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ARTE / Calder en PROA
martes 6 noviembre, 2018

El arte como salvación

En la Fundación Proa se expone “Teatro de encuentros”, que reúne unas setenta obras de Alexander Calder, con la curaduría de Sandra Antelo-Suárez. La muestra abarca alrededor de 60 años de labor del artista a partir de la década de 1920 y da cuenta de las distintas etapas de un proceso que incluye la pintura, la escultura, el movimiento y el sonido.

por Laura Isola

muestra. Una revuelta de la alegría en cada una de las miles de piezas que forman su laboratorio y su circo. Una fuerza revolucionaria. Foto: Gentileza Fundación PROA

Muchas de las fotografías en las que aparece Alexander Calder (1898-1976) podrían ilustrar su pensamiento sobre la creación artística. “Sobre todo, creo que el arte debe ser feliz, no lúgubre”, y la sentencia se estampa sobre su propia cara con una máscara de nariz que reproduce un nuevo rostro más pequeño y lo hace parecer un payaso, como en una foto que le sacó Saul Steinberg en Nueva York. Pero hay otra más: una con Pierre Matisse, famoso galerista, al que le muestra cómo funciona una de sus obras. Matisse sonríe y Calder disfruta, se nota, al ver cómo gira la pieza. La última es una toma muy cercana de su semblante y su mano. Sobre ella un objeto realizado por él con alambres. De la boca fruncida sale un soplido que verifica el funcionamiento del aparatito. La composición es perfecta en esa triangulación plena de alegría.

Darle vida con un soplo y ver si se mueve. Si es que funciona el prototipo que luego será una de las cientos de esculturas ligeras y sin volumen que este artista realizó desde 1926, cuando se fue de los Estados Unidos, donde había nacido, a París. Porque en los comienzos, y sobre todo cuando en los años 30 creó el Circo Calder, tuvo gran aceptación entre los artistas europeos de vanguardia. Por esos años nació su relación con Marcel Duchamp, por ejemplo, quien bautizó con el nombre de móvil a estas “esculturas” vacías, livianas, desprovistas de materia. Móviles porque se movían y también por “motivo”, otra de las acepciones que la palabra francesa mobile da. 

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Móviles. Duchamp los bautizó “móviles”, porque se movían y también por “motivo”, del francés mobile.

De ese encuentro, el de Calder y Duchamp, no hay solo una palabra, que fue la que sirvió para denominar eso nuevo que el artista estaba haciendo; hay un estado mental y un comienzo para una nueva etapa del arte. Por un lado, la descripción del placer, del efecto positivo sobre la mente que encontraba el autor de Bicycle Wheel (1951), al contemplar esta rueda disfuncional sobre un banquito de cocina: “Disfruto mirándolas”, afirmó. “Tanto como disfruto ver las llamas danzando”. Mirar las ruedas girar puede ser un tópico que va desde Duchamp hasta Lennon: I’m just sitting here watching the wheels go round and round/ I really love to watch them roll, es la letra espiralada que cantaba John en Double Fantasy. Un mantra mental que responde a un estímulo visual que aquieta los pensamientos y tranquiliza la mente. Que en Calder es una suerte de felicidad de mediana intensidad, pero sostenida en el tiempo. Esa que dura todo el recorrido por la muestra Teatro de encuentros en Fundación Proa, curada por Sandra Antelo-Suárez.

“Calder tuvo gran aceptación entre los artistas europeos de vanguardia”

Por el otro, no es casual que fuera Duchamp quien bautizara a Calder. Para el primero, el juego, en todo caso, era un descubrimiento fortuito o secundario. Fue consecuencia más que busca de comunicación por esa vía. Le gustaba “la idea” y la usó en ese sentido. Por su parte, Calder hizo del juego su centro creativo. Obras basadas en el humor, el capricho del azar y la participación feliz del espectador. 

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Móviles. Duchamp los bautizó “móviles”, porque se movían y también por “motivo”, del francés mobile.

“¿Es el arte básicamente un juego infantil glorificado, que se extiende hasta la edad adulta, a lo largo de toda la vida, recogiendo ideas y adquiriendo delicadeza a medida que avanza?”, se preguntaba Holland Cotter, un crítico de arte del New York Times para pensar a Alexander Calder. La respuesta es un contundente sí. Hizo un camino que comenzó con humildes construcciones, parecidas a juguetes, luego los móviles y la gran escala. Sin embargo, su obra nunca perdió el sentido lúdico, a pesar de la enormidad producida a lo largo de su vida. Una fuerza irresistible, incluso revolucionaria. Una revuelta de la alegría en cada una de las miles de piezas que forman su laboratorio y su circo. El arte como entretenimiento y también, por qué no, como salvación. 


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