Nicholas Carr: “La tecnología no resuelve todos los problemas que la tecnología crea”
El ensayista estadounidense formado en Harvard es una de las voces más incómodas del debate cultural contemporáneo. Su libro “The Shallows”, finalista del Premio Pulitzer y bestseller del “New York Times”, abrió un debate global sobre cómo internet modifica nuestra forma de pensar. En su reciente “Superbloom” examina los efectos de la tecnología en la esfera pública. En esta entrevista sostiene que las redes sociales, lejos de hacernos más inteligentes y sociables, producen exactamente el efecto contrario, y advierte que si delegamos en la inteligencia artificial hasta la lectura y la escritura, corremos el riesgo de perder las capacidades de pensamiento crítico que nos permiten comprender el mundo.
—En “The Shallows” usted sostiene que el entorno digital tiende a debilitar la concentración prolongada y la lectura profunda, ¿qué cambios observa en nuestra forma de leer y pensar y hacia dónde cree que se dirige esa transformación?
—Escribí The Shallows en 2010, y lo que sostengo es que la tecnología, estar en línea, nos entrena para pensar de manera muy dispersa. Tenemos que procesar mucha información proveniente de fuentes muy diversas, muy rápidamente. Entonces nos entrenamos para pensar superficialmente para poder seguir el ritmo del flujo de información. En los años siguientes, han pasado 16 años desde entonces, todas estas tendencias se han vuelto aún más fuertes a medida que pasamos de las laptops y las computadoras de escritorio a los teléfonos móviles, y a medida que nos conectamos a las redes sociales. Todo en la forma en que ha progresado la tecnología enfatiza ráfagas muy cortas de información superpuesta. Así que hemos creado para nosotros mismos un entorno que recompensa el pensamiento superficial y no nos da espacio para un pensamiento más profundo, más reflexivo y más contemplativo.
“Nos entrenamos para pensar superficialmente para poder seguir el ritmo del flujo de información.”
—Usted ha argumentado que el cerebro humano se adapta a los medios que utiliza. ¿Cómo interviene la neuroplasticidad en los cambios cognitivos asociados al uso intensivo de internet?
—Nuestra mente es maleable, es plástica a lo largo de toda nuestra vida, no solo cuando somos jóvenes, y esto es lo que los científicos llaman neuroplasticidad. Nos adaptamos al entorno en el que pensamos. Y cuando digo adaptamos, me refiero a un nivel físico, neurológico. Una forma de pensarlo es que tu cerebro optimiza su funcionamiento en función de aquello a lo que le dedicas tu atención. Y a medida que nos adaptamos a internet, las redes sociales y los teléfonos móviles, lo que estamos ejercitando y practicando en nuestra forma de pensar es absorber pequeños fragmentos de información muy rápidamente. Entonces nuestro cerebro se optimiza para eso, y deja de entrenar el pensamiento profundo y concentrado. Los seres humanos somos distraíbles por naturaleza, tenemos que entrenar nuestra mente para prestar atención, para concentrarnos, para enfocarnos. Si no practicamos esa forma de pensar, nuestras neuronas y sinapsis dejan de hacer las conexiones que sostienen el pensamiento profundo, y en cambio refuerzan las conexiones que nos llevan a un pensamiento rápido pero superficial.
—La cultura del libro estuvo asociada durante siglos a prácticas como la lectura prolongada, la concentración y la construcción de argumentos complejos. En el ecosistema digital caracterizado por fragmentación, velocidad y “multitasking” ¿qué tipo de mente cree que se está formando?
—Ciertamente no creo que sea una mente literaria. Es verdad que durante casi 500 años antes de que llegara internet, el libro, la página impresa, fue nuestro principal medio de intercambiar y absorber información. Si pensamos en una página impresa, es simplemente texto en la página. No hay distracciones. En cierto modo, un libro impreso, un periódico o una revista nos proporcionaban un escudo contra las distracciones del entorno. Comparemos eso con la pantalla, ya sea una computadora o un smartphone. No es un escudo contra la distracción, es una máquina de distracción. No presenta nada de forma aislada para concentrarse en ello. Por el contrario, tiene todo tipo de feeds de información, todo tipo de botones en los que hacer clic, todo tipo de aplicaciones entre las que saltar. Es una tecnología de fragmentación, de distracción, de interrupción. Lo que hemos hecho es un cambio fundamental, no solo en los medios que usamos para obtener información, sino en la forma en que nuestra mente la procesa. Hemos pasado de esta tecnología de concentración y enfoque, que era la página impresa, a una de distracción y pensamiento caótico, que es la pantalla. Y creo que este es uno de los cambios fundamentales que están influyendo en la cultura, en las actividades intelectuales y en todo lo demás de la vida hoy en día.
—Daniel Kahneman mostró que el pensamiento reflexivo depende de condiciones cognitivas muy específicas: tiempo, concentración y continuidad. Si el entorno digital tiende a erosionar esas condiciones, ¿cómo cambia la manera en que las sociedades piensan colectivamente?
—El trabajo de Daniel Kahneman muestra claramente que tenemos, en sus términos, dos formas de pensar radicalmente distintas: una muy instintiva, que consiste en reunir mucha información rápidamente y emitir juicios instantáneos, que es en cierto modo nuestra forma natural de pensar. Es la forma de pensar que compartimos con otros mamíferos. Y luego está el pensamiento profundo, en el que nos enfocamos en una sola cosa durante un período prolongado de tiempo. Usamos la razón, la racionalidad. Y esto es algo que tenemos que enseñarnos a hacer. A medida que, como individuos y como sociedad, retrocedemos hacia esta forma de pensar más instintiva y acelerada, también nos volvemos más susceptibles a los sesgos. Como han demostrado Kahneman y otros, cuando tenemos que emitir juicios instantáneos todo el tiempo, recurrimos a patrones de pensamiento simplistas y nos volvemos menos racionales y reflexivos. Como sociedad vemos señales de esto: nos volvemos más tribales en nuestra forma de pensar, más sesgados, y menos reflexivos, menos racionales, menos razonables.
INTERNET Y LA TRANSFORMACIÓN DE LA MENTE. “A medida que, como individuos y como sociedad, retrocedemos hacia una forma de pensar más instintiva y acelerada, también nos volvemos más susceptibles a los sesgos”. (FOTO PABLO CUARTEROLO)
—En el ecosistema digital la atención se ha convertido en un recurso económico disputado por las plataformas. ¿Qué consecuencias tiene vivir en un entorno diseñado para capturar continuamente nuestra atención?
—Siempre ha habido una batalla por nuestra atención, desde que existe el negocio de los medios. Lo que los directores de cine, los periodistas, los productores de televisión intentan hacer es captar nuestra atención para mostrarnos cosas que nos interesan y ganar dinero con ello. Pero nunca habíamos tenido un sistema mediático tan invasivo e intrusivo como el de las redes sociales, que siempre están con nosotros. No es como la televisión o el periódico, que ocupan una parte del día. Lo llevamos con nosotros todo el tiempo y cada vez hacemos más cosas a través de él. Hemos pasado por un proceso en el que cedemos cada vez más el control de nuestra atención a las empresas que gestionan las plataformas de internet. Una buena forma de pensarlo es preguntarse: ¿soy yo quien controla a qué le presto atención en cada momento del día, o son la tecnología y las empresas detrás de ella las que controlan lo que miro y lo que me llama la atención? Si respondemos esa pregunta con honestidad, podemos ver el poder que estas empresas tienen sobre nuestra atención en cada momento. Nos están alimentando con flujos constantes de información que saben que naturalmente nos interesará, y estamos siguiendo sus señales en lugar de controlar nuestra propia mente para determinar en qué pensamos.
“Nos adaptamos al entorno en el que pensamos, me refiero a un nivel
físico, neurológico.”
—Si durante siglos el conocimiento dependía en gran medida de la memoria, hoy parece depender cada vez más de la posibilidad de acceso inmediato a la información. ¿Cómo transforma esto la relación entre memoria, conocimiento y pensamiento?
—Siempre hubo ventajas y desventajas entre depender de la propia memoria biológica para almacenar y acceder al conocimiento, o recurrir a tecnologías externas, ya sea un libro, una computadora o lo que sea. Y eso es muy valioso. Gran parte de la civilización surge del hecho de que podemos acceder a grandes acervos de conocimiento que no tenemos almacenados en nuestro propio cerebro. El problema es que si nos desequilibramos y simplemente dependemos de las tecnologías para encontrar información y acceder al conocimiento, sin pasar por lo que los neurocientíficos llaman consolidación de la memoria, perdemos algo muy importante de nuestra vida intelectual. Lo que perdemos son las conexiones y asociaciones entre diferentes piezas de información que se forman cuando uno realmente memoriza hechos, experiencias o lo que sea. Y en realidad, cuando pensamos en la profundidad de nuestro conocimiento y de nuestro intelecto, no se trata de tener acceso inmediato a datos concretos, que es algo en lo que internet es muy bueno. Se trata de establecer estas complejas asociaciones y conexiones entre diferentes datos. Eso es lo que le da a nuestro pensamiento poder contextual, poder creativo y crítico. Si simplemente delegamos la memoria en las herramientas y tecnologías, no estamos creando esas ricas asociaciones que le dan profundidad a nuestro conocimiento. Podemos obtener información de inmediato sobre todo tipo de cosas, pero se convierte, nuevamente, en un acceso superficial a datos aislados, en lugar de ese rico acervo contextual de conocimiento que llevamos dentro de nuestra propia mente.
—Muchos lectores describen hoy una creciente dificultad para sostener la atención en textos largos. Más allá de la experiencia individual, ¿cree que estamos ante una transformación cultural más profunda en la forma de leer?
—Creo que sí. De hecho, comencé a escribir sobre esto a partir de mi propia experiencia. Era un escritor de tecnología. Pasaba mucho tiempo en mi computadora investigando, escribiendo y simplemente navegando por la web, como solíamos decir, y noté que me costaba prestar atención a los libros, a los artículos largos, a los textos extensos en general; algo que antes me salía de manera natural. Cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que al pasar mucho tiempo en este nuevo entorno de información digital, me estaba entrenando para no prestar atención, para simplemente absorber mucha información muy rápidamente. Eso tiene un efecto profundo en la forma en que la gente lee. Desde luego, no soy el único que ha experimentado esto. Si hablas con los jóvenes de hoy en particular, escuchas esto mucho: que no se han entrenado para leer en profundidad. Para leer en profundidad, hay que concentrarse en un texto único, extenso y complejo durante un largo período de tiempo, y si solo estás leyendo pequeños fragmentos y luego desvías tu atención a un email o un mensaje de texto, nunca estás aprovechando el poder de la lectura profunda. No solo estamos leyendo menos en profundidad hoy que hace veinte o cincuenta años, sino que estamos perdiendo la capacidad misma de sumergirnos en ese tipo de lectura que llamamos lectura profunda, en lugar de hojear rápidamente muchas cosas distintas, que también es una forma valiosa de leer. Pero si desplaza a la lectura profunda y concentrada, habremos perdido un aspecto muy importante de nuestro intelecto, y también uno de los fundamentos de la cultura.
—Gran parte de la cultura intelectual moderna se construyó alrededor de libros y textos extensos capaces de desarrollar argumentos complejos. En un ecosistema dominado por fragmentos informativos, ¿cómo se reorganiza hoy esa cultura?
—Lamentablemente, la autoridad hoy en día, cuando reunimos información en línea, tiende a recaer en quienes han sabido captar la atención de la gente muy rápidamente y crear mensajes, imágenes o textos que se vuelven virales, que mucha gente comparte en muy poco tiempo. Y lamentablemente, ese tipo de contenido que llega a mucha gente muy rápidamente tiende a ser muy emotivo, frecuentemente exagerado, incluso extremo. Entonces privilegiamos no los argumentos profundos, racionales y razonados, sino el contenido que simplemente te atrapa por su título o por la intensidad de la imagen que presenta. No es un sistema mediático que recompensa la razón, la racionalidad y la discreción, sino uno que frecuentemente recompensa el espectáculo y todo aquello que capta la atención de la mayor cantidad de gente lo más rápidamente posible.
—En lugar de desaparecer, ¿podría el libro adquirir un nuevo valor cultural precisamente porque ofrece algo que el ecosistema digital no reproduce: una experiencia de atención sostenida?
—Es una forma diferente de valor. En lugar de aceptar simplemente que leer libros es una de las mejores formas de absorber información compleja y argumentos elaborados, empezamos a verlo como un alivio frente a la forma dominante de información, que es la que llega a través de nuestras pantallas. Por un lado, creo que mucha gente siente que está perdiendo algo cuando está constantemente distraída, constantemente mirando apps y pantallas, entonces valoran la lectura como una forma de escapar de eso. Pero creo que eso subraya aún más el cambio cultural e intelectual que hemos atravesado, en lugar de ofrecer un remedio. Un pequeño sector de la población prefiere escuchar música en discos de vinilo en lugar de plataformas de streaming, quiere leer libros o ensayos largos como una forma de contrarrestar la influencia de la tecnología. Eso es muy diferente a que los libros y los textos extensos sean la forma dominante de transmisión cultural del conocimiento. Aunque me parece positivo que al menos algunas personas vean el valor de los libros y otros materiales impresos, eso no cambia el estado fundamental al que hemos llevado a la cultura a medida que los medios digitales se vuelven más dominantes.
—La cultura del libro no solo organizó la lectura, también estructuró instituciones como la universidad, el ensayo o la crítica intelectual. ¿Qué ocurre con esas formas culturales en un entorno dominado por flujos digitales de información?
—Cada vez es más difícil lograr que los estudiantes ejerciten esas formas concentradas y atentas de absorber información, a través de la lectura crítica o literaria, por ejemplo. Muchos profesores, y aquí hablo de Estados Unidos, porque es donde vivo, aunque creo que es un fenómeno mundial, saben que los estudiantes están en este entorno de distracción constante, en el que el libro o el texto siempre compite con las apps del teléfono por su atención, y entonces empiezan a reformar la manera de enseñar y a reformar sus expectativas sobre cómo se comportarán los estudiantes. Lo que hemos visto está muy en línea con eso: una reducción en las exigencias que se les imponen a los estudiantes en cuanto a la lectura y el estudio tranquilo y contemplativo, y en cambio una adaptación o aceptación de este nuevo entorno de distracción. Los profesores se adaptan, los estudiantes se adaptan. Todos nos adaptamos a este nuevo entorno y podemos ser muy buenos absorbiendo y enviando información rápidamente, pero creo que perdemos mucha de la profundidad que es, o al menos tradicionalmente se ha considerado, una característica de una persona verdaderamente educada.
LECTURA, CULTURA Y CONOCIMIENTO EN LA ERA DIGITAL. “Pensamos que nos estábamos librando de la mediación, pero en realidad nos hemos sometido a una forma de mediación nueva y aún más poderosa, la que ejercen los algoritmos de plataformas”.
—Escuché una frase suya que dice que Google nos vuelve más estúpidos. Creo que esto podría extenderse a las redes sociales. ¿Podrías compartir con nuestra audiencia tu idea de que este tipo de herramientas nos vuelve más estúpidos?
—El trasfondo de todo esto es que cuando llegó Google, cuando internet se convirtió en un medio popular, e incluso cuando llegaron las redes sociales, todo el mundo pensó: “esto tiene que ser bueno, esto tiene que beneficiarnos intelectual y socialmente. Tener más información al alcance de la mano nos hará más inteligentes, más conocedores. Poder interactuar con más personas a través de las redes sociales profundizará nuestras habilidades sociales”. Lo que sostengo es que ocurrió exactamente lo contrario, porque hay un conflicto fundamental entre la tecnología y la mente humana y la naturaleza humana. Sobrecargar a las personas de información resulta que no las hace más inteligentes. Las hace más distraídas, más superficiales como pensadoras, menos capaces de lidiar con cuestiones muy complejas. Y de manera similar, creo que las redes sociales, en lugar de profundizar nuestras habilidades sociales, en realidad las erosionan. Mi argumento es que a medida que nos adaptamos a estas tecnologías, ocurre exactamente lo contrario de lo que pensábamos que iba a ocurrir. La superabundancia de información nos convierte en pensadores más superficiales, más estúpidos si queremos ser directos, de lo que éramos antes. La constante sobreabundancia de mensajes e impulsos sociales nos hace también menos hábiles como seres sociales. Este es un argumento fundamental en mi trabajo: estas tecnologías suelen tener efectos que son exactamente opuestos a lo que suponemos que van a tener cuando aparecen.
—La inteligencia artificial generativa ha comenzado a producir textos, imágenes y conocimiento de manera automatizada. ¿Cree que esta nueva etapa de automatización puede transformar también la forma en que las sociedades producen y transmiten conocimiento?
—Hay mucho que no sabemos sobre cómo la inteligencia artificial en su forma actual, como inteligencia artificial generativa, va a desarrollarse o cuáles serán sus consecuencias. Dos cosas que la IA está haciendo ahora mismo es permitir, de una manera que antes no era posible, la automatización de la lectura. Es decir, podés simplemente introducir un artículo o un libro entero en un chatbot y decir: dame un resumen de esto, y te dará un resumen bastante bueno, no excelente, pero bastante bueno. Podés saltarte mucha lectura para obtener un resumen muy rápidamente. La segunda cosa es que también automatiza el acto de escribir, de expresarnos. Y este es quizás el efecto cultural más profundo que estamos viendo de la IA. No tenés que pasar por el esfuerzo de formular tus propios pensamientos y traducirlos al lenguaje. Podés pedirle a ChatGPT, Claude, Gemini, Copilot o cualquier chatbot de IA que produzca el texto en tu nombre. Y entonces la pregunta, mirando a la IA en este rol intelectual que está asumiendo, es: se nos está pidiendo que decidamos, lo entendamos o no, si la lectura y la escritura son lo suficientemente importantes como actividades intelectuales como para asumir la responsabilidad de hacerlas uno mismo, o si está bien delegárselas a una máquina que automatice esas tareas. Esto es, tanto a nivel individual como a nivel social, una elección extremadamente importante que se va a tomar. Me temo que, al igual que rápidamente todos adoptamos internet, los smartphones y las redes sociales sin pensarlo demasiado, tampoco vamos a tomarnos el tiempo para reflexionar sobre cuándo y cómo usamos esta poderosa tecnología. Simplemente tomaremos el camino de menor resistencia y usaremos la IA para leer y escribir, actividades que son extraordinariamente importantes no sólo para nuestra profundidad intelectual, sino también para la riqueza de nuestras vidas personales.
—Buena parte de la conversación pública contemporánea se trasladó a las plataformas digitales. Durante mucho tiempo los diarios canalizaban ese intercambio a través de secciones como las cartas de lectores, que implicaban un proceso editorial de selección y jerarquización. Con las versiones online y la posibilidad de comentar directamente los artículos publicados, esa mediación prácticamente desapareció. ¿Cómo cree que esta mediación tecnológica está transformando la esfera pública contemporánea?
—Sí, exactamente. Cuando llegaron internet y las redes sociales, es otro ejemplo de cómo nuestra reacción inmediata a veces es la equivocada. Pensamos que esto eliminaba la mediación, que eliminaba las estructuras editoriales entre nosotros y el público, para que todos pudiéramos tener voz sin necesidad de pasar por editores. No teníamos que intentar que los editores aceptaran nuestro trabajo. Todos podíamos ser autores, productores de medios todo el tiempo. De lo que no nos dimos cuenta es de que estábamos cambiando una forma de mediación, la que ejercían los periódicos, las revistas y las estructuras editoriales y de producción en las artes visuales, por una nueva forma de mediación automatizada y algorítmica. Siguen existiendo mediadores, porque son los algoritmos los que determinan qué se ve entre todas las cosas, entre los miles de millones de mensajes que la gente escribe todo el tiempo. Y lo que hemos visto es que aunque el método anterior no era perfecto, imponía cierto orden y cierto control de calidad sobre lo que la gente veía y a lo que prestaba atención. Los algoritmos, que son nuestros nuevos mediadores, tienden a enfatizar el extremismo, la superficialidad y los mensajes emotivos que apelan a los sesgos de la gente. Pensamos que nos estábamos librando de la mediación, pero en realidad nos hemos sometido a una forma de mediación nueva y aún más poderosa, la que ejercen los algoritmos de Meta, Google, X y todas las demás plataformas de redes sociales. Y creo que en definitiva, esta nueva forma de mediación es en realidad más dañina para el discurso público y el debate público que los viejos mediadores de los medios, quienes, con todos sus defectos, al menos tenían cierto poder para mantenernos enfocados en asuntos serios en lugar de triviales.
“Siempre ha habido una batalla por nuestra atención, desde que existe el negocio de los medios.”
—En “The Glass Cage” usted advierte que cuando delegamos demasiadas tareas en sistemas automatizados corremos el riesgo de perder habilidades. En campos como la aviación o la medicina se ha estudiado un fenómeno conocido como “automation complacency”: cuando los sistemas automatizados funcionan durante mucho tiempo sin fallas, los humanos tienden a confiar tanto en ellos que pierden la capacidad de intervenir críticamente cuando algo sale mal. ¿Ve un riesgo similar en la relación cotidiana que estamos desarrollando con los sistemas digitales y los algoritmos?
—La automatización puede ser muy poderosa y muy beneficiosa si hemos dominado ciertas habilidades. Podemos entonces delegarlas en una máquina, y eso nos libera para aprender habilidades aún más elevadas. Ese es el tipo de automatización que nos beneficia a nosotros y a la sociedad. Donde la automatización se vuelve problemática es exactamente en el caso de la complacencia ante la automatización, como dicen quienes la estudian. Eso significa que te vuelves tan dependiente del sistema automatizado que nunca desarrollas tus propias habilidades, o las pierdes si ya las habías desarrollado. Podemos verlo en los pilotos de avión, que se vuelven tan complacientes en su dependencia del piloto automático que cuando algo sale mal, frecuentemente entran en pánico, pierden la conciencia situacional y cometen errores. Y también se puede ver en los médicos, los radiólogos que se vuelven tan dependientes de la lectura automatizada de radiografías, por ejemplo, que no miran con tanta atención como antes. Lo vemos claramente, sobre todo con la inteligencia artificial, que es una tecnología de automatización: el mismo fenómeno ocurre, pero a un nivel muy íntimo, personal e intelectual. Si dependes de un sistema de IA, de Google o de cualquier sistema automatizado para obtener información, te vuelves complaciente y piensas: con esto es suficiente, es preciso, es confiable. Y no buscas otras fuentes de información que puedan desafiar lo que te están dando los algoritmos. La complacencia ante la automatización es algo con lo que todos tenemos que lidiar constantemente: asumir que la computadora está tomando las decisiones correctas por nosotros, que nos está mostrando todo lo que necesitamos ver, en lugar de desafiarla con nuestro propio intelecto. Y cuanto más entendemos los intercambios que implica la automatización, mejores decisiones podemos tomar. Pero si simplemente dependes de la computadora para que piense, lea , escriba y recopile información por ti, corres el riesgo de perder las capacidades de pensamiento crítico que son tan esenciales para comprender realmente lo que ocurre a nuestro alrededor.
—En “Superbloom” usted sugiere que el aumento de las tecnologías de comunicación no necesariamente produce mayor comprensión entre las personas. ¿Por qué la comunicación permanente puede generar, en algunos casos, el efecto contrario?
—Ambos fenómenos tecnológicos sobre los que escribo, el primero en The Shallows y en The Glass Cage sobre la pérdida del pensamiento profundo porque estamos en un entorno de distracción constante, y el segundo en Superbloom, que trata más sobre los efectos sociales y políticos de estar inundados de información y mensajes, habíamos pensado que estas tecnologías, al democratizar el flujo de información y darnos a todos la capacidad de expresarnos, fortalecerían la democracia y nos harían más reflexivos a la hora de elegir a nuestros líderes. Pero en muchos sentidos, aquí también ocurre lo contrario: lleva a cultos a la personalidad. Los políticos que mejor saben captar nuestra atención a través de estos medios de ritmo muy acelerado tienden no solo a atraer nuestra atención, sino también a obtener nuestros votos. Tenemos una especie de efecto polarizador social en el que nos sentimos atraídos por políticos que dicen lo que queremos que digan, de una manera muy emocional que capta nuestra atención. Y nuevamente, lo que sacrificamos es esa forma de pensar reflexiva, meditada y razonada que probablemente sería la mejor manera de elegir a los candidatos por los que votamos. En cierto modo, lo que hemos visto con las redes sociales es el surgimiento de influencers que marcan tendencias en la moda y condicionan lo que la gente ve en televisión. Y de alguna manera, nuestros políticos también están empezando a parecerse a influencers de redes sociales, más que a personas con una comprensión profunda de la complejidad de los problemas que cualquier político debe enfrentar en el mundo de hoy.
—Las redes sociales tienden a amplificar emociones rápidas como la indignación, el miedo o la ansiedad. ¿Qué efectos tiene esa dinámica en la conversación pública? Podría ser, al mismo tiempo, algo similar a lo que produjo la radio en los años 30 en Alemania con el surgimiento de Hitler.
—Si miramos lo que ocurrió en la década de 1930 cuando Hitler y los nazis llegaron al poder, una de las primeras cosas que hicieron fue tomar el control de las estaciones de radio en Alemania. De hecho, los nazis crearon una radio de plástico barata que distribuyeron entre los ciudadanos alemanes, y que solo podía sintonizar las emisiones oficiales nazis. Siempre hemos visto que cualquier nuevo medio de comunicación, de información, puede ser una herramienta para desafiar a la autoridad y acceder a información que no sigue la línea de quienes están en el poder. Pero también puede, una vez que los políticos, los partidos o las fuerzas que están en el poder lo controlan, convertirse en una máquina de propaganda. Eso siempre ha sido así con la radio y la televisión, y ciertamente lo es con internet y las redes sociales hoy en día. Siempre hay dos caras: una es la capacidad de desafiar las formas de pensar dominantes en la sociedad, pero la otra es usarlas como máquinas de propaganda que refuerzan la estructura de poder y el statu quo en un país o cualquier otra región.
—El psicólogo social Jonathan Haidt ha vinculado el uso intensivo de redes sociales con el aumento de ansiedad y polarización entre los jóvenes. ¿Cómo interpreta ese fenómeno desde su análisis de la cultura digital?
—Es una buena pregunta y no estoy seguro de que conozcamos del todo la respuesta. Jonathan Haidt, junto con otras personas que realizan estudios similares, ha demostrado realmente que, particularmente para los jóvenes, el tipo de entorno que producen las redes sociales puede ser muy desorientador y puede exacerbar las luchas mentales que muchos jóvenes atraviesan mientras van formando su sentido de identidad. De ahí surge un verdadero cuestionamiento a la idea de que personas de cualquier edad deberían tener smartphones y cuentas en redes sociales, o que los smartphones deberían estar permitidos en las escuelas. Cuestionar esa ortodoxia es muy, muy importante. Cosas similares ocurren no solo con los adolescentes sino también con los adultos: las redes sociales nos empujan a mostrarnos constantemente ante los demás. En cierto modo, cuando estás en las redes sociales, te convertís en el contenido mediático que estás comunicando al resto del mundo. Estás pensando en tu imagen, en tus opiniones políticas o en cualquier otra cosa, pensando en cómo convertir esto en algún tipo de contenido que llame la atención, que impresione a tus amigos, que gane likes y reposteos. Esto genera un tipo de ansiedad que no habíamos visto antes en la sociedad, o al menos exacerba la ansiedad social existente. Aunque esto no afecta a todos, la dinámica que hemos visto entre los adolescentes, que sufren mayor soledad, mayor depresión y mayor ansiedad, y los datos me parecen muy claros al respecto, y también influye en el resto de la sociedad. Ya sea en cómo pensás sobre la política o simplemente en cómo te comunicás con tus amigos día a día, estás constantemente socializando, constantemente mostrándote ante los demás, de una manera que antes no era posible, y eso siempre genera cierto grado de ansiedad. Este tipo de problemas psicológicos se están volviendo más pronunciados en toda la sociedad, en todos los grupos de edad, debido a la manera en que están diseñadas las plataformas de redes sociales.
“Nunca habíamos tenido un sistema mediático tan invasivo e intrusivo como el de las redes sociales.”
—En “Superbloom” usted escribe que, frente a la saturación comunicativa del mundo digital, “necesitamos practicar más actos deliberados de excomunicación”. ¿Qué significa exactamente esa idea y qué tipo de relación con la tecnología propone?
—Uno de los puntos centrales que intento plantear en Superbloom es que no solo estamos cambiando la forma en que pensamos y socializamos, sino que nos estamos distanciando cada vez más del mundo físico, del mundo de las cosas, de las personas reales, las cosas reales y los desafíos reales. Este es uno de los aspectos más peligrosos de la tecnología, porque somos criaturas que evolucionamos como seres físicos en un mundo físico. Si empiezas a perder tu interacción sensorial con ese mundo, no solo te vuelves potencialmente más superficial y más extremo en tus opiniones, sino que también te sientes menos realizado en tu vida, porque necesitamos estar conectados con el mundo físico. Cuando hablo de excomunicación, me refiero a un retiro de la exposición constante que ejerce el entorno digital sobre nuestra psique. Cuando llegaron los smartphones, decidimos que necesitábamos llevarlos con nosotros todo el tiempo y mirarlos constantemente. Cuando hablo de excomunicación, me refiero a que hay que alejarse de las pantallas, de las redes sociales, del teléfono, y pasar una buena parte del día sin esa distracción, sin esa capa de mediación sobre todo, e interactuar con el mundo de una manera sensorialmente rica, usando todos los sentidos. Y eso, creo, es en definitiva una forma de vivir más satisfactoria y más plena que simplemente refugiarse en este mundo espejo creado por las computadoras.
—La expansión de las tecnologías digitales multiplicó las formas de conexión entre las personas, pero en paralelo muchos estudios registran un aumento de la soledad. ¿Cómo interpreta esa paradoja?
—Este es otro síntoma de lo que ocurre cuando reemplazamos las interacciones físicas directas por interacciones mediadas a través de la pantalla. Por un lado, podemos estar en contacto con muchas más personas de las que podíamos antes. Podemos socializar todo el tiempo. Incluso cuando estás físicamente solo, podés sacar el teléfono y todos tus amigos y familiares están ahí para hablar con ellos. Pero lo que termina ocurriendo, paradójicamente, es que como no interactuamos en persona con la gente, o incluso cuando lo hacemos estamos distraídos por lo que sucede en nuestro teléfono o computadora, terminamos sintiéndonos más aislados, más solos. Y esta, como digo, es una de las grandes paradojas de las redes sociales: estamos socializando todo el tiempo, pero nos sentimos más solos que antes. Y eso se debe a que la socialización que hacemos a través de las pantallas es solo una sombra de la que hacemos en persona, cuando tenés la rica experiencia de poder leer el lenguaje corporal y las expresiones de la persona que tenés enfrente, y le prestás atención de verdad. Tenemos, en cierto modo, la ilusión de socializar sin la satisfacción profunda que surge cuando lo hacemos en persona.
—A lo largo de la historia, tecnologías como la imprenta o el telégrafo, la radio en la década de los 30 como hablábamos recién, no solo ampliaron la circulación de información, sino que transformaron profundamente la cultura y la organización social. ¿La revolución digital representa una ruptura comparable o introduce un tipo de transformación cualitativamente distinto?
—La transformación que vivió la sociedad hace cien años con la llegada de los medios masivos en forma de radio y luego televisión fue un cambio dramático y radical. Como eso ocurrió hace cien años, es difícil imaginar el tipo de cambio que vivió la gente cuando de repente tuvo radios o televisores que trajeron muchas más voces y muchas más partes del mundo al hogar. No creo necesariamente que la revolución digital, internet, las redes sociales, las computadoras, los smartphones, sea una transformación necesariamente mayor o más radical, pero sí creo que es una transformación social igualmente grande a la que vimos con el surgimiento de los medios masivos. Los medios masivos dominaron durante cien años, y ahora estamos pasando a una nueva forma de medios que sigue siendo masiva, pero es una comunicación masiva personalizada. Unas pocas grandes empresas mediáticas, las empresas de internet, ya sea Google, Meta o cualquier otra, ahora son empresas de medios capaces de personalizar los medios masivos, es una especie de medios masivos personalizados. En lugar de compartir todos experiencias mediáticas comunes, como ocurría cuando todos veían un determinado programa de televisión o un evento deportivo, cada uno ve algo diferente. Sigue siendo producida masivamente por las grandes empresas que controlan las plataformas, pero está muy cuidadosamente adaptada a lo que los algoritmos dicen que captará nuestra atención. Y eso la hace en cierto modo aún más poderosa que los medios masivos. Es a la vez personalizada y está con nosotros todo el tiempo en forma de pantalla del teléfono. Es otra revolución mediática muy grande que estamos atravesando, y los efectos son igualmente dramáticos pero muy diferentes a los que vimos con la llegada de la radio y la televisión hace cien años.
“Hay un conflicto fundamental entre la tecnología, la mente humana y la naturaleza humana.”
—En “Superbloom” usted examina la historia de las tecnologías de comunicación. ¿Qué patrones se repiten cuando aparece un nuevo medio y reconfigura la vida social?
—Una de las más importantes es que las consecuencias no deseadas suelen ser mayores que las consecuencias previstas. Si uno mira lo que la gente pensaba que harían los tocadiscos, la radio o el teléfono, que al principio se pensaba que sería una especie de tecnología de radiodifusión, la gente levantaría el teléfono para escuchar, por ejemplo, actuaciones de orquestas. Y por supuesto, se convirtió en una herramienta de comunicación muy íntima y personal. La IA es un buen ejemplo hoy en día: casi invariablemente, con estas grandes transformaciones mediáticas, lo que la gente cree que va a ocurrir es muy diferente de lo que realmente sucede. Como hemos estado hablando, ese es uno de los temas fundamentales de mi trabajo: creemos que más información nos hará más inteligentes, pero en realidad nos lleva a una menor comprensión porque estamos abrumados y volvemos a formas de pensamiento más primitivas. Creemos que más contactos sociales enriquecerán nuestra vida social, pero en realidad termina haciéndonos sentir más solos y más ansiosos. Y creo que la lección importante aquí es que siempre debemos ser escépticos ante estas nuevas y poderosas tecnologías que entran en nuestras vidas. No significa rechazarlas, pero sí pensar muy cuidadosamente: ¿para qué es realmente útil esta herramienta? ¿Qué puedo hacer con ella que haga mi vida más plena y satisfactoria? ¿Y para qué no es buena? Porque algo que sabemos sobre las tecnologías mediáticas es que se pueden usar para casi cualquier cosa. Por eso debemos ser mucho más disciplinados y escépticos, nos lo debemos a nosotros mismos, para resistir la tentación de simplemente usar la computadora, el teléfono, la nueva IA, o lo que sea, para todo. En cambio, deberíamos ser mucho más cuidadosos sobre para qué la usamos y para qué no.
—En “The Big Switch” usted compara la revolución digital con la electrificación de la industria: un momento en que la energía dejó de generarse localmente y pasó a distribuirse a través de grandes redes. Cuando la computación adopta esa misma lógica de infraestructura, ¿qué cambia en la economía, el poder tecnológico y la cultura?
—Establezco una analogía con el gran cambio que supuso la electrificación, cuando pasamos de las ruedas de agua, que estaban junto al lugar donde se usaba la energía, a grandes centrales eléctricas e hidroeléctricas operadas por grandes compañías eléctricas centralizadas. Hemos visto esto a lo largo de los últimos 25 años aproximadamente con el surgimiento de la computación en la nube, como se la ha llegado a llamar. En lugar de que tu computadora sea una máquina independiente, ya sea una mainframe o una computadora personal, todas conectan cada vez más las aplicaciones que usamos. No están realmente en nuestro dispositivo sino que operan desde enormes centros de datos operados por los Google, Meta y Apple del mundo. Lo que esto hace es cambiar la dinámica del poder. Por un lado, hay todo tipo de formas de usar estas poderosas tecnologías, ya sea la red eléctrica o la red de computación. Pero en lugar de hacer lo que pensábamos que haría internet, que era descentralizar el poder sobre la información y el control de la información, en realidad lo centraliza. Les da mucho más poder a los grandes operadores de computación en la nube, que influyen en nuestras opiniones políticas, en nuestros debates políticos, en la forma en que socializamos, en qué información vemos y cuál no vemos, en prácticamente todo lo que tiene que ver con nuestra vida cotidiana. La gran lección aquí es que uno cree que un sistema de intercambio de información que está descentralizado a nivel técnico, ya que internet no tiene un centro y todos somos nodos más o menos iguales en él, sin embargo, los enormes flujos de información hacen que el control sobre esa información se centralice y quede en manos de estas grandes empresas, que pueden o no velar por nuestro bienestar.
—Pero en relación con esto, internet nació como una red descentralizada, pero el poder digital se ha concentrado en unas pocas plataformas capaces de organizar la información, la comunicación y la atención de miles de millones de personas. ¿Qué consecuencias culturales y políticas tiene esa concentración?
—Ciertamente, si lo vemos en términos económicos, ha exacerbado la centralización y la acumulación de riqueza de una manera que, hablando nuevamente de la experiencia estadounidense, lo que vemos hoy es una concentración de riqueza y, a través de ella, de poder político, que no habíamos visto desde fines del siglo XIX, con la Edad Dorada y los barones ladrones que controlaban los ferrocarriles y otros medios de transporte, la minería y demás infraestructura física. Esto lleva a una consolidación de la riqueza. Cada vez más, quienes disfrutan de esa riqueza, personas como Elon Musk, Jeff Bezos, Sam Altman en el campo de la IA, se han dado cuenta de que la riqueza también les otorga poder político. Durante mucho tiempo, los tecnólogos de Silicon Valley y otros lugares no querían involucrarse en política, estaban muy enfocados en la tecnología, pero ahora se han dado cuenta de que su riqueza y su control sobre la información les otorga también un enorme poder político. Estamos viendo el surgimiento de una nueva clase de tecnócrata que tiene riqueza y poder y que ejerce cada vez más su influencia, mayormente masculina, sobre el desarrollo de la política, sobre quién resulta electo y cómo se llevan a cabo las campañas, y sobre nuestra vida cotidiana. Cuando esto ha ocurrido en el pasado, tiende a provocar algún tipo de reacción contraria, donde las personas que no disfrutan de esa riqueza y ese poder y que frecuentemente quedan excluidas comienzan a exigir cambios. No creo que hayamos llegado del todo a esa etapa aún, pero no me sorprendería ver grandes reacciones sociales contra esta consolidación de riqueza y poder.
“Las redes sociales, en lugar de profundizar nuestras habilidades sociales, las erosionan.”
—El investigador bielorruso Evgeny Morozov ha criticado lo que llama el “solucionismo tecnológico”: la tendencia, muy presente en Silicon Valley, a tratar problemas sociales complejos como si fueran simplemente problemas técnicos que pueden resolverse con una aplicación o un algoritmo. ¿Comparte ese diagnóstico sobre la cultura tecnológica contemporánea?
—Lo que Morozov llama solucionismo es un fenómeno muy real, y siempre ha sido característico de los tecnólogos. Piensan que no hay que preocuparse por los problemas que produce la tecnología porque serán resueltos por tecnologías futuras, lo que resulta ser una proposición muy peligrosa para la sociedad. Porque dice: déjenme hacer lo que quiera, como tecnólogo, como informático, como ingeniero, porque cualquier problema, cualquier problema social que surja, lo resolveré en el futuro, o mis sucesores lo resolverán con más tecnología, y sabemos que simplemente no es así. La tecnología no resuelve todos los problemas que la tecnología crea. Realmente se necesitan estructuras institucionales, políticas, sociales, estructuras democráticas, involucradas en evaluar el uso de la tecnología, sus fortalezas y debilidades, y en lidiar con los problemas y cuestiones sociales. Una de las grandes amenazas que enfrentamos como sociedad es decir: la tecnología es la mejor manera de resolver todo, así que dejemos que los tecnólogos controlen esto y nosotros nos alejaremos de la participación política. Nuestros representantes electos simplemente cederán el paso a los tecnólogos, a las empresas poderosas. Como Morozov ha señalado de manera convincente, esta no es una forma de resolver problemas sino de crear más, porque no se está confiando en las instituciones sociales y políticas para que sean parte de la solución y de la evaluación. Simplemente se les delega esa responsabilidad a los tecnólogos, quienes frecuentemente carecen de un profundo contexto cultural y social. En muchos casos son personas de miras muy estrechas, y por eso delegarles el control sobre las cuestiones sociales es casi garantizar que esas cuestiones sociales no se resolverán.
—Silicon Valley siempre promovió la idea de que la tecnología ampliaría automáticamente la libertad, la creatividad y la democracia. A la luz de lo que vemos hoy, ¿qué aspectos de esa narrativa le parecen más problemáticos?
—Lo que estaba mal es que no comprendíamos del todo qué ocurriría cuando tuviéramos una red mundial, internet, a través de la cual se puede distribuir información de todo tipo. No hace mucho tiempo, si querías leer las noticias, comprabas un periódico impreso. Si querías ver televisión, encendías el televisor. Si querías escuchar música, encendías la radio o el equipo de sonido en tu casa. Había muchas tecnologías mediáticas diferentes, especializadas en propósitos particulares, el teléfono y demás. En cuanto se crea esta única red global gigante por la que pasa toda la información, de repente, en lugar de descentralización y democratización, se obtiene centralización y autoritarismo. Un número cada vez menor de personas y empresas tiene un poder creciente, económico, social, informacional, sobre el flujo de información, la verdadera sangre vital de la sociedad. Cometimos el error de pensar que una característica técnica, la descentralización de la propia red a nivel técnico, se reflejaría en términos económicos y políticos más amplios. Pero lo que vemos es exactamente lo contrario: esta vasta red descentralizada que puede intercambiar información de todo tipo es en realidad muy propensa a, y de hecho fomenta, la consolidación del control sobre la información y la creación de monopolios informativos de alcance y poder mucho mayores que los que vimos durante la era de los medios masivos. La lección aquí es no confundir las características técnicas con las características sociales, porque a menudo son muy, muy diferentes.
Producción: Sol Bacigalupo.
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