología consolidada. Por eso el mercado, los economistas y buena parte del mundo empresario suelen seguirlo de cerca.
La actividad económica cayó 0,5% en mayo, según el INDEC
La confianza no es un dato menor. Porque cuando una familia pierde expectativas sobre el futuro, deja de comprar un electrodoméstico, posterga cambiar el auto, suspende una refacción o directamente decide ahorrar cualquier excedente que tenga. La economía no funciona solamente con balances fiscales o con reservas del Banco Central. También funciona con expectativas.
Es cierto que no toda la economía está igual. Sería injusto decirlo. Hay sectores que muestran una dinámica muy positiva. La energía, el gas, la minería, el agro y parte de la maquinaria agrícola atraviesan un momento muy distinto al del comercio o la industria orientada al mercado interno. La Argentina convive hoy con dos velocidades. Un puñado de actividades vinculadas a las exportaciones avanza, mientras una parte importante de la economía doméstica continúa estancada.
En este contexto apareció una reflexión interesante del economista Luis Secco, durante una entrevista con Jorge Fontevecchia. Secco sostuvo que el verdadero problema económico del Gobierno es el régimen cambiario. Su argumento es sencillo: la inflación avanzó mucho más rápido que la devaluación, lo que terminó encareciendo a la Argentina en dólares y deteriorando la competitividad de buena parte de la economía.
Los salarios le ganaron a la inflación en mayo, según el INDEC
Es un debate abierto y legítimo. El Gobierno sostiene que el esquema cambiario forma parte de su estrategia para consolidar la desinflación. Otros economistas creen que ese atraso comienza a generar costos crecientes sobre la producción, el empleo y el consumo. Son dos miradas distintas sobre un mismo fenómeno.
Pero quizás el aporte más original de Secco fue otro. Mientras la mayoría interpreta que la eliminación de las PASO busca complicarle la organización política a la oposición, él ofrece una explicación económica. Según su análisis, evitar una elección primaria permitiría reducir el riesgo de que un resultado adverso para el oficialismo acelere tensiones financieras y cambiarias varios meses antes de la elección general.
La hipótesis no deja de ser una conjetura, pero resulta interesante porque recuerda una característica histórica de la Argentina: la economía vive pendiente del calendario electoral. Cada elección modifica expectativas, altera decisiones de inversión y muchas veces condiciona el comportamiento del dólar. En un país donde la incertidumbre política suele trasladarse inmediatamente a los mercados, separar economía y elecciones resulta prácticamente imposible.
El consumo masivo cayó por sexto mes consecutivo y acumuló una baja de casi 3% en el primer semestre
El Gobierno puede exhibir logros importantes en materia de inflación, equilibrio fiscal y recuperación de algunos sectores estratégicos. Sería un error desconocerlos. Pero también sería un error ignorar la otra mitad de la película. Porque mientras algunos indicadores mejoran, otros empiezan a encender luces amarillas.
Cuando cae la actividad, cae la industria, cae el consumo y además cae la confianza de la sociedad, el mensaje merece ser escuchado. No porque anuncie una crisis inevitable, sino porque advierte que una parte importante de la economía real todavía no encuentra el camino de la recuperación.
CS/ff