A 50 años del golpe

El secuestro y asesinato de Floreal Avellaneda: cómo el caso reveló el funcionamiento del terrorismo de Estado en Campo de Mayo

El estudiante secundario de 15 años vivía con su familia en un hogar atravesado por la militancia y la defensa de los derechos obreros. A las 2 de la madrugada del 15 de abril de 1976, un grupo de tareas del Ejército allanó su casa en busca de su padre —quien logró escapar— y lo secuestró junto a su madre.

El 15 de abril de 1976, alrededor de las 2 a.m., un grupo de tareas del Ejército argentino allanó su casa buscando a su padre, Floreal padre, quien escapó Foto: CEDOC

La historia de Floreal Edgardo Avellaneda, conocido como “El Negrito”, condensa uno de los aspectos más crudos del terrorismo de Estado en la Argentina: la persecución sistemática contra adolescentes vinculados a la militancia política y al mundo sindical. Tenía apenas 15 años cuando fue secuestrado y asesinado, en un contexto donde la represión no se limitaba a eliminar opositores, sino que buscaba disciplinar a toda la sociedad a través del terror.

Aunque nació el 14 de mayo de 1960 en Rosario, creció en Munro, partido de Vicente López, dentro de una familia obrera con fuerte compromiso político. Sus padres, Floreal Avellaneda e Iris Etelvina Pereyra, integraban el Partido Comunista y formaban parte de una generación de trabajadores que impulsaba la organización desde las bases.

De esta manera, el entorno familiar estaba profundamente atravesado por la militancia y el mundo industrial. Su padre trabajó en empresas como Philips y General Motors, y luego en TENSA, donde integró una comisión interna combativa. Ese espacio fue duramente reprimido: luego de conflictos gremiales, despidos y persecuciones, la mayoría de sus integrantes fue desplazada y al menos 24 permanecen desaparecidos

Incluso, su madre también trabajaba en la industria, como soldadora en una fábrica de San Martín.

La causa fue la primera del megaproceso Campo de Mayo, con juicios a represores durante la democracia

Luego, al comenzar la secundaria, se incorporó a la Federación Juvenil Comunista (“La Fede”), donde realizaba tareas de base: imprimía volantes con mimeógrafo y participaba en actividades barriales. Sin embargo, su vida no se reducía a la militancia: era nadador, tenía novia y proyectaba estudiar mecánica aeronáutica. Incluso había iniciado su vínculo con la Escuela de Mecánica de la Armada, sin saber que se transformaría luego en un centro clandestino de detención.

A comienzos de 1976, el clima en su entorno ya era de extrema tensión. La familia tomaba recaudos ante el avance de la represión ilegal. El 14 de abril, un accidente laboral dejó a su madre en reposo en su casa de Munro.

Durante la madrugada del 15 de abril, cerca de la 1:30, un grupo de tareas irrumpió en la casa de la familia Avellaneda, en Munro. El operativo fue masivo y desproporcionado: participaron al menos una decena de vehículos —en su mayoría Ford Falcon— y varios hombres armados, vestidos de civil, muchos de ellos con pelucas y barbas postizas para ocultar su identidad. Solo uno se mostró a cara descubierta y se identificó comoComité Rolo”.

Su objetivo principal era Floreal Avellaneda, delegado gremial en la fábrica TENSA y referente sindical en la zona. Al escuchar los primeros disparos contra la puerta, logró escapar por los techos en medio de la oscuridad. Dentro de la vivienda quedaron su esposa, Iris Etelvina Pereyra, sus hijos y otros familiares, en total once personas.

Ante la fuga, los represores cambiaron el foco del operativo: decidieron llevarse a Iris y a su hijo de 15 años, Floreal Edgardo Avellaneda, en lo que los investigadores consideran una represalia y una forma de presión para dar con el padre.

Las fuerzas armadas (Ejército, Marina y Fuerza Aérea) ejecutaban allanamientos nocturnos sin orden judicial

El procedimiento incluyó además el saqueo de la vivienda: dinero, ahorros y objetos de valor fueron robados durante el allanamiento. En medio de la tensión, mientras los sacaban a la calle, el adolescente alcanzó a decirle a su madre: “Mami, decí que papi se escapó”, en un intento desesperado por protegerlo.

Ambos fueron obligados a ponerse contra la pared, vendados y encapuchados, antes de ser trasladados. Así comenzó su paso por el circuito clandestino de detención que operaba en la Zona 4 del aparato represivo.

El circuito del horror: Villa Martelli y Campo de Mayo

Luego del secuestro, Floreal Edgardo Avellaneda y su madre, Iris Etelvina Pereyra, fueron llevados primero a la comisaría de Villa Martelli. Allí comenzó de inmediato la tortura. Iris fue atada en un baño, mientras escuchaba los gritos de su hijo desde otra habitación. Para encubrir los tormentos, los represores utilizaban música a volumen alto, una práctica habitual en los centros ilegales para aislar a las víctimas y quebrar su resistencia psicológica.

A partir de los testimonios incorporados años después en la Justicia, el adolescente fue sometido a torturas desde el primer momento. A pesar de la violencia, no brindó información sobre otros militantes, un dato que sus familiares y sobrevivientes remarcaron como parte de su conducta durante el cautiverio.

Días más tarde, ambos fueron trasladados a Campo de Mayo, uno de los principales complejos represivos del país, bajo la órbita del general Santiago Omar Riveros. Allí funcionaba el centro clandestino conocido comoEl Campito o “Los Cascos”, por donde pasaron miles de detenidos desaparecidos.

El Campito funcionó desde 1975 hasta fines de 1978, bajo control del Ejército, con calabozos en varias hectáreas

Las condiciones eran extremas: los prisioneros permanecían vendados, tirados en colchones en el suelo, en un entorno de hacinamiento, suciedad y deshumanización constante. En ese lugar, Iris fue sometida a interrogatorios bajo tortura eléctrica, incluso en zonas sensibles del cuerpo, lo que le provocó secuelas físicas permanentes.

A la par, fue víctima de simulacros de fusilamiento. En uno de ellos, los represores la llevaron a un descampado, le apoyaron un arma en la cabeza y le exigieron que pidiera tres deseos. Según su testimonio, solo pidió saber qué había pasado con su hijo. La respuesta fue directa y brutal: le dijeron que no preguntara por él porque ya lo habían matado.

Del mismo modo, el tratamiento que recibió Floreal Edgardo Avellaneda durante su cautiverio fue de una violencia extrema, documentada años después en testimonios judiciales y pericias forenses. Parte de estos hechos ya habían sido denunciados en 1977 por Rodolfo Walsh en su histórica “Carta abierta a la Junta Militar”, donde describió el caso de un adolescente brutalmente torturado, atado y con múltiples heridas.

Uno de los testimonios clave sobre sus últimos días fue el del ex cabo Víctor Ibáñez, quien prestó servicio en el centro clandestino “El Campito”. En su declaración, señaló haber visto al adolescente encapuchado, aislado en una habitación cerrada y en condiciones físicas críticas. También relató que su presencia generaba incomodidad incluso entre algunos conscriptos, al tratarse de un menor de edad sometido a ese régimen de detención ilegal.

El Skyvan PA-51 fue un avión de la Prefectura Naval Argentina usado en los "vuelos de la muerte"

Según ese mismo testimonio, el joven también fue víctima de otros tormentos, incluyendo agresiones con perros utilizados por la guardia. Se estima que su muerte ocurrió el 13 de mayo de 1976, un día antes de cumplir 16 años. 

El Hallazgo en Uruguay y la Conexión del Plan Cóndor

Luego de su asesinato, el cuerpo de Floreal Edgardo Avellaneda fue arrojado al Río de la Plata en uno de los llamados “vuelos de la muerte”, el método utilizado por la dictadura para hacer desaparecer a las víctimas sin dejar rastros. Sin embargo, las corrientes devolvieron el cuerpo a la superficie.

Apenas el 14 de mayo de 1976, el día en que hubiera cumplido 16 años, su cadáver apareció en aguas uruguayas, cerca de Montevideo, después de ser hallado por una embarcación pesquera. El informe forense realizado en Uruguay, a cargo del médico Raúl Rodríguez Sica, documentó lesiones extremas: el cuerpo presentaba ataduras en pies y manos, múltiples hematomas y signos de tortura. Un detalle clave para su identificación fue un tatuaje en el brazo.

Dicha aparición en Uruguay dejó al descubierto la dimensión regional del terrorismo de Estado. Con el tiempo, documentos desclasificados confirmaron que existía coordinación entre las dictaduras del Cono Sur en el marco del Plan Cóndor, un sistema que permitía secuestrar, trasladar y eliminar personas más allá de las fronteras nacionales.

MV