Giulio Boccaletti:“El territorio es simplemente el reflejo de nuestra voluntad política colectiva”
Doctor en Ciencias Atmosféricas y Oceánicas por la Universidad de Princeton, investigador honorario de la Universidad de Oxford y director científico del Centro Euro-Mediterráneo sobre Cambio Climático, ha asesorado a CEOs y ministros de gobiernos de decenas de países sobre seguridad hídrica. Autor de cuatro libros, entre ellos “Agua: una biografía” y “La república ambiental”, sostiene que nuestra relación con el agua es siempre una expresión del poder colectivo sobre el territorio, y que la respuesta a los desafíos ambientales del siglo XXI está en la política, en la decisión colectiva y soberana de los ciudadanos sobre el territorio que habitamos. En esta conversación analiza la geopolítica hídrica de América Latina, el rol de China como nueva potencia en infraestructura hídrica global, la necesidad de un Estado fuerte para gestionar recursos estratégicos, la competencia entre los megacentros de datos de IA y la producción de alimentos por un mismo recurso escaso, y propone la república como la única respuesta legítima a los desafíos de un planeta en transformación.
—En su libro “Agua: una biografía” usted sostiene que la historia del agua no es una historia de progreso tecnológico sino de evolución de las instituciones políticas. Sin embargo, esa distinción no es obvia: los acueductos romanos, las represas del New Deal, los sistemas de irrigación del Valle del Indo son al mismo tiempo obras de ingeniería y actos de poder. ¿Dónde traza usted la línea entre lo técnico y lo político cuando se trata del agua, y por qué esa distinción importa para entender el presente?
—Esta es quizá la distinción más relevante al reflexionar sobre el agua y, en realidad, sobre el medio ambiente de manera más amplia. Tendemos a pensar que nuestra relación con el entorno natural está mediada por tecnologías y por infraestructuras, como en el caso del agua, por plantas desalinizadoras, plantas de tratamiento y demás. Pero, de hecho, nuestra relación con el agua es simplemente la expresión de nuestro poder colectivo sobre el territorio. Lo que observamos al mirar por la ventana de nuestras casas es el resultado de nuestra relación con el agua y con el entorno en un sentido más amplio. Así que, en cierto modo, leemos nuestra historia, leemos nuestra voluntad en el medio ambiente y en la forma en que gestionamos el agua. Aunque la conversación sobre el agua y el medio ambiente suele ser técnica y tecnológica, la verdadera pregunta es: ¿quién decide nuestra estrategia de gestión del agua? ¿Quién es el que decide cómo se ve nuestro paisaje? ¿Quién es el que decide cómo se ve nuestro entorno? Y por esa razón, creo que es una cuestión eminentemente política.
“La gestión y las inversiones en agua son una herramienta poderosa, una especie de poder blando.”
—En su libro usted muestra cómo la propiedad comunal de los pozos en la Grecia antigua sentó las bases de la democracia. En esas sociedades la relación con el agua era directa y visible: la gente sabía de dónde venía el agua y qué esfuerzo colectivo requería obtenerla. Hoy esa relación es invisible, el agua aparece al abrir un grifo y desaparece al cerrarlo. ¿Qué se pierde políticamente cuando una sociedad pierde de vista su dependencia del agua?
—La gente sabía de dónde venía el agua y el esfuerzo colectivo necesario para obtenerla. Hoy, esa relación es invisible. El agua aparece al abrir el grifo y desaparece al cerrarlo. ¿Qué se pierde políticamente cuando la sociedad pierde las señales de su dependencia del agua? En cierto modo, el hecho de habernos emancipado de la variabilidad del agua es uno de los grandes dones de la modernidad y del siglo XX. Antes del siglo XX, la gente tenía una relación inmediata con el agua. Si llovía, había agua. Si llovía en exceso, el río podía entrar en las casas. Si no llovía lo necesario, no había agua suficiente para cultivar alimentos ni para beber. Eso fue cierto durante miles de años. Y luego, en el siglo XX, logramos emanciparnos de esa variabilidad. Conseguimos separarnos de esa naturaleza y del agua en general. Y eso, hay que decirlo, ha sido un éxito enorme. Significa que no sufrimos enfermedades hídricas. Significa que tenemos agua al necesitarla. Como usted dijo, abrimos el grifo y el agua fluye. Sin embargo, esto también ha significado que la gran mayoría de las personas que viven en las ciudades, ya sea en Roma, en Milán, en Buenos Aires, en Rosario o donde sea, no tienen una comprensión muy directa de la importancia del medio ambiente y del territorio en su vida. Todo está mediado por la infraestructura. Y así hemos perdido, en este gran éxito, la noción de que somos responsables con nuestras elecciones de lo que sucede con el paisaje, con el territorio de la nación en la que vivimos, ya sea Argentina, Italia o Europa. Y ahora que el sistema climático está cambiando, quizás la pregunta más importante que enfrentamos es qué queremos hacer colectivamente con nuestro entorno y nuestro territorio. Hemos perdido algo. El contacto con el territorio y la responsabilidad hacia la naturaleza.
—También usted muestra que la gestión del agua y las instituciones políticas son dos caras del mismo proceso colectivo. Hoy, en cambio, la gestión del agua en muchos países ha sido delegada al mercado o a organismos tecnocráticos, desvinculándola de la deliberación pública. ¿Qué diferencia concreta produce esa delegación, en términos de acceso, de equidad, de resiliencia ante crisis, respecto de una gestión pública del recurso?
—Es un paso crítico que hemos dado. Hemos delegado el problema de administrar el agua a personal técnico, a alguien en algún lugar en una oficina que desconocemos. Y eso está bien si todo funciona. Una vez que hayamos establecido nuestros sistemas de distribución de agua y nuestros sistemas de gestión ambiental, y todo esté controlado para que cuando conduzcamos al trabajo nunca tengamos que medir el río, o abramos el grifo y el agua siempre fluya y alguien en algún lugar simplemente se encargue de ello, eso está bien. Pero el problema surge cuando suceden eventos, como ha ocurrido recientemente en Italia o en Norteamérica, donde enfrentamos sequías que superan nuestra capacidad de gestión o inundaciones que rebasan nuestras defensas. En ese punto, en ese momento, nos encontramos ante un problema, en algunos casos, una catástrofe. Y de repente vivimos fuera de lo común, fuera del dominio de esas instituciones técnicas. Debemos tomar decisiones sobre cómo queremos reconstruir nuestro territorio. Debemos decidir quién está protegido y quién no. Tenemos que tomar decisiones sobre quién recibe dinero para reconstruir. Y estas son todas decisiones muy políticas. Le daré solo un breve ejemplo. Vengo de Italia, aunque suene inglés, soy italiano. Y mi ciudad natal, un pequeño pueblo cerca de Bolonia en el norte de Italia, se inundó el año pasado. Hubo inundaciones catastróficas y la gente se sorprendió por completo. No lo esperaban, pues vivían bajo la ilusión de que la infraestructura actual los protegería por siempre. Y eso es un problema sorprendente. Actualmente vivimos en un mundo que está cambiando constantemente y necesitamos estar preparados para ejercer una toma de decisiones colectiva sobre cómo queremos que se vea el territorio. Ese es el problema. Nos emancipamos de la variabilidad natural. Es algo bueno, un producto de la modernidad. Pero al hacerlo, perdimos el contacto con nuestra responsabilidad de gobernar el territorio y el agua.
“China hoy exporta su propia experiencia, inspirada en parte por la experiencia
estadounidense.”
—En su artículo “En busca de la seguridad hídrica”, usted sostiene que la mejor manera de garantizar este bien público fundamental es retomar las lecciones del pasado, en lugar de buscar ideas radicalmente nuevas. ¿Qué lección del pasado considera que estamos ignorando con más consecuencias, y por qué cree que la tendencia es buscar soluciones nuevas antes de aprender de las que ya funcionaron? Y, por ejemplo, ¿qué sucede cuando el Estado distribuye la responsabilidad a los privados y el Estado pierde el control del agua?
—Este es un punto realmente importante. Y esto importa porque ahora estamos en un momento muy particular en el tiempo. Durante los últimos cien años, como dije antes, construimos infraestructura, logramos emanciparnos de la variabilidad de la naturaleza. Estamos entrando en un periodo en el que las precipitaciones se están comportando de manera errática y se comportarán aún más debido a que el mundo se está calentando y eso se refleja en el sistema de agua. Y esto significa que tendremos muchas dificultades para predecir exactamente qué sucederá, será muy complejo construir infraestructura, presas, diques o canales que eliminen por completo el riesgo de inundaciones o sequías. Simplemente vivimos en un mundo mucho más variable. Y esto significa que tendremos que ser mucho más astutos con la gestión de nuestro territorio. No es solo cuestión de hacer que el agua vaya a un canal o recogerla en una presa. También se trata de las elecciones que hacemos de variedades agrícolas. ¿Qué cultivamos? ¿Dónde? ¿Cuánto cultivamos? ¿Qué clase de sistema agrícola tenemos? ¿Cómo se ve la urbanización? Es una pregunta fundamental sobre el agua y sobre cómo queremos que luzcan nuestras ciudades. Ahora bien, en el pasado histórico, cuando vivíamos en la frontera con el agua y con la naturaleza en general, la gente era consciente de estas decisiones y desarrollaba soluciones que aprovechaban el territorio en su totalidad. Por ejemplo, en el pasado la gente adoptaba prácticas forestales para mejorar la estabilidad de las riberas de los ríos. Entendían que a veces el río tendría que desbordarse. Y entonces tomaban decisiones sobre dónde debía hacerlo. Estamos en una situación en el mundo moderno, donde construimos diques que nos protegen, pero al creer que siempre funcionan, cuando el río se desborda, él decide dónde inundar en lugar de nosotros. Lo que podemos aprender del pasado es una gestión mucho más presente de todo el territorio para poder resolver nuestros problemas de seguridad hídrica. Y eso significa que las instituciones que usamos para gestionar el agua deben estar mucho más presentes y visibles. Diré algo más, que es cierto en Italia, y sospecho que también en Argentina y otros lugares. Si lees los programas electorales de la mayoría de los partidos políticos, rara vez hablan de agua. El agua no es objeto de un debate político profundo. Las grandes decisiones que enfrentan las naciones no forman parte del debate político. Eso era diferente en el pasado y es algo que debemos recuperar al entrar en un mundo más variable y difícil.
EL AGUA COMO ESPEJO DE LA CIVILIZACIÓN. “En un mundo que está cambiando y que ejerce una presión enorme sobre los recursos nacionales, necesitamos un Estado fuerte que pueda dar el respaldo necesario para enfrentar estos cambios”. (FOTO JUAN OBREGON)
—Usted muestra que el control del agua fue siempre una cuestión geopolítica: quien dominaba el agua dominaba el territorio, la economía y la población. En el siglo XXI ese mapa se está redibujando: los glaciares andinos son reservas estratégicas, el litio del Triángulo entre Argentina, Bolivia y Chile es el mineral de la transición energética global, y los grandes ríos de América del Sur alimentan tanto la agricultura como la generación eléctrica de países enteros. ¿Cómo lee ese mapa hídrico de América Latina en términos geopolíticos?
—América Latina tiene recursos hídricos extraordinarios, empezando, por supuesto, por el Amazonas, que representa el 20% del agua dulce que fluye en el planeta; y luego, descendiendo hacia los ríos que bajan de los Andes, con condiciones ecoclimatológicas extraordinariamente diversas. Así que es un continente con una variabilidad extraordinaria. Lo que está sucediendo en toda Latinoamérica, que también está ocurriendo en el resto del mundo, en Europa y en Norteamérica, es que ese panorama sobre el cual construimos nuestras economías y sociedades modernas, en Argentina, las grandes llanuras que sostienen la ganadería y la agricultura se han desarrollado dependiendo de ciertos patrones de lluvia, de ciertos tipos de extracción de aguas subterráneas y de ciertos sistemas de irrigación, todo esto está empezando a cambiar. Y a medida que cambia, hace dos cosas. Por un lado, revela nuevas oportunidades, acceso a recursos que antes no eran accesibles. Por ejemplo, esto es cierto en los Andes, en Groenlandia, en el Ártico, lo hemos visto por todas partes, en los Alpes. A medida que el hielo retrocede con el calentamiento del planeta, terminas teniendo una relación diferente con las montañas y con los recursos que estas contienen. Al mismo tiempo, estos cambios representan un desafío. Desafían la infraestructura y las prácticas que se desarrollaron a lo largo del siglo XX. Y cada país tendrá sus propias vulnerabilidades. Lo que sucede en un continente como Sudamérica es que el impacto relativo de estos efectos será distinto en cada país, tensionando las economías y cambiando, por ejemplo, los flujos comerciales. Algunas variedades de productos agrícolas que crecían en un sitio empezarán a trasladarse a otros lugares. Hemos visto esto, por ejemplo, con los viñedos en Europa. Esto es un factor estresante. Y como cualquier factor estresante, tensa las relaciones, las relaciones comerciales. Tensa el acceso a los recursos. Y en algunos casos, también puede tensar el intercambio directo de agua. Aunque pienso que esto ocurre menos en América Latina, es un caso más común en Asia y en África.
—Argentina acaba de reformar su Ley de Glaciares, modificando el régimen de protección vigente desde 2010 y transfiriendo a las provincias la potestad de determinar qué proteger y qué no. Usted ha estudiado cómo las decisiones sobre recursos hídricos tienen consecuencias que se miden en generaciones. ¿Qué implica institucionalmente pasar de un régimen de protección nacional a uno de evaluación provincial caso por caso?
—Tiene implicaciones realmente profundas porque al final del día, la gestión de nuestro patrimonio nacional, ya sea en Argentina o en Italia, requiere el respaldo de todo el país. A menudo requiere inversión, requiere el ejercicio de poder coercitivo, a veces requiere el poder policial. Entonces, cuando se habla de protección o de decisiones estratégicas sobre el territorio, se trata de una expresión de la identidad de una nación. Y es por esa razón que a menudo estas elecciones se toman a nivel nacional, en lugar de a nivel local. Un recordatorio de esto es que, irónicamente, uno de los países que más promueven la idea de la subsidiariedad y el empoderamiento local es Estados Unidos. Y sin embargo el gobierno federal de los Estados Unidos es propietario de más del 30% del territorio continental del país. Es el mayor propietario de tierras de los Estados Unidos. La gente olvida que incluso en un país tan profundamente devoto a la visión del mundo liberal como los Estados Unidos, de hecho, el Estado federal es el actor más poderoso en todo el territorio. En el caso de Argentina, esto sigue una tendencia vista en otras partes del mundo, como Italia o Europa. En general, la subsidiariedad no es mala, quieres que las decisiones sobre tu hogar las tomen quienes viven en él. Pero el problema es que cuando esos recursos son estratégicos para una nación, entonces confiar las decisiones de una comunidad local sobre recursos que son importantes para toda la nación es un riesgo. No sé lo suficiente de Argentina para hablar de las decisiones específicas que el gobierno local podría enfrentar. Pero lo que puedo decirles es que en un mundo que está cambiando y que ejerce una presión enorme sobre los recursos nacionales, hídricos o de otro tipo, vamos a necesitar un Estado fuerte que pueda ofrecer el respaldo necesario para enfrentar estos cambios. Y es poco probable que las comunidades y gobiernos locales tengan los recursos y la autoridad para hacerlo.
—En “Agua: una biografía” usted escribe que si el siglo XX fue el siglo americano, el XXI será el chino, y lo ilustra con el rol de China como principal financiador y constructor de infraestructura hídrica en el mundo, desde la presa de las Tres Gargantas hasta los grandes proyectos en África y Asia Central. ¿Qué implica geopolíticamente ese liderazgo chino en infraestructura hídrica, y qué margen les queda a los países en desarrollo para decidir sobre sus propios recursos?
—Este es un tema muy importante. Primero, Estados Unidos fue el ingeniero hidráulico del siglo XX. La gran mayoría de la infraestructura, las presas y los sistemas de canales en todo el mundo fueron esencialmente diseñados e inspirados por la gran transformación del oeste de los Estados Unidos. Y en cierto modo, vemos qué pasa cuando una hegemonía reparte su experiencia por el mundo, porque lo hemos visto. Los estadounidenses lo han hecho. Un ejemplo del que hablo bastante en mi libro, y que es muy famoso entre los ingenieros y expertos en agua, es la Autoridad de la Cuenca del Tennessee, una institución que transformó el Tennessee, un gran río de los Estados Unidos. Esa experiencia de la Autoridad de la Cuenca del Tennessee migró por el mundo. Tenemos autoridades de cuenca en Jordania, en Afganistán, las tenemos en India, en China, también en África, en muchos lugares. Entonces la lección del siglo XX es que la gestión del agua, las inversiones en agua, son una herramienta poderosa, una especie de poder blando, si se quiere. Ahora, en el siglo XXI, China cumple ese rol. Así que, mientras que en el siglo XX los estadounidenses estaban por todas partes construyendo infraestructura, particularmente en ríos de África y Asia, hoy ese papel lo desempeñan los chinos. Si quieres conocer a alguien que haya construido una presa hidroeléctrica de un gigavatio, con toda probabilidad, esa persona será china o tal vez india. Este es el primer punto, que China hoy exporta su propia experiencia, inspirada en parte por la experiencia estadounidense, al mundo, en África e incluso en América Latina. La compañía Three Gorges Dam, que usted mencionó anteriormente, es también la segunda empresa de energía renovable más grande del mundo y opera en Brasil, por ejemplo. Así que es un papel económico importante. Ahora bien, China también trae consigo otros intereses económicos en su relación con otros países, y así, muchas veces, los países se encuentran recibiendo inversiones en agua que vienen acompañadas de otras condiciones. Lo hemos visto en Etiopía, por ejemplo, donde China tuvo un papel importante en la construcción de la Presa del Renacimiento, la nueva Gran Presa del Renacimiento Etíope. Es importante. No es malo en sí mismo, como lo que hacían los Estados Unidos a lo largo del siglo XX, no era malo, pero ciertamente es un ejercicio de poder del que las naciones deben ser conscientes y al que deben prestar atención.
EL MAPA DEL AGUA. “Debemos encontrar un equilibrio entre los costos que asumen las comunidades locales y los beneficios que disfrutamos todos. Ese es el trabajo del sistema político”.
—En octubre del año pasado, OpenAI y la empresa argentina Sur Energy firmaron una carta de intención para instalar en la Patagonia un megacentro de datos de 500 megavatios con una inversión de hasta 25.000 millones de dólares. Un centro de esa escala consume agua y electricidad equivalente a la de una ciudad mediana, en una región semiárida donde el fracking ya acumula miles de pozos con un consumo hídrico enorme. ¿Cómo se arbitra la competencia entre industrias por un mismo recurso escaso, y quién debería tener prioridad?
—Esta es una tendencia fundamental que veremos en todo el mundo. Los centros de datos en regiones áridas a menudo terminan siendo construidos allí porque hay energía solar y porque tienes mucho espacio. Pero son áridas, y los centros de datos necesitan refrigeración, a menudo mediante agua. Suelen ser sistemas de circuito cerrado, así que no consumen tanta agua como podrías pensar, pero aún consumen agua, y si son muy, muy grandes, pueden consumir una cantidad enorme de agua. Lo primero que debemos tener en cuenta es que cuando actividades económicas como las de los centros de datos dependen de recursos públicos, como el agua, que es un bien público propiedad del Estado, entonces debe haber regulación. Y tiene que haber, en algunos casos, regulación para evitar la construcción de estos centros, y en otros hacer que paguen. El agua no desaparece. Se consume, se evapora y vuelve a caer. No es, en sí mismo, un desastre, pero por supuesto, si hay otras actividades económicas, la agricultura por ejemplo, que dependen de la misma agua, entonces se está generando una competencia muy profunda, y esencialmente se está enfrentando, por ejemplo, la producción de alimentos contra la producción de datos. Es un tema realmente importante, la gente debe darse cuenta de que ese no es el único problema relacionado con el agua, que surge cuando los centros de datos aparecen en su economía, porque lo que también sucede es que la economía se transforma progresivamente, y recuerden que nuestra gestión del agua es funcional al tipo de economía y al tipo de sociedad que queremos y deseamos. Hablamos mucho sobre el impacto de la IA y los centros de datos en el consumo de agua, y es un tema importante, un asunto importante que hay que regular y al que hay que prestar atención, pero la pregunta más importante es cómo se verá nuestra economía una vez que se haya automatizado y adoptado la IA a la escala que esta gente imagina, ¿y qué hay de las consecuencias para la infraestructura y la infraestructura civil que necesitarías para soportar esa economía? Un punto banal del que he hablado mucho en Europa y en Italia, es que si tienes un territorio ocupado por centros de datos y muy automatizado, el valor de lo que está en riesgo por inundaciones cambia. Y así, el problema de quién paga por la protección contra inundaciones se convierte en una pregunta importante. Entonces la IA implica un consumo de agua, eso es importante, pero también la IA como tecnología transformadora de una economía que seguirá necesitando gestión del agua.
“Los datos ayudan a iluminar cuáles son las opciones, pero no ayudan a tomar
las decisiones.”
—En su artículo “La revolución de la IA en la ciencia climática” usted describe lo que llama una era dorada de la observación de la Tierra: en menos de una década pasamos de 25 satélites de observación terrestre a casi mil. ¿Qué implica ese volumen de datos para la relación entre conocimiento científico y toma de decisiones políticas, y por qué esa relación sigue siendo tan difícil a pesar de que nunca supimos tanto?
—¿Por qué sigue siendo tan difícil? Porque al final, la relación no trata sobre datos, trata sobre poder. Así que lo que sucede en nuestro territorio no es una función de resultados científicos, es una función de decisiones que alguien tiene que tomar. Lo primero a destacar es que, al final, las decisiones que tomamos sobre el territorio son quizás las decisiones políticas más importantes que hacemos. No podemos agregar territorio, ni producir territorio. Cualquiera que sea el millón de hectáreas que tengamos, esas son las que tenemos en nuestras naciones, y lo que hacemos con ellas es la cuestión política más importante, porque se trata de nuestro hogar. Eso es lo primero que hay que decir. Los datos ayudan a iluminar cuáles son las opciones, pero no ayudan a tomar las decisiones. Al final, es una relación de poder la que decide eso. Pero es cierto que vivimos en una edad de oro de las observaciones de la Tierra, y eso cambia la naturaleza de las elecciones que podríamos ser capaces de hacer. Básicamente tenemos un catastro multidimensional ahora. Antes, lo que el Estado sabía sobre un terreno en particular era básicamente quién es el dueño y dónde está. Eso era lo único que sabíamos de un pedazo de tierra, y a veces ni siquiera sabíamos eso. Pero hoy, gracias a la infraestructura espacial que tenemos, no solo sabemos quién posee qué y dónde está, podemos decir con una precisión extraordinaria a 10, 30, incluso un metro de resolución, qué sucede en cada píxel de nuestra tierra casi en tiempo real. Podemos medir cuánto cambian los bosques. Podemos medir cuánto crece la agricultura. Podemos ver qué plantas se están cultivando y dónde. Podemos ver qué está sucediendo con la urbanización. Eso abre un abanico mucho más amplio de responsabilidades que antes no veíamos, al mismo tiempo que amplía el conjunto de decisiones que podemos tomar. En cierto modo, es un avance muy positivo. Pero también tenemos que ser cuidadosos, porque históricamente esa infraestructura espacial y de observación que nos proporcionan esos datos tan valiosos y nos permite saber qué está ocurriendo sobre el terreno, era casi en su totalidad de propiedad pública. Los satélites que nos daban información sobre el territorio eran de la NASA y la Agencia Espacial Europea, las agencias espaciales nacionales, ellas controlaban esos datos. Y los centros de datos que usábamos para almacenar esa información eran todos de propiedad pública. Hoy nos dirigimos hacia un mundo en el que la mayoría de los satélites que observan la Tierra desde el espacio pertenecen a empresas privadas. Y la mayoría de los centros de datos que contienen la información que producen esos satélites son centros de datos de propiedad privada. Eso supone una transferencia masiva de información al sector privado. Y esa información es poder, porque te permite saber qué está pasando y dónde. Por eso, deberíamos ser conscientes de esto como un problema potencial para el futuro.
—En ese mismo artículo usted sostiene que la IA no es solo una herramienta más eficiente sino que representa un cambio epistemológico: puede ayudarnos a identificar fenómenos que escaparon siempre a las perspectivas disciplinares y a gestionar sistemas demasiado complejos para ser teorizados. ¿Puede dar un ejemplo concreto de algo que la IA le permitió ver que la física o la climatología clásica no podían ver?
—Esta es la frontera de la ciencia en la actualidad. Y es algo en lo que estoy trabajando activamente. Antes corríamos modelos climáticos, o sea, representaciones físicas del sistema climático como modelos propios. Y luego, por separado, ejecutábamos modelos de la economía que se rigen por diferentes reglas y diferentes ecuaciones. Así vivíamos en un mundo en el que estos dos modelos no se hablaban entre sí. No podíamos entender realmente el sistema climático y económico combinado. En cambio, la inteligencia artificial, al procesar enormes volúmenes de datos observados, nos permite estudiar los fenómenos que ocurren en la interacción entre el sistema climático y la economía. Por ejemplo, desde el espacio, puedes ver decisiones económicas. Puedes mirar desde el cielo, usar un satélite y ver la cantidad de carbono que absorbe la vegetación alrededor de una ciudad. Y esa es una respuesta a políticas que tienen que ver con la zonificación o con los permisos de construcción en determinadas partes de la ciudad. Ese es un fenómeno que no está regido por ecuaciones conocidas. No tenemos ecuaciones que describan cómo responde la vegetación a las leyes de zonificación. Pero ahora tenemos sistemas de aprendizaje automático que pueden ayudarnos a modelar, y quizá simular, e incluso predecir cómo puede evolucionar con el tiempo esa interacción tan compleja entre las políticas y el territorio. Así que esos son los tipos de problemas que el aprendizaje automático y la inteligencia artificial, más generalmente, abren.
“La mayoría de los satélites que observan la Tierra pertenecen a empresas privadas.”
—La inteligencia artificial tiene una paradoja material que raramente aparece en los debates sobre su regulación: cada entrenamiento de una red neuronal consume agua dulce local, extraída de cuencas que comparten agricultores, comunidades y ecosistemas. Un gran centro de datos puede demandar millones de litros diarios en los picos de verano. ¿Cómo evalúa ese impacto hídrico concreto de la infraestructura digital, y es compatible con una agenda de sustentabilidad sería?
—Es un impacto sustancial. Ahora, si importa o no, depende completamente de dónde estén ubicados los centros de datos. Antes, usted planteaba el caso de un centro de datos en el sur de Argentina, donde es muy árido. Eso puede presentar un problema. Claro, un centro de datos en otro lugar es menos problemático. Pero es fundamental comprender que el aspecto más inquietante de la inteligencia artificial no radica en el detalle técnico de cuánta energía o agua consume. Imaginen que pudiéramos usar una varita mágica y hacer desaparecer esos problemas, porque la gente innovará, la tecnología mejorará y usarán menos agua y energía. Y así, en algún momento, tal vez podamos producir centros de datos para apoyar a la IA que no tengan esos problemas. Todavía persiste el problema fundamental de que la adopción a gran escala de la inteligencia artificial no puede suponer una delegación de la responsabilidad humana en las decisiones sobre nuestra vida en el entorno y en el territorio. Y ese es el verdadero riesgo aquí, que automatizamos la toma de decisiones. Pero en la toma de decisiones, si algo aprendemos del agua, es que no existe una respuesta correcta. Siempre alguien gana y alguien pierde. Hay beneficios para algunos y costos para otros. Nunca hay una respuesta correcta. Existe una respuesta legítima, la que proviene de instituciones políticas que representan una negociación entre ciudadanos. Esa es la respuesta legítima. Esa respuesta no puede darse en un centro de datos. No puede ser producto de un proceso automático. La conversación, la síntesis de opiniones, los ciudadanos hablando entre sí y representados por personas reales seguirán siendo la parte más importante de nuestra infraestructura de gestión del agua. Y el riesgo con la IA es que imaginamos que podemos delegar a las máquinas decisiones que, de hecho, debemos tomar nosotros. Eso me preocupa mucho más que el consumo de agua o energía.
—Usted ha trabajado extensamente sobre cómo las decisiones de infraestructura determinan el destino de las comunidades durante generaciones. ¿Qué debería exigir una comunidad antes de aceptar la instalación de un centro de datos en su territorio?
—Esto nos remite nuevamente a la cuestión de la subsidiariedad, porque hay decisiones que deben tomarse localmente y hay decisiones estratégicas que deben tomarse a nivel regional o nacional, a nivel soberanía, es decir, el conjunto de la población de, por ejemplo, Argentina. Y a veces hay tensiones entre ambas cosas. Lo que quiere la comunidad local puede no estar en el interés del conjunto de la sociedad. Lo que se necesita en ese punto es un sistema de representación que garantice que la voz de esas comunidades locales esté presente en las discusiones sobre el desarrollo de ese centro de datos en particular. Lo primero que las comunidades deben tener es un mecanismo para participar en el proceso de toma de decisiones. Esto podría ser a través del proceso legislativo, a través del proceso político, pero también puede ser a través del proceso de planificación local. Los ciudadanos suelen tener más herramientas de las que imaginan para participar en estos debates, porque hay muchas decisiones que el sector público tiene que tomar para que una infraestructura de gran escala llegue a concretarse. Y los centros de datos no son diferentes. Protestar es parte de la respuesta, pero no la única. Al final, debemos llegar a una síntesis. En mi país, Italia, también tenemos este problema. Todo el mundo quiere energías renovables, pero nadie las quiere al lado de su casa. Ahora, ese problema debe resolverse y requiere un compromiso. E incluso en el caso de los centros de datos, no creo que podamos imaginar que estos no vayan a existir, pero sí debemos encontrar un equilibrio entre los costos que asumen las comunidades locales y los beneficios que disfrutamos todos. Ese es el trabajo del sistema político.
—En “El futuro de la naturaleza” usted propone una ruptura con la visión romántica de la naturaleza: no hay una naturaleza virgen, intacta, separada de la sociedad humana que haya que preservar a cualquier costo. El paisaje es siempre una construcción política, fruto de decisiones colectivas. ¿Qué implica concretamente esa idea?, ¿cómo cambia la manera en que una sociedad debería relacionarse con su entorno si acepta que ese entorno es en parte su propia creación?
—Vivimos en un planeta donde no hay parte que no tenga síntomas de nuestra presencia, ya sea por contaminación, por química u otros. Los humanos somos la mayor fuerza geofísica del planeta en este momento. Por lo tanto es justo decir que no hay rincón, ni siquiera el más remoto de la pampa, que no haya sido tocado de alguna forma por las acciones humanas. Esto implica que también tenemos una responsabilidad, la de gestionar este territorio, lo cual no consiste únicamente en protegerlo, porque especialmente en los círculos ambientalistas, hemos recorrido ese camino de pensar que la naturaleza es algo distinto de nosotros. Está separada de nosotros. Y, por eso, creemos que hay que ponerla en una jaula prístina y mantenerla apartada de nuestra vida. Pero la realidad es que habitamos naciones, con sistemas políticos, y dichos sistemas ejercen un control soberano sobre estos Estados. La mayoría de nosotros vivimos en países como Argentina o Italia, democracias, donde existen sistemas de representación política. Por lo tanto, el territorio es simplemente el reflejo de nuestra voluntad política colectiva. Lo primero que debemos tener en cuenta es que podemos decidir conservar un territorio como si fuera una postal inmutable. Pero primero, eso no es real, ya que cambia con el tiempo. Y, segundo, tenemos que reconocer que será una decisión política. Será nuestra decisión colectiva. Pero la segunda cosa que debo notar es que estamos entrando en un mundo muy complicado ahora, el sistema climático a nivel planetario está cambiando. Esto significa que la forma en que el agua se manifestará en el territorio cambiará, cómo llueve, dónde llueve, qué sequías tenemos. Significa que la vegetación reaccionará, porque las temperaturas cambiarán. Y si nos importa nuestra seguridad, no podemos simplemente observar cómo sucede. Tendremos que intervenir, como siempre lo hemos hecho. Por lo tanto, tendremos que preocuparnos por qué tipo de agricultura practicamos. Tendremos que preocuparnos por qué prácticas de gestión forestal llevamos a cabo, y así sucesivamente. Lo que intento destacar en ese libro es que existen buenas noticias en todo esto. Los ecosistemas, refiriéndome a sistemas vivos complejos como un bosque, o un pastizal como los de Argentina, cumplen una función. No son meros lugares. Hacen cosas por nosotros. Regulan los ciclos hídricos, nos ayudan a gestionar el agua y la sequía. Los suelos contienen biología que proveen nutrientes esenciales para la agricultura. Por eso, debemos dejar de pensar que la infraestructura es solo lo que construimos y reconocer que la infraestructura es todo lo que existe en nuestro territorio, tanto lo artificial como lo natural, y que debemos tratar ambos de la misma manera, como el cimiento fundamental para nuestra seguridad y nuestra prosperidad.
“Estamos entrando en un mundo muy complicado, el sistema climático planetario está cambiando.”
—En “El futuro de la naturaleza” usted critica el catastrofismo ambiental como herramienta de movilización, pero también advierte contra la fe ciega en que la tecnología, incluyendo la inteligencia artificial, resolverá por sí sola la crisis climática. Entre el apocalipsis y el optimismo tecnológico, ¿cómo se construye un relato que motive a la acción colectiva sin caer en ninguno de los dos extremos?
—Es por eso que trabajo en el republicanismo, y por eso la república es la respuesta a nuestros problemas. No es coincidencia que sea una institución política. Es un sistema político. Porque el enfoque apocalíptico es, en esencia, una especie de enfoque moralista. Lo que dice es: “no vayas por ahí, o si no…”, Y la realidad es que hemos estado hablando de escenarios de catástrofe apocalíptica durante mucho tiempo. No ha funcionado. Si la idea era asustar a la gente para que actuara, redujera las emisiones y dejáramos de alterar el sistema climático, no ha funcionado. Aparte de todo, mi observación es que la retórica apocalíptica no es una herramienta de movilización efectiva para la mayoría. Necesitamos a la mayoría en sistemas democráticos representativos para lograr algo. Eso no funciona. Por otro lado, el enfoque tecnocrático, que simplemente sugiere que contrataremos a un grupo de expertos para que ellos decidan y utilicen la tecnología para que nosotros no tengamos que preocuparnos, malinterpreta el problema. Como dije antes, la pregunta fundamental es: ¿cómo es nuestro hogar? ¿Cómo es nuestro futuro? ¿Cómo queremos que sea nuestro futuro? No hay respuesta científica a eso. Es una pregunta política, lo que significa que es una síntesis de las visiones de diferentes personas. Y entonces, ¿qué queda? Lo que queda es la política, como la entendían los griegos, y como la entendían los romanos, y como la entendía Bolívar. Es un sistema de representación. Ahí es donde se necesita una república. Una república no es simplemente una democracia, es un sistema de instituciones que hace tres cosas. Asegura que la voz de la gente, la voz de los ciudadanos, esté representada. Asegura que expresemos colectivamente un propósito político. Describimos lo que queremos, hacia dónde nos dirigimos juntos mediante nuestras voces, mediante nuestro proceso político. Y, además, algo clave: tiene instituciones que funcionan a nivel colectivo, a escala nacional, que nos ayudan a conectar la voz de los ciudadanos con un propósito común y a movilizar nuestras fuentes de poder social, nuestro dinero, nuestra voluntad, nuestra capacidad militar y demás. Así que tenemos una respuesta al problema. La inventamos hace miles de años. Se llama república. Y esa es la respuesta a los desafíos que estamos enfrentando. Es un nuevo compromiso con la política con P mayúscula. No la política que dice, voy a convencer a todos de que tengo razón, sino la que dice, entiendo que podemos discrepar, pero debemos decidir cómo avanzar. Entonces encontraremos un compromiso, una síntesis, y tomaremos una decisión.
—En un momento en que Estados Unidos se ha retirado del Acuerdo de París y el multilateralismo climático muestra signos de agotamiento, ¿qué queda de los grandes acuerdos internacionales como herramienta real de cambio? Y para los países en desarrollo, que enfrentan la doble exigencia de crecer económicamente y financiar una transición energética que no pueden costear solos, ¿cuál es la salida concreta?
—En primer lugar, el debilitamiento del sistema internacional está coincidiendo con un debilitamiento de las instituciones republicanas de los Estados Unidos, que durante muchos años ha sido la república modelo por casi tres siglos. Dos siglos y medio. No creo que sea coincidencia, lo que indica que es vital que los Estados inviertan en sus proyectos políticos y tengan sistemas republicanos sanos que representen la soberanía de su ciudadanía. Eso es una república, una colección de personas libres que viven sin dominación y gobiernan sus vidas. Autores de sus vidas juntos. Por eso es muy importante que todos los países asuman esta misión, porque es la única forma de tener un sistema internacional fuerte: que los distintos países y las distintas naciones sean, a su vez, políticamente fuertes. Ahora, dicho esto, no creo que el sistema multilateral fuera a ser la única solución para nuestros problemas. Necesitamos el compromiso de agentes políticos, principalmente países. El sistema internacional es un sistema de acuerdos entre países. Pero también es cierto que no se destruye. Como dicen, Roma no se destruyó en un día, y el sistema multilateral se ha perfeccionado y desarrollado durante los últimos treinta años, y sigue funcionando. Estados Unidos se ha retirado y por supuesto, se ha debilitado, pero la realidad es que el planeta está cambiando. Es un hecho físico con el que, tarde o temprano, tendremos que lidiar. Y también debo decir que muchos países del llamado Sur Global han seguido trabajando dentro del marco que se ha acordado, y en muchos casos han promovido de manera efectiva, y muy efectiva en algunos casos, la idea de que esto no se trata solo de reducir emisiones, sino de imaginar una forma distinta de desarrollo. Se trata de imaginar el crecimiento. El crecimiento importa, porque le da opciones a la gente. Los emancipa de la pobreza, así que el crecimiento es importante. Pero tenemos que crecer, reconociendo que el planeta está cambiando, y que tenemos que crecer en un sistema energético distinto al que teníamos en el siglo XX. Se ha debilitado, pero no soy pesimista. Muchos países siguen invirtiendo en ese sistema multilateral. Lo más importante que podemos hacer es invertir en nuestras instituciones nacionales para asegurar que representen la voluntad del pueblo.
“Lo que quiere la comunidad local puede no estar en el interés del conjunto
de la sociedad.”
—En “La república ambiental” usted revisita los fundamentos del pensamiento político moderno. ¿En qué medida las ideas del iluminismo que están en la base del liberalismo contemporáneo, y que solemos dar por sentadas, son compatibles con una gestión sustentable del medioambiente, o la crisis ambiental nos obliga a revisarlas?
—Ese es el centro de la cuestión. Escribí este libro, titulado La república ambiental, porque siento que dentro del movimiento ecologista, algunas personas argumentan que los problemas ambientales que enfrentamos son tan profundos que no podemos permitirnos seguir adelante con el proyecto político republicano. Y recuerden que el republicanismo, la libertad como fundamento de los sistemas políticos, ha sido una aspiración de la humanidad durante miles de años. Eso es, en última instancia, lo que queremos. Todos queremos ser autores de nuestras vidas en nuestras comunidades. Libertad, estar libres de dominación en un grupo de personas en un lugar, eso es lo que siempre perseguimos. Y discrepo con la idea de que eso sea ahora secundario frente a los problemas ambientales. Entonces, la pregunta que intento responder en La república ambiental es ¿cómo deben ser las instituciones políticas para que busquemos el desarrollo humano, mejorando nuestra vida y nuestra situación, que para tantos en el planeta sigue siendo la preocupación principal? Cómo lo hacemos como gente libre, autores de nuestras vidas junto a otros. Eso es fundamental. Pero, ¿cómo lo hacemos de forma que alcancemos un futuro sostenible? Pienso que es totalmente posible, y por eso hablo de la república ambiental. En realidad, no es necesariamente algo nuevo. Comenzamos esta conversación recordando que antes del siglo XX, la mayoría de nuestros abuelos y bisabuelos tenían una comprensión muy clara del territorio. Estaban conectados con el medio ambiente y lo experimentaban de manera directa. Tenemos que encontrar una forma moderna de reconectarnos con el paisaje, de reconectarnos con nuestros territorios. De eso somos responsables como ciudadanos. Ahí es donde construimos nuestra vida. Ahí es donde escribimos nuestro futuro, en nuestros paisajes nacionales. Por eso, creo que la maquinaria de la república nos brinda las herramientas para hacerlo. Pero al final, lo que verdaderamente importa es nuestro propio compromiso con la libertad y con la libertad de los otros. Es la base de la república ambiental y de resolver nuestros problemas de sostenibilidad.
Producción: Sol Bacigalupo.
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