—Tenías 31 años conduciendo una redacción de 25 años promedio. ¿Cuán importante fue esa juventud para el éxito fenomenal que tuvo “El País” y lo que revolucionó la prensa en idioma español?
—Lo más importante desde mi punto de vista es que yo era muy joven, pero había empezado muy joven. Desde los 18 años empecé mi carrera periodística en un diario que entonces pertenecía a los sindicatos franquistas; era durante la dictadura, el diario Pueblo, pero que al pertenecer a los sindicatos era el más progresista, por así decirlo, o el que se veía obligado a defender a las clases trabajadoras dentro de la dictadura, etc., etc., y tenían un gran periodista absolutamente franquista al frente, Emilio Romero, quien era un periodista un poco epónimo en aquellos momentos. Entonces ya tenía yo un currículum profesional y en realidad me pidieron, o me sugirieron, que me hiciera cargo del periódico después de que algunos importantes periodistas, empezando por Miguel Delibes, que aparte de gran periodista era un gran novelista y un escritor formidable, pues, no quisieron aventurarse a tratar de hacerlo. Terminé aceptando ser director adjunto de un periodista republicano muy famoso, Vicente Gallego, que había sido mi profesor en la Escuela de Periodismo, pero él ya tenía una edad, no digo provecta, pero parecida, un poco más joven, de la que yo tengo ahora. Y pensó que aunque era una aventura que tuviera alguien más joven para ayudarle, pues no le apetecía. Y entonces, ya cansados de buscar más profesionales, porque hubo otros que también se negaron a hacerlo, me dijeron: “Pues, ya, dirige tú el periódico”. Me lo dijo José Ortega, el hijo de Ortega y Gasset, y Jesús Polanco, el fundador y dueño de la editorial Santillana, que eran el presidente y el consejero delegado. Y para mí fue una oportunidad excepcional. No he sido más que periodista toda mi vida; cuantos empleos me han sugerido en la política o en otro tipo de empresa los he rechazado siempre. No he querido trabajar nunca en la administración pública. Y claro, pues la redacción tampoco era muy fácil contratarla porque la desconfianza hacía que el periódico funcionara como era debido, pues cundía. Con lo cual, tuve que contratar a muchos jóvenes periodistas, algunos recién licenciados y algunos de ellos incluso con trabajos de responsabilidad dentro de la redacción. Por ejemplo, el director de las páginas económicas era un economista y periodista que tenía 22 o 23 años en ese momento, y luego ha sido un gran periodista económico reconocido internacionalmente, Fernando González Urbaneja. Fue una aventura maravillosa. Lo mejor de esa aventura es que José Ortega, cuando empezamos el periódico, me dijo una frase de su padre, don José Ortega y Gasset: “Me decía mi padre que uno no conoce bien América Latina si no conoce España. Pero también me dijo que uno no conoce España si no conoce bien América Latina”. Lección a la que me apliqué y me he aplicado prácticamente durante toda mi vida desde entonces.
—¿Qué relación hay entonces entre el regreso de la democracia en España y “El País”?
—La idea del periódico nació de un grupo de gente que, como digo, capitaneados por José Ortega Spotorno, que entonces dirigían la revista Occidente, la editorial, la Alianza Editorial, una gran editorial de libros. Ya era un periódico que tenía como objeto sacar el periódico La Nueva España, la nueva España que surgía después de la muerte de Franco, aunque lo habían ideado al final del franquismo, prácticamente después del asesinato de Carrero Blanco, que había sido presidente del gobierno franquista y que fue asesinado por ETA. Es decir, no tenía una intención comercial, sino una intención cultural. Fundamentalmente queríamos recuperar la cultura para la prensa diaria, y queríamos recuperar las voces disidentes del poder. Es decir, hasta que salió El País, ningún otro periódico diario daba voz a la izquierda y nosotros salimos en un momento en que la izquierda era todavía ilegal, pero estaba muy presente y muy activa en la vida política española porque comenzaba la transición. Nacimos con la convicción de que teníamos que ser un periódico para la democracia basada en la reconciliación, que es lo que fue la transición. La reconciliación entre los ganadores y los perdedores de la Guerra Civil, o, por mejor decirlo, la reconciliación entre los hijos de los ganadores y los hijos de los perdedores de la Guerra Civil. Un periódico que se asemejara a la prensa europea, fundamentalmente. Una vez que recibí el encargo oficial, que fue en el mes diciembre del 75, una de las primeras cosas que hice fue viajar por Europa. Visité Le Mond, donde tenía unos cuantos amigos ya. Visité el periódico Repubblica de Roma, que salió pocos meses antes de El País, al principio del 76, en enero o febrero, El País salió en mayo; visité el Sunday Times, entonces dirigido por un periodista también muy famoso, Harold Evans, que fue famoso luego también en los Estados Unidos, y su mujer, y traté de aprender sobre todo de la experiencia de Repubblica que había fundado Eugenio Scalfari en Roma. Traté de aprender las lecciones que ellos me podían enseñar respecto a lo que me iba a encontrar. Y además, tuvimos todos los periodistas del grupo una oportunidad fabulosa, porque con Jesús Polanco, que era el consejero delegado y el presidente y dueño, entonces ya, de la editorial Santillana, pude hacer un acuerdo según el cual, él, como consejero delegado, controlaría lo que era el accionariado del grupo, éramos como 500 accionistas. Yo también fui accionista, nadie tenía ni la mayoría ni podía configurarla. El propio Jesús Polanco tenía un 7 o un 8%. José Ortega tenía otro 7 u 8%, según el cual él se encargaba de la sociedad, de la relación con los accionistas, etc., y de la administración y funcionamiento de la empresa. Y yo me iba a encargar, como director, primero de reclutar a la redacción, que la recluté absolutamente yo, eran muy jóvenes. Y segundo, de la línea editorial del periódico, con lo cual el director tendría, según un acuerdo que firmamos, derecho de veto sobre todo lo que se publicara en el periódico, incluida la publicidad. Estos poderes del director de El País siguen vigentes y los han tenido todos mis sucesores.
—La “Repubblica” también nace en Italia para la nueva Italia, para su famoso resurgimiento. ¿Es posible hoy, en el siglo XXI, imaginar –el medio que sea en la plataforma que fuese– la aparición de medios de la importancia de “El País” o de la “Repubblica” en Italia? Y si no fuera así, ¿por qué?
—Estamos en un cambio de civilización muy profundo. Todavía no somos conscientes de hasta qué punto. No es que estemos viviendo ni siquiera una era de cambio, ni un cambio de era siquiera, sino un cambio auténtico de civilización. Lo comparo con el cambio de civilización que hubo con motivo de la invención de la imprenta. La invención de la imprenta fue un gran invento. Muy positivo para la humanidad. Pero al mismo tiempo generó graves problemas. Primero generó un desorden muy grande, porque al llegar las Biblias a las familias, pues la interpretación de la Biblia no correspondía únicamente a los monjes de los monasterios ni a los copistas de los monasterios. Y surgieron las guerras de religión que asolaron Europa durante casi dos siglos, o más de un siglo, y causaron muchos millones de muertos. Hay que decir que pasaron dos siglos prácticamente desde que se inventó la imprenta, hasta que surgió algo parecido a un periódico, que era La Gazette de Teofrasto Renaudot, en Francia, un semanario de cuatro páginas. Pasaron doscientos años desde que la imprenta se había inventado para que surgiera un semanario. Y pasaron casi cien años más hasta que la Ilustración logró poner un orden intelectual y un orden moral en la convivencia. A partir de la Ilustración se hace posible la democracia que nace en el siglo XIX y se consolida en el siglo XX, con enormes guerras que asolaron tanto a América como a Europa y Asia durante esos dos siglos. En esa etapa, la prensa era el cuarto poder. Era el cuarto estamento de la Revolución francesa. Y se suponía que al margen de la independencia de los tres poderes democráticos, el judicial, el legislativo y el ejecutivo, la prensa era un cuarto poder que ayudaba a formar la opinión pública precisamente para que pudiera funcionar la democracia. En este momento, el nacimiento de internet es una aparición mucho más revulsiva que la de la imprenta, porque en internet todo el mundo puede decir lo que quiera. La libertad de expresión no es un derecho de los periodistas, es un derecho de los ciudadanos. Y además, eso se transmite automática e inmediatamente a prácticamente todo el mundo. Y encima, es un mundo en el que existen casi nueve mil millones de habitantes, ya de culturas, historias, etcétera, muy diferentes. Entonces, es un gran invento internet. Son un gran invento las redes sociales, por cierto, inventadas por personas como Bill Gates o Zuckerberg, que en realidad no sabían lo que estaban inventando prácticamente. Digamos, el fruto de su invención les ha superado por completo. Y claro, internet ha generado un gran desorden, y las redes sociales. Hay que decir que TikTok tiene diez años. Y Twitter tiene veinte años. Esto va a una velocidad tremenda, y la inteligencia artificial, prácticamente empezaron a hablarnos de ella en serio hace cinco años y está en sus inicios. Todo eso afecta a la opinión pública. Afecta al sistema representativo de las democracias; por lo tanto, estamos en medio de otro gran desorden, similar, pero mucho más grande al que sucedió a la invención de la imprenta. Estoy seguro de que finalmente aparecerá el orden. Pero es un orden difícil de establecer, porque afecta a toda la sociedad mundial. Además, es un desorden que ha hecho que la economía sea global, mientras que tratamos de gobernar esa economía global mediante los Estados nación. Y ahí hay unas dificultades objetivas. Aparte de eso, estamos viviendo la prehistoria de la inteligencia artificial. ¿Qué hicieron los gobiernos cuando surgieron los libros? Pues, primero implantar la censura, el imprimátur religioso también. Y luego quemar los libros que no les gustaban. Felipe Segundo se hinchó a quemar libros en las esquinas de España y luego, después de quemar los libros cuando no les gustaban, incluso quemaron a los autores. Hubo un gran desorden para su época y apenas eran quinientos, seiscientos millones los habitantes de la Tierra en ese momento. Estoy convencido de que este desorden que vivimos, estas dificultades para generar una opinión pública razonable, las fake news, las posverdades, las mentiras, los bulos y mentiras que normalmente quienes más las han producido siempre en la historia han sido los gobiernos. Los MacGregor of Davies en el Reino Unido, que tuvo una comisión al respecto, estudió quién mentía más en la prensa, en los tabloides ingleses, y decía que quien mentía más eran los gobiernos. Pues todo eso lo estamos viviendo ahora. Estoy seguro de que seremos capaces de controlarlo. No sé si yo lo viviré, pero estoy seguro de que no pasarán dos siglos, como en el caso de la invención de la imprenta, para que llegue la nueva Ilustración.
—Los datos del Pew Research en Estados Unidos indican que sumando todas las plataformas –streaming, internet– a las tradicionales, la cantidad de periodistas ha bajado a la mitad. ¿Cómo modifica la producción de contenidos ese cambio antropológico civilizatorio?
—Está afectando muy seriamente. Empezando porque también hay un deterioro de la clase política en los países democráticos. Goethe decía que prefería la injusticia al desorden, y ante el desorden que se está generando, están creciendo los partidos de extrema derecha en los pocos países democráticos que todavía existen en el mundo. Hay una amenaza real para la democracia y muchas veces capitaneada por los propios gobiernos. Qué podemos esperar de unos Estados Unidos que cumplen 250 años de independencia, precisamente en este año, que constituyen la primera democracia histórica emergente, y que tienen un presidente que organiza luchas deportivas, pero sangrientas, en la sede del Poder Ejecutivo como es la Casa Blanca, que después de decir que iba a resolver todas las guerras, no ha hecho más que empezar guerras, que encima parece que está perdiendo. O qué podemos pensar de una Europa que ha perdido completamente la revolución tecnológica. O de una China que es la gran potencia emergente en esta nueva era, es el primer poder tecnológico del mundo; es prácticamente el país más rico de la Tierra si tenemos en cuenta que tiene, además de su Producto Interior Bruto, gran parte de la deuda externa de los Estados Unidos, y que no tiene democracia. No solo no tiene democracia, sino que efectivamente está en camino de volver a ser el imperio del centro, como se llamaba China antes de la guerra del opio y de las invasiones británicas y demás, que luego sufrió a partir de finales del siglo XIX. Estamos en un cambio global caracterizado, primero, por una población muy acrecida. Después de la Segunda Guerra Mundial había 2.400.000.000 de seres humanos en la Tierra. Se ha multiplicado por cuatro en menos de un siglo. Segundo, la información, los bulos, las mentiras, las manipulaciones, pero también las verdades y las reflexiones se transmiten inmediatamente en todo el mundo. Y tercero, hay un sistema en el que, querámoslo o no, está depositado todo el conocimiento humano. Eso es internet. Todo el conocimiento está en la red. Otra cosa es que tenga uno la habilidad de encontrarlo, de cuestionarlo, etcétera. Lo que hay es un defecto de formación, lo que Edgar Morin, que acaba de morir a sus 104 años, llamaba en Francia la utilización del pensamiento complejo. El pensamiento complejo significa que uno piensa que no tiene toda la razón y que merece la pena discutir, dialogar y aprender de sus adversarios o de otros que no piensan como él. Lo que estamos viendo es una polarización política y un acientifismo en las decisiones económicas, políticas, sociales, etcétera, que toman muchos gobiernos.
—Desde hace algunas décadas, diarios importantes, comprados por magnates, incluso extranjeros en distintos países. El caso más emblemático es la compra del “Washington Post” por Jeff Bezos. La mayoría de los grandes periódicos de Europa también fueron comprados por inversores externos a sus propietarios anteriores o los descendientes de los fundadores. Y no hace tanto vimos que se compra Twitter como lo hizo el hombre más rico del planeta. ¿Qué significa el poder económico, apropiándose de la producción de contenidos?
—Significa que, efectivamente, la formación de la opinión pública en este momento está dirigida y sostenida por gentes que fundamentalmente lo que buscan es dinero, que es también lo que buscan los llamados influencers. Hay algunos influencers interesantes, pero los influencers y las influencers más famosas de repente son chicas bellísimas, que no saben gran cosa, pero que tienen un sex appeal formidable y que son millonarias simplemente porque aparecen un par de horas todos los días en las pantallas y se van a vivir o a residir en países que sean territorios que no tengan impuestos. Efectivamente, es un cambio de civilización. Y si vemos el Washington Post, lo compró Jeff Bezos. Soy amigo de Marty Baron, excelente periodista, que fue el primer director al que encargó Bezos la dirección del Washington Post. Marty siempre ha dicho que mientras él estuvo allí no hubo problemas. Pero al irse Marty, ha habido varios miles de redactores y periodistas del Washington Post que han sido despedidos por Bezos recientemente. Los medios de comunicación se están convirtiendo nuevamente en una experiencia de poder muy importante. Y desde luego, las redes sociales y los complejos tecnológicos, como son el antiguo Twitter o el TikTok de los chinos. Entonces, hay un peligro serio respecto a la democracia como un sistema representativo, a la libertad de expresión, sometida precisamente a intereses económicos. El mismo periódico El País, ahora el principal accionista es un fondo de esos que llaman buitre, un fondo activista, cuyo objetivo fundamental es hacer dinero, y también opera en Colombia, tiene gran participación de las fortunas del exilio armenio al que pertenece el actual presidente de El País, pero que está dispuesto a venderlo si le dan el dinero que desea. Este tipo de propietarios tienden a pactar con los gobiernos, sean de derechas o de izquierdas, porque no son grupos ideológicos, son grupos cuya única ideología es el beneficio, a la hora de establecer las líneas editoriales de sus medios, a cambio de mejoras de otro tipo, en empresas o en actividades, en las que los gobiernos pueden ayudar.
—Y en este caso, el propietario tanto de Twitter, rebautizada X, como el propietario del “Washington Post” parecerían tener intereses más trascendentes, por lo menos, que no es simplemente ganar dinero con ellos y vender el periódico que compraron a más precio del que pagaron, sino usar al periódico o al medio de comunicación o a la plataforma para desarrollar una narrativa que pueda maximizar sus beneficios en otros negocios.
—Efectivamente es así, pero esa narrativa suele pactarla con el poder político, tanto si es democrático como si no lo es. Si no lo es, el poder político establece las reglas de juego. Es el caso de China. China no es un país democrático, no tiene una opinión pública libre, pero tiene una potencia tecnológica formidable, que tiene que convivir con algunas de las cuestiones del capitalismo que el marxismo de Mao Tse Tung siempre había criticado. Es un cambio de civilización donde hay un reparto del poder a nivel mundial, donde hay la creación de nuevos imperios o la recuperación de los antiguos imperios. Hay que decir que China tenía más del veintitantos por ciento del producto interior bruto mundial a principios del siglo XIX. A principios del siglo XX tenía el 2 o el 3% del Producto Interior Bruto Mundial, y ahora están tratando de reconstruir el imperio del centro. Estados Unidos está viviendo el prolegómeno de un imperio en decadencia. Hay muchas historias escritas sobre la decadencia de los imperios. Y Rusia está procurando sobrevivir como imperio a un precio verdaderamente execrable en vidas humanas y en violencia contra la población ucraniana.
—¿Cuál es el futuro que les asignás al periodismo y a los periodistas?
—Pues nuevamente. En primer lugar, la prensa tradicional está condenada a desaparecer. En mis conferencias e intervenciones frecuentes digo que los periódicos en papel, por lo menos los periódicos nacionales e internacionales, y en los países más desarrollados, son auténticos zombis. Un zombi es un muerto que piensa que está vivo y, como piensa que está vivo, hace cosas, pero está muerto. Aparte de eso, pues la prensa tradicional ha sufrido una catástrofe económica porque ha desaparecido la publicidad y está desapareciendo también de las televisiones, porque se va a las redes sociales y a los TikTok, a los X, Twitter o como puedan llamarse las nuevas redes sociales. Y ese es el desorden. Pero el periodismo, y el periodismo libre, siempre ha tenido dos características: ha tratado de crear una opinión pública que controle los excesos del poder. De todos los poderes, de los poderes políticos, pero de los poderes económicos también. Y eso forma parte del estatuto fundacional de El País. Y el primer artículo en el primer número de El País que publiqué como director, decía que era un periódico que nacía, precisamente, para poder ayudar a los ciudadanos a enfrentarse a los excesos de los poderes políticos y económicos. En este momento eso es más difícil, según estamos viendo. Pero también internet está dando a los ciudadanos armas y capacidades nuevas. Entonces, soy optimista respecto al futuro. Pero es un futuro no inmediato, aunque mucho más cercano. Soy optimista, porque el periodismo lo que ha hecho siempre es explicar a la gente, o tratar de explicar, lo que pasa y por qué pasa y el contexto en que las cosas suceden. Algo que el lío de las redes sociales, que en algunos casos son muy útiles, pero no logran hacerlo. Por lo tanto, no sé si habrá periódicos, por así decirlo, pero sé que habrá periodistas, responsables, independientes, capaces, bien informados y dispuestos a servir a sus lectores. Porque la libertad de información, el derecho a la información no es de los periodistas, es de los lectores, y los dueños de la información son los lectores y a los que se deben los periodistas. El éxito de El País, que fue muy fulgurante, en gran medida se debe a eso. Desde que nacimos sabíamos que nuestros dueños eran los lectores y que el futuro del periódico dependía de sus lectores, no de sus accionistas, y ni siquiera de nosotros como profesionales.
—Hay una vieja frase, que el ser humano puede soportar cualquier cosa menos que no haya una explicación. Y la explicación, a lo largo de las distintas épocas, la fueron dando distintas profesiones. En algún momento, los brujos, después los poetas, después los religiosos, y el periodismo es una profesión que tiene poco más de trescientos años. Las necesidades humanas son eternas, pero las van satisfaciendo distintas profesiones. La explicación sobre esto que pasa, qué significa, ¿la van a seguir dando los periodistas en el futuro, aun con este cambio antropológico y civilizatorio que definís?
—Sí. Si efectivamente cumplen con su misión, y hay gente dispuesta a acompañarlos económica, social y políticamente en ese proceso. Pero pasará un tiempo. Cuando hablamos del fin de la democracia, que está amenazada con todas estas circunstancias, se nos olvida que la democracia es un régimen muy joven. No tiene ni siquiera cien años. Hace cien años las mujeres no votaban en ningún país del mundo prácticamente. Entonces, ¿de qué estamos hablando? En algún cantón de Suiza, que es un modelo de régimen democrático, finalmente se aprobó, en los años 60 del siglo pasado, el voto para las mujeres. Y todo esto no sucede en un mundo superpoblado y, además, en un mundo que algunos de cuyos dirigentes como Bezos o como tantos otros tecnoligarcas, como los llaman los políticos, están pensando que son las civilizaciones que se van a trasladar a Marte o a otros planetas las que van a poder sobrevivir. Pero, por otra parte, el mundo ha progresado mucho en los últimos tiempos. La cuestión es, las mentiras, el anonimato, los bulos y las estupideces en las redes sociales. ¿Cómo se defiende uno de ellas? Pues tiene que haber un acuerdo mundial, porque si no hay un acuerdo mundial, uno recibe lo que un servidor tecnológico desde una isla perdida de cualquier mar lejano esté instalado, y que da toda clase de noticias falsas, mentiras, etcétera. La inteligencia artificial es capaz de engañar la realidad y de manipular incluso la personalidad de la gente. Nosotros podemos aparecer diciendo cosas con nuestra cara, en nuestra casa, que nosotros no decimos y que ni siquiera hemos pensado, etcétera. Gran desorden, como digo, fruto de un invento tecnológico formidable. Creo en la sociedad civil, creo en la capacidad de que hay científicos, políticos, empresarios, periodistas, literatos, artistas, profesores, capaces de resistirse frente a este nuevo tipo de opresiones y de seguir trabajando por los derechos individuales, por la dignidad del hombre y por las bases fundamentales de la democracia.
—Marcabas bien ahí que habrá periodistas en la medida en que se creen las condiciones materiales para el financiamiento de su profesión. ¿Cómo imaginás la sustentabilidad de la profesión del periodista desde el punto de vista material y cuál sería el modelo que le daría sustento, tan distinto al que era cuando había mucha publicidad y el lector pagaba también mucho?
—El modelo es no solo un modelo de sustento, sino también un modelo de producción. O sea, ahora, paradójicamente, la sociedad es mucho más transparente. Uno puede encontrar informaciones en su ordenador o en su teléfono móvil de manera casi inmediata, sin más intervención que la de aplicar el teclado. No creo que haya un modelo, por así decirlo, pero pongo un ejemplo que estamos viviendo en España. En España hay una gran crisis política, porque la mitad del gobierno de Pedro Sánchez, sus dos secretarios generales, su mujer, el antiguo presidente Zapatero están siendo acusados por tribunales independientes de encabezar redes criminales de las que se están lucrando en relación con negocios que hacen con gobiernos como el de Venezuela o el de China. Eso lo empezó a denunciar un periódico digital, lo que llama Pedro Sánchez, y me hace mucha gracia, tabloide digital, como The Objective, en el cual, entre otros, colaboramos gente como Fernando Savater o Félix de Azúa, o yo mismo, hace cuatro años, y se dijo que todo era mentira. Toda esa mentira está hoy ante los tribunales. Hay gente en la cárcel, responsables, un antiguo ministro poderosísimo de Pedro Sánchez en la cárcel hoy día. The Objective sigue funcionando en un pequeño piso del centro de Madrid con el esfuerzo de una venezolano-colombiana, propietaria del mismo y antigua periodista, que no interviene para nada como propietaria, y la elaboración de un equipo de periodistas que en gran medida han sido periodistas purgados por El País, cuando fue ocupado por un poder político que quería pactar, y de hecho pactó, con el gobierno de Sánchez. Creo en el ser humano y por eso soy optimista. Naturalmente, no hay que pedirle a nadie que sea un héroe ni que incurra en peligros o en situaciones que dañen su supervivencia. Pero conozco a muchos periodistas, y hay muchos periodistas, como Martín Barón o como Jorge Fontevecchia, que son capaces de saber que ellos se deben a su público y a sus lectores, a sus televidentes, a sus oyentes. Y además, cuando se acusa a veces a los llamados tabloides, me acuerdo de una conversación que tuve con Carlos Fuentes, en la que me decía que Salman Rushdie le había dicho, cuando estaba exiliado en Inglaterra, perseguido por los ayatolás iraníes, que en realidad él solo leía los tabloides ingleses, porque eran los únicos periódicos que contaban lo que le pasaba a la gente. En los periódicos llamados de calidad no hacían más que dar ruedas de prensa, discursos de políticos, noticias oficiales, etcétera. Todo eso me hace ser optimista. Aunque, vuelvo a decir, pasará un tiempo, no dos siglos, pero pasará un tiempo hasta que se ponga un poco de racionalidad y de orden en todo esto.
—Decías al principio del reportaje que te había dicho uno de los fundadores de “El País”, del accionariado, que para conocer España había que conocer América Latina y te habías dedicado durante décadas hacerlo con la mayor profundidad posible. Me gustaría entonces aprovechar ese conocimiento para que nos compares la evolución del periodismo y de los medios en España, en tu país, y lo que ves de diferente en América Latina.
—En primer lugar, América Latina está ahora en un proceso de transformación. Vivió la década dorada, famosa a finales del siglo pasado, cuando cayeron las dictaduras, etcétera. Luego hemos vivido tiempos en los que regímenes como el venezolano, el cubano o el nicaragüense, pues, efectivamente fueron un gran problema. Estamos viendo dificultades en otros países por parte de la derecha. Lo que fue Bolsonaro o puede ser el nuevo Bolsonaro en Brasil. Bukele en El Salvador, que en nombre del orden, está atentando contra la libertad ciudadana, aunque ha mejorado mucho el orden público. Estamos viendo lo que sucede en la Casa Blanca. Hay una transformación social muy grande. Y América Latina está, paradójicamente, en un momento de oportunidad. En primer lugar, en América Latina no es previsible que haya guerras. América Latina tiene dos grandes problemas. Uno es la desigualdad social, es el continente más desigual de todos los que existen. Y el otro problema son los conflictos de seguridad, muy ligados al narcotráfico, pero tiene otras muchas ventajas. No tiene guerras pendientes. Tiene un bono demográfico muy importante, no es un continente envejecido. Tiene riquezas naturales formidables y muy importantes, incluso para las grandes potencias. Tiene clases dirigentes muy formadas en muchos países. En un artículo que acabo de escribir para Clarín, recuerdo una frase de Jorge Luis Borges en el prólogo de un libro suyo de cuentos, en el que decía que él creía que iba a llegar el momento en que ya no se necesitaran gobiernos y que él había fichado por el Partido Conservador porque era una manera de explicar que efectivamente no eran necesarios los gobiernos. Probablemente en ese momento se refería a Argentina, pero yo creo que se refería a muchos gobiernos de muchos países y no solo de América Latina. La democracia necesita partidos políticos y necesita gobiernos responsables. Hay una depravación de los sistemas representativos en casi todos los países democráticos. Hay una desorientación y un egoísmo en los gobiernos europeos y una falta de previsión. Aspiro a que fundamentalmente la gente de la cultura, los filósofos, los novelistas, los poetas, los periodistas, los artistas sean capaces de reflexionar, no se rindan ante el poder del dinero ni ante el poder político, y al hombre en una nueva civilización, como lo hicieron durante la Ilustración.
—Tu visión específica de la política argentina de Javier Milei y nuestra coyuntura actual.
—He sido buen amigo de algunos cuantos dirigentes argentinos, fui muy amigo de Raúl Alfonsín, soy amigo de Mauricio Macri. Quiero decir que no son amistades ideológicas. Incluso conocí al presidente Perón mientras estuvo exiliado en España, porque él era amigo de Emilio Romero, el director de Pueblo, almorcé y cené varias veces con Perón, y luego también llegué a tratar a Isabelita. Argentina, primero, es un país maravilloso. Y segundo, es un país, desde luego, con una sociedad con una capacidad intelectual, artística y creadora fulminante. Le han fallado los sistemas políticos durante mucho tiempo, pero no es el único país al que le han fallado. Uno sigue aprendiendo mucho de los argentinos, incluso de los argentinos que la gente ya no sabe ni si eran argentinos, como Julio Cortázar. Verdaderamente, Argentina tiene una oportunidad, y Milei tiene comportamientos histriónicos, aunque algo ha conseguido. Primero, que le ayude con veinte mil millones de dólares el gobierno norteamericano, porque es mucho más histriónico Trump que Milei. Y segundo, sigue teniendo personalidades políticas con carácter y con capacidad. Hay países que tienen problemas mucho mayores y son países muy ricos, como por ejemplo Perú, que todavía no sabemos quién ha ganado las elecciones en Perú, y donde más del 60% de la economía es hoy día informal; y es un país que marcha adelante. Hay otros países verdaderamente que están padeciendo las consecuencias de gobiernos terribles, como la Venezuela de Maduro, lo que queda de Cuba. España vendió a los Estados Unidos en 1810 la Florida, en cinco millones de dólares. El general Espartero la vendió y dijo: “Vendo la Florida, pero no vendo Cuba, que es la perla del Caribe”. Creo en Argentina, he aprendido mucho de los escritores argentinos. Admiro a no pocos, de los políticos que ha tenido y también, pues padezco con muchos de mis amigos argentinos los errores que se han cometido y los excesos que se han cometido. Pero soy optimista respecto al futuro de Argentina y respecto al futuro de América Latina. Soy optimista respecto a las sociedades civiles de esos países, si sus dirigentes son capaces de luchar contra la desigualdad y de poner freno a los narco Estados.
Producción: Sol Bacigalupo.