En los años setenta, la militancia política atravesaba universidades, sindicatos y organizaciones sociales en una Argentina convulsionada por la proscripción del peronismo, la movilización juvenil y la creciente violencia política. El documentalista y docente de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Pablo Torello anunció que su largometraje sobre el Grupo de Cine Peronista de La Plata se encuentra en proceso de montaje y prevé su estreno en 2026. “Que una película los nombre definitivamente”, dijo el realizador a PERFIL, al explicar el sentido de un trabajo que intenta reconstruir una experiencia política, cultural y cinematográfica inédita.
El largometraje se propone reconstruir la trayectoria de aquel grupo -cuyos integrantes tenían en su mayoría entre 20 y 25 años- y el destino posterior de sus integrantes. Varios fueron asesinados o permanecen desaparecidos tras la represión estatal y paraestatal de la década del setenta.

El archivo que sustenta la película es, en sí mismo, un milagro de resistencia. Reúne más de veinte horas de material fílmico en 16 milímetros, rodado por jóvenes militantes en uno de los períodos más convulsionados de la historia argentina. Muchos de esos registros, hoy mudos, documentan desde marchas estudiantiles y debates universitarios hasta episodios clave como el retorno de Juan Domingo Perón en 1972 y la posterior Masacre de Ezeiza.
La recuperación de ese material comenzó a gestarse en 2013, cuando Torello tomó contacto con las primeras latas de película rescatadas.
El "Grupo de Cine Peronista": una herramienta de intervención política
Tras casi dos décadas de proscripción del peronismo, la militancia estudiantil se reorganizaba bajo nuevas estructuras y debates ideológicos que buscaban vincular la universidad con los procesos sociales y políticos del país. En ese contexto emergió en La Plata el "Grupo de Cine Peronista", un colectivo de estudiantes y docentes que entendía el cine no sólo como una práctica artística sino también como una herramienta de intervención política. Su trabajo dialogaba con las corrientes del llamado cine militante latinoamericano, que proponía romper con los formatos tradicionales para poner la cámara al servicio de los procesos sociales.


El grupo registró movilizaciones, asambleas y debates, pero también escenas cotidianas de una generación que creía estar protagonizando un cambio histórico. En los rollos que sobrevivieron aparecen marchas, manifestaciones reprimidas, reuniones estudiantiles y miles de rostros jóvenes que desfilan frente a la cámara.
Entre los relatos que recupera el film, emerge la figura de Jorge Mendoza Calderón, un militante peruano que, según testimonios de los Juicios por la Verdad, murió bajo tortura en la Unidad 9 de La Plata sin entregar la ubicación de las cintas. Cuidaban, en definitiva, la seguridad de quienes aparecían en esos registros.
En aquellos años, y especialmente tras el golpe de Estado de 1976, las fuerzas represivas secuestraban militantes, estudiantes y trabajadores, los sometían a torturas en centros clandestinos y, en miles de casos, los hacían desaparecer. En ese contexto, cualquier imagen o documento que identificara a quienes participaban de la militancia podía convertirse en una prueba peligrosa. Por eso, preservar aquellas cintas implicaba también proteger la identidad y la vida de quienes habían quedado registrados frente a la cámara. “No era que estaban cuidando películas: estaban cuidando la seguridad de todos los compañeros que aparecían en esas imágenes”, explicó Torello.
La preservación de ese archivo implicó también una forma de resistencia técnica y política. Durante la dictadura, los integrantes del grupo decidieron separar físicamente las imágenes de los sonidos para dificultar su rastreo. Mientras las latas de 16 milímetros fueron escondidas en estudios y casas particulares, las cintas de audio se resguardaron en otros lugares. En ese tránsito clandestino, sin embargo, el sonido se perdió definitivamente. Hoy sobreviven más de veinte horas de material silente que, aun sin voz, conservan una potencia narrativa y política que atraviesa el tiempo.
“Esta historia es valorativamente inédita. Mucha gente conoce el origen del grupo o ha escuchado hablar de él, pero durante años hubo una especie de omisión en el relato de los setenta”, explicó Torello, director del Centro de Producción Audiovisual de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. “Incluso en la propia universidad, salvo en investigaciones recientes, no había un relato sistemático sobre lo que habían hecho”.

La producción de la película ha sido un camino de diez años, marcado por la autogestión y el respaldo de la Universidad Nacional de La Plata. Torello señala que, desde el inicio del macrismo, el financiamiento estatal para este tipo de proyectos desapareció, una situación que se agravó con la crisis del sector audiovisual y los ataques actuales a las políticas de fomento cultural que no responden a lógicas de mercado. "Nosotros en la universidad pública hemos hecho un montón de películas que son muy importantes por lo que han aportado en términos históricos de investigación para la reconstrucción de la memoria. Si el Estado no apoya estas producciones, segmentos enteros de nuestra identidad quedan silenciados", advierte el director.
Con el paso de los años, la investigación permitió reconstruir una colección mucho mayor. De las veinte latas iniciales se pasó a un archivo de 87 rollos que hoy se preserva en el Archivo Provincial de la Memoria de la provincia de Buenos Aires. “Son materiales fragmentados, incompletos, que necesitan de alguien que los organice y les dé un sentido”, explicó el realizador. “En el cine, el significado aparece en el montaje. Y eso también funciona como metáfora de esa generación: muchas historias que quedaron inconclusas y que necesitan ser narradas”.

Entre los materiales que más impactaron al director aparece una escena que resume la dimensión histórica del archivo. En una secuencia posterior a las imágenes del regreso de Perón y de los hechos de Ezeiza, las cámaras registran un pequeño sepelio en un barrio periférico de La Plata. El cortejo fúnebre avanza por una calle de tierra, rodeado por unas pocas personas, mientras el féretro es trasladado con una bandera argentina encima. Intrigado por esa escena, Torello detuvo el rollo y observó el nombre escrito en el coche fúnebre. Era Raúl Obregón, un joven militante asesinado en la masacre de Ezeiza. “Dos días después de esa tragedia, estos pibes estaban filmando su funeral en un barrio humilde. Ahí entendí la magnitud del archivo que tenía enfrente”, recordó.


El documental combina esos archivos con entrevistas a doce sobrevivientes del grupo, hoy con más de setenta años, que reconstruyen la experiencia política, cultural y personal que vivieron en aquellos años. El film también recupera fragmentos de películas que el colectivo produjo entonces -algunas inconclusas- sobre figuras como Eva Perón o sobre experiencias obreras como la del frigorífico Swift o la hilandería de Berisso.
También aparece el testimonio de Luis "Chito" Paredes, uno de los responsables de reunir las latas y ocultarlas durante la dictadura para evitar que fueran secuestradas por la represión. En la película recuerda cómo varios de sus compañeros soportaron torturas sin revelar el lugar donde estaban escondidas.
Torello, el director que asumió la tarea de reconstruir esa historia
El proyecto también dialoga con la propia historia personal de Pablo Torello. Nacido en Junín en una familia obrera, su trayectoria como realizador está marcada por una obsesión ética: el cruce entre la investigación periodística y el lenguaje documental para abordar las heridas de la dictadura y el terrorismo de Estado. Su acercamiento a la política y al periodismo -contó-, comenzó en los años finales de la dictadura. Tenía quince años cuando, tras la guerra de Malvinas, comenzó a descubrir la historia reciente del país. “En la secundaria nos empezaron a decir que muchas cosas estaban mal porque había habido una dictadura. En ese momento llegó a mis manos Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, y eso me cambió la cabeza”.

Con el regreso de la democracia llegó a la Facultad de Periodismo de la UNLP en 1985, donde se formó como periodista y luego como docente. Con el tiempo desarrolló una filmografía documental atravesada por la investigación histórica y la memoria del terrorismo de Estado, con obras fundamentales como el largometraje Historias de Aparecidos y la miniserie El Interior de la Memoria, Torello ha dedicado su carrera a rescatar testimonios desgarradores de testigos directos.
El trabajo sobre el Grupo de Cine Peronista fue transformando su vínculo con el proyecto. Lo que comenzó como una investigación terminó convirtiéndolo -según los propios sobrevivientes- en una suerte de “heredero” de aquella experiencia colectiva. “Ellos me dicen que ahora soy parte del grupo. Me queda enorme, pero también siento la responsabilidad de continuar ese legado”, admitió.
El estreno del documental está previsto para 2026, cuando se cumplirán cincuenta años del golpe militar de 1976. Torello espera que la película permita poner en valor aquella experiencia colectiva y abrir nuevas investigaciones sobre un archivo que todavía guarda secretos.

“Ellos siempre dicen que esta película es de la sociedad y del pueblo”, señaló. “Mi objetivo es que se sientan orgullosos cuando la vean y que todos esos sueños perdidos queden finalmente puestos en valor”, confesó.
A medio siglo de aquellos años, el rescate de estas imágenes permite asomarse a la intimidad de una generación que, entre el visor de la cámara y el barro de la militancia, creyó -o al menos intentó- que el cine podía ser una herramienta para cambiar el mundo.
LT